Este mundo y su enorme incapacidad de amar pueden llevarte a buscar respuestas en lo más profundo de ti mismo, respuestas que puede que jamás encuentres.
La duda no pide permiso para instalarse en tu mente; te hace cuestionarte, cuestionar a los demás, cuestionar incluso el propósito de tu vida y cómo podrías encajar en este enorme rompecabezas.
Nos hacen creer que el planeta gira al rededor del poder, del dinero, del sexo, incluso de lo prohibido, pero la verdad es que giramos al rededor del amor o de la incapacidad de darlo y recibirlo. Prueba de eso son todas las guerras y conflictos que han marcado nuestra historia, y es que una persona con un corazón lleno de resentimiento puede ser el detonante perfecto para acabar con la vida de miles.
Un malentendido, un conflicto mal manejado, incluso las diferencias de puntos de vista son excusa para sacar a pasear nuestras heridas, nuestras frustraciones y toda la basura de la que se llena nuestra alma cuando creemos que no somos valorados o tomados en cuenta.
Vivir duele mucho, y aun más cuando decidimos caminar descalzos en relaciones llenas de vidrios rotos y escombros, producto de la destrucción que han dejado las experiencias de relaciones pasadas. Sería maravilloso que nuestro cerebro tuviera la capacidad de separar lo que vivimos de lo que estamos por vivir, que bajara las defensas, que no estuviera siempre cuidándonos de no ser lastimados. Me parece que, lejos de cuidarnos, nos deja solo el 30% de la experiencia y nos lleva a actuar como psicópatas.
Y sin embargo, la existencia misma nos exige un acto de fe radical: la vulnerabilidad. El amor no puede florecer detrás de los muros que levantamos para protegernos. Tal vez el 70% de la experiencia que tememos perder no es la inocencia, sino la oportunidad de ser valientes. Es en esa grieta, donde el dolor amenaza con entrar, que también se cuela la luz de la conexión genuina. El desafío no es sanar para amar, sino amar a pesar de estar rotos. Reconocer que, incluso con nuestras imperfecciones, somos capaces de ofrecer y apreciar un amor humano profundo, que, aunque imperfecto y temporal, es un reflejo digno del amor eterno. Las cicatrices que nos dejan las relaciones no son solo pruebas de lo que perdimos, sino mapas de dónde hemos aprendido a amar con más sabiduría y valentía.
Si lo analizamos con detenimiento, la existencia en sí misma es sencilla. Vayamos a las escrituras, nacimos para amar y ser amados; nuestro propósito es servir y cuidar a las personas con las que se nos da el privilegio de coexistir. Debemos ser amables, compasivos, debemos tolerarnos, perdonarnos las faltas con rapidez y olvidar… es simple.
Entonces, ¿por qué lo complicamos? ¿Por qué entretejemos lo que creemos con la realidad? ¿Por qué pareciera que nosotros mismos saboteamos nuestra felicidad con argumentos rebuscados? ¿Por qué dejamos que el exterior se involucre donde solo nosotros tenemos potestad?
¿Qué pasaría si fueras libre del pasado para? Seguro construirías relaciones basadas solo en el amor. Y es que así lo hizo Dios: nos amó sin importarle si lo amaríamos o no, lo dio todo y no esperaba nada, nunca fue importante para él la opinión de otros, solo se entregó y espero lo mejor. ¿Por qué no podemos ser así? ¿Por qué?
El amor es el inicio y el fin de todo. La Biblia nos enseña que en él se hicieron todas las cosas, por amor fuimos creados, por amor murió Jesús en una cruz, por amor resucitó, por amor nos perdona, por amor intercede, por amor nos protege, por amor camina a nuestro lado. Lo único que él no hace en nombre del amor es dejarnos; todo lo contrario, prometió estar con nosotros hasta el fin.
Definitivamente, una vida sin Dios es imposible, y es que su amor y protección alcanzan incluso a los que no creen en Él, tanto así que el sol sale para justos e injustos, por igual. Él, el creador del universo, ama sin medida y no se guarda nada por amor a su creación, pero nosotros, contaminados, corrompidos, destruimos todo a nuestro paso; somos superficiales, nos herimos con mucha facilidad, buscamos argumentos microscópicos para marcar una línea, levantamos muros, nos aislamos, sobrepensamos, nos creamos escenarios apocalípticos y los usamos para aniquilar toda posibilidad de éxito. Tal parece que nos vamos programando para luchar en contra de nuestra propia felicidad.
El amor es la solución y no queremos verlo, estamos ciegos por emociones vanas que nos hacen tomar decisiones que a la larga y, a veces, a la corta, solo dañan a otros y a nosotros mismos. ¡Dios mío, qué reconfortante es vivir nuestras vidas al lado de personas que genuinamente se preocupan y ocupan de ti! Es sublime saber que aun en medio del desierto caminaras con personas que no escatiman esfuerzos para verte reír, aunque esto en ocasiones incluya vestirse de payasos, personas que no te dejan a pesar de lo que eres, personas que conocen lo peor de ti pero te ven con ojos compasivos, personas que lejos de juzgarte te aconsejan, y se convierten en un pequeño faro en medio la oscuridad, personas que son capaces de morir a sí mismas por amor a ti, porque el amor cubre multitud de pecados. Creo que de eso se trata la vida y es la mejor manera de vivirla.
