Remigio Paucara se mira al espejo, se humedece la cara con agua fría para apaciguar el dolor de muela, molestia que lo aqueja ya hace una semana. Son las doce de la noche, no puede dormir, por el constante suplicio que alberga su boca. El rostro de manera gradual se le fue hinchando, desequilibrando su simetría, afeando aún más sus rasgos juveniles en lontananza.
Observa su semblante rústico, resecado por el estuco, cual manipula en su faena de albañil. El polvo del material resquebraja la piel al revocar las paredes, trabajo eventual que realiza en la construcción de una casa en el pueblo de Achocalla. Remigio vive en los márgenes del municipio, cerca de las chullpas de Kaque Marka, arcaicos panteones funerarios de los antiguos aymaras.
No tiene seguro dental, el dentista particular más próximo está en la ciudad de El Alto. Se contempla al espejo y se maldice. «Debí cepillarme los dientes con mayor frecuencia», repite. Por vivir en supervivencia, descuidó los dolores del futuro. Tiene veintinueve años, espera impaciente que el malestar reduzca, conservando la calma. Se entregaba al sosiego del silencio.
Al día siguiente debe concluir su contrato en la obra de albañilería que le encomendaron, le pagarán menos de lo que vale, pero tiene que hacerlo sin chistar. Ganar unos billetes es una bendición en los días turbios del nuevo siglo. Es abril del año dos mil, casi no come, se alimenta únicamente de papas cocidas que cosechó en su chacra. Cuando no es suficiente, calma su hambre masticando hojas de coca, fumando tabaco barato, marca Astoria sin filtro, bebe alcohol con agua azucarada. Todo con el fin de olvidar su desoladora realidad.
No le alcanza para el dentista; sus últimas monedas estaban destinadas a saldar una deuda, préstamo que usó para comprar dos vacas. Eran su mejor posesión, pues la tierra que le heredaron era árida, no daba casi nada. «¿Qué estaré pagando?», se preguntaba a menudo. Sus padres ancianos murieron hace una década, quienes eran más pobres que él; era el último hijo, los demás hermanos migraron a la Argentina a laborar de costureros. Él se quedó a cuidarlos, pensó que tendría mejor suerte, soñó con buenas cosechas, una esposa, pero nada, solo el viento de la noche y unos cuantos animales le hacían compañía. El dolor de su desesperación se equipará al de su diente podrido.
Intentó aliviar el sufrimiento con toda sustancia a su alcance. Se introdujo en el hueco cariado de su diente un clavo de olor, botón floral del árbol clavero. Le adormeció la lengua, la pared lateral de la boca y el paladar, pero no logró su cometido; su agonía era más intensa. A ratos funcionó como placebo; era un viejo remedio que su abuela utilizaba cuando ella aún vivía. Recordó sus cálidas manos acariciando su cabeza, la extrañó sin duda. La avergonzaría porque no había logrado nada en la vida; eran los pensamientos que lo atormentaban en las borracheras. Para su mala suerte, esa noche no tenía siquiera una botella de licor.
Días antes, por la mañana, en la feria sabatina del pueblo que se realiza alrededor de la laguna, compró una pócima, un polvo blanco de un naturista callejero. Con labia cautivadora, le convenció de la eficacia del remedio, que su producto desaparecería el dolor de la muela. Los pobladores lo tildaban de embaucador, pajpaku, un ambulante que exhibía botellas llenas de agua, con diferentes gusanos parásitos para llamar la atención, y así vender sus múltiples pseudo medicinas.
Remigio también era reacio a creer en tales personajes, desconfiaba de su verba, pero en su desesperación cayó en sus promesas de sanación. Su aflicción era visible, sus ojos rojos no mentían, su suplicio era el único motivo para empujarlo a comprar cualquier baratija que apacigüe su martirio. Obviamente, tal pócima no sirvió de nada, era una estafa, era una víctima más, ingenuo, como otros miles de habitantes del área rural del altiplano boliviano, que caen en el timo, desesperados por salud, embobados en las argucias de tales personajes; son tan inocentes, tan incautos.
«¡¿Carajo, cómo llegué a esta condición?!», se atormentaba. Era consecuencia de su inexistente esmero a la limpieza; se arrepiente hasta la desesperación. Se tumba en el piso, haciendo que la mejilla palpe el suelo, deseando que el frío del cemento calme un poco el dolor. En la oscuridad de su mente, pequeñas estrellas aparecen al cerrar los ojos. Se olvida de sus problemas, de casi todo; su drama existencial es incomparable ante el castigo de su propio cuerpo. Quiere desmayarse, pero la fuerza de su raza se lo impide.
