Estoy estudiando una carrera que no fue mi primer amor.
Durante años creí que el inglés sería mi destino inevitable.
Era un sueño claro, dicho en voz alta, casi jurado.
Pero la vida, terca y sabia, escribió otro camino para mí.
Así llegué a Lengua y Literatura, con dudas en el pecho.
Al inicio, las aulas me parecían ajenas, como casas prestadas.
Las palabras eran espejos que aún no sabía reflejar.
Sentía que caminaba sin brújula, siguiendo una intuición rota.
Sin embargo, el tiempo comenzó a hacer su trabajo silencioso.
Hoy empiezo a notar cómo esta carrera me pronuncia el nombre.
Mi vida no ha sido fácil, aunque hoy la mire con amor.
Fui criada por mi madre junto a mis dos hermanas.

Éramos tres hijas aprendiendo a crecer antes de tiempo.
Mi madre fue fuerza, cansada y ternura firme.
Cada mañana, antes de ir a clases, sonaba una canción.
José Luis… llenaba la casa con «Y se marchó».
Esa melodía se mezclaba con el olor del desayuno y la prisa.
Creo que ahí aprendí a sentir profundo, incluso sin entender.
Tal vez por eso soy enamoradiza y un poco melancólica.
La música me enseñó a mirar el amor como poema.
Pero al volver de la escuela, el ambiente cambiaba.
La casa se llenaba con la voz de Leo Dan con «Cómo te extraño mi amor»
sonaba como un abrazo lento.
Desde cuadras atrás podía oler el repe caliente.
Ese plato típico de Loja anunciaba que ya estaba en casa.
El aroma se mezclaba con la tarde y el cansancio.
Mi plato favorito me esperaba: repe

con medio aguacate.
Sencillo, tibio, perfecto.
Ahí entendí que no todo era malo.
Que también había consuelo en lo cotidiano.
Hubo tiempos duros, días que pesaban como silencios largos.
El pasado no siempre fue amable con nosotras.
Aun así, crecimos como flores tercas entre grietas.
Hoy amo mi vida, porque incluso en la dificultad hubo amor.
No siempre creo ser una buena hija.
A veces siento que no doy lo mejor de mí.
Esa culpa me acompaña como una sombra discreta.
Me reprocho gestos que no di y palabras que callé.
Pero dentro de mí vive un potencial que insiste.
Una fuerza que no se rinde, aunque dude.
Desde pequeña, las palabras fueron refugio y juego.
Inventaba cuentos para mis hermanas menores.
Ellas eran mi primer público, mi primer hogar.
Creaba rimas sin saber que eran poemas.
Las palabras danzaban libres en mi imaginación.
La literatura siempre estuvo ahí, esperándome en silencio.
Yo no la veía, pero ella me sostenía.
Hoy comienzo a enamorarme de esta carrera inesperada.
Tal vez el amor no siempre llega de inmediato.
A veces, simplemente, se queda… y nos elige 🥰.
OPINIONES Y COMENTARIOS