Demasiadas variables

Demasiadas variables

Maquiavel Czoc

16/11/2017

Le dio la vuelta al cuarto folio y leyó el ítem número 76:

«Me emociona más la forma de una pistola que la belleza de una flor».

A la derecha de la frase, dos casillas. Sobre ellas, la V de verdadero, la F de falso.

Se echó para atrás y comenzó a acariciar la punta del lápiz. Le calmaba sentir el pinchazo de la mina en la llema del dedo y saber que, por mucho que apretase, no llegaría a sangrar. A su alrededor, desde los pupitres de formica, llegaba el aleteo como de seda de sus compañeros de clase pasando las hojas. De reojo los vio dibujando cruces, concentrados en aquel test. Se repantingó todavía más en la silla. Al no tratarse de un examen corriente su tutora leía una revista apostada junto a la pizarra. Sintió una flojera súbita, como un cosquilleo en las piernas, un retortijón. Estuvo a punto de echarse a reír. Pero se contuvo. Enderezó la espalda y volvió a posar los ojos sobre la número 76.

Se dijo a sí mismo: «¿qué clase de pregunta es esta?»

La volvió a leer, en voz baja, moviendo los labios. Le decepcionaba personalmente que una pregunta trampa fuera tan chapucera. Que no se hubieran tomado la molestia de plantearla de otra forma, quizás camuflada. ¿En serio pensaban que alguien podía contestar sinceramente a una pregunta donde aparecía la palabra pistola? Si contestaba verdadero estaría reconociendo ser algo así como un sociópata en potencia. Si se decantaba por negar el encanto de las armas de fuego probablemente concluirían que, en un chico de su edad, el amor por lo floral sonaba muy poco creíble. Contestase lo que contestase, acabaría sentado en un despacho dando explicaciones. De hecho, pensándolo bien, cabía la posibilidad de que tan solo estuvieran interesados en las respuestas de uno o dos incautos de aquella clase, y que hubieran armado todo aquel teatro, imprimiendo y repartiendo copias entre todos los demás alumnos, con la única intención de no levantar sospechas. Tragó una saliva espesa. Después de todo, tal vez sí se hubían esforzado.

¿Qué debía hacer? Su abuelo, quien todavía repetía historias de la guerra vividas de prestado, le había dicho muchas veces que era fundamental aprender a mentir con aplomo. Que a uno le iba la vida en ello. Todas y cada una de las veces en que iba a verle a la residencia, justo antes de la hora de la cena, su abuelo le confesaba el mismo secreto: «sigo vivo porque les pongo buena cara y porque les pido que me echen más comida en el plato». Estaba convencido de que, al cantar las virtudes de aquellos potajes, las enfermeras no tendrían tanta prisa por deshacerse de él. El resto de ancianos tendrían menos motivos para sospechar lo que él ya sabía: que en realidad les estaban envenenando. Cuando volvía en silencio a casa no podía dejar de pensar que aquello tenía cierto sentido. ¿Cómo decir la verdad en un mundo que castiga a los que son sinceros?

Pero para poder mentir con aplomo, uno tendría que hacerlo ante una pregunta clara, bien planteada. ¿Podían compararse una pistola y una flor tal y como lo sugería la pregunta 76? Cuando se le sugería: «me emociona más…» ¿debía calibrar y poner a competir la intensidad de una misma emoción o se podía sentir miedo por la pistola y pena por las flores? ¿Y si le emocionaban de forma no excluyente? La pregunta no parecía contemplar esas posibilidades. Las flores en realidad no le hacían especial gracia. Más bien le inquietaban. Su madre solía tenerlas repartidas por toda la casa, colocadas en jarrones y abarrotando el centro de mesa del comedor. Las solía comprar a la vuelta de la oficina, y las colocaba antes de cambiarse de zapatos, como si se quisiera reconciliar con algo. Él le pidió una vez que trajera amapolas, rojas y espigadas, pero al parecer no se venden en las tiendas. «Son demasiado salvajes como para dejarse domesticar», le dijo. Y parecía alegrarse. Cuando veía a su madre cortarles el tallo y meterlas en agua, no dejaba de percibir en las margaritas, las clavelinas y los crisantemos un no-sé-qué arrogante. Las veía esperar, pasivas y voluptuosas, listas para ser visitadas con adoración. «Son importantes las flores», le decía su madre. «Visten mucho una casa y la llenan de vida». Pero con el tallo recién cortado, en sección oblicua como una empalizada, él siempre se las imaginaba agonizando en silencio hasta acabar marchitas. Le turbaban especialmente las siemprevivas, que parecían negarse a reconocer su fatal destino. Pero, ¿podía decirse que una flor era bella en sí misma?