Se ha estado escondiendo en su choza como una bestia herida; vienen a buscarlo por las deudas que contrajo. Han pintado en su pared de adobe: deudor moroso. No le importa, pues casi nadie vive en ese páramo alejado del valle de Achocalla. El abrasivo dolor le hace imaginar una historia diferente, distante de la miseria rural. Sueña con una familia, un automóvil, un trabajo en el Estado con seguro dental. Pero son únicamente alucinaciones, donde la desesperación de la mente juega con la metafísica de la realidad. «¿Qué ser divino nos condena a estos dolores?», se preguntaba. Era el destino cruento de seres salvajes lanzados a este mundo, echados a la lotería. A veces con suerte, a veces con castigo.
Se observa repetidamente al espejo, piensa en el suicidio. «¿Para qué la vida?», murmura. Es un campesino más, uno de los miles que están en pleno alzamiento rebelde. Le informaron que, en todo el altiplano, la indiada estaba iniciando un levantamiento para exigir al gobierno mayor atención a sus demandas. Recuerda que llegó hace unos meses un tal Mallku,[1] quien daba discursos iracundos en la asamblea del pueblo. No le prestó importancia, pero le vinieron unos fragmentos a la memoria. «Los españoles trajeron las enfermedades a nuestros territorios… introdujeron la sífilis, la caries, antes no había», dijo. En esas palabras se representó, hurgando la llaga de su desdicha; por su condición, odió la procedencia lejana de esos males que ahora lo aquejan, despotricó contra el coloniaje.
El dolor le es cada momento más intolerable, mengua su espíritu. Se puso a llorar, desapareciendo la rudeza de hombre de campo. Empezó a infundirse daño en otras partes del cuerpo, pretendiendo engañar a su cerebro, drástico método que sí funcionaba. Agarró un cuchillo obtuso, pero que aún cortaba; hizo unas líneas en la epidermis del muslo, que no tardaron en sangrar. Viendo que era efectivo, tomó unos agujones de la abuela, aquellos que utilizaba para tejer aguayos; introdujo la punta en los bíceps, en los deltoides. Luego volvía al cuchillo, tajando líneas en sus antebrazos. Su cuerpo segregaba endorfinas, analgésicos naturales que mitigaban levemente las punzadas que el nervio de la muela infringía. Cuando la batalla llegó a su límite, al no funcionar las autolesiones, se dio puñetazos a la cara, que hicieron sangrar la nariz, trucos que lo llevaron al fondo de su resistencia. Nada equivalía al malestar que una muela corroída acarrea.
Con el cuerpo lacerado, cuya sangre cicatrizó de inmediato, se divisó en el espejo. Era joven, pero de aspecto demacrado, que se asemejaba a un hombre condenado a la muerte, resignado a la nada. En ese rincón de la comunidad, de soledad tétrica, recordó que de niño su padre lo llevó a observar las chullpas, que todavía poseían en sus interiores restos cadavéricos, huesos ancestrales que fueron hurtados por arqueólogos extranjeros. Recuerda aquellos cráneos, cuyas dentaduras parecían reírse de él. Imaginó su propia muerte. «Odiaría exhibirme en algún museo gringo», pensó. Maldijo a los políticos y a la gente rica del país, quienes viven del sudor campesino, obviando la miseria del creador de alimento, del que lleva comida a las mesas de la urbe, como diría el Mallku: «Somos siervos, pongos en nuestra propia tierra». Sería el dolor, tal vez un real razonamiento, que cuestionó las circunstancias existenciales de su raza; estaba decidido a unirse a la insurgencia aymara.
El malestar de la muela, para las tres de la mañana, era un calvario infinito, sin un desenlace factible. Cuando el cansancio le ganaba, dormía unos minutos, pero su cuerpo interrumpía los lapsos oníricos, porque no dejaba de doler. Incluso el sufrimiento le seguía a sus sueños, eran demonios que no le daban escapatoria. Soñó que iba al dentista para aliviar su malestar, rememorando aquella única vez que lo llevaron de niño. En las imágenes de su mente, el especialista le intentaba arrancar el diente, pero cuando estaba por lograrlo, despertaba tumbado en el piso. «Fue un maldito sueño», se lamentó. Se pone de pie, ve nuevamente su rostro; es notorio la hinchazón de su mejilla, está rojiza por el contacto con el frío del cemento. Su cara cobriza era la de un hombre enajenado de la realidad.
