La Habana, 2025 AmaneceLas olas golpeaban con ímpetu las piedras oscuras que yacían bajo el Malecón de La Habana, ese extenso muro de casi ocho kilómetros que abraza el litoral como un guardián de piedra. El aire traía consigo el murmullo profundo del mar, mezclado con el eco distante de alguna campana matinal. Poco a poco, el horizonte comenzaba a teñirse de azul, mientras los primeros rayos del sol acariciaban las fachadas desgastadas de la ciudad. La luz, todavía tímida, revelaba balcones envejecidos, cúpulas coloniales y calles que despertaban lentamente, como si La Habana entera se desperezara frente al océano.El día anterior mi madre y yo nos quedamos sin comer. Mi marido llevaba dos días fuera de casa, por asuntos de trabajo. Verla allí, cansada, trabajada y con hambre me partía el alma. Sin embargo, yo no tenía la menor idea de la tragedia que estaba a punto de comenzar.Mi nombre es Lucía y siempre me he considerado una persona equilibrada. Llevo casada unos cuantos años con Frank, mi marido. Aún no he cumplido los treinta. Estaba estudiando una carrera, pero cuando las cosas se pusieron aún más malas de lo que estaban en Cuba, tuve que dejarlo y buscarme un trabajo para que en la casa pudiéramos comer, aunque fuera una vez al día.Por mucho que trabajamos los tres, no nos da ni para mal comer una semana. Hace casi un año que solo tenemos unas pocas horas de luz al día. Hace mucho calor y es imposible dormir sin ventilador. Aún, cuando dejes las ventanas abiertas es imposible conciliar el sueño. Hoy he amanecido con el cuerpo lleno de ronchas, por las picaduras de mosquitos. Tenemos un mosquitero, pero en verano es imposible ponerlo. Te asfixias.Mi madre ha logrado dormirse ahora que han vuelto a poner la luz. Trato de no despertarla. Busco un poco de azúcar en la cocina. Hace mucho tiempo que no viene a la bodega. La libreta o cartilla de racionamiento ya es un adorno. El estado nos vendía dos kilogramos por persona al mes, pero hace tiempo que no traen nada. YamiléAl final quedaban cinco cucharadas de azúcar. Cogí dos y las mezclé con un vaso de agua. Ese era mi desayuno.—Lucía …Lucía, ¿estás ahí?Entonces escuché que me llamaban. Era mi vecina Yamilé. —Ay Lucía, perdona que te moleste, ¿crees que me puedas dar un poquito de sal?—Déjame ver Yami, que no sé si me queda para darte una cucharada—dije mientras me adentraba en la cocina—parece mentira que, en un país rodeado de mar, no tengamos sal.—Hace rato que no viene a la bodega y en la tienda cuesta tanto, que ahora no la puedo comprar—soltó sin vergüenza alguna, como si yo tuviera una cuota especial.—Mira, te doy un poco envuelta en este papelito, no es mucho, pero para que resuelvas—le dije, extendiéndoselo.—Y ¿Cómo está tu mamá? Hace días que no la veo.—Bien, ya debe estar levantándose, que casi no pudo dormir anoche por el apagón y los mosquitos. —Y ¿qué es de la vida de tu marido, que hace tiempo que no lo veo?—Ni yo lo veo casi, está trabajando todo el día y a veces trabaja de noche también. No para, y total, para la mierda que le pagan.—Así estamos todos. Bueno Lucía, me voy—dijo levantándose.—Hasta luego Yami—y cerré la puerta. En ese momento, mi madre salía de la cocina, bolso en mano.—Me voy a trabajar. Apenas pude dormir una hora. Vuelvo a las 3:00 Lucy.—Apúrate que son las 10:00. Yo también estoy cansadísima y me tengo que ir a las 12:00. No pude dormir nada. Estoy destruida mami. Y ahorita a trabajar—le dije, ignorando la catástrofe que estaba a punto de ocurrir, y que probablemente cambiaría mi imagen y mi vida para siempre.Carolina, mi madre salió como cada día a limpiar el piso de la Terminal de Ómnibus de la Habana. Sin condiciones, con el transporte público prácticamente ausente y un salario de miseria. Perfume de mujerFrank y yo llevábamos unos cuantos años casados. A veces, como toda pareja, teníamos algún desacuerdo o alguna discusión moderada, pero de ahí no pasaba. Y en lo relativo a celos, jamás habíamos tenido ningún problema, porque los dos nos habíamos respetado siempre.Aquella noche llegó más tarde que de costumbre. Había salido a trabajar a las 8:00 de la mañana. Eran casi las 10:00 de la noche y no estaba sudado. Se veía tan limpio como cuando salió. Me acerqué para darle un beso y preguntarle cómo le había ido y fue entonces que sentí el aroma floral de un perfume que no conocía. Estaba segura, era un perfume de mujer.Frank jamás me había engañado. Les aseguro que yo me habría dado cuenta. Ambos habíamos luchado duro para sobrevivir y siempre estábamos trabajando, aunque cada uno por su lado. Yo tuve que dejar la carrera de Informática en el segundo año, en la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI). Yo era estudiante, y poco podía sacar, pero los profesores y trabajadores, aprovechando que en Cuba no hubo Internet hasta 2019, y allí sí, lógicamente, sacaban todas las semanas pendrives y discos llenos de series y películas que después se vendían a distribuidores en las diferentes ciudades y pueblos de Cuba. Fue así que se popularizaron aquí series como Aída o La que se avecina. Y otros como La Voz o Máster Chef. Y eso lo hacen hasta el día de hoy, porque la Internet aquí es tan mala como cara y no se puede descargar casi nada. Y miles viven de eso, escondidos del estado, que se hace la vista gorda, porque le sale más a cuenta que la gente viva de la piratería, con tal que se entretengan y no piensen tanto en los miles de problemas que tenemos.Con lo que ganaba Frank, no nos daba ni para tres días. A eso se sumó que mi madre tuvo que venir a vivir con nosotros, porque un huracán se llevó la casa donde vivía, en San Antonio de los Baños, un pueblo que en el pasado era muy pintoresco, pero ahora estaba destruido. Quedaba a unos 20 kilómetros de la Habana. No quería ser irónica, pero tampoco que me tomaran por tonta. —¿Te vas a bañar?—le pregunté.—Sí, me baño y me acuesto que estoy muerto de cansancio. No tengo hambre.—¿No vas a comer? Hoy logré encontrar unos macarrones, los compré y acabo de cocinarlos. Me quedaron bastante buenos, aunque mejor estarían con queso, pero ya sabes que hasta ahí no llegamos. Les eché un poquito de salsa de tomate que me quedaba en el refrigerador.—No, es que no tengo hambre.—¿Estuviste manejando el microbús todo el día?—Sí, no he parado—me dijo, mientras se quitaba la ropa.—Pues no estás sudado, y además hueles muy bien. De hecho, hueles a perfume.—¿Sí? —respondió fingiendo estar extrañado—debe ser que se me pegó en la guagua, con tanta gente—. Y se metió en el baño.Me quité la ropa enseguida y me puse una tanguita roja que siempre lo ha vuelto loco. Me acosté y me tapé con una sábana. En cuanto salió me destapé y le sonreí. Le lancé mi mirada de chica tímida que tiene mucho deseo, y le da vergüenza decirlo. Hacía más casi dos semana que no me buscaba.—Lucy, me sabe mal, pero—balbuceaba—, es que me duele mucho la cabeza y creo que no voy a poder.