Aquella madrugada de inquietudes divinas, arribaron a sus dominios ciento treinta y siete millones de plegarias. Y, como era de esperar, él anotó en su conciencia que todo había sido en un segundo de los relojes de los hombres. Para el siguiente segundo, llegaba otra ráfaga infinita de peticiones, saturando el universo. Dios no atendió ninguna. Su silencio no nacía de la indiferencia, sino de la condena de la coexistencia: escuchaba a una niña rezarle para que su perro no muriera, mientras un general pedía la victoria de su ejército, y un asesino su perdón, y un anciano mendigaba una noche más para reconstruir en la memoria el rostro de su esposa.
Al asomarse por las ventanas sagradas, descubrió una topografía atroz. Las oraciones humanas no eran humo que se disipa; se materializaban. Formaban cordilleras, océanos negros y galaxias. Dios se vio a sí mismo como un archivista condenado a recorrer una biblioteca infinita de lamentos. Supo entonces que la omnisciencia es la forma más perfecta de la soledad.
Su pesadumbre no brotaba del desamparo de los hombres, sino de una revelación matemática: las plegarias son incompatibles entre sí. El milagro de uno exige la ruina del otro; la lluvia que salva el trigo del campesino ahoga la cosecha de su vecino. La victoria de uno es un espejo de la derrota del otro.
Al alba, un arcángel de mirada vencida se aproximó sobre el pavimento de nubes. En sus manos sostenía ánforas de un vidrio azul y opaco, cuyo peso parecía fatigarle. Sin atreverse a mirar los ojos del hacedor, depositó la primera vasija ante la mirada del programador de mundos. Dios examinó el contenido. El patrón era absoluto y aterrador: en toda la historia de la creación, ningún hombre había rezado jamás por él. Recordó en ese momento que las letanías eran un invento humano, un monólogo de la orfandad, pero nadie —ni el justo ni el impío— había rezado por su creador.
Una sola lágrima, densa como un astro, cayó de su rostro; los hombres, abajo en la tierra, llamaron a ese llanto el Diluvio Universal. Mientras el agua borraba las ciudades, Dios clausuró sus oídos a la armonía del mundo y dictó su última sentencia: «Si nadie reza por el Arquitecto, el edificio quedará a oscuras». Desde entonces, el cielo es sordo.
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