El búho que no era una bruja… o quizá sí

El búho que no era una bruja… o quizá sí

Self

03/02/2026

Aquella noche, el cielo estaba tan oscuro que parecía recién lavado. La luna apenas asomaba entre las nubes y las farolas iluminaban la vereda como si fueran pequeñas estrellas cansadas. Luna —sí, así se llamaba la niña— caminaba de la mano de su mamá mientras su perrita Canela olfateaba cada rincón como si el mundo fuera un gran secreto.

Fue entonces cuando lo vio.

Un búho grande, de ojos dorados, posado sobre un árbol viejo. No se movía. No hacía ruido. Solo observaba.

—Mamá… —susurró Luna, apretando un poco más la mano—. Dicen que los búhos son brujas.

El búho ladeó la cabeza, como si hubiera escuchado perfectamente.

—Eso son mitos —respondió su mamá con una sonrisa—. No todo lo desconocido es malo.

Pero Luna no dejó de mirar al búho. Había algo distinto en él. No daba miedo… daba curiosidad.

Esa noche, Luna soñó.

O al menos eso creyó.

El mismo búho apareció en su ventana. Esta vez hablaba, pero no con palabras, sino con una voz que se sentía dentro del pecho.

—No temas —dijo—. Lo que no se entiende, se suele juzgar mal.

El búho extendió sus alas y, detrás de él, apareció una puerta invisible, hecha de luz y hojas brillantes.

—¿Quieres ver lo que hay más allá?

Luna dudó. Recordó todas las historias que había escuchado. Brujas malas. Maldiciones. Oscuridad.
Pero también recordó algo importante: no todo lo que otros temen es peligroso.

Así que dio un paso adelante.

Y el mundo cambió.

Atravesó la puerta y llegó a una dimensión donde los árboles caminaban despacio, los ríos cantaban y los animales hablaban con sabiduría. Allí conoció a un zorro de nueve colas que le enseñó que la astucia no sirve sin honestidad, a una tortuga gigante que le habló de la paciencia y a un pequeño dragón que no lanzaba fuego, sino luz, y que le explicó que la verdadera fuerza no está en destruir, sino en cuidar.

En ese mundo, Luna también descubrió la verdad.

El búho sí era una bruja.

Pero no como las de los cuentos de miedo.

Era una guardiana antigua, encargada de proteger las puertas entre mundos, de guiar a quienes se atrevían a cuestionar lo que todos daban por cierto.

—Durante mucho tiempo —le dijo la bruja búho—, me llamaron oscura solo porque no me entendían. Así funciona el miedo: convierte lo diferente en enemigo.

Luna sintió algo nuevo en su corazón. Comprendió que muchas veces las personas juzgan sin conocer, rechazan sin preguntar, temen sin mirar de cerca.

Cuando regresó a su habitación, el búho ya no estaba. Solo una pluma dorada sobre el alféizar.

A la mañana siguiente, Luna despertó distinta. No porque hubiera visitado otro mundo, sino porque había aprendido a mirar este con otros ojos.

Esa noche, cuando volvió a salir a pasear, miró los árboles sin miedo, el cielo con respeto y a los búhos con gratitud.

Porque ahora sabía algo importante:

No todo lo misterioso es malo.
No todo lo diferente es peligroso.
Y a veces, la magia aparece cuando dejamos de creer en los mitos… y empezamos a escuchar.

Y dicen —solo dicen— que si alguna noche ves un búho mirarte fijamente, no corras.

Tal vez solo esté cuidando una puerta que aún no te atreves a abrir.

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