Destino impuesto- introducción y capitulo 1

Destino impuesto- introducción y capitulo 1

Marco Ferraris

20/08/2020

Destino impuesto

ISBN 978-987-33-7588-0

Fecha de Catalogación: 18/05/15

Aclaración:

Todos los personajes de este libro son ficticios, así como la historia que se narra.

Por lo tanto, las páginas subsiguientes son sólo una expresión de la creatividad del autor.

Capitulo 1

11 de octubre, 2015.

Cientos de preguntas, todas sin respuestas, se sucedían una tras otra en su confundida mente, a un ritmo endiabladamente frenético. El vaivén de la embarcación no lograba calmarlo; en realidad, nada podría haberlo hecho en aquellos momentos.

Estaba llegando su hora, y en cierta forma, poco le importaba. ¿Acaso quería vivir esclavo por siempre? No. Un sórdido temor le recorría los pensamientos últimamente: ¿Sería posible que, pese a dejar este mundo, continuase indefectiblemente atrapado en la inviolable prisión que era nada menos que su mente? El sólo pensarlo le hacía temblar incontrolablemente.

De todas maneras, algo muy dentro de él creía que existía una leve posibilidad, tal vez de una en miles, de salvar su espíritu. Si razonaba sobre ella de manera lógica la encontraba lejana, imposible. La evidencia iba en contra de aquella infantil esperanza. Pero evidentemente, su conducta decía otra cosa. Era desafiante, osada, valiente. Sí, albergaba una ínfima esperanza de salvar su alma. ¿Por qué sino montar semejante espectáculo? ¿Por qué movilizarse como lo estaba haciendo ahora, mientras navegaba sobre el eterno océano hacia su destino final?

“Si” pensó. “Si existe una única posibilidad, estoy listo para tomarla”. Alguien emitió una irónica carcajada dentro suyo, burlándose de sus propios pensamientos.

No era él.

Algunos días antes

1

Finalmente, el glorioso día donde todo comenzaría había llegado; estaba aquí, y podía tocarlo con las manos.

Tantos momentos pensando cómo, cuándo y dónde llevar a cabo su gran anhelo, confluían en aquel preciso instante, cuando aquella relajante música llegaba impulsada desde la mágica guitarra del anciano que, desde un rincón del pintoresco bar ubicado en la playa Copacabana, deleitaba a los presentes. Éstos se dividían entre quienes acababan de finalizar su jornada laboral y deseaban relajarse bebiendo algo fresco, y visitantes como él mismo, anhelantes por disfrutar la mágica noche que Rio de Janeiro ofrecía durante todo el año. Y de comenzar a escribir su destino, literalmente.

Christopher Williams había crecido en la cosmopolita ciudad de Londres, eternamente envuelta en aquella fría pero acogedora neblina, siendo el único hijo que sus progenitores habían traído al mundo. Además respetar fiel y estructuradamente las costumbres típicas inglesas, los Williams eran una familia acaudalada, lo habían sido por varias generaciones y, con el crecimiento y desarrollo de Chris, esperaban continuar en esa fina línea de altivez y aristocracia moderna. Desde muy pequeño, éste había sido un niño de mente inquieta, de aquellos que eligen examinar un libro a conciencia antes que cualquier otra actividad. Cuantiosos libros, en efecto. Su intelecto era agudo y su avidez para lo cultural, sugerente.

Chris acababa de alcanzar los 32 años; era un joven dotado de una tez blanquísima, de gran altura y sumamente delgado, de tristes pero expresivos ojos azules y dueño de un ensortijado cabello rojizo. Se vanagloriaba de ser un apasionado de la literatura y la escritura, recordando como si fuera ayer mismo las extensas y excitantes noches de verano, en las cuales sus padres le permitían subir a la magnífica terraza de la casa y poder escrudiñar las estrellas con aquel certero telescopio profesional que le habían regalado para el cumpleaños de once. Chris sintió una inmensa felicidad al recibir aquel preciado regalo, tan capaz de avivar su imaginación y excitar su espíritu hasta límites insospechables; de hecho, aún conservaba el singular artefacto en el ático de su departamento actual en Londres y más de una vez lo había sacado de su envoltorio para poder otear un poco el cielo, casi a escondidas de los curiosos; lo conservaba impecable, pues siempre le había propendido un cuidado especial. Cada tanto lo extraía de su caja, limpiándolo y lustrándolo hasta que quedase brillante como las estrellas mismas; era su objeto fetiche, sin dudas. En aquellas despreocupadas épocas de su infancia, había disfrutado de largas noches investigando los lejanos cuerpos celestes, deleitándose con la inmensidad del espacio, creándose una y mil historias fantásticas en su sedienta mente. Richard, su padre, era nada menos que astrónomo, por lo que no dejaba pasar una sola ocasión para compartir sus vastos conocimientos con su hijo. El niño veía a su padre como una especie de sabio, que conocía los nombres de todas las constelaciones, planetas o galaxias. Salir a ver las estrellas era el momento por excelencia entre padre e hijo, donde sus lazos filiales se reafirmaban mientras disfrutaban de la misma pasión.

