Cuando voy al psicólogo y no sé qué decir de tanto que tengo para contar que me ahoga…
Hay una paradoja silenciosa en el consultorio del psicólogo. Uno llega porque tiene demasiado para decir, y sin embargo, cuando finalmente se sienta frente a alguien dispuesto a escuchar, no encuentra una sola palabra.
No es que no exista el dolor. Al contrario: es tanto que se vuelve compacto, como una piedra en la garganta. Hay recuerdos que empujan desde todos los rincones de la memoria, decepciones que reclaman turno, pérdidas que todavía no aceptan haber ocurrido. Todo habla al mismo tiempo y, precisamente por eso, nada logra hacerse oír.
El silencio, entonces, no es vacío. Es una multitud.
El psicólogo espera. El reloj avanza. Uno mira el piso, las manos, la ventana. Piensa que debería empezar por el principio, pero descubre que el principio quedó sepultado bajo demasiados finales.
Quizás sanar no consista en encontrar de inmediato las palabras justas, sino en permitirse ese primer silencio. Porque a veces el mayor síntoma no es no tener nada que contar, sino tener una vida entera apretando detrás de una sola respiración.
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