—No te preocupes mi amor—le dije rabiando por dentro—. Acuéstate y duérmete. Ya verás que mañana estás bien.Se acostó y yo me vestí. Y me fui a comer los macarrones. Dos semanas despuésFrank seguía trabajando todos los días hasta muy tarde. Una noche, cuando se estaba quitando la ropa para dormir me preparé, me puse un vestidito sin nada debajo y me acosté a su lado, y mientras él miraba su teléfono, boca arriba, sin camisa y comencé a acariciarle el pecho.—¿Por qué estás trabajando tantas horas? Te las van a pagar, ¿verdad?—No sé si me las van a pagar, porque el jefe me dijo que la empresa no tiene presupuesto, y que hay que cubrir todas esas horas ahora en verano. Y…—Pero ¿cómo vas a trabajarle de gratis?—No, me dijo que cuando acabara el mes, me iba a dar un fin de semana en una casita en la playa de Guanabo. Eso ya vale más que el dinero que me pudiera pagar por las horas extras.—¡Qué rico mi amor! Hace tantos años que no nos pasamos un fin de semana en la playa. Eso me hace mucha ilusión—Pero no es seguro. Si la empresa provincial lo autoriza nos salvamos, si no ya ellos verán cómo nos lo pagan, si lo pagan.Crucé un pie por encima de él y lo seguí acariciando. Le sonreí y lo besé en la boca. Antes, por menos que eso, me iba para arriba, me desnudaba y me hacía de todo. Entonces di un paso más, me senté encima de él y me saqué el vestido por encima de los hombros. Me incliné y comencé a besarle el cuello. Se limitó a poner sus manos en mi cintura. Yo francamente, después de más de dos semanas sin hacerlo, tenía ganas y esperaba que la fiera sexual que él siempre llevaba dentro se desatara y acabara conmigo. Pero no fue así.Detecté su erección, le bajé el bóxer, me eché un poquito hacia arriba y centré bien. Después bajé lentamente y empecé a moverme. Unos pocos gemidos después terminó. Se viró para el otro lado y se quedó dormido al momento.Y yo que soy más bien insomne me puse a reflexionar. Por un lado, es cierto que tuvo una erección. Aunque eso también es normal si una chica joven y bonita como yo, que además es su mujer, se le sube encima desnuda. Pero también pudo ser su condición de hombre, que al sentir el roce femenino, hacía que se le parara, como algo natural, sin importar quien fuera la que estuviera encima. Él con 32 años, tenía erecciones todos los días, de modo que podía haberlo hecho hoy mismo con otra, y ahora conmigo. Me estaba volviendo loca.Entonces se me encendió el bombillo y me fui al baño. Cuando me quité el trocito de papel higiénico que me había puesto cuando acabamos, solo había una manchita de semen. Me senté en la taza y me puse la mano debajo, para esperar que cayera el resto, pero después de un buen rato, no salió nada más. Frank jamás se masturbaba, y mucho menos viniendo de trabajar más de doce horas. En eso lo conocía bien. Después de casi un mes sin hacerlo, aquello tenía que haber producido “una inundación”. Y solo fueron unas gotas. Era evidente que algo estaba ocurriendo. Me lavé, me acosté y al fin, con mis sospechas logré dormirme dos horas después. Sorpresa inesperadaDos semanas después Frank seguía sin buscarme.Aquel día salí bien temprano en la mañana. Mi madre había ido al médico el día anterior y le mandaron antibióticos, Amoxicilina exactamente, y no había en ninguna de las cuatro farmacias de los alrededores. Llamando a muchas otras me dijeron que, en Marianao, en la esquina del Hospital Militar hay una farmacia que los jueves por la mañana saca medicinas. Llegué dos horas antes que abrieran. Todavía estaba oscuro. Aun así, hice el 10 en la cola. Casi todos los que iban delante de mí habían pasado la noche allí, en la calle.Y con tan buena suerte que pude comprar la última cajita que quedaba.Salí de allí a las 8.30 de la mañana. Me tomó casi tres horas llegar a Centro Habana, que es donde vivo. En condiciones normales ese trayecto se hace en 30 minutos. ¿La guagua? como dicen en Canarias. Una tortura. La parada repleta de gente. El sol quemando sin compasión. Al fin está llegando—, alguien gritó—. Ya viene llena. Las puertas se abren. Todos intentamos abordar, no sin haber puesto primero las carteras y monederos a buen recaudo, hasta donde se pueda.. Ni soñar con aire acondicionado. Cuarenta grados adentro están garantizados. Después, los “afortunados” que logramos entrar nos enfrentamos a diversos peligros. Si eres alta, mejor, si no, seguramente caerás bajo la axila de un señor sudoroso, que olvidó ducharse ayer. Tenía una amiga, de cintura estrecha y nalgas muy prominentes, que solía viajar con un alfiler, y cada vez que un hombre se le pegaba más de lo normal, lo pinchaba, sin mirar hacia atrás. Esa decisión la tomó la tercera vez que salió del bus con la parte trasera de la falda mojada. Además, casi siempre hay al menos una bronca por trayecto y una o dos personas víctimas de los carteristas. A la hora de bajarse te pueden pasar varias cosas: quedarte porque no lograste avanzar, que las puertas te pillen y te des un buen golpe o que los de atrás de ti te empujen y pases directamente de la guagua a la calle, sin pisar los escalones. Les aseguro que no he exagerado en nada.Y los gobernantes gordos, con las barrigas tan prominentes que pareciera que están embarazados. en sus carros de lujo, con sus hijos y nietos viviendo y estudiando en los mejores barrios y universidades de Europa, haciendo creer al mundo que estamos así por culpa del bloqueo, cuando es mentira. Son sus decisiones torpes y asesinas, que prefieren, por ejemplo, invertir millones en hoteles para el turismo, que hacer termoeléctricas nuevas para que tengamos electricidad, que la más joven que tenemos tiene más de 40 años. O comprar millones de dólares en comida y medicinas en Estados Unidos, que por razones humanitarias se lo permiten, y después vender en dólares o exportar esos productos, incluidas muchas donaciones. Y la gente sin nada, No les importa para nada el pueblo, de hecho, nos odian. Y como dato curioso, hace 66 años que no se permiten elecciones.Llegué muerta de cansancio, empapada en sudor. Me tomé un vaso de agua fría y me senté frente al ventilador. Por suerte no se había ido la luz todavía. En menos de dos horas tenía que trabajar.Diez minutos después llegó mi marido.—¿Qué haces aquí tan temprano? —le dije extrañada.—¿Ya tu madre se fue? —me preguntó bajito.—Sí, hace poco. ¿Qué te pasa que estás aquí a esta hora?Frank cerró la puerta, y agarrándome de un brazo me dijo: —Vine a echar un palo contigo. Apúrate que me tengo que ir enseguida.