Aquel amanecer no fue como el de todos los días; ya habían pasado muchos inviernos y al fin la atmósfera ese día estaba cargada de un aire puro diferente y de una lozana candidez que producía en todos los seres vivos una inusual sensación de seguridad y placer; sensación esta transmitida por la madre tierra como si fuese el primero de los anhelados días. Los vehículos y las bicicletas se movían ligeros como juguetes por la carretera; y las aves cantaban alegres todo el tiempo por la serpenteante carretera devorada por las extensas campiñas cultivadas y finamente tupidas en sus demás relieves. Eran como las cinco de la tarde y las lilas y las acacias ya desprendían su olor por toda la comarca; todo quedaba impregnado de su aroma; los caballos avanzaban ruidosamente por los campos y los caminos de herradura; la jornada para casi todos había finalizado y se escuchaba en las puertas las risas y las charlas.
Luisa Aula no se encontraba en una situación cómoda, no tenía ni idea de que su vida iba pronto a cambiar de una manera que nunca se imaginó; presentía, sin ser consciente de ello, que pronto iba a abrazarse con sus lejanos sueños que en el fondo siempre había considerado infantiles o irracionales por la dicha misma que en los seres humanos produciría su realización. Es decir, hay sueños que consideramos tan inalcanzables que no nos atrevemos ni siquiera a considerarlos. —El Diablo es puerco, como decía don Hermes Pinzón—. Pues si muchas veces nos cuesta trabajo creer o discernir en las extrañas situaciones cotidianas que se nos presentan de forma intempestiva; pues tanto más en los milagros que están en todas partes, pero que por nuestra idiosincrasia y respeto humano nos negamos a aceptarlos. De todas maneras estos seguirán sucediendo, quieran o no, todos los días; en todo tiempo, momento y circunstancia, a pesar de lo que se crea o piense.
Para una bella y joven mujer de 33 años como Luisa, estar al frente de una granja, legado familiar de su recién fallecido padre, significaba una sobrecarga que nunca hubiera podido confrontar sin la ayuda de alguien más. Hacía días que la granja se encontraba en un total abandono; Luisa había tenido que ausentarse, pero esperaba que todo estuviese bajo control, de acuerdo a las medidas que ella había tomado.
Cuando después de una semana regresó de su viaje encontró a las vacas, cerdos, gallinas, y demás animales deambulando de aquí para allá; todo se veía sucio y abandonado. Estaba visiblemente afectada ya que está era un lugar de paz y alejado de los tribunales, de las conversaciones inteligentes, y de las mujeres históricas, histéricas y filosóficas. La gente iba allá a saludar efusivamente y a reencontrase con la señora Soledad, para olvidarse de sus antiguos y nuevos conocidos; y, en especial, al siempre presente: amor propio. Hasta Próspero, un Border Collie de dos años, había renunciado a sus labores de pastoreo; al canino la ausencia de su ama le había hecho sentir que le habían abandonado y ya no tenía ganas de hacer parte de la actividad propia de los perros de su raza.
La madre de Luisa, Stephanie de La Rosa, se encontraba por aquellos días de “visita temporal” en la granja tras 20 años de ausencia; sin embargo, daba la impresión —sólo la impresión— de que este suceso le era indiferente. Borrón y cuenta nueva —se decía—, no se saca nada con llorar sobre la leche derramada —continuaba diciéndose con tristeza y zozobra—; trataré de compensar mi ausencia con mi nueva presencia: no estoy muerta, estoy todavía vivita y coleando. El alma de Stephanie de un momento a otro y sin poder explicarlo se llenó de gozo; los problemas y conflictos todavía estaban ahí, pero respiraba una paz profunda y podía discernir con acierto todo aquello de lo cual siempre había huido por miedo a confrontar las realidades de su vida, entonces la conocida o desconocida causa que producía su temor de súbito desapareció. La noche anterior un rayo de luz procedente del oscuro y estelar firmamento la penetró dejándola deslumbrada y con una sensación de liberación en su pecho. Por su mente pasaban eventos y personas del pasado; pensaba en las diversas situaciones inexplicables e injustas que la había tocado vivir y confrontar, veía claro lo que antes no había podido comprender: Los supuestos caprichos, sensiblerías y devaneos ya se encontraban muy distantes y era bastante probable que nunca retornaran ya que había tomado medidas bastante drásticas para que sus más valiosas posesiones no fueran de nuevo saqueadas. ¿No se le llama a eso madurez? Había madurado; se sentía bien consigo misma y con los demás a pesar de los errores y desaciertos que había cometido y que tanto daño había hecho a ella y a sus más queridos. Stephanie siempre había sido una mujer muy sensible; prácticamente ninguna persona le era desapercibida; sentía que cada una tenía una vida y una historia que contar; no había necesidad de que le narraran sus cuitas y alegrías—y no porque no quisiera escucharlas, sino porque las intuía con sólo verlos; y si la ocasión lo permitía los escuchaba con agrado, interés y buenos deseos; detalle este que agradaba de sobremanera, desde luego.
