En pleno centro de Villa Carlos Paz, a media cuadra de la plaza de los palos, se encuentra un bar temático muy conocido; El Irish Bar. El bar está ambientado en irlanda, con tréboles por todas partes y botellas de licor colgando del techo. No es un lugar demasiado ancho, es más bien estrecho, aunque ciertamente es bastante profundo. Tanto la barra como las pequeñas mesas exteriores están fabricadas de roble puro, y se nota que la madera es barnizada cada temporada. El olor del bar es increíblemente dulce; no es el olor que uno esperaría de un bar.

Muchos consideran el Irish bar como un lugar de mala muerte (por más que este en perfectas condiciones), pero yo lo veo como un lugar idóneo para pasar el tiempo.

En estos momentos estoy saliendo de mi oficina, ubicada a tan solo dos cuadras del centro en la zona costera, también a dos cuadras del puente Cassaffousth. Voy saliendo con un colega de curro, aunque él se irá directamente a su casa a descansar. Yo, por el otro lado, iré a relajarme al Irish Bar, al fin y al cabo es viernes por la noche.

Estoy yendo a pie, hoy no llevé mi moto al trabajo, tenía ganas de caminar. Que noche bonita. Mucho turismo, muchos colores… es un regalo a mi vista.

Tras unos cortos cinco minutos llegué al bar. Estaba casi vacío así que apresuré a irme a la última butaca de la barra.

—¿Un whisky francés, señor? —Me dijo, como era de costumbre, el bartender.

—Dos, dame dos tragos —Respondí tras una breve reflexión de no más de cinco segundos.

—Aquí tiene, señor —El bartender sirvió dos vasos de shots con whisky y los dejó frente a mí. Tomé el primero casi al instante. Cuando estaba por tomar el segundo un hombre irrumpió en el bar con un grito que anunciaba su llegada.

—¡Apenas son las nueve! Martín, ¡sírveme una cerveza negra! —Gritó el señor al bartender mientras se acercaba a mí. Se terminó sentando a mi lado.

—Tienes que dejar de hacer esas entradas, Carlos —Le dijo con un amigable desdén el bartender.

Mis ojos se posaban hipnotizados en su vaso de cerveza, era enorme. Debería haber pedido una cerveza.

—¡Eh, Martín! Tráele una birra negra a mi compañero aquí, ¡va por mi cuenta! —Dijo sorpresivamente Carlos.

—¡Oh, señor! No es necesario, aún tengo un trago —Le dije un poco rojo de vergüenza.
—¡Y ahora tienes una birra! Anda, toma —Insistió.
—Está bien, usted gana —Acerqué el vaso de cerveza a mi lado de la barra—. ¿Puedo preguntar quién es usted? —Le pregunté en un tomo sumamente suave, lo suficiente para no parecer agresivo.
—¿Yo? ¡Eso no importa! Lo importante es que si quieres algo solo tienes que pedírmelo —Dijo Carlos. Aquellas palabras solo alimentaron mi duda.
—¿Pero está usted loco? —Deje escapar una corta risa después de pronunciar aquellas palabras.
—No señor, no lo estoy, ¿Quieres saber por qué estoy así? —Me hizo una seña con la mano para que me acercara y empezó a susurrar— Gané la lotería.
—¡Wow! ¿Habla usted enserio? —Yo también hablaba entre susurros.
—Sí, de hecho, estaba por ir a ver mi premio. Aunque no me permiten aún tenerlo, tengo que esperar unas horas —Dijo misteriosamente. No quise preguntar más de lo necesario. No quería parecer invasivo.
—Eso es increíble. Debe sentirse muy afortunado.
—Pues claro que me siento afortunado, ¿De qué otra forma podría sentirme? ¡Es lo mejor que me a pasado en la vida! —Decía entre largos tragos de cerveza— Y sabes, no podría pedir nada mejor.Me siento como un capitán que observa la luz de un faro después de estar a la deriva por días. Me siento como un cometa que tuvo la suerte de pasar cerca de la tierra y vernos. Me siento como los astros mismos se sentirían si supieran lo que son, ¿Usted me entiende?
—Creo que sí, debió haber ganado mucho.
—No sé si es mucho, eso el tiempo lo dirá. Solo sé que es más de lo que alguna vez haya soñado, ¡Por las estrellas, que felicidad! —Carlos gritaba de emoción sin la más mínima vergüenza.
—Lo felicito. Sabe, lo más cerca que estuve de ganar algo fue una vez que saqué el segundo lugar en una rifa —Le dije entre risas.
—Pero al menos puede presumir que ha ganado algo, ¿No es esa la gracia? —Me dijo. Aquellas palabras me atravesaron por completo. No sabía exactamente como sentirme en aquel momento. Estaba en un bar, con temática irlandesa, hablando con un desconocido que me había comprado una cerveza y, como si fuera poco, se había ganado la lotería.
—¡Una ronda más, jefe! —Carlos alzó la mano y me señaló— ¡También para mí amigo!
—Oh, no señor. Estoy bien.
—¡Patrañas! ¡Tráigale la botella de whisky más cara que tenga!
—¡No, señor! ¡No es necesario! —Dije un poco asustado. El whisky más caro allí era directamente cobrado en dólares.
Antes de que pudiese decir algo más el vaso se encontraba ya servido. Le dirigí una mirada confusa al hombre y me dijo:
—Adelante, bebe. Todo va por mi cuenta.
En ese momento simplemente me apagué, ¿Por qué no? Agarré el vaso de shots y olí aquel whisky. Su olor era tan profundo y penetrante que te hacía replantearte lo que estabas por hacer. Sin más dilación tomé aquel whisky. Mi garganta ardió como el mismísimo infierno, pero al menos podía presumir que bebí un Chivas Regal.
—¿Te ha gustado?
—Increíble, deberías probarlo —Arrimé el vaso a su lado.
Con un gesto de la mano dijo que no.
—No me gusta el whisky —Se echo a reír, claramente ebrio.

Las horas pasaron y las charlas no acababan. Aquel hombre era legítimamente la persona más feliz que jamás conocí.
—Bueno, ya tengo que irme —Dijo Carlos mientras se levantaba de su asiento a duras penas.
—¿Pero a dónde irás? —Le pregunte.

—Al hospital. Carlos Jr. ya debe haber nacido.

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