También rondaba aquellos pétalos alguna abeja despistada, pero no estaba claro que en su vuelo la guiase ninguna emoción, ninguna búsqueda sentimental. Su padre le habría dicho que ahí no había más que necesidad y frío instinto. Sería ridículo imaginar a las abejas ansiando una flor ideal, una flor platónica, por mucho que dieran precisamente esa impresión al partir de corola en corola, como si fueran de decepción en decepción. Recordaba cierta vez en que su padre le había invitado a unirse a él en una batalla contra el polvo. Cogieron dos trapos de gamuza y fueron acariciando, uno a uno, los casi quinientos soldados de plomo que componían su ejército de monigotes pintados. Ese día le explicó, como si fuera un detalle sin importancia (pero que por algún motivo seguía recordando), que la abeja era el animal que había escogido para su escudo el emperador Napoléon. «Ni leones ni águilas», dijo frotando con fuerza un oficial de húsares, «un insecto que trabaja de sol a sol». No tenían aficiones en común, pero aquella tarde atípica tal vez su padre imaginó que llegarían a tenerlas. Había tres o cuatro piezas que su padre no le permitía tocar. Eran sus mariscales de Francia, montados a caballo, algunos con mapa, otros con binocular. Habían regresado a casa después de una larga campaña por las estanterías del ayuntamiento. Se volvieron a unir con el resto del ejército el día en que a su padre le cambiaron a un despacho de la planta baja. Aquella noche su abuelo presumió de haberse comido tres platos de sopa de cocido. «Tu padre nunca supo estar callado».

Pero sí compartían algo él y su padre, y es que ambos se aburrían en el uno contra uno. Solo les conmovían las grandes escalas. ¿Qué belleza podía suponer una única pistola?. Para alguien que conocía tan bien la guerra, lo de menos era el ejecutor. «Lo importante no son los cañones. Tampoco los mosquetes ni los sables curvos de la caballería. Lo increíble es que la mente de alguien decida poner a caminar a doscientos mil hombres al mismo tiempo, en la dirección apropiada, y que consiga acabar ahogando al enemigo en un lago de hielo que se quiebra, o que lo encierre sin comida en su propia capital rodeada. Para eso no hacen falta tiros, sino visión.» Por eso despotricaban juntos si, al ver una película, creía detectar un pelotón de fusileros generado con ordenador o se notaba que al director lo que le gustaban eran los disparos. «Menudo mequetrefe». «Atrevido pazguato». Por ese mismo motivo a él tampoco le podía conmover una sola pistola, ya fuera que la manejase un chorizo cualquiera o el propio John Wayne.

Pero la forma de una pistola… la forma tal vez sí pudiera llegar a ser lo suficientemente pura. Pero no por el mazacote de metal, ya que en realidad no era necesario y tan solo era la excusa de la propia idea. La pistola en sí misma no pasaba de ser un accidente, un artificio, una forma de vender fuegos artificiales a la gente no tan espabilada que acabaría empuñándola y contestando tests para los funcionarios de prisiones. Una sola pistola no dejaba de ser una atractiva corola para los zánganos, que permitirían que el ingeniero siguiera soñando números y formas, relaciones sobre planos imaginarios. La forma, en la mente adecuada, podía ser el germen de todas las pistolas, y al mismo tiempo permanecer permanecer en el mundo de los números, donde las matemáticas reinan siemprevivas. De tanto apretar acabó rompiendo la punta de grafito. La miró con detenimiento. Quebrada como el extremo afilado de una lanza de bambú, aún servía para escribir.

Quizás, después de todo, la pregunta no estuviera tan mal planteada. Tal vez fuera el tipo de pregunta necesaria para detectar a aquellos lo suficientemente idiotas como para contestar sin esperar nada malo. Una trampa bien simple.

Finalmente decidió unir las dos casillas, dibujando una equis que partía de cada esquina.

Así ambas quedaban vacías. Pero unidas.

Ellos entenderían.

Cuando se dio cuenta de que el timbre había sonado sus compañeros ya se estaban marchando. La profesora entraba desde el pasillo, con la cara descompuesta y la revista todavía agarrada con fuerza. «Hemos llamado a tus padres».

Pensó en lo jodido que era tener siempre la razón.

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