Tenía el don de saber quien tenía buenas o malas intenciones. Sentía la mala y buena vibración de las personas desconocidas que se cruzaban por su camino. Durante mucho tiempo no fue consciente de esa sensación hasta que comenzaron los encuentros con ella misma, allí aprendió a ser más consciente de las diversas sensaciones que le llegaban desde afuera, de los buenos y malos consejeros según la imagen que se tiene de ellos por la manera de actuar. ¿Qué buen consejo podría darle quien era conocido por sus infidelidades? ¿O como podría alguien hablarle de paz y reconciliación cuando esa persona cargaba encono contra más de media humanidad? ¿Por qué tendría que estrechar una mano sucia y mal intencionada sólo por el hecho de no causarle un disgusto? ¿Por qué tendría compartir una copa con personajes poco ejemplares sólo para que no fuera blanco de sus chismes y cotilleos; o lo que es peor para no abrirles las heridas de sus soledades, inseguridades y devaneos? Tras muchos encuentros con ella misma comenzó a caer en cuenta de estas y otras tantas cosas que sucedían a su alrededor y en ella misma.
Conservaba la elegancia y lozanía que siempre la había caracterizado; a pesar de muchas cosas que le habían sucedido nunca había perdido sus encantos, y esto gustaba a muchos y disgustaba a otros. Con todo, su vida tendría que seguir el derrotero trazado aunque dejase a su paso heridos, mutilados y muertos tendidos por doquier. Cuando Stephanie salía cada día como a las 10:00 de la mañana toda la sabana sonreía, los pájaros dejaban sus nidos, los perros corrían y ladraban como locos a su alrededor, las vacas todas volteaban a mirar con agrado ese bicho raro que tanto ruido causaba en la inmediación. Regresaba al caer de la tarde y de nuevo toda la comarca era sacudida por un remezón. Su hija Luisa se había convertido en el centro de su vida y de todos sus propósitos; poco a poco habría de recuperar su estima y confianza, las heridas estaban abiertas y en condiciones normales tardarían en cicatrizar; pero ésta no era una situación normal.
Su hija Luisa durante todos esos años de ausencia se esforzó por olvidarla y no pudo; sucumbió a los vanos intentos por no quererla. Claro que Luisa amaba a su madre. ¿Qué no amarla? Si existen imposibles, pues he ahí uno. Todos los días había arreglado su cuarto como si no tardara en regresar. ¿Quién podría decirle que no tenía derecho a ponerse brava? ¿Quién podría reprocharle algo por ello? Los esfuerzos para recuperar su estima y cariño habrían de ser constantes y sinceros. Daba ahora gracias a Dios por darle una segunda oportunidad y reencontrarse con lo más valioso. La vida había sido noble con ella ya que no había sido tratada como merecían sus deserciones; pero iba a dar la pelea resaltando de una vez y para siempre su lado bueno: nunca jamás se alejaría de los motivos de su existencia.
