Una mañana se sintió en la selva un sonido estridente que rompió la quietud del lugar.

El primero en sentirlo fue un ser que recolectaba raíces capaces de curar las fiebres. Se quedó inmóvil. El sonido había finalizado, pero algo brillaba entre las hojas.

Se inclinó con cautela y descubrió una cosa oscura, pero que parecía emanar una luz que no pertenecía al sol.

—Es un espíritu —dijo.

—¡Un espíritu ruidoso y luminoso! —gritó después.

Todos se precipitaron al lugar; ochenta ojos formaron un círculo alrededor del objeto. Nadie se atrevía a tocarlo.

El brujo de la tribu, que decía hablar con los espíritus, se acercó lentamente. Observó el aparato durante largo rato. Luego levantó una mano.

—No lo toquen.

Lo dijo con la autoridad de quien conoce las tragedias.

Pronunció un encantamiento protector. El aparato seguía en silencio.

Durante una hora lo contemplaron, esperando que volviera a hablar. Pero nada ocurrió. La selva, también, seguía callada.

Las autoridades tribales decidieron actuar. Cavaron alrededor del objeto un anillo protector y lo llenaron de ramas sagradas, huesos y plumas de pájaros. Después lo cubrieron con tierra y encendieron un fuego que debía permanecer vivo hasta que los dioses decidieran qué hacer con aquella aparición.

Un joven guerrero fue designado guardián del prodigio. Su misión era vigilar la caja y alimentar el fuego para espantar demonios.

Aquel portento, sin embargo, no era más que un olvido. Una migaja tecnológica. 

Juan despertó a las nueve. Era domingo.

Durante unos segundos permaneció acostado, mirando el techo. El silencio del apartamento le recordó que su esposa y los niños estaban en casa de la abuela.

Se levantó y fue al baño. Mientras se duchaba, el vapor le devolvió un recuerdo. Había soñado con una selva. Pero no era una selva como las que se veían en fotografías o documentales. Era una selva que parecía pertenecer a otro mundo, aunque Juan no estaba seguro de que aquello significara algo. Los árboles tenían otras formas. Las hojas eran amarillas. La hierba, marrón, como café.

Juan recordó que se había sentado entre los arbustos. Estaba feliz. Había pensado en llamar a su mujer para contarle que allí los sonidos tenían colores.

Fue cuando algo crujió entre las ramas. Juan sintió miedo. Uno parecido al miedo que debieron sentir los primeros hombres cuando una fiera los perseguía.

Corrió entre las raíces de los árboles enormes y retorcidos. Tuvo que saltar para no caer. Y, en algún momento, se palpó los bolsillos. El teléfono no estaba. Eso era lo último que recordaba.

Juan cerró el grifo.

—Qué sueños más raros —murmuró.

Se secó y fue a buscar el teléfono. La mesita de noche le devolvió una escena inquietante. El cargador estaba en el suelo. El teléfono había desaparecido. Lo buscó debajo de la cama, entre las sábanas, en el baño, en la cocina. Nada.

Cuando su esposa regresó, Juan le contó lo sucedido.

Ella lo escuchó con paciencia.

—Lo perdiste en la calle.

Juan no respondió.

—O lo dejaste en algún sitio.

Él asintió.

—Los celulares no caminan solos, Juan.

Ella sonrió y siguió con sus cosas.

Juan también sonrió. Pero algo dentro de él se rebelaba.

Durante los días siguientes recorrió mentalmente todos los lugares donde había estado. La calle. El supermercado. El automóvil. El parque. Compró otro teléfono, más moderno, más rápido, con una cámara mucho mejor.

Sin embargo, cada vez que lo llevaba en el bolsillo, pensaba en aquella selva. No sabía por qué.

A veces, antes de dormir, cerraba los ojos y volvía a ver las hojas amarillas.

Recordaba el olor. Recordaba el miedo. Y sobre todo imaginaba que alguien, en algún lugar, había encontrado su teléfono.

Y, por primera vez, comprendió que quizá aquella mañana no solo había perdido un teléfono: había dejado una puerta abierta.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS