Voy a matarme, lo haré una vez que acabe la función, una vez que haya saciado mi curiosidad y cuando ya por fin haya terminado lo que tiene que terminar. No es una afirmación, no es un llamado a la violencia, solo sucederá, porque no puedo tolerar esta pesada soledad, esta sombra que me muerde los huesos y este terrible dolor que camina entre los vértices de mi cerebro, no lo puedo tolerar y cuando ya se haya agotado mi provisión de esperanza saltaré de lo alto del puente y ya no sentiré más dolor, lo haré y no sé cuando, pero lo haré.
Ojos llorosos vestidos, donde el ave del cielo anida, vuela la sombra sin alas, canta el viento sin voz, sueña el tiempo sin consciencia. Ojos llorosos vestidos, donde el ave del cielo anida, Deméter espera en medio del agua, desde allí me llama y yo no puedo alcanzarla… Ojos llorosos vestidos.
Recitó la oración como recita una alma obligada a despedirse y yo sostuve la vela hasta que su flama tartamuda se apagó. Cuando la obscuridad llegó, sentí los pasos del viento detrás de los míos y el susurro de Deméter en las aguas del río. Eilú se había sumergido como había prometido y ya no había salido, sinónimo de que acudió al llamado y no la rechazaron.
Eilú era como un flor del campo, bella a su manera. Tenía el cabello ondulado, de un color castaño como hoy hay pocos, ojos marrones llenos de ilusiones y unas cuantas pecas derramadas por su rostro pálido. Ella era el motivo de mi curiosidad, el motivo de mi admiración por ciertas cosas del campo, por ciertas cosas del bosque y por mi estancia aquí. Eilú un nombre no habitual, para una persona no habitual en el mundo. Ella misma decía que ella no se repetiría jamás, pues si existe un Dios a ella solo la hizo una vez por esas extrañas cosas de la vida y lo decía mientras se reía. Eilú era extraña a su manera, gustaba de internarse en el bosque como si estuviera buscando un portal para cruzar a un lugar que solo ella conocía y decía que gustaba de sus momentos de soledad en medio de la naturaleza. Otra cosa que hacía era quedarse en silencio absoluto en algún rincón de la casa, como si su consciencia hubiera abandonado su cuerpo y cuando por fin volvía en si solo decía: sucederá pronto, porque el aire está cambiando, la primavera se acaba y ya no hay mucho tiempo y después regresaba como si nada.
Durante los primeros días de otoño Eilú cambió. Ya no visitaba el bosque con frecuencia, ya no iba a las orillas del río, ya no leía sus libros. Gastaba la luz del día en escritura, dibujos y de vez en cuando iba a la ciudad, decía que tenía que dejar todo resuelto antes de marchar. Le preguntaba si tenía planeado algún viaje y ella se reía, decía que no era un viaje, que más bien se trataba de descanso. Descanso porque ya no le quedaba mucho por dar y yo solo reía porque ella siempre gastaba bromas existencialistas. Aquella mañana despertó muy temprano, me envió un mensaje en el collar de Samael en el que me invitaba a tomar té y comer unas galletas, envíe a Samael con la respuesta. Acudí a eso de las 10h00, la hora en la que siempre suele tomar el té, pero cuando llegué la encontré en un estado de mutismo que me asustó, pensé que estaba enferma, pero ella se resistió, tomó un lápiz y escribió para mi:
«Todos construimos nuestra muerte, mi gloria y mi paz yace más allá de mis posesiones, más allá de mi nombre, de mi apellido, de mis escritos, de mis hazañas, mi gloria yace más allá de lo que podrás recordar de mi. No me recuerdes, solo intenta entender lo que hoy te escribo. No tengas miedo, no debes temer, cuando ella te visite no le temas, porque más inspira al ser humano el miedo al infierno que el acceso al cielo como premio. No tengas miedo, ella vendrá y cuando venga solo escucha y después entenderás.»
Dejó de escribir, se puso de pie y me invitó a seguirla por el sendero que lleva al bosque. Caminamos lento, quería preguntarle qué ocurría, pero ella solo seguía caminando, hasta que llegamos al viejo puente, en un movimiento de casi segundos, dio vuelta, me miró, sonrió y saltó.
Desde ese momento veo a Eilú en todos mis sueños, la veo y no está triste, siempre está feliz, sonríe, mientras recita esa extraña oración. En sueños me indica donde está y porque yo no debería estar allí. Me veo a mi mismo con la vela en mis manos, mientras ella se hunde en las aguas y no vuelve a salir. Y no, no me siento mal porque ahora sé la pesadilla que vivió, ahora sé y solo debo agradecerle a Deméter por darle la paz que aquí en el mundo nunca nadie le obsequió.
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