Comenzó a ser objeto de atenciones cuando en la comarca se enteraron de la llegada de la escritora, en especial por parte de los entusiastas y alegres caballeros. Estas son las ventajas que da la juventud adulta; y contrariamente al creer o sentir general: todo funciona mejor —pensaban—. Ella les era particularmente atractiva porque tenía el don de observar a cada uno con interés particular y como si no hubiera otra persona más en el planeta: con una sonrisa lejana pero deferente que la hacía aún más atractiva. Cuando se movía, toda su fisonomía femenina se realzaba, su falda hacia parte del ritual: se ondulaba y se mecía suave, insinuante y alegre al son del viento coqueto dejando hipnotizado y con la boca abierta a más de uno. Se podría decir que ella misma era la reencarnación plena de Remedios La Bella 30 años después.
De entrada comenzó a marcar sus territorios. Despidió al empleado de la granja —uno de los llamados chicos para todo, o mal llamado “todero”—, porque en las noches tenía la costumbre de andar medio empeloto por la casa; estaba claro que este comportamiento le producía a él un particular placer. Sea como fuera decidió cortar de raíz con ello. A la hija, como ya habíamos señalado, no la había vuelto a ver desde que era una niña cuando dejó su familia y se fue a vivir a Brasil en compañía de su amante, el señor Di Lorenzo, dueño de una relojería que llevaba su mismo nombre. Ella argumentó que también tenía derecho de hacer su vida y perseguir sus sueños, y que aquel país sería apropiado para la inspiración de sus novelas. Como vemos por aquella época los demonios habían pedido pista y ella había consentido con ello.
El señor Di Lorenzo murió trágicamente poco tiempo después. Cuando leía el periódico tenía la costumbre de extender sus hojas cuan largas eran al frente por lo que no podía ver lo que sucedía a su alrededor. Uno de esos días ni se dio cuenta cuando un toro de lidia hizo con él de las suyas dentro del elevador del primer piso del edificio donde se encontraba. El animal extrañamente deambulaba furioso y perdido por la ciudad, cuando de golpe vio las puertas de un edificio abiertas y tomando impulso miró desafiante de medio lado, entró decidido, y luego se dirigió como un demonio hacia el ascensor. Todo el mundo se enteró del extraño suceso menos el señor Di Lorenzo quien como hemos dicho murió en el acto sin darse cuenta de nada al ser corneado en forma certera e implacable en el corazón: el cuerno penetró como cuchillo en mantequilla. La noticia se difundió por todo el mundo y este suceso lleno la copa de las personas que en distintos países luchaban desde hacía tiempo por prohibir las corridas de toros.
Ambas mujeres —desde luego—, compartían la herencia del reciente difunto; sin embargo, a la madre ésto y lo referente a las cosas materiales le tenía sin cuidado. Pensaba que sólo los ignorantes materialistas podrían ufanarse de sus posesiones y que la verdadera felicidad consistía en compartir las bendiciones que uno recibía con aquellos menos afortunados. Por actitudes como ésta y otras más la vida algún día habría de perdonarle lo que para tantos es imperdonable. De momento, los esfuerzos estaban empeñados en recuperar el cariño de su hija quien le miraba con rabia cada vez que la veía. De seguro su regreso no hubiera sido tan mortificante sí así no hubiese querido demostrárselo. A Luisa también le disgustaba el poco interés que su madre mostraba por su pasado; como si nada hubiese ocurrido: borrón y cuenta nueva. Sencillamente para la dos veces viuda las sensiblerías ya no hacían parte de sus emociones, las consideraba inútiles, meras palizas mentales. Lo importante era un verdadero arrepentimiento y cambio de actitud; lo otro con el tiempo vendría por añadidura.
A Luisa esta actitud le parecía imperdonable: un día su mamá se fue así no más, y muchos años después aparece y se pasea de aquí para allá como Pedro por su casa; le era por tanto muy difícil ocultarle su enfado y desilusión. No guardaba reparo en decirle una y otra vez que cuándo se marcharía, y fue hasta tiempo después que comprendió que esa actitud nunca le hubiera dado resultado porque del subconsciente no se puede desarraigar lo que está profundamente arraigado, y menos aún si es el amor el que allí se encuentra instalado. La Campiña donde había vivido toda la vida todavía conservaba el estilo original; aunque, desde luego había tenido las reformas y remodelaciones necesarias a fin de adaptar la propiedad a las comodidades, actividades y necesidades presentes. Estaba rodeada de tierras de cultivo; los entramados de las construcciones eran de madera con ladrillo, y las habitaciones eran tan espaciosas que más bien parecían galerías con amplias ventanas. Un pasillo central comunicaba a todas las demás instalaciones internas y a las escaleras que conducían al segundo piso y a la terraza.