Por su parte, su madre era una reconocida escritora. Había editado más de treinta libros cuyo éxito estaba asegurado en el momento mismo de salir a la venta. De su padre, el niño aprendió el placer de ser un soñador, contemplando el universo y preguntándose el porqué de prácticamente todo, convirtiéndolo en un joven intelectual y hambriento de conocer siempre algo más. Y de Lois heredó el placer de la escritura: desde niño admiraba en silencio a su madre, quedándose horas observándola mientras ella creaba sus rotundas obras maestras, cautivado ante la velocidad con la que ella creaba las novelas dentro de su brillante cabeza.

El resultado de tal mezcla era Christopher Williams: un joven soñador, de pensamiento profundo y deseoso de aventuras, intelectual y sensible.

Si había un aspecto en el cual Chris era algo apagado y taciturno, eran las relaciones con el sexo opuesto. Siendo algo retraído y dando esa imagen de intelectual, no era precisamente una tentación para las jóvenes, que muchas veces le ignoraban como si no existiera. No obstante, si bien había sufrido algún desencanto amoroso en su adolescencia, el tema no le preocupaba demasiado. Creía firmemente en que había un alma gemela para él, en alguna parte, y sólo era cuestión de tiempo que se insertase en su vida, posiblemente de alguna manera azarosa y mágica, librada a los insólitos juegos del destino. Por lo cual aquello era absolutamente secundario para él, pese a que sus padres le hubiesen instado más de una vez a que buscara una compañía femenina. Es que los Williams eran claramente tradicionalistas, por lo que los conceptos de matrimonio y familia tipo estaban absolutamente inmersos en su idiosincrasia.

El gran sueño de Chris era poder convertirse en escritor e infundirle a sus relatos la pasión y el entusiasmo que él gozaba desde pequeño al ver escribir a Lois o al hablar del cosmos con Richard.

Un buen día puso en marcha su ilusión, y en aquel bar sobre la playa estaba a más de mitad de camino ya.

Aquella noche del 8 de Octubre de 2015 se encontraba por primera vez lejos de Londres, tomándose unas merecidas vacaciones en Brasil; había escogido la fabulosa ciudad de Río de Janeiro para pasar un par de semanas relajarse en sus espléndidas playas, divertirse en su agitada vida nocturna y lo más importante, investigar una buena historia para escribir su primer libro, extrayendo la información del boca a boca, aquel conocimiento tan importante que se transmite de generación en generación, creando una sabiduría popular que perdura eternamente, a veces perfeccionándose con el trascurrir del tiempo. Sabía que en todas partes pululaban leyendas y fábulas que merecían ser contadas, y él iba por ellas; quería apropiárselas, procesarlas dentro de su mente y alma, y luego narrárselas al mundo entero con sus propias palabras y sentimientos. Conversando interminables horas con su madre, habían acordado que hacer un viaje a un lugar completamente desconocido, diametralmente opuesto a la vida que él estaba acostumbrado a llevar y a la cultura que conocía, podría ser como una gran llave dorada, capaz de abrir las puertas de su imaginación y su creatividad. “Cuando la inspiración acuda a ti, Christopher, no podrás parar de escribir. La velocidad con que escribas nunca será suficiente, créeme” le había dicho Lois, y el entusiasmo se había instalado con fuerza en su corazón. “Si yo hubiera tenido la oportunidad de viajar en mi juventud, mis libros serían mejores aun. Viajar y conocer otros lugares y personas abre tu mente como ninguna otra cosa podría hacerlo”. Resta decir que luego de estas palabras, Christopher tenía la reserva de su vuelo en menos de una semana.

Había leído mucho sobre la ciudad de Río de Janeiro, encontrándose con un lugar ideal para combinar descanso y placer en sus paradisíacos paisajes y a la vez poder comenzar su promisorio proyecto. Le había atraído especialmente la idiosincrasia propia de los habitantes de aquel país, tan elocuentes y expresivos para hablar, vehementes y categóricos, profundamente religiosos y creyentes y tal como él, dispuestos a creer que había verdades más allá de lo evidente. Y tan distintos a los distinguidos y metódicos londinenses. Consideraba que no se había equivocado al elegir el destino de su revelador viaje; tenía el fuerte palpito de que aquel lugar podía ser su punto de partida.

Por otra parte, era un momento ideal para comenzar su proyecto, ya que económica y académicamente se encontraba muy bien afianzado.

En cuanto a las finanzas, la familia Williams era dueña de un histórico y clásico comercio gastronómico desde hacía más de cuarenta años; icono del centro londinense, el prestigioso “Good Life Style» había quedado completamente a su cuidado hacía ya más de dos años cuando sus padres, cansados de administrarlo durante décadas, habían dejado todo en sus manos, otorgándole la posibilidad de desarrollar su sentido de responsabilidad y compromiso.

Chris logró una saludable revolución en el GLS, renovando profundamente el mobiliario, decorando con un estilo moderno y vanguardista, adornando las paredes con exclusivas pinturas de reconocidos artistas, y contratando el mejor personal de cocina que encontró en Londres, introduciendo así seductoras novedades para sus clientes en el menú; sus padres nunca se opusieron a ningún tipo de modificación que él decidiera llevar a cabo, dándole el timón de mando por completo, depositando toda su confianza y esperanzas en su persona; y acertaron plenamente. El GLS se convirtió en una verdadera mina de oro, un icono de consumo de la alta sociedad inglesa, donde los más grandes empresarios locales y extranjeros, notables de la sociedad y gente adinerada en general, pasaban el día entero platicando sobre negocios, economía y temas de interés general, pero sobre todo dejando mucho dinero a las arcas del GLS, una casa tan exclusiva como costosa. No había en Londres quien se preciara de tener dinero y ser importante, que no pasara a sentarse en los cómodos sillones del GLS.

En cuanto a su actualidad académica, esta iba sobre ruedas. Al cumplir 30 años, Chris había comenzado a estudiar Lengua y Literatura en la Universidad Hallsworth de Londres, en busca de aprender a escribir y narrar con corrección; no había podido hacerlo antes, por estar siempre abocado al GLS, pero jamás claudicó en su ferviente deseo de obtener su título y convertirse en un escritor profesional. Religiosamente, retornaba del GLS y luego de cenar algo liviano para escapar fácilmente de las garras del sueño, pasaba dos o tres horas leyendo asiduamente antes de acostarse; muchas veces se dormía pensando en las historias que había devorado, entre ensoñaciones donde él mismo se convertía en el protagonista. Tal como un niño, sumido en sueños fantásticos y febriles, pero con la mente enfocada en un objetivo inalterable.

Así, avanzó rápidamente en la carrera de Lengua y Literatura, movilizado principalmente por su vehemente anhelo. Y al momento de decidirse por el viaje donde comenzaría sus trabajos de campo, estaba bien posicionado en Hallsworth, y perfectamente cubierto en el negocio.

La lucidez y el sentido común que creía haber alcanzado a los 32 años lo habían impulsado hacia dar paso a la acción con más ahínco, y poder concretar su sueño: algo había madurado dentro suyo y ahora se sentía plenamente capacitado para comenzar un proyecto que, sabía perfectamente, conllevaría denotado esfuerzo y apretada dedicación para poder ser cumplimentado con éxito.

Había dejado el negocio a cargo de Peter, su hombre de confianza desde hacía años, sujeto extremadamente confiable y detallista y por lo tanto ideal para la tarea, donde la atención personalizada a cada uno de los clientes era el secreto del éxito. Se marchaba tranquilo, a sabiendas que Peter era una versión mejorada de él mismo para el llevar adelante el GLS.

“Ve a cumplir tu sueño, Chris. Ve y conviértete en escritor, tu comercio estará a salvo bajo mi tutela» le había señalado el fiel Peter al partir. Lo había llevado en su propio vehículo al aeropuerto, despidiéndolo con un caluroso abrazo.

Así, mientras disfrutaba su fresca Caipirinha en la mítica playa Copacabana, en aquel bar ubicado sobre la fina arena a menos de trescientos metros del interminable océano, y respiraba aquella atmósfera saturada de humedad, pensaba cuál sería la estrategia indicada para comenzar a recolectar historias para su investigación, y recurrentemente le venía la idea de que tal vez lo mejor fuese dejarlo librado al azar. Lo que realmente deseaba era ver a su futura obra en el escaparate de alguna coqueta librería londinense, y seria plenamente feliz si sólo una persona con sus mismos intereses disfrutara de su lectura.

Encendió un fino cigarro holandés, suave y levemente aromatizado a vainilla, y su memoria se remitió instantáneamente a su inseparable amigo Paul Laffarty, que en aquel momento debería estar armando las maletas para volar a su premeditado encuentro en o y con el que compartían muchos intereses en la vida, entre ellas su debilidad por aquellos cigarros. Habían convenido pasar sus primeras vacaciones juntos nada menos que en Brasil, país que ninguno conocía pero que ambos habían oído nombrar miles de veces. Era un destino tremendamente exótico para ambos, sin lugar a dudas; muchas sensaciones se entremezclaban para conformar la gran expectativa que ambos habían depositado en aquella aventura.

Amigos desde pequeños, eran inseparables de mayores; ambos se habían convertido en el hermano que le faltaba al otro. Sus historias de vida eran plenamente opuestas, prácticamente la del rico y el pobre, pero existía tanta química entre ellos, que todas sus extremas diferencias sociales del pasado quedaban zanjadas en cuanto se encontraban y compartían tiempo juntos. Chris sabía además, que la simpatía natural de Paul, que el mismo no poseía de manera innata, sería clave en el relacionamiento con la gente, pensando en la metodología de investigación de su proyecto; era un hombre capaz de entablar una conversación sobre cualquier tópico con cualquier persona, siendo ideal para los deseos de Chris; un colaborador de lujo, que seguramente recibiría sus merecidos agradecimientos en las páginas principales de su novela. Paul era realmente hábil para relacionarse con los demás.

“Ah, veo que me harás de recolector de historias frikis, ¿verdad Chris? Tu sí que estás hecho de un sólo tipo de madera, amigo mío” le había dicho Paul divertido, cuando se comunicaron telefónicamente la noche anterior. “¿Esas son tus concepciones de vacaciones, Christopher? ¿Qué clase de nerd eres?” Ambos habían reído largo y tendido en la animada charla, anhelando encontrarse y comenzar su aventura en el remoto Brasil. Hablaron del clima, de las mujeres, de los cigarros y de fútbol, poniéndose al día con entusiasmo, pese a que hacía sólo unos cinco días se habían reunido por última vez.

Mientras observaba el impactante horizonte desde aquel apacible bar, sintiendo el pegajoso sudor en su piel a causa del impiadoso clima, húmedo y asfixiante, advirtió con pena que el firmamento estaba totalmente cubierto; no se avizoraba una sola estrella en el infinito. Había llegado de tarde noche ya a Brasil, por lo cual aún no había tenido el placer de conocer las famosas playas.

En aquel momento, el garçón le alcanzaba una cerveza helada con unos sabrosos maníes pelados y decidió preguntarle por aquel tiempo que no esperaba encontrar.

-It’s going to rain, my friend?

El muchacho no hablaba inglés y lo miró extrañado, por lo cual Chris le señaló las nubes e hizo con sus dedos el clásico gesto de lluvia cayendo de ellas. Aquel rió genuinamente, mostrando una amplia dentadura blanca como la nieve, comprendiendo de alguna manera lo que su interlocutor intentaba preguntarle, y le dijo “no chuva, no chuva”, haciendo unas muecas con la boca. Chris le agradeció con una sonrisa y un gesto de amabilidad, disponiéndose a disfrutar de su bebida, la soñada escena se completaba con la alegre bossa-nova de fondo, y sentía que era feliz. “Tendremos sol mañana entonces”, pensó el inglés, optimista y radiante.

Nada más lejos de la realidad.


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