Puede venir disfrazado de distintas formas, escondido en una frase o en una quimera.

Puede ser sutil o severo; puede ser inofensivo o destructor. Todo depende del cristal con que se mire, pues no es lo mismo sentir que hacer sentir.

Es egoísta condenar a un hijo a vivir la vida de sus padres, pretender que deje de trazar su propio camino para vivir bajo una sombra ajena. También es egoísta que un hijo condene a su padre o madre a la soledad tras una ruptura o una viudez. Nada justifica aquello que damos por hecho si solo miramos el bienestar propio y no el colectivo.

¿O qué decir de cuando se coacciona a alguien para evitar que inicie una nueva relación sentimental, bajo el pretexto de un «¡ya estás viejo o vieja!»?

Incluso cuando transformamos los sentimientos en chantaje al decirle a tu pareja. ¡ Nadie te va a querer como yo!. ¡Te van a hacer sufrir!. o El típico discurso de la psicología inversa de «Tienes que quedarte solo o sola porque así lo quiso mi madre o mi padre».

Aun siendo eficaces en nuestros razonamientos, caemos en el error de condenar a la familia a vivir en un escenario de apariencias, solo por cumplir con la sociedad. El egoísmo no solo deja el espacio vacío, sino también el alma rota.

Nada justifica imponer pretensiones disfrazadas de bienestar, cuando lo único que buscamos en realidad es que los demás vivan el martirio que nosotros experimentamos, extendiéndolo como tentáculos.

El egoísmo no solo es un defecto; es un método de destrucción que introducimos en nuestra convivencia. No nos basta con ser los perjudicados; arrastramos a otros a vivir una desgracia que no les pertenece.

Etiquetas: egoísmo familia

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