De bueyes perdidos
Hablo porque estoy deseperado o para no desesperarme
para esconderme, mostrarme
para engañar, engañarme
para eludir la mirada,
para rodearla, escaparle, ignorarla.
Hablo y hablo hasta cerrar los ojos
y sigo hablando y hablando y hablando.
Pero de tanto en tanto miro
y ustedes están allí, y hablo y hablan y hablamos
hasta que me callo,
me callo y los observo como a una procesión.
Y los veo preguntarse y preguntarme
¿en qué estás pensando?
y sigo callado, hasta la desesperación,
al igual que aquellas tardes, esos breves instantes
allá arriba, sobre el tanque de agua de mi casa que ya no es mi casa
o esas mañanas en cualquier lado donde me sorprende el cielo para dejarme callado
o aquellas noches de insomnio cuando la noche es uno.
Callo,
aunque podría decir:
“en nada, estoy pensado en nada”
y que no me creyeran,
así que sonrío hasta que el silencio se hace insoportable
porque “estoy pensando en nada”:
“Este tipo está loco”.
Entonces siento ganas de abrazarlos
y llorar, llorar, llorar
sintiendo el calor de sus cuerpos
la humedad de sus lágrimas y las mías
deslizándose hacia abajo suavemente
cayendo por el borde de las manos
latiendo en las puntas de los dedos
ese instante glorioso en el que se sabe y no se sabe
hacia abajo digo
al borde de caer, pero aún no.
Así que poco a poco nos separamos
como a la salida de un velorio, sin palabras o
que día de mierda, ¿no? Sí, un día de mierda o
les digo: ¿ves cómo es? Y, sí.
Y así con cada uno, como una despedida que no es tal,
para seguir hablando y hablando y hablandonos
de bueyes perdidos.
OPINIONES Y COMENTARIOS