Se le ocurrió engañar otra vez a su cerebro, para así olvidar el dolor, imaginando escenas eróticas. Pretendía forzar la producción de estímulos que fabrica el cerebro, como la dopamina, la oxitocina y la endorfina. Se masturbó continuamente, en cada eyaculación, por unos segundos apaciguaba las dolencias de la muela, trataba de concentrarse, para que, en repetidas veces, se viera copulando con alguna fémina. Ya no pudo más; incluso no concebía que una mujer se le entregase, tenía poca estima a sus rasgos indígenas, se autodespreciaba. En la batalla por burlar al cuerpo, a eso de las cinco de la mañana, Remigio ya perdió las esperanzas de que ese tormento desaparezca. Intentó todo, por lo que terminó rindiéndose a la desesperación.
En el crepúsculo del alba, fue a buscar su caja de herramientas, ahí tenía unos alicates, varios destornilladores. De todos los artilugios agarró los que supuso eran los adecuados para su propósito. Miró su rostro pétreo, quemado por el sol del Ande, con los ojos rojos, los vasos sanguíneos dilatados al extremo, no había blanco en sus globos oculares. Su mirada daba lástima, se vio a sí mismo como una criatura acarreada al cadalso, sin esperanza de felicidad, vio su ser predestinado al sufrimiento eterno.
Tomó el alicate, lo introdujo en su boca, sintió el frío del metal, no le importaron los rastros de herrumbre. El contacto de las tenazas supuso una descarga que le nubló la vista; el dolor era extremo, la muela podrida no daba indicio de abandonar su morada alveolar. Se armó del mayor impulso, bravo, osado hasta el alma, y jaló el diente pensando que de un tirón saldría la pieza, pero no fue así. Por el contrario, intensificó el dolor a niveles inhumanos, abismalmente insoportables, haciendo que se revuelque en el piso como un animal maltrecho.
Bebió un poco de agua y continuó con su cometido. Cambió de estrategia, apalancó el diente para que no resbale el alicate de la superficie dentaria. La baba le caía de rato en rato, sentía desmayarse del suplicio, pero no dudó en poner fin a su sufrimiento. En cada intento los nervios paralizaban medio rostro, la saliva se mezclaba con sangre. Algunos trozos pequeños del diente se desprendían, de a poco, lentamente, tenía la sensación de que la pieza molar se despegaba de la encía.
Le tiemblan las manos, en dos ocasiones se le cayó el alicate al piso; se los llevaba nuevamente a la boca sin importar las partículas de mugre. Siempre clavada su mirada al espejo, percibió su rostro agotado por el calvario de la cruenta hazaña. Lejos de un dentista, estaba condenado a la amarga realidad rural: Extraer sin anestesia su mal acaecido. Insulta, maldice en susurros, «¿Cuán necesaria era la existencia?», se preguntaba, si valía la pena respirar sin pretender meta alguna. Le perseguiría ese infortunio, como la muerte de la tía por un cáncer de ovarios, la silicosis de su padrino minero o la paraplejia de su primo maldecido al nacer.
En su último arranque de locura, consumido por la adrenalina, apretó la muela y la arrancó, ocasionando un dolor intolerable, casi demoniaco castigo de sus pecados. Unas líneas de sangre, pus y saliva caían de su boca, como una cascadita de agua turbia. Al desprenderse del nervio, gozó de una calma añorada, casi de fervor místico. Salió el sol, los rayos ingresaron por la ventana rústica. Medio sonámbulo, enjuagó su boca con agua fría, pretendiendo borrar el rastro de su exodoncia casera.
En su mano yacía el diente podrido, lo miraba por todos los ángulos. «¿Cómo este pequeño trozo del cuerpo puede hacer que un hombre se quiebre en llanto?», no podía comprenderlo. Sosiego de todo su ser al notar que el dolor se marchó, que ninguna dolencia era su cárcel. Pasado aquello, se tiró en la cama, quedando dormido, exhausto. Al cerrar los ojos, decidió sumarse a la marcha campesina; buscaría mejorar la salud en los márgenes del altiplano, en esas lejanías. Estaba convencido de que también otros viven el castigo de la pobreza, sin médicos ni remedios, ahí donde la miseria es una sombra.
[1] Seudónimo del líder campesino Felipe Quispe Huanca.
* Franco Limber, El Alto – 2025.
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