Dónde ya no somos

Dónde ya no somos

LeónRots

16/04/2026

por LeónRots. 

Abrí dos novelas días antes, y ahora La continuidad de los parques se me deslizaba por la mente como el vuelo de una tijereta: va y viene, se deja ver, cree ser feliz —y lo es—aunque eso no dure para siempre.

Era jueves. Otra noche con amigos, fútbol, asado y el popular tercer tiempo. Me quedo más por no dejarlos tirados que por ganas, pero no se los digo. Por lo visto todavía me ven como el mejor amigo, o eso parece. No me malinterpreten, son buenos pibes. Pibes… un decir. Ya son grandes los muchachos. Inmaduros y boludos, sí, pero en esa torpeza hay una inocencia rara, casi entrañable. A veces hablan y hablan, y yo escucho, y mientras los escucho, pienso en lo poco que cambia ese mundo que para ellos sigue siendo todo un universo. Y que para mí es apenas una parte. Ellos no lo saben, y sospecho que no lo sabrán. 

Uno cuenta algo del laburo —sin saber que lo va a repetir, con otras palabras, durante años. Otro se queja de su ex, un tercero exagera una anécdota que escuché al menos tres veces. Me río igual. Hay costumbres que se sostienen solas, aunque uno ya no las crea.

Y mientras ellos siguen hablando —los mismos chistes, las mismas guerras pequeñas, los mismos orgullos torpes—la noche se estira como un hilo tenso. No incomoda, simplemente me doy cuenta de que ya no pertenezco del todo a ese lugar, aunque todavía sea capaz de habitarlo.

De pronto, en un silencio mínimo, los miro uno por uno y me pregunto cuándo fue que empezaron a quedarme lejos. No en distancia, sino en perspectiva. Tal vez siempre estuvo esa diferencia, pero antes yo la maquillaba con la juventud compartida y con el vértigo de creer que todo estaba por venir. Ahora no, ahora cada uno ya eligió, aunque no lo sepamos.

Sigo sentado. Ellos siguen hablando. Repiten, giran, vuelven sobre lo mismo sin notarlo, como si el tiempo en este lado de la mesa no avanzara del todo. Y quizás no avanza. Quizás algunas escenas quedan suspendidas, esperando que alguien se levante.

Me levanto. Voy al baño. Y al volver, los encuentro igual que antes, inmóviles en su pequeño universo hecho de risas, cervezas baratas y convicciones livianas. Y por un instante, siento una ternura rara, casi como mirar una foto de otra época: ahí estamos, pero ya no somos.

Vuelvo a sentarme y dejo que hablen. Ellos creen que escucho, y en parte es cierto, pero mi cabeza está en otro lado. Pienso en las novelas que dejé en pausa y en los proyectos en punto muerto. Pienso —sobre todo—en que hay momentos en los que uno comprende que crecer no es siempre ir hacia adelante, sino empezar a aceptar lo que se queda. No con culpa ni con tristeza, sino con una calma parecida a la resignación, pero más suave.

Cuando finalmente me voy, ninguno pregunta por qué me levanto tan rápido. Me despiden como siempre, con un “che, hablá mañana en el grupo” que no tendrá mañana. Camino unos metros y todavía escucho sus voces, rebotando contra las paredes del pasillo, como ecos de un idioma que alguna vez fue mío.

En la calle, el aire fresco me devuelve a mí mismo. Y por primera vez en mucho tiempo siento que no pasa nada con alejarse un poco, que a veces la vida se mueve así; como un pájaro que decide cambiar de rama sin hacer demasiado ruido, sólo porque ya no se reconoce en la sombra que proyecta la anterior. Adiós amigos… me voy sin despedirme.

Sigo caminando. No sé bien hacia dónde, pero al menos sé que es hacia otro lado.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS