Es real.
Se siente como una grieta en el pecho.
Una opresión constante.
Un dolor invisible… pero presente.
Un dolor que el llanto no logra aliviar,
que aparece por momentos
y, a veces, hasta te quita el aire.
“Donde no puedas amar, no te demores”, dice el dicho.
Pero qué difícil se vuelve cuando entendés
que del otro lado hay un amor… hoy confuso.
¿Existen las certezas en el amor?
¿O es, acaso, un sube y baja permanente
donde lo único firme es la elección?
Aprendí que el amor no es egoísta.
No es posesión.
Es, tal vez, la capacidad de soltar.
De dejar ir…
y permitir que el otro vuelva
solo si lo elige de verdad,
sin presión,
sin miedo,
sin deuda.
Porque el amor -cuando es sano-
no retiene: acompaña.
Y aunque duela,
también es eso: abrir la mano.
Como dice la frase del poeta Kahlil Gilbran
“Si amas a alguien, déjalo ir.
Porque si regresa, siempre fue tuyo.
Si no, nunca lo fue.”
Y en sus ojos lo veo:
temor,
heridas que todavía no cierran.
Y entonces entiendo…
que a veces amar
también es saber retirarse.
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