Las grandes ciudades respiran con dificultad. Su aliento está cargado de humo, de gritos contenidos, de prisas. Los cuerpos vastos, nerviosos, cruzan grandes autopistas que palpitan como venas congestionadas. Seres que se acuestan tarde y se levantan temprano, insomnes y agotados. La ciudad moderna es un organismo enfermo, —nadie parece notarlo—, estamos todos demasiado ocupados, intentando sobrevivir en su interior.
Hablamos de contaminación como refiriéndonos simplemente a gases en el aire. Pero la contaminación es también el ruido que se nos mete en la piel, los olores que enturbian el pensamiento, la vibración constante de los motores que carcomen nuestros nervios, las aglomeraciones que nos roban el espacio vital. La ciudad nos toca sin permiso y, cuando nos damos cuenta, ya nos ha dejado su marca indeleble.
Estos estímulos, —aparentemente normales—, se convierten en agresiones cuando traspasan los umbrales de lo tolerable. El oído no fue hecho para resistir un claxon cada tres minutos, ni las sirenas a altas horas de la noche. El olfato no puede convivir sin daño entre gases, frituras rancias y aguas estancadas. Los pulmones, esos delicados nidos de aire, se llenan de partículas que no saben cómo expulsar. Y aunque el daño empiece en un órgano, el golpe se expande como una onda, hasta alcanzar el alma.
El cuerpo reacciona, al principio alarmado: una punzada de angustia, un sobresalto, alguna noche de insomnio. Luego se adapta, es casi obvio que tenemos que seguir adelante. Aprendemos entonces, a dormir con ruido, a caminar apretujados, a respirar profundo en avenidas tóxicas. Nos acostumbramos a todo, incluso al dolor. Finalmente, llega la tercera fase: el agotamiento. El cuerpo no puede más. La ciudad tampoco.
Este proceso, descrito por la medicina como síndrome de adaptación, tiene resonancia en lo urbano. La ciudad, lo mismo que el cuerpo, también se defiende: sus parques intentan oxigenarla, sus árboles resisten como pulmones tercos, sus bancos y plazas son pequeños refugios para corazones acelerados. Sin embargo, el desgaste es mayor que la tregua. Las grandes urbes, aquellas que nunca duermen, van muriendo lentamente de vigilia.
Y lo más grave, es que muchas de sus heridas ya son irreversibles. Las enfermedades respiratorias, la sordera progresiva, la fatiga crónica, la ansiedad, se tornan en estados permanentes. No son casualidades individuales, sino síntomas colectivos. Nos enfermamos juntos y en silencio. Somos víctimas de un estilo de vida que no elegimos del todo, pero al que hemos tenido que adaptarnos.
Quizás, ha llegado el momento de preguntarnos si es esta la única forma posible de vivir en comunidad. Si el costo de la modernidad debe pagarse con la salud. Tal vez, deberíamos imaginar ciudades, que no se construyan sobre la urgencia, sino sobre la pausa; que no midan su éxito en la cantidad de edificios, sino en calidad de su aire; que no compitan por crecer, sino por sanar. Ciudades que escuchen, que respiren, que abracen. Ciudades con alma.
Cuando la ciudad se enferma, no solo se apaga el paisaje, también se oscurecen los cuerpos que la habitan. Si no cuidamos su salud como la nuestra, lo irreparable ya no será solo una palabra, sino el lugar común que nadie supo evitar.
La ciudad nos golpea con violencia súbita. Lo suyo es una agresión persistente, callada, que no deja en nosotros, moretones visibles, pero, desgasta y rompe los órganos por dentro, de la misma forma como la gota horada la piedra. A veces, no es necesario su ataque intenso, para que el cuerpo decline, basta la repetición. Un ruido constante que nunca cesa, una luz que nunca se apaga, una prisa que nunca se detiene.
Cuando las fases del llamado síndrome de adaptación se entrecruzan sin la debida pausa —cuando la alarma no da tregua, cuando la adaptación se vuelve un hábito que nos consume más de lo que nos protege—, el cuerpo se enferma. No con esas enfermedades exóticas, que denominamos «raras», sino, con las más comunes entre las comunes: hipertensión, dolencias cardíacas, úlceras, gastritis. Enfermedades que, paradójicamente, son tratadas como individuales, como si fuesen fruto de una fragilidad personal, y no del entorno agresivo que las provoca de manera invariable.
La ciudad, es una entidad que, con su contaminación polimorfa —acústica, atmosférica, visual, emocional—, no nos ataca a gritos, sino con susurros. No es el estruendo aislado lo que nos enferma, sino la mezcla incesante y amorfa que no se detiene jamás. Una mezcla de estímulos que, como niebla invisible, se instala entre la piel y el alma. Una presencia constante, que hemos dejado de percibir, pero que nunca deja de actuar.
En los manuales de medicina social, se enumeran con frecuencia los mecanismos por los cuales esta vida urbana incide en la salud del cuerpo. Lo que se escapa a la mirada clínica —o lo que rara vez se nombra— es el efecto, que se produce en la mente. Así como la ciudad se enferma, también se enferma la psique; la ansiedad no tiene causa aparente, la irritabilidad es un modo de estar en el mundo, la tristeza muda se instala sin que podamos determinar su origen. No es una patología concreta, sino más bien, un estado de ánimo colectivo: el cansancio urbano.