—Tú eres tremendo— le dije sonriendo, mientras lo seguía al cuarto—¿Cuál es tu urgencia, si todas las noches estoy al lado tuyo y hace tremendo tiempo que ni me miras? —le dejé caer entre jugando y de veras—. Estoy sudada, igual hasta tengo olor a toto—. Pero le daba igual. Estaba muy cansada, pero yo sabía lo importante que era aquello para él. Lo había notado un poco alejado durante semanas, pero podría ser por el exceso de trabajo. Yo había sospechado, pero no había encontrado nada concluyente. Lo notaba muy estresado. Frank antes me buscaba tres o cuatro veces a la semana, y de un tiempo a esta parte nada de nada. Pero, parece que ya se iba sintiendo mejor.Me tiró sobre la cama y me levantó el vestido. Se lanzó sobre mí, me abrió las piernas, y ni me bajó el blúmer, solo lo echó hacia un lado. Y ya pueden imaginarse lo demás.Dos minutos después yo estaba caminando hacia el baño para asearme. Apretándome bien “eso” con la mano, para que no se saliera. Me senté en la taza. Todavía quedaba un poco de agua en el cubo. Me pasé la mano por el vientre. Cuando me lo hace así, de forma tan violenta, al poco rato me deja un dolor de ovarios tremendo, que muchas veces termina en inflamación pélvica. Fíjate si tenía deseos que enseguida tuve un orgasmo. Y de los intensos. Yo que soy de demorarme. Grité y todo. Y Frank es como es. No atiende a razones. Y lo quiero así. Al final me dijo que no le dieron el apartamento en la playa de Guanabo durante el fin de semana, que me había comentado. ¿Qué le vamos a hacer?Hace 10 días que no tenemos agua en las tuberías. Lleno un jarrito y con el mínimo trocito de jabón que queda, me enjabono, y después me lo enjuago. Dios mío, que hasta ser aseado es difícil en Cuba. Claro que quisiera darme una ducha, pero no hay agua. Agarro la toalla de los dos que cuelga de la puerta del baño, para secarme. La verdad es que luce casi transparente de lo gastada que está, pero ni soñar con comprar una nueva.—Frank, vida mía—lo llamo al salir y nadie responde—. Se ha ido—pienso en voz alta—. Este ni esperó a que yo saliera. A saber, a qué hora viene esta noche, o si viene, porque tiene tanto trabajo. El pobre. Lo quiero tanto a pesar de sus torpezas. Parece que todo se va a arreglar. Jamás en la vida él había hecho eso de interrumpir el trabajo y venir a estar conmigo, como un ciclón. Me gustó.La situación del agua es crítica en la Habana. Quedo pensando con qué dinero compraremos un tanque lleno, que nos daría para cuatro días, porque ya no nos queda para bañarnos. Sin agua sí que no se puede vivir, aunque sea una perogrullada. Y es difícil comprarla. Y no siempre hay. Madre mía, qué suplicio es vivir en Cuba.Tengo un teléfono móvil que me regaló una prima antes de irse para Miami. Frank se compró uno de uso hace tiempo. Bueno, en realidad se lo compré yo con un dinero que me pagaron por un equipo de música que vendí, para que él se lo tuviera. Mi prima nunca ha podido ayudarme, fuera del celular, pero se lo agradezco en el alma. Hace dos años que no la veo. Por aquella época liberaron a su marido que llevaba 7 años preso y lo obligaron a irse de Cuba. Quizás pienses que el tipo era un delincuente o algo así, pero de eso nada, era médico y de los buenos, y una excelente persona. Un día se unió a un grupo de derechos humanos en la provincia de Matanzas, a unos 150 kilómetros de la Habana. Poco a poco se convirtió en una figura incómoda para el gobierno, aún, cuando aquí nadie puede hablar por televisión, ni siquiera por redes sociales y presentar una alternativa a este sistema. Bueno, la verdad es que no se puede hablar en ningún sitio. Para no hacerte el cuento tan largo, lo acusaron de promover ideas contrarrevolucionarias y le echaron 15 años. Ahora mismo tenemos 1140 presos políticos. Cuando cumplió la mitad de la condena, hubo negociaciones con el Vaticano y decidieron liberarlo, con la condición de que desaparecieran, tanto él como su familia. Con tanta suerte que una iglesia evangélica americana le pagó el pasaje y se pudo largar con una visa de refugiado político. Nunca más supe de ellos. La bombaDías después, yo estaba en la casa. Acababa de hacer una cola de dos horas y media para comprar unos huevos y llegaba para vestirme e irme al trabajo en menos de una hora. Decidí cerrar la ventana para cambiarme de ropa, pero en ese momento vi a Yamilé que venía otra vez.—¿Puedo entrar y sentarme un momento? —casi que susurró con mucha intriga.—Sí, entra, yo iba a salir a comprar unos boniatos en el puesto de vianda de la esquina, para después irme a trabajar, que acabo de llegar de otra cola.—Ay Lucía, tú sabes que yo te tengo tremendo aprecio y te considero una amiga—dijo mirándole a los ojos.—Sí Yami, yo también te considero una amiga. ¿Qué te pasa?—Se trata de tu marido.—¿Le pasó algo? Ay Dios mío—grité.—No, no le ha pasado nada, no se trata de eso. Es otra cosa.—Coño que susto me has dado— dije sentándome en un sillón de la sala—. Tengo el corazón que se me quiere salir del pecho. ¿Qué pasa?—A mí no me gusta meterme en estas cosas, pero tú sabes que tengo una hermana que trabaja en el hospital. Y tu marido transporta trabajadores de allí en la guagüita (microbús) que maneja. —Sí, y de otros lugares también. Se pasa todo el tiempo trabajando. No para. A veces trabaja hasta de madrugada, porque se le presentan viajes, y lo alquilan y ni duerme, el pobre. Tiene un estrés tremendo.—Mira, no quiero meterme en líos, pero mi hermana me dijo que él está con una muchacha del hospital, una enfermera del Cuerpo de Guardia (servicio de urgencias).Me puse pálida. Pasó más de un minuto sin que pudiera decir nada.—¿Estás segura de eso Yami? —le dije, al tiempo que empezaban a brotarme las primeras lágrimas.—Se llama Laritza Martínez, y le dicen Lali. Es rubia y tiene algo más de veinte años. Tiene turnos rotativos. No sé nada más—dijo levantándose y dirigiéndose a la puerta—no quiero líos con Frank, si le vas a decir algo, no me menciones. Te lo he dicho por solidaridad femenina, y porque eres mi vecina de años.—No te preocupes, y por favor no lo comentes con nadie—le dije, limpiándome los ojos.—No, estás loca. Ni muerta hablo yo de eso con nadie. Bueno me voy. Cuídate y mira bien lo que vas a hacer.Yamilé se marchó y yo cerré la puerta y me metí en la cama a llorar.Y yo que creía que mis sospechas eran infundadas. Y yo que creía que todo se estaba arreglando.Aquel día no pude ir a trabajar. Cuando llegó mi madre, le dije que tenía mucho dolor de cabeza, pero que no se preocupara, que Julia, la vecina que tiene una hija en España me había regalado una aspirina y que ya estaba mejor. Ahora necesitaba dormir.Esa noche Frank no vino. Me envió un mensaje al celular diciéndome que tenía un viaje para Pinar del Río por la madrugada. Todavía la sábana donde nos acostamos por la mañana olía a él. No pude dormir nada en toda la noche.Recuerdo que, de madrugada, en medio de las lágrimas y del silencio, me arrodillé en el suelo e hice esta oración:“Dios, sabes que no soy una persona religiosa, que nunca voy a la iglesia y que tengo muchas dudas, pero si desde algún lugar me estás escuchando, permite que ocurra algo definitivo que me muestre con claridad lo que está ocurriendo, y si es verdad lo que me han contado hoy. Y que eso ocurra pronto, porque con esta duda no puedo vivir. Si me respondes, te prometo que te lo agradeceré siempre”.Y seguí llorando. ¿Casualidades de la vida?A la mañana siguiente fui al hospital. Tenía que verla, aunque no sé si estaría trabajando. Nada de escándalos. No puedes caer en eso Lucía—me dije— Tienes que ser paciente. Pudiera incluso ser una equivocación. ¿Y si la hermana de Yamilé se confundió y no era Frank, sino alguien parecido? Me hacía todas esas preguntas que nos hacemos cuando estamos enamoradas y sospechamos que nos están engañando.Sin embargo, algo llamó mi atención a lo lejos. Un hombre salía del Cuerpo de Guardia del hospital. Se parecía mucho a Frank. Era Frank. Disimulé, aunque ya las dudas se iban disipando.