Luisa fue recibida por su amiga Valentina cuando regresó de sus vacaciones; bajó del auto, observó todo a su alrededor y no pudo evitar un gesto de desconcierto ante tanto caos y desorden. La granja se encontraba en un total abandono. Mientras miraba de aquí para allá con las manos en la cintura,Valentina le contaba todo lo que había sucedido durante su ausencia; no podía evitar la desilución, sobretodo cuando se cree que se había dejado todo arreglado; no esperaba regresar de viaje y notar que el empleado encargado de hacer el mantenimiento ya no estaba, que habían cortado el agua y la luz, y que a su madre todo esto le era indiferente. Los animales se paseaban de aquí para allá, las vacas no habían sido ordeñadas, el alimento de los cerdos se lo comían las gallinas y los cerdos escarbaban en los basureros.
Casi siempre sucede lo mismo: cuanto más oscura está la noche es porque ya va a amanecer. Una recesión económica precede a su reactivación, una mala noticia a una buena, la muerte a la resurrección, de los dolorosos se pasa a los gloriosos; esto es parte del ciclo de la vida, todo es relativo nada es absoluto. Los malos olores pasan y solo quedan los buenos, del dolor se pasa a la dicha, de la enfermedad a la salud, del odio al amor; siempre estamos cargados de buenas noticias, tan solo hay que mirar la otra cara de la medalla. Pensar es un placer, ser consciente de que la mente se puede mover a muchos sitios y solucionar muchos problemas es una sensación maravillosa dada solo a los seres humanos. Pensarán algunos que Stephanie es muy desconsiderada con su hija; bueno, pero ya le llegará su hora y hará su debut.
Sí Miguel de Cervantes Saavedra se salía de contexto en El Quijote de La Mancha, como en el escrito que allí se encuentra: “El curioso impertinente”, pues que hay de malo que yo lo haga. Ya continuaremos con esta esa historia; solo quiero realzar lo que acabo de decir con el siguiente escrito. Y como este habrán otros más que tendrán como propósito dicho realce.
Un óvulo (entre un total de 400.000 existentes en los ovarios) es fecundado por un espermatozoide (entre un total de 500.000). Si un espermatozoide hubiese fecundado otro óvulo tu no hubieses nacido, habría nacido tu hermano. Para que tu nacieras tuvo que haberse dado el ovulo y espermatozoide precisos, en el día, hora, segundo y milésima de segundo exactos. Lo mismo es aplicable para tus ancestros. Estar aquí no es mera coincidencia, obedece a un plan previsto desde la eternidad.
Lo anterior también es aplicable para las cópulas de tus ancestros, ya que la cadena también se hubiese roto ante cualquier alteración del acto sexual en el tiempo, por lo que tampoco hubieras nacido. Por ejemplo: si se hubiesen juntado a las 7:28 y no a las 7:29 de la noche, pues no naces, nace tu hermano.
Y que decir si, por ejemplo, el tatarabuelo de tu tatarabuelo no se hubiese conocido con la tatarabuela de tu tatarabuela; o, más bien, no se hubiera juntado con ella, sino con otra persona. Pues lógico que al romperse la cadena, nunca hubieses habitado este planeta. Es como si tu papá no se hubiese emparentado con tu mamá; pues desde luego que no estarías acá.
—Veo que por aquí pasó un vendaval Valentina que arrasó con todo; ¿qué ha pasado? —Preguntó a Valentina en el momento que Luisa se estaba apeando del taxi dejando ver sus dudas y el no saber que hacer.
