Para mi padre,

Antonio Martínez Gutiérrez

Y su gran gusto por el box


El Cañas dominaba. «Cañitas», como le decíamos en la esquina, daba cátedra con su fina técnica de defensa y ataque. Yo lo miraba con un brillo codicioso en los ojos. En mi mente ya descorchaba champán y pisaba tierras exóticas. El triunfo era nuestro.

Iba hacia delante, la pierna de atrás bien apoyada, pero la guardia izquierda ligeramente descuidada. Ansiaba concluir aquello con un solo golpe. Corría el minuto dos del round doce, el último por el campeonato mundial de peso gallo. El Caesar’s Palace de Las Vegas era un hervidero pletórico. La gran oportunidad de nuestras vidas. Entonces, quién sabe de dónde, Darrel Wilson sacó un volado de derecha. Un relámpago seco que se estrelló en la mandíbula del Cañas.

La cabeza saltó hacia atrás; un eco de huesos y gotas de sudor estallaron bajo los reflectores. Salté al ring antes de la caída. El Cañas tenía la mirada perdida en el techo. Sostuve su cuello. Extraje el protector bucal de su mandíbula tetanizada. Metí los dedos para jalar la lengua que, flácida, obstruía la respiración. Sus pupilas estaban inmensamente dilatadas…

Lo había conocido años atrás en el deportivo Nader, en la calle de Regina, en el corazón de la Ciudad de México. Yo acudía diariamente después de mis consultas en el Hospital de Jesús. Mi rutina era siempre la misma: bicicleta, caminadora, vapor y un güisqui a las ocho de la noche, acompañado de alguna damita que el camarero me conseguía a escondidas. A la salida, el olor a linimento y cuero me jalaba hacia el gimnasio de boxeo. Me asomaba al escuchar los gritos acalorados de los mánagers:

—¡Jab, jab! ¡Izquierda, izquierda!

—¡Agáchate, mantén la guardia arriba!

—Si será pendejo, a este luego, luego se lo chingan.

Pero una noche los gritos cambiaron de tono:

—¡El rolling, Cañitas! ¡Bien con ese rolling!

—¡El jab con la derecha y prepara el gancho al hígado!

—¡El bending, Cañas! ¡La cintura!

Ahí estaba él: espigado, flaco, de brazos y piernas larguísimas. El apodo le quedaba pintado. Llevaba el rostro cubierto por la careta, el protector abultándole los labios, calzoncillo azul y guantes rojos. Sudaba a mares. A partir de esa noche, mi rutina se extendió hasta las once. Entre round y round, había güisquis para mí y cervezas para los seconds.

Llevaba entonces unas doce peleas de relleno, todas ganadas por decisión. A mí me adoptaron como «el Doc». Poco a poco me metí en su esquina: colocaba el vendaje, aplicaba vaselina y revisaba los rosetones en los párpados. Para su pelea veintitantos, la preestelar a ocho asaltos, cooperé de mi bolsa para comprarle una bata de satín púrpura y unas zapatillas. Le quedaron chicas, pero por pura pena no nos dijo nada; boxeó con los pies ampollados. Verlo esa noche fue una delicia. Caminaba con elegancia, campaneando la cabeza del adversario y rematando con un uppercut letal. Pero tenía una obsesión: terminar de un solo golpe. Por buscar el nocaut descuidaba la guardia.

—Lo tuyo es la técnica, Cañitas, olvídate del punch —le repetía el profesor Hernández, a quien casi nadie se atrevía a llamarle por el sobrenombre de Cuyo—. Eso déjaselo al Lacandón Anaya o a Pipino Cuevas, que no tienen más recurso que la pegada.

El Cañas recapacitaba, volvía a la fineza de su boxeo y esperaba el veredicto de los jueces para brincar feliz.

—Doc —me confesó una madrugada—, por más que me empeño, el punch no llega. Solo me satisfago cuando veo los pómulos morados del otro, o cuando se encorvan con mi gancho al hígado.

Esa era su frustración: no poder noquear de un solo madrazo.

Al terminar las funciones nos encerrábamos en La Ciudad de los Espejos, la cantina a unas cuadras del gimnasio. Ahí el Cañas rompía la dieta y celebrábamos.

—¡Por el campeonato mundial, mi Cañitas! —gritaba yo, levantando mi Chivas Regal con dos hielos. Las mujeres de la cantina iban y venían, enseñando mucho más que las piernas.

Por esos días apareció Esmeralda. Chula como ella sola, veracruzana, de escasos diecinueve años y un cuerpazo criminal. En cuanto la vi llegar, pensé en meterla a mi libreta, pero de tonta no tenía un pelo: se le pegó al Cañas y no lo soltó. Después de cada entrenamiento, con el Cañas empapado en sudor, ella subía al cuadrilátero a untársele, dándose a desear frente a todos.

Para la pelea del campeonato nacional, la consigna del Cuyo fue tajante: concentración total. Nos largamos a Toluca para entrenar en la altura. Seis semanas de trote, pera, cuerda y cero mujeres. El Cañas aguantó estoicamente, demostrando madera de campeón. A las dos semanas, volví solo al Nader por unos asuntos. Apenas entré, Esmeralda me abordó. Su interrogatorio empezó casual y terminó tenaz.

—Dígame, Doc, ¿dónde entrena? Prometo portarme bien —me rogó, arrimándose demasiado.

Yo me mantuve como una tumba.

—Dígame, Doc… y prometo recompensarlo como usted quiera.

No solté una sola palabra, pero mientras ella se vestía y me sostenía la mirada, un sudor frío y un remordimiento pesado me invadieron la conciencia. ¡Qué pedazo de hembra! Cuando regresé al campamento, lo primero que hizo el Cañas fue buscar mis ojos:

—¿No vio a Esmeralda, Doc?

Y yo, con la culpa atascada en el pecho, volví a ser una tumba.

Sostengo su cabeza entre mis manos mientras el Caesar’s Palace se desvanece a nuestro alrededor. El Cuyo me aprieta el hombro, quebrado. Tanto buscar el knockout, Cañitas, y la vida te lo plantó en la mandíbula de un solo viaje, sin avisar. Pego mi oído a su pecho desnudo. El corazón da sus últimos golpes, débiles, sin el punch que tanto le pedíamos en el gimnasio. El vacío de la derrota nos inunda. Me inclino hacia su oreja, tragándome la culpa de mi viejo silencio, y le miento con el alma rota:

—Despierta, Cañas. No te quedes en la lona, cabrón… Asómate, que allá abajo, junto a las cuerdas, te está esperando Esmeralda. ¡Despierta cabrón, despierta!

@2014 By Oscar Mtz Molina


Etiquetas: cuento realismo

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