—¿Y dónde está la guagua? —le pregunté.—La llevé al taller temprano, aquí al fondo del hospital. El motor estaba haciendo un ruido extraño. Por la tarde tengo que pasar a recogerla. Si la arreglan, esta noche tengo que trabajar otra vez. El administrador me dijo de hacer un viaje por la madrugada a recoger gente en Jovellanos, y ya sabes, eso está en Matanzas. ¿Y tú que haces por aquí?—No, nada, aproveché que pasaba cerca y voy a preguntar si están haciendo placas de tórax, que Julia, la viejita que vive en la otra calle me dijo que le averiguara.—Te voy a esperar aquí.—No Frank, ve a descansar, que trabajaste anoche. Yo después tengo que ir a ver si están arreglando ollas en el taller, que la de la casa tiene problemas con la tecla, que le sube antes de que el arroz esté cocinado y seguro me demoro. Y también tengo que ver si encuentro azúcar, que ya se acabó y no hay en ningún lugar.Le di un beso y entré al hospital, temblando por dentro.Cuando me aseguré que Frank se había ido, le pregunté a una señora, con una bata blanca, que estaba sentada en el buró de la recepción.—Buenas tardes. Es que me han mandado unas inyecciones y una amiga me ha recomendado una enfermera que tiene manos de seda, a ver si está trabajando para que me la ponga. Se llama Laritza Martínez.—Sí, esa es Lali. Casualmente está trabajando hoy, todo el día. Puedes pasar. Es aquella enfermera rubia, ¿la ves? —me dijo señalando al cubículo de inyecciones.—Sí, la veo. Muchísimas gracias. Y entré.Llegué al local destinado a inyecciones y curas. Frente a mí estaba la camilla cubierta con una sábana blanca, algo empercudida por el paso del tiempo y la falta de reposición. A un costado, una mesa metálica sostenía cuidadosamente ordenados los frascos, jeringas y gasas, todo preparado para su uso inmediato. A la izquierda un estante con varios frascos de suero fisiológico y Dextrosa al 5 %. Las paredes claras pedían a gritos una mano de pintura, mientras que unas cortinas verdes colgaban discretamente, dispuestas a cerrarse para ofrecer privacidad en cada procedimiento. Dos sillas asomaban tímidamente detrás de las cortinas corridas.Me sentía muy mal. Llegué a pensar que me iba a caer. Me acerqué despacio. Me asomé a la habitación y allí estaba ella, una chica rubia, jovencísima y bonita que representaba unos 22 años. Frank le sacaba diez, por lo menos. Ahora pienso si ella sabrá quién soy yo.—Adelante, por favor—dijo en tono profesional, mirándome a los ojos con una semisonrisa. Había otra chica, enfermera también, enjuagando unas jeringuillas.—Quería, si puede ser, que me tomen la tensión arterial.—Sí, claro. Siéntate aquí y espera 5 minutos. Si te sientes mareada, puedes bajar la cabeza.Me senté muriéndome de miedo. Me temblaban las piernas. Aún, así todavía me quedaba la esperanza de que todo fuera una equivocación, pese a mis serias dudas. De lo que sí estaba prácticamente segura es que la chica no me conocía.No sé si les dije que los cubanos somos muy habladores. Hablamos en todo sitio, siempre y cuando nos sintamos cómodos. Y ellas no eran la excepción.De repente entró otra chica, con una bata blanca y una bandeja en la mano. Se dirigió a ella con una sonrisa de oreja a oreja.—Te vi …te vi…hoy cuando te trajeron en la guagua. ¿Desde cuándo tienes novio Lali?La otra enfermera intervino.—Desde hace un mes, lo que no quiere decirlo.—No sé por qué no quieres decirlo Lali, la verdad es que el tipo está muy bien. Mayor que tú, pero está como un cañón.—Sí, hace casi mes que estamos saliendo—dijo la chica—. Tú no lo sabías porque estabas de vacaciones.—Pero, cuéntame todo.—Él está detrás de mí hace tiempo, pero yo le decía que no. Y tanto insistió que lo consiguió. Y ahora está loquito conmigo. Me ha llevado a comer a un restaurante carísimo. Y me llevó una habitación en la playa de Guanabo. Un apartamento que le dieron un fin de semana, por el trabajo.Y yo, que pasaba inadvertida, sentada con la cabeza baja, por momentos, esperando la toma de tensión, al oír aquello me quería morir. No era posible que alguien fuera tan sinvergüenza.¿Qué fuerza me había llevado allí, justo en el momento en que aquella chica le contaba aquellas cosas a su amiga? No había duda. Habían respondido la oración que había hecho aquella mañana. Y aunque era duro, aquella escena, casi milagrosa, respondía a todas mis interrogantes. No cabía duda de que era una respuesta sobrenatural, porque no podían existir casualidades tan grandes.—¿Y qué tal es en la cama? —le preguntó en un tono más bajo, pero, completamente perceptible, con la picardía retratada en el rostro, y ajena a que yo tenía la oreja parada.—Me encanta. Es una máquina. Y tiene eso como un chorizo gallego, de los gordos—rieron—. Se llama Frank, tiene 32 años. Y te cuento un chisme rapidito: Ayer me fue a buscar a mi casa en el microbús. Veníamos solos, él y yo. A esa hora se calentó y quería que lo hiciéramos allí mismo. Y aparcó la guagua en un lugar solitario. Le dije que no, por supuesto. Yo venía a trabajar. Se enfadó, me dejó en el hospital y me dijo que se iba a su casa. A darse una ducha fría, supongo—. Y volvieron a reír.—No lo puedo creer—me repetía a mí misma, al comprender por qué llegó ayer con tantas ganas, después de tanto tiempo sin ponerme un dedo encima—. Hijo de puta.Y la chica siguió contando:—Pero hoy volvió a recogerme, así que ya se le pasó—se acercó aún más a las dos muchachas—. Otro chismecito: está casado—dijo casi susurrando—. Él no sabe que yo lo sé, pero me lo dijo una señora que trabaja aquí en el hospital, que lo conoce. Después les cuento más, que voy a tomar la tensión a la paciente. Ya pasaron los cinco minutos de espera y no quiero demorarla—dijo, haciendo una mueca graciosa a sus compañeras.—¿Con quién está casado? ¿la conocemos? ¿alguien del hospital? Coño, no nos dejes así—le rogó una de las enfermeras, reteniéndola.—A ver yo nunca la he visto—dijo Lali, arreglándose la cofia—pero me dijeron que con una vendedora de pizzas. Ya sé dónde trabaja. Cualquier día voy a comprarle una pizza, para reírme un poco de ella y verla sudar con el calor del horno y la cara embarrada de harina. A ver hasta donde le llegan los cuernos. Todas rieron nuevamente.—Este fin de semana fuimos a la playa. Miren que bonitas las fotos que nos hicimos—dijo, sacando su teléfono y abriendo la galería. En ese momento se oyó el frenazo de un carro y unas bocinas sonando muy intensamente, seguidas del sonido de sirenas de varias ambulancias. Lali puso el teléfono un momento sobre la mesa y se asomó a la puerta. En eso venía su jefa:—Lali corre, un accidente masivo, se ha volcado un camión. Avisa a las enfermeras de Cirugía que fueron a merendar…urgente…. Corre, corre…De pronto todo era un maremágnum. Las camillas corrían llenas de personas heridas. Se oían gritos pidiendo abrir el paso. Todo el mundo se había movilizado.Yo seguía sentada en una silla de la enfermería, con algo importante en mi poder: el móvil de Lali, al cual había pasado el índice varias veces para que no se bloqueara. Me escondí un poco detrás de la cortina verde, junto a la camilla. Enseguida mis dedos se movieron ágilmente sobre la pantalla. Mi mano, fría, se deslizaba sobre letras y números. Una rápida pulsación y ya estaba dentro de la agenda de contactos. “Corregir y administrar → Exportar a archivo .VCF”. El archivo comenzó a crearse. Miraba atentamente. Dos minutos después: Archivo guardado.Abrí WhatsApp, me añadí como contacto. Enseguida busqué mi propio número y me envié el archivo a mí misma. También me envié varias fotos de ella con Frank. Luego lo borré del historial de envíos, eliminé mi contacto recién creado, volví a la pantalla principal y dejé el teléfono exactamente dónde estaba. Un suave pitido se oyó dentro de mi bolso. Lo había recibido.Entonces pude respirar.El ajetreo continuaba fuera del departamento de inyecciones. Lali regresó corriendo en cuanto tuvo una oportunidad. Cogió su móvil, lo echó en su bolsillo. Agarró tres botellas de suero fisiológico y me dijo sin detenerse—Ahora tenemos que atender las urgencias. Lo siento—y salió a toda velocidad.Me levanté y salí. En medio de aquella confusión nadie se acordaría de mí. Tenía que ir a trabajar esa tarde, pero no me sentía con fuerzas. Llamé a mi jefa y le dije que me había subido la tensión. Me preguntó por el justificante y le dije que me había olvidado de pedirlo, pero que, si podía, pasaría a recogerlo en la tarde. Yo trabajaba en una pizzería, no lejos de mi casa. Desde que entraba hasta que salía no paraba. En aquel estado no podía trabajar. Frente a frenteLlegué a mi casa. Mi madre estaba trabajando. No había querido decirle nada para no disgustarla. Todavía no me sentía preparada para hablar con Frank. Se había metido a bañar. Él no sabía que yo había llegado. Aproveché para mirarle el teléfono. Jamás había hecho eso. Los dos sabíamos nuestras claves y confiábamos el uno en el otro. Seguro que no imaginó que yo llegaría, porque nunca se separaba de su móvil, que con mil sacrificios le había regalado. Entonces lo abrí y busqué los mensajes. No había ninguna Lali… ni por Laritza, tampoco.
¿Quiénes eran estos contactos? A ver si me daba tiempo a abrirlos antes de que saliera del baño.
Eran del trabajo… A ver… Jefe… aquí no hay nada. Vendedor de gasolina… tampoco. Taller… nada. Mecánico… a ver… mira… mira… “Te quiero, mi amor”. —Subí más arriba; los mensajes habían empezado hace meses—. “Eres preciosa” … “Me gustas mucho”. “Lali, ricura mía” … “Te comería todo” …Y ¿esto qué es? …fotos…pero…es Lali enseñando las tetas…madre mía…aquí en ropa interior…cuantas fotos…y aquí con las piernas abiertas abriéndose el…será cerda y él un hijo de puta…A ver este vídeo que le envió hace dos semanas…madre mía, mírala como se masturba la muy…Entonces envié a mi móvil algunas fotos y vídeos. Al poco rato sentí que iba a salir, cerré el teléfono, borré cualquier rastro, lo puse en la mesita de noche y me hice la desentendida.Cuando salió y me vio se puso blanco. No tenía ni idea de que yo estaba allí, al lado de su móvil.—¿Estabas ahí? Bueno, me visto y me voy que tengo que…—No vas a ninguna parte—le interrumpí.—¿Qué te pasa? —dijo con la voz temblorosa.—Siéntate, que vamos a hablar.—Lucy, tengo que irme a trabajar—dijo intentando coger el celular, pero yo lo agarré primero.—Háblame de Lali—le dije bajito, aunque estábamos solos en la casa.—¿Lali? ¿Quién es Lali? —se trató de hacer el sueco.—Estaba a punto de echarme a llorar, pero logré contenerme.—Última vez que te pregunto Frank, ¿quién es Lali o mejor Laritza Martínez? —Mira, no tengo la culpa si estás celosa, pero déjame tranquilo que tengo que irme. No sé de lo que estás hablando—me dijo, mientras se vestía.—Grandísimo hijo de puta—le grité tirándole las uñas a la cara, y dejándole un arañazo importante. Me aguantó la mano, se echó hacia atrás y se miró la sangre en el espejo.Me solté y me fui al lado opuesto de la habitación. No intentes acercarte a mí. ¿Quién coño es Lali?—Es una enfermera del hospital.—¿Desde cuándo estás con ella?—No…yo no estoy con ella.—No mientas más desgraciado, mal nacido—grité mientras las venas del cuello parecían que me iban a explotar—. De nada te han importado todos estos años que hemos estado casados, ni los momentos que hemos vivido, ni los sacrificios que he hecho para que podamos sobrevivir.—Cálmate. Fue solo una vez. Había bebido ron, y fui al hospital con un amigo que se sentía mal. Tuve que quedarme con él toda la noche y ella se me ofreció.—Pero ¿Vas a seguir mintiendo? Estuviste detrás de ella meses. Tienes el teléfono lleno de conversaciones con ella y de fotos de ella encuera.—No tenías que meterte en mi teléfono—gritó.—¿Qué? Mira lo que hago con tu teléfono que yo te regalé—le dije tirándolo contra la pared. Enseguida lo recogió. Por desgracia no se rompió. Tenía que haberle quitado el protector primero.—¿Estás loca? Cálmate Lucía.—Y la llevas a restaurantes y aquí en la casa muriéndonos de hambre, que no tenemos ni agua. Tú ganando dinero por ahí y gastándotelo con esa puta.—Vamos a calmarnos.—Y al final sí te dieron el fin de semana en un apartamento en la playa de Guanabo, y te la llevaste allí, y a mí que soy tu esposa, me dijiste que no te lo dieron y que tenías que trabajar fuera de provincia aquellos días.—Tienes que entenderme, yo soy un hombre.—¿Qué tengo que entenderte? No me jodas. ¿Qué es lo que tengo que entender? Que nunca te digo que no en la cama, que siempre te he dado lo que has querido y te he hecho lo que me has pedido. Siempre Frank, siempre he estado dispuesta para ti, y ahora, después de unos cuantos años de casados tengo que entender que te pongas a enamorar a otra mujer, que te intercambies fotos con ella encuera, que te mande un video haciéndose una paja, que te pongas a templar con ella. ¿Es eso lo que quieres que entienda?—Tampoco tienes que exagerar.—¿Exagerar? Serás cínico, estúpido, imbécil—y le tiré otra vez a la cara, para barrérsela con las uñas, pero me paró la mano. —Fíjate si no exagero que tienes tan poca vergüenza que ayer por la mañana cogiste un calentón con ella y como no quiso quimbar, viniste aquí y yo de mongólica te abrí las patas, como siempre.—¿Quién te ha contado todo eso?—No te importa, pero te juro que esto lo vas a pagar muy pero muy caro.—Cálmate, por favor.—Sí, me voy a tratar de calmar—le dije, intentando bajar la voz— porque te voy a decir que recojas tus cosas y te vayas hoy mismo.Fue como si lo hubieran fulminado.—No me voy a ir, ni lo sueñes. No tengo a donde irme.—Me da igual. Haberlo pensado antes de singarte a la enfermera.—Que no me voy—le gritó desafiante.—Está bien—le dije dirigiéndome a la puerta de la habitación. No te vayas, pero una cosa te digo, nunca más podrás dormir tranquilo, porque voy a gastar el dinero de la comida del mes en afilar bien un cuchillo, y te juro por mi vida que a la primera oportunidad que tenga te lo voy a cortar en trocitos. Por muy rápido que reacciones, cuando te mires ahí solo tendrás un pellejo colgando lleno de sangre.—Lucía, por favor. No te pongas así. Si tengo que irme me voy a casa de mi madre, allá en el campo, en casa del carajo. Tranquilízate.—Ahora me voy a ir y regreso en tres horas, tiempo más que suficiente para que recojas todo lo tuyo y te vayas de esta casa. Cuando regrese, todo lo que hayas dejado lo voy a quemar. Mañana iré al Bufete Colectivo a presentar la demanda de divorcio.—¿Divorcio? ¿Estás loca? —me dijo, poniéndose pálido como un muerto.—¿Te acuerdas cuando éramos novios, que me llevaste a aquel hotelito de la playa para estar conmigo por primera vez? Pues te dejé claro aquella mañana que lo único que no te perdonaría en la vida era una infidelidad. Y yo sí tengo palabra.Y nunca más me llames, ni me hables, ni me mires—. Y me fui a toda prisa. NitrazepámSalí de la casa tan alterada que pensé que el corazón se me iba a salir del pecho. No podía avanzar en aquel estado. Entré en casa de mi vecina Yamilé y le expliqué todo lo que había pasado. Ella me hizo un cocimiento de tilo (infusión de tila), pero no me calmaba. Tenía taquicardia, temblores, estaba sudando.—¿Quieres que te lleve al médico? —me dijo.—No. No te preocupes Yami. Es que anoche no pude dormir nada y ahora esta discusión que tuve con Frank me ha alterado bastante.—Lucy, tú sabes que en Cuba ya no hay medicinas, pero cuando había yo tomaba Nitrazepám para dormir. Cuando se acabó, estuve muy mal de los nervios, porque no podía dormir, y mi hermana que trabaja en el hospital me consiguió una cajita de Mogadón, que es un similar, que había llegado en una donación que hicieron unos españoles. Yo me tomé unas cuantas, pero era muy fuerte y no lo pude seguir usando. Yo recuerdo que me relajaba mucho. ¿Quieres tomarte una?—Sí Yami, por favor, dame una—le rogué—. A ver si me relajo un poco. Un chorizo gallegoVolvía a caminar hasta el malecón, llorando. Me senté en el muro quince minutos, hasta que me calmé, al menos lo suficiente como para decidir mi próximo paso. Volver a donde ella estaba. Ahora sí que Lali me iba a conocer.Salí andando hasta el hospital Hermanos Ameijeiras, relativamente cerca de la casa.Caminé por Infanta dejando atrás el ruido de bocinas y motores de viejos Chevrolets y Cadillacs de la década de 1950, y el pregón de los vendedores, la mayoría de ellos ancianos jubilados que tienen que trabajar porque sus pensiones no superan los cinco dólares, después de cuarenta años de trabajo.Al doblar hacia San Lázaro sentí la brisa del mar, mezclada con aquel olor a salitre que me recordaba mi infancia. Pasé frente a la escalinata de la Universidad, con su estatua del Alma Máter vigilando en silencio a los paseantes, y seguí recto, mirando las fachadas descascaradas que parecían hablarme de otras épocas, de años de abundancia y mejor vivir. Al final de la calle, imponente y gris, apareció el hospital Hermanos Ameijeiras, como un gigante de concreto que me esperaba con sus brazos abiertos.Eran las cinco de la tarde. La enfermera debía estar todavía allí, porque la recepcionista me había dicho que trabajaba todo el día. Entré con cuidado. Había muy poca gente a esa hora. Me acerqué al cubículo de inyecciones, y allí estaba ella, de espaldas, fregando algo.—Buenas tardes—le dije.Se giró despacio.—Ah, eres tú, la que vino por la mañana. ¿te sientes mal otra vez?—No, pero quería consultarte algo, íntimo, que me da mucha vergüenza que un médico hombre me mire. Es que después que me subió la tensión por la mañana, me ha salido una erupción en mis partes. ¿Podría cerrar un momento la puerta, para subirme el vestido y enseñártelo?—A ver, yo lo hago, que el cierre de la puerta se traba y después no es fácil abrirlo. Mejor paso el pestillo—me dijo cerrando—Súbete el vestido y te miro.—Sí, pero primero te quiero regalar esta pizza—dijo, sacándola del bolso. Todavía estaba caliente.—Pues muchas gracias—le dijo sin extrañarse, ya que en Cuba es normal que los pacientes lleven regalos, sobre todo comida a los médicos y enfermeras, que, como todo el mundo, pasan muchísima hambre. Y la agradecen mucho. Y te atienden mejor.—¿Está bien cerrada la puerta? Es que me da vergüenza que vaya a entrar un hombre y me vea el toto.—No te preocupes, que nadie podrá entrar si no le abro, pero date prisa, que tengo que hacer varias cosas.—Sí, claro. Mira la pizza te la manda Lucía, que está siempre manchada de harina, trabajando, ahogándose de calor con el horno.—No sé quién es Lucía.—Sí sabes. Claro que sabes—la de los cuernos—y en un movimiento rápido le agarré el pelo, me giré y me puse detrás de ella, que quedó con la espalda pegada a mi pecho, y con mi brazo debajo de su cuello. La apreté un poquito—. Fíjate si sabes Lali, que hace dos meses que te estás singando a mi marido—. La arrastré hasta la mesa de curaciones—. Si te portas bien, no te voy a hacer nada. No soy una asesina—. A ver abre la boca—. Primero se rehusó, pero en cuanto sintió que no podía respirar la abrió y saqué un puñado de algodón de la algodonera metálica y se lo metí—. Ahora respira por la nariz…no te va a pasar nada. Es para que no puedas hablar ni gritar.Sin dejar de apretar, pero suavemente, porque era solo para controlarla, cogí el rollo de esparadrapo con una mano y con los dientes saqué una tira y se la pasé por la boca, dándole la vuelta por detrás de la cabeza varias veces. Despegarse aquello del pelo ya sería suficiente castigo. ¿O no?—Ahora—le dije sin soltarle el cuello desde atrás— acuéstate boca abajo en la camilla. Vamos, camina conmigo—y la ayudé a subirse y después a acostarse, sin soltarle el cuello. Por un momento intentó girarse, pero la controlé. —Ahora tengo que dejar de apretarte, pero—¿ves estas uñas? Si te mueves te voy a hacer tantos arañazos en la cara que no te van a conocer ni en tu casa.Quité el brazo de su cuello y con la mano izquierda le mantenía la cara presionada contra la camilla. Le levanté el vestido. Intentó moverse, pero le volví agarrar el pelo.—Quieta. A ver qué tenemos aquí—y le bajé el blúmer—. Decías que Frank, mi marido la tenía como un chorizo, ¿verdad? Pues para que veas que no soy desconsiderada, mira lo que voy a hacer.—Ahhhh…ahhhh—intentaba gritar, pero el algodón no se lo permitía.—Tranquila, pero no te muevas, que si te aprieto mucho te puedo partir una vértebra del cuello y no vuelves a caminar más—le dije, vertiéndole un poco de lubricante entre las nalgas. Estiré la mano y cogí el embutido que había comprado—. Ahora respira por la boca, que te entrará más fácil. Solo tiene 30 centímetros.— “Ghhmm…” Su voz, encarcelada tras el algodón, se volvió un temblor gutural, como si intentara gritar bajo el agua. —¿Duele? —y seguí presionando—. Frank igual ni te hubiera puesto lubricante. Cuando él se calienta solo quiere meterla. ¿Ya te lo ha hecho por detrás? —le pregunté acercándome a su cara—. Suspiraba profundamente—. Responde pinga—le grité al oído—. Lali negó con la cabeza.—Pues esto es más o menos lo que se siente—Y lo empujó un poco más, como si lo estuviera atornillando. Cuando le había metido más de la mitad, sacó el móvil y le tiró varias fotos con la mano que no le estaba agarrando el pelo, y presionando contra la camilla.Entonces tocaron a la puerta de la enfermería.Un momento que estoy terminando con una paciente. Dos minutos—grité.Ahora te voy a dejar—le dije muy bajito, sacándole el chorizo bruscamente. Lo puse al lado de ella. Cogí una tijera y le corté el esparadrapo, y de un tirón le despegué el que le había quedado en el pelo. Enseguida escupió el algodón.—Súbete el blúmer, arréglate el vestido, péinate un poco y atiende a la paciente mientras yo me voy. Si dices algo, si me denuncias, este chorizo te lo vas a comer completo, y sin lavarlo. ¿Queda claro? Y hasta tu mamá va a ver las fotos que te saqué Y no te vuelvas a meter con un hombre casado en la vida, sobre todo si sabes que lo es.Ah…y a Frank te lo puedes quedar.—No me respondió. La dejé despeinada, llorando y con el miedo todavía reflejado en el rostro.Abrí la puerta y me fui. Tiré el chorizo en un basurero de los muchos que hay en las calles de La Habana, a las afueras del hospital, y volví a sentarme en el malecón. Salté al otro lado del muro, a una parte baja, entre las rocas y me lavé las manos con el agua salada que bañaba la orilla. Estaba atontada.Entonces abrí los ojos y vi a Yamilé delante de mí.—Tres horas llevas durmiendo. Sí que te ha hecho efecto la pastilla, madre mía—dijo, pasándome la mano por el pelo—, roncaste y todo.—Entonces, ¿Todo era un sueño? —exclamé confundida.—¿Qué estabas soñando muchacha? —y su rostro dibujaba una sonrisa—, hasta hablaste dormida, pero lo único que te entendí fue algo sobre un chorizo gallego.—Mejor no quieras saberlo—le dije, mientras me desperezaba y me despedía de ella.Al volver a la casa ya Frank se había marchado.Un pequeño préstamoEstuve tratando de tranquilizarme durante varios días, pero no lo logré.Créanme que le di varias vueltas a lo del chorizo, pero no me parecía viable. Y no por lo de inmovilizarla, porque algo sé de artes marciales, aunque por suerte nunca he tenido necesidad de utilizarlas. Si me la hubiera encontrado a solas, tal vez, pero era difícil en el servicio de urgencias de un hospital. Lo único verdaderamente cierto es que yo seguía llena de rabia por dentro, tenía que sacarme aquella espina, que más que una espina, era un puñal que me habían clavado en el alma.Supe por aquellos días, a través de la hermana de mi vecina, que trabajaba en el hospital, que ella y Frank seguían juntos. Y supe más. La tal Lali era una estudiante del último año de Licenciatura en Enfermería, en prácticas. Y mañana se graduaría. Y Frank seguramente estaría en el acto de graduación en el teatro del hospital. Y como si fuera poco, también supe que la chica iba a ser premiada como la mejor alumna del curso, con diploma de oro y todo.Tenía que hacer algo. Todavía resonaban en mis oídos sus palabras: “Cualquier día me paso por la pizzería, para reírme de ella y ver hasta donde le llegan los cuernos”. Y había aceptado estar con Frank, sabiendo que estaba casado. Tendría que pagar por ello.Fui a casa de un hombre que vendía dólares, porque en las casas de cambio del estado nunca tienen. Toqué la puerta y me abrió enseguida.Era un señor de unos sesenta años cuyo aspecto causaba rechazo inmediato: su piel curtida y grasienta parecía siempre húmeda, su aliento rancio impregnaba el aire y su sonrisa mostraba unos dientes amarillentos y desiguales. Caminaba arrastrando los pies, con las uñas sucias y llenas de hongos, dentro de unas chanclas a las cuales no le cabía más suciedad, y con su mirada turbia, y siempre desconfiada te producía una sensación de desconcierto muy difícil de explicar. Había en él una mezcla de descuido y hostilidad que lo hacía, a la vez, desagradable y repulsivo a partes iguales.—Hola Polito, que es como todo el mundo le decía. Soy Lucía.—Sí, yo te conozco, tú eres la hija de Carolina. Vives a dos calles de aquí—dijo escupiendo un fragmento del mocho de tabaco que siempre llevaba entre los dedos.—Exactamente—le dije con una sonrisa—. Tenemos un problema. Se nos ha presentado una urgencia en la familia y necesitamos que nos prestes 50 dólares.—Eso es mucho dinero—y volvió a escupir.—Lo sé, pero no tengo a quien acudir. Puedes estar segura que te los pagaré.Polito vaciló por un momento.—¿Cuándo me los pagarás? —y volvió a chupar su mocho apagado y lleno de babas..—Dentro de un mes. Sin falta.Entró a la casa un momento y enseguida salió con dos billetes de 20 y uno de 10.—Aquí tienes—me dijo muy serio—. Dentro de un mes exacto tendrás que devolverme 60 dólares. Son los intereses. Espero que no tengamos problemas, porque a mí hay que pagarme. ¿Entendido?—Claro que no habrá problemas—le dije cogiendo los 50 dólares y marchándome de allí, con el estómago revuelto.VenganzaMe vestí con esmero frente al espejo: Un vestido de tela finísima, el único que tenía para las grandes ocasiones, caía con elegancia sobre mi cuerpo. Me puse un collar de brillantes, de fantasía, por supuesto, pero daba el pego y me calcé mis zapatos de tacón. Me eché un perfume buenísimo. Me quedaba un poquito en el fondo del frasco. Lo tenía hace más de diez años. Me puse una peluca rubia que me prestó una amiga y me fui a la graduación. Estaba radiante. Cogí mi bolso, y dentro eché una camiseta, unos vaqueros y unas zapatillas.Entré al teatro y de inmediato me impresionó la solemnidad del ambiente preparado para la graduación de Enfermería. El escenario estaba adornado con cortinas rojas y un gran cartel al fondo que decía “Felicidades Graduandos”, acompañado de símbolos de la profesión. Todas las butacas estaban llenas de familiares y amigos, mientras arreglos de flores blancas y azules daban un toque de frescura y elegancia. La bandera cubana se levantaba a un lado del escenario, junto a la mesa