Después de un largo día en la playa, lleno de besos, risas y momentos de contemplación entre ambos, por fin estábamos en la habitación. Me duché y quedé lista para ir a cenar. Estaba tan cansada que, mientras mi hombre entraba a ducharse, me quedé simplemente existiendo sobre la cama. No sé qué tienen esas camas de hotel… pero son irresistiblemente cómodas.
Me despertó el sonido de él saliendo del baño. Buscó sus bóxers negros y se los puso. No podía dejar de pensar en lo sexy que se veía así… sus piernas fuertes y gruesas, lo bien que le quedaban, su piel suave, su cuerpo firme, su pecho amplio y tonificado, sus hombros, sus bíceps… y sus manos, gruesas, con dedos que solo de verlos me hacían imaginar todo.
Después de recorrerlo con la mirada de arriba abajo, me miró y sonrió. Sostuve su mirada… luego bajé a sus labios.
—Ven… te quiero al frente de mí.
Se acercó sonriendo. Sabía que algo tramaba.
—Solo quédate ahí hasta que yo te diga que puedes moverte, ¿está bien?
Asintió con una sonrisa suave. Al ver su aprobación, respiré hondo, me acomodé… y quedé completamente expuesta para él.
Desnuda. Vulnerable. Disponible.
Sostenerle la mirada se volvió difícil… pero excitante.
Empecé a sentirme húmeda. Mis pezones se endurecieron. Llevé mis manos a mis senos, jadeando suavemente mientras me tocaba… mientras él miraba. Me apreté, como si fueran sus manos. Me estimulé para él… dejándome llevar por la idea de que era él quien lo hacía.
La humedad crecía.
Bajé una mano y sentí lo empapada que estaba. Deslicé mis dedos… los llevé a mi boca… y probé mi propio sabor. Levanté la mirada y lo vi: completamente erecto, deseándome.
Dio un paso hacia mí.
—No he dicho que te muevas.
Se detuvo. Su mirada cambió. Había deseo… y un leve desespero contenido.
Retrocedió.
Sabía que ese juego tendría consecuencias cuando finalmente me tomara.
Volví a tocarme. A mojar mis dedos. A recorrer mi cuerpo con intención. Llevé esa humedad a mis pezones, que ya estaban duros… y lo miré.
Su cuerpo reaccionaba. Su deseo era evidente.
Lo sostuve con la mirada y susurré:
—Tómame.
Su sonrisa desapareció en un segundo. Se lanzó hacia mí como un cazador que por fin alcanza a su presa. Me tomó del cuello con una mano, firme, mientras con la otra recorría mi humedad.
No dejaba de mirarme.
Sintió lo mojada que estaba… y sonrió.
Deslizó un dedo dentro de mí. Jadeé. Su calor me atravesó.
Luego otro.
Mi cuerpo reaccionó más fuerte. La mezcla entre placer y esa ligera incomodidad lo excitó aún más. Lo vi en sus ojos. Lo sentí en su energía.
—¿Te gusta?
Intenté responder… pero solo salió un gemido.
Asentí.
Sonrió.
Sacó sus dedos… y los llevó a su boca. Me probó sin dejar de mirarme. Disfrutó. Lo dijo sin palabras.
Mi cuerpo respondió aún más. Todo en mí se intensificó.
Volvió a tocarme, lento, saboreando el control.
—¿Te gusta?
Respiré hondo.
—Sí…
—Qué bueno… porque esto lo terminamos después de la cena.
Me besó. Me soltó. Se alejó como si nada.
—Tenemos una cena.
Y ese fue su castigo.
Hacerme esperar.
Aún me pregunto cómo puede hacer que lo desee más en cada momento. Cómo logra controlarse así… cómo puede encenderme, apagarme y volverme a encender en segundos.
Tal vez es eso.
Tal vez es ese juego el que hace que mi cuerpo y mi mente se alineen sin pensar en normas, en lógica… en lo que “debería ser”.
Porque en ese espacio…
yo no me contengo.
En ese espacio…
soy yo quien lo desea sin medida.
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