Donde nace el karma
Nadie muere del todo, solo aprende a transformarse.
La culpa no se hunde en el silencio, queda suspendida esperando otra forma de existir.
El mundo ardió primero en la mente, luego en la historia.
Creímos que caer era desaparecer, pero el final solo era una puerta mal cerrada.
La conciencia regresó hecha viento, agua sin memoria, latido que observa desde la sombra cómo el tiempo se repite hasta comprender.
Cada vida fue un intento, cada error, una semilla.
El dolor no castigaba: enseñaba con la paciencia brutal del universo.
Hubo dioses que bebieron emociones, que llamaron alimento al miedo y fe al sacrificio.
Pero incluso allí, el amor siguió creando mundos sin pedir permiso.
Pensar fue crear.
Sentir, dar forma a lo invisible.
Un universo nació con cada elección y otro se derrumbó con cada olvido.
Cuando el poder entendió su límite, el castigo perdió su nombre.
El karma dejó de ser condena y se volvió espejo:
no para juzgar, sino para despertar.
Porque donde nace el karma no empieza el castigo, empieza la conciencia,
y todo ser aprende —tarde o temprano— a mirar lo que ha creado.
Escrito inspirado en la novela Donde Nace el Karma
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