El amor no son flores ni mariposas en el estómago, el amor no es una canción romántica que se parezca a lo que vives, el amor no es celar, el amor no es el sexo, el amor no es estar siempre con alguien, el amor no son promesas… El amor es una decisión que nunca cambia a pesar de que las circunstancias lo hagan. El amor es darlo todo, incluso tu vida si es necesario, sin importar si recibes lo mismo a cambio. Y existe una historia que lo explica mejor de lo que cualquiera puede hacerlo… la puedes encontrar en la Biblia, 66 libros llenos de amor, compasión y misericordia.
Deseariamos que existiera una varita mágica o una sustancia que te quitara el dolor y el vacío que producen el desamor y el rechazo. Ojalá nuestra alma pudiera entender que un día eres especial para alguien y al siguiente ya no. Sería maravilloso borrar la angustia que causa el no saber por qué alguien te saca de su vida con tanta facilidad, y sería mejor aún poder sacar de tu mente los recuerdos y con un soplo derribar todo lo contruido como si fuera un castillo de naipes. Sería algo celestial que solo con decirlo pudiéramos desarraigar de nuestras células el cariño y la admiración que sentimos por otros, quitar el interés, y el deseo de que sean parte de tu vida y tú de la suya, ya no desear ser prioridad o que te elijan por encima de todo.
Imagina dormir y al despertar ya no sentir nada, ni cariño, ni admiración, ni interés, ni dolor, ni rechazo, ni angustia, ni dudas, ni tristeza, ni la profunda sensación de que eres culpable, de que tú lo causaste, perder el miedo a que me vuelva a pasar, desvanecer el temor de que tus amigos, las personas en las que confías, las personas a las que amas y llamas familia, una a una se irán y será tu responsabilidad. ¿Y si existiera un interruptor para apagarlo todo, para dejar de ser quien eres? No, tal cosa no existe. Entonces me surge otra pregunta: ¿qué hacer con las emociones? ¿dónde se depositan? ¿dónde se calma el anhelo de que todo esté en orden? ¿cómo disimular la enorme tristeza que a invadido tu corazón?
El amor duele, la vida duele, el rechazo duele, y la incertidumbre te destroza segundo a segundo.
Sé que hay una solución; volver a la fuente, poner las emociones en manos de nuestro Padre Celestial y pedirle que esto termine pronto, aprender lo que se necesita aprender, recobrar el ánimo y seguir caminando. No puedes detenerte solo porque tienes heridas que aún están sangrando. Se deben tomar decisiones basadas en lo mejor para todos. Se debe mantener la cordura, pedir perdón y perdonar, hay que mantenerse firme, pedir dirección y dejarse guiar, porque aunque todos se alejen, porque aunque no seas bueno o suficiente para los que quieres, Dios siempre estará, y su amor inagotable no dejará de ser. Él te recordará lo especial que eres, pues tú estabas en sus pensamientos aún antes de que él fundara el mundo. Como describí antes, el principio y el final de todo es el amor.
Haz lo que debes hacer, aunque trabajar en ello no cambie lo que sientes, o por lo menos no tan rápido como se desea. Lo bueno es que esta es una oportunidad de crecer, de estrechar la relación con Dios, es una oportunidad para mejorar y formar el carácter.
Sé que cada cicatriz que dejan los procesos que se viven no serán en vano, que para cada una Dios tiene un propósito.
Debemos ser conscientes de que el amor siempre va a doler en todas sus facetas. Ni siquiera Jesús pudo evitarlo, y a través de él nos otorgó la salvación.
Ser madre duele profundamente, también duele su dolor. Ser esposos no solo duele, también quema. Ser amigos duele en el alma. Ser hijos duele en el ser. Ser líder duele en el espíritu… y entonces así te resignas a que el dolor siempre estará ligado al amor.
A la mente le cuesta un poco procesarlo, y es que cuando se piensa en el amor, a lo último que lo asociamos es al dolor. Y es allí donde nos damos cuenta de que el dolor es un maestro que tiene mucho que enseñarnos y está en casi todas las experiencias a lo largo de la vida, y eso nos lleva a la conclusión de que Dios así lo quiso, es decir, el dolor tiene un propósito.
Es reconfortante saber que a nuestro Padre Celestial nada se le escapa y que por eso su Espíritu Santo se encarga de coleccionar nuestras lágrimas, para que en medio de la tristeza y la soledad podamos sentir su consuelo y lo incondicional que es su amor.
Repitete una vez más que esto va a pasar, que todo va a estar bien, repítete que los procesos son necesarios y tienen fecha de caducidad, repitete que no siempre va a llover, repítelo una y otra vez hasta que lo creas. Recuerda, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento, ese que te mantiene colgado a la tristeza, el que te desenfoca, y te desanima; ese es opcional.
Hazte un favor, mantente en pie, sigue luchando, concedete la oportunidad de amar abiertamente a pesar de las heridas, a pesar de los fracasos, no permitas que el pasado te robe la existencia, no le des permiso a la amargura de mudarse a tu presente, arde en la plenitud del ahora , sueña intensame, ríe hasta las lagrimas, llora sin reservas, haz memorable cada instante y mantente atento: el sol volverá a brillar y, esta vez, sabrás sentir su calor como nunca antes.
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