donde reposaban los diplomas. De fondo, una foto gigante de Fidel Castro. Todo estaba listo para que las futuras enfermeras recibieran, entre aplausos y emoción, el fruto de sus cinco años de esfuerzo. Todas estaban sentadas en primera fila. La directora hizo su entrada, junto al consejo de dirección, y tomaron el lugar de honor.La hermana de Yamilé, que trabajaba en el hospital había tenido acceso al orden del día de aquella graduación, porque formaba parte del grupo organizador y me había pasado todos los detalles.Desde que llegué, me ubiqué en la parte de atrás, junto al público que había quedado de pie, porque las butacas no alcanzaron. El teatro estaba completamente lleno. Enseguida vi a Frank, con cara de enamorado, intercambiando miraditas con ella. No me habían visto. La verdad es que era difícil reconocerme.Yo seguía ardiendo de rabia, y al verlos queriendo comerse con los ojos, me encendí más todavía. Les confieso que no era dueña de mí. Me sentía al borde de la locura.Entonces comencé a ejecutar mi plan.La primera en graduarse iba a ser ella, según el programa. Faltaban cinco minutos para el comienzo del acto. Salí por un lateral, subí la escalera y entré a una pequeña cabina ubicada en la segunda planta. Apenas cabía una persona. Con mucha cortesía me acerqué a la chica que estaba detrás de un ordenador.—Buenos días—la saludé bajito y con gran cortesía.—Buenos días—me respondió mirándome hacia atrás, sentada en su butaca—, dígame que desea, que la graduación va a comenzar enseguida.—Me llamo Ana María y acabo de llegar de Barcelona, donde vivo. Soy la hermana de Laritza Martínez, que se gradúa hoy. Quiero pedirte algo. Sé que vas a pasar fotos de momentos especiales de la vida de los que se están graduando. Lali no sabe nada que yo estoy en Cuba y quería darle una sorpresa—le dije sacando un pendrive (memoria)—. Aquí hay algunas fotos de ella y mías compartiendo momentos entrañables, y al final hay un pequeño cartel con mi fotografía donde le escribo un mensaje muy especial, y poco después ella me verá. ¿Te imaginas la emoción que eso va a producir, no solo en ella sino en todo el auditorio?El acto acaba de empezar. En menos de tres minutos la chica tendría que pasar las fotos familiares de los graduandos.—Mire, no hay tiempo—me dijo tajante—. Si me las hubiera dado con más tiempo, pero ya tengo que empezar.—Porfa…porfa…yo las tengo aquí. Déjame pasarlas. No tengo euros aquí, pero tengo 50 dólares. Si me dejas hacer este pequeño homenaje a mi hermana, te los regalo—y se los puse dentro de la mano.Cuando la chica sintió el contacto de los 50 dólares, los metió en el bolsillo de su pantalón y se giró hacia atrás.—Siéntate aquí, que las dos no cabemos. Metes la memoria en este puerto USB, cargas las fotos y cuando la llamen, que va a ser la primera, esperas a que le entreguen el diploma. Ella se ubicará a la izquierda del escenario y entonces pasas las fotos que se verán en aquella pantalla gigante—y señaló hacia delante—. Solo tendrás dos minutos. Salgo un momento, que aquí no cabemos las dos. En lo que se gradúa tu hermana me fumo un cigarro rapidito en el baño de al lado. Me da tiempo, porque son diez minutos por alumno—. Y se levantó, dando paso a Lucía.La chica frenó en seco, se giró y se dirigió a mí. Por poco se me para el corazón.—Sabes trabajar con un ordenador, ¿verdad?—Soy una experta—le contesté—. Y se alejó sonriendo. Cincuenta dólares eran por lo menos cinco meses de salario.Ya estaban entregando el diploma a la cabrona que estaba con mi marido, a sabiendas de que estaba casado. Lo recibió con una sonrisa y se colocó en el lado izquierdo del escenario.Cargué un vídeo corto que había preparado con fragmentos de otros vídeos más largos. La longitud era de un minuto. Decidí no ponerle música de fondo, porque los sonidos naturales me parecieron más sugerentes.Y le di al play.Me levanté, cerré la puerta de la cabina por dentro y bajé las escaleras corriendo. Quería verlo. Necesitaba verlo. Se hizo un silencio inicial profundo, producido por la sorpresa. Lali aparecía abierta de piernas, en un close up masturbándose, como si no hubiera un mañana, unos segundos después haciéndole una felación a Frank, y la lluvia cayéndole sobre la cara. Comenzó un murmullo que enseguida se hizo más intenso, tratando de apagar los gemidos de Lali, mientras cabalgaba desnuda sobre él en la tercera escena. Y como colofón, el vídeo cerraba con el mensaje prometido: “Lali, no te metas con hombres casados”.Ella no sabía si echarse a correr o esconderse debajo de una butaca. Lloraba, estaba sudando. Temblaba. Se cubría la cara con desesperación. Frank, completamente desorientado, trató de acercarse al escenario, pero el servicio de seguridad no se lo permitió. La directora daba órdenes, algunos iban de un lado a otro del teatro, pero la gran mayoría permanecía sentada. Algunas señoras se tapaban los ojos, otras bajaban la cabeza y hasta hubo algunos que disfrutaban la escena. Hay gente para todo.Yo había arrastrado el fotograma clave al final de la capa de vídeo para que se superpusiera con el fotograma clave inicial, de modo que se repitiera indefinidamente, en un bucle. No habían podido entrar a la habitación donde estaba el ordenador, y el show seguía. Seguramente las llaves quedaron adentro. Estaban tratando de derrumbarla. Me acerqué hasta donde estaba permitido para verla y en ese momento nuestras miradas se cruzaron. Me había visto. Ya nada me importaba. Sabía que había sido yo. Y eso me excitaba.Salí lo más rápido que pude, y entré al baño de una cafetería cercana, me quité la peluca, me cambié de ropa y seguí mi camino. Cuando llegué a mi casa, cogí mi móvil y le pasé a todos los contactos de ella, que yo había descargado aquel día en el hospital, todos los vídeos que ella le había enviado a mi marido. Sabía que, de todas formas, me iban a coger.Sé que tal vez actué mal, y que la rabia y los celos me dominaron.Al día siguiente fui detenida por la policía, cuando me disponía a trabajar. La fiscalía me pide cinco años de cárcel.Frank y Lali se separaron. Él intentó volver conmigo, pero le dije que no. Ese sería su castigo. La demanda de divorcio que le había puesto se hizo efectiva unas pocas semanas después que la firmó y ya estoy legalmente divorciada.Ahora solo me queda esperar el juicio. Estoy en mi casa, tratando de consolar a mi madre, a quien, como es lógico, este asunto ha afectado enormemente.No sé lo que pensarán de mí, ahora que hemos llegado al final de esta historia. Guardo la esperanza de que entiendan que mi venganza, tan inesperada como poco común, fue la única forma que encontré para expresar mi dolor. No me arrepiento; eso sí deben saberlo. Por mi parte, cierro este relato, con la promesa de escribir lo que ocurra en el futuro, y con la serenidad de quien ya no tiene nada que ocultar.Fin
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