Ahora, no se trata de aislar un elemento específico, de acusar al ruido, a la polución o al hacinamiento por separado. Es, en término general, su convivencia asfixiante la que opera el daño. Esa heterogeneidad constante, ese cóctel de agresiones menores pero permanentes, es lo que el cuerpo no puede procesar. Y lo que la mente, en su intento de resistir, acaba por normalizar. Vivimos entre interrupciones, sobresaltos, alertas: una alarma que nunca termina de sonar, que siempre está encendida.
Lo lamentable, no es solo que esto ocurra, sino la insufrible certeza que se haya vuelto parte del paisaje. Esta forma de enfermar, está tan incorporada a la vida cotidiana que apenas si se reconoce como tal. Tratamos los síntomas, sin interrogar las causas. Curamos los cuerpos, sin sanar la ciudad.
La ciudad no solo nos enferma, también juega, a fingir que no lo hace. Su agresión constante, como no puede ser evitada, se interioriza. Y cuando todo alrededor se enferma, lo que se daña no es solo el cuerpo, sino también, la conciencia.
La primera reacción a la hostilidad urbana es emocional: irritación, mal humor, impaciencia. Después de unos días, lejos del asfalto —en el mar, el campo o la montaña—, el regresar a la ciudad es un zarpazo. El ruido que antes tolerábamos, nos resulta insoportable. La aglomeración nos asfixia. El aire nos huele a encierro. Esa lucidez no dura mucho. Pronto, la mente ajusta sus umbrales, como una cámara que regula su diafragma para no deslumbrarse con la luz. Dejamos de notar lo que nos agrede. Dejamos de sentir lo que nos cansa. Actuamos como si todo estuviera bien, es claro que no podríamos vivir irritados todo el tiempo, sin colapsar.
Es aquí, donde se produce una de las trampas más perversas del habitar urbano: la costumbre. Nos adaptamos, sí, pero esto no es gratuito. No es una adaptación que nos fortalezca, sino una forma de silenciamiento interno. Para sobrevivir en la ciudad, bajamos el volumen de nuestros sentidos. Miramos sin ver. Escuchamos sin oír. Respiramos sin notar el aire. Es una estrategia económica, como dicen los manuales; no podemos malgastar energía reaccionando a cada estímulo negativo, porque nos consumiríamos. Entonces, ahorramos. Pero el precio de ese ahorro es impagable: gastamos lo mismo, solo que ya no lo sentimos.
La expresión «como si no existiera» es una suerte de anestesia. Un escudo que parece protegernos, pero, que nos vuelve más vulnerables. Es muy claro que, Lo que no se siente, no se transforma. Lo que no se nombra, persiste. La ciudad nos impone su ruido, su prisa, su aire espeso, nosotros, aprendemos a guardar silencio frente a ello. Lo aceptamos como parte de la vida moderna, como si no hubiese otras formas posibles de vivir. Debajo de esa «aparente» adaptación, algo se endurece, algo se retrae.
Hay una violencia invisible en esta renuncia cotidiana a los sentidos. Una forma de exilio interior. Es como si el cuerpo se retirara poco a poco del mundo, para protegerse de él. Como si la sensibilidad se refugiara en una cueva, esperando que pase la tormenta. Pero la tormenta nunca pasa. Y estar en la cueva se convierte en hábito, luego, ese mismo hábito, seguirá su paso firme al olvido.
Así, caminamos la ciudad como si estuviéramos completos, sin embargo, hay partes de nosotros que ya no están del todo ahí. Vemos con la mirada empañada, oímos con disimulo marcado, sentimos con la piel cubierta de escamas. Nos hemos adaptado, sí, pero ¿a qué precio?
Sin embargo, no todo está perdido. En medio de la anestesia social cotidiana, a veces algo nos sacude. Una ráfaga de viento inesperado, el canto de un pájaro extraviado entre edificios, el silencio que deja un apagón momentáneo. Son pequeñas fisuras en el muro de la costumbre. Grietas por donde entra la posibilidad de sentir otra vez.
Quizás, la única y real forma de resistencia en esta ciudad enferma, sea recuperar nuestra sensibilidad. Escuchar el ruido no para tolerarlo, sino para decidir qué queremos oír. Ver el humo no para ignorarlo, sino para preguntarnos por qué sigue ahí. Oler el aire, tocar las texturas de la calle, ver con nuevas perspectivas, el opaco gris de las paredes. Solo aquel que siente aquello que percibe, lo puede transformar. Solo quien no se ha rendido al “como si no existiera” tiene aún la fuerza para imaginar lo distinto.
Las ciudades también pueden sanar. No son soluciones fáciles, no basta con el maquillaje verde. No basta con sembrar árboles si no se siembra también un cambio en la forma de mirar. Las políticas urbanas deben dejar de pensar en los ciudadanos como engranajes productivos y empezar a considerarlos cuerpos sensibles, frágiles, vivos. Hacer ciudades habitables, es volver a poner al ser en el centro de la escena. Escuchar lo que nos duele. Ver —de forma renovada— eso que, para nosotros, se ha tornado invisible. Reaprender a habitar la ciudad, sin herirnos.
No se trata solo de una cuestión médica, sino de una decisión cultural, ética, estética. Elegir una ciudad que no nos obligue a sobrevivir adormilados, que nos permita vivir despiertos. Donde los sentidos no tengan que apagarse para protegernos, sino que se abran, sin miedo, a lo que la vida urbana puede ser cuando no daña: encuentro, movimiento, intercambio, asombro.
Si no recuperamos el derecho a sentir, tampoco tendremos —por consecuencia lógica—, la capacidad de imaginar. Y sin imaginación, lo irreparable dejará de ser una simple amenaza para convertirse en nuestro más triste destino.
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