—Hola Luisa, espero hayas tenido buen viaje —le contestó haciéndole notar un leve temblor en la voz y una sonrisa insegura—. Pensé que tu lo habías arreglado todo antes de irte. Me hubiese encargado si lo hubiera sabido. Además como tu madre ha regresado, pues pensé que todo marchaba a las mil maravillas. Pero veo que no es así.
Terminó entonces de explicarle la situación —que en verdad no era tan grave como se presupone—, y se marchó de prisa dando brinquitos mientras se despedía de ella riéndole nerviosamente, y como queriendo salir de ahí lo más pronto posible —ya ella se las arreglará, pensaba.
Valentina —la mejor amiga de Luisa— es una joven de 23 años que tiene la virtud constante de sonreír y hablar. Es de esas personas que dan la impresión de convertir en oro todo lo que tocan. Su caballo da la misma impresión —de tal palo tal astilla— pues al fin florecían y daban fruto los árboles gracias a las generosas virtudes del abono de Roncador. Y cosas mayores haréis —se decía— porque las personas de buena voluntad andan cargadas de la mejor energía; por eso se dice que sólo estos y nadie más que estos poseerán la tierra. No creía en los grandes esfuerzos de las grandes conquistas, ni que la vida era difícil. Pensaba que el secreto del éxito estaba en hacer extraordinario lo ordinario no dando el cien sino el diez por ciento que del noventa restante se encargarían: la vida, la mansedumbre y la humildad. Viste a la moderna con pantalones vaquero y chaqueta corta de cuero negro; un pequeño aro insertado en su labio inferior realza una causa rebelde; su cabello suelto también es negro, brillante y de corte de pelo en puntas; camina a grandes pasos con tal gracia, feminidad y desenvoltura que los perros presienten su presencia antes de hacerse visible.
Al día siguiente regresó Valentina. Había tomado ciertas iniciativas ya que no quería dejar sola a Luisa con toda la carga. —Para eso son las amigas, le decía mientras sostenía sus gafas de sol en una de sus manos, además uno no sabe cuando podré llegar a necesitarte.
— Luisa se encontraba de buen ánimo, la sensación de desconsuelo que días ante había sentido ya no eran tan manifiesta. La encontró en plena faena, vestía un overol y tenía el pelo recogido a manera de cola de caballo; sudaba copiosamente a causa de la sobrecarga laboral.
—Se que te va a gustar Luisa, no lo conozco ni lo había visto antes, pero se nota que es buena persona, lo traeré esta misma tarde para que lo conozcas. Tiene como 33 o 35 años, de seguro será tu perfecta compañía durante muchos años, ja ja.
—Bueno, déjate las bromas, confío en ti y se que has hecho una buena elección; pero ya veremos ya que aquí hay mucho que hacer y son pocos los que se le miden. La mayoría de las personas que están emigrando quieren ganarse la vida con el mínimo esfuerzo; a otros la palabra trabajo les suena como a insulto. Para la muestra un botón, he ahí a mi madre que aquí viene, no mueve un solo dedo en esta granja; toda la carga me la deja a mi, y a pesar de que me asegura que pronto se marchará presiento que no va a hacer así.
—Bueno esperemos a ver que sucede. Con respecto al asunto de tu mamá, no hay mucho que yo pueda hacer; es tu madre y solo tú has de solucionarlo, pero en lo que te pueda ayudar, con mucho gusto. Puedes dile que estás comprometida con alguien y que se va a venir a vivir aquí a la granja, ya verás como se marcha.
—Pero si eso no es verdad.
—Claro que no es verdad; pero tu quieres que se vaya, ¿No es cierto?
—Pues sí, pero no me parece que sea en esa forma; tu sabes ella sigue siendo mi madre; además no tiene un pelo de tonta y se va a dar cuenta.
—Te dejo Luisa, tu decides. Mira ahí viene tu mamá.
—Hola querida, he pensado que tu tal vez necesitas alguien que te ayude en tus quehaceres; todo esto es mucha carga para una sola persona.
—Gracias mamá; esta tarde a venir alguien que quiero presentarte, él se va a quedar a vivir aquí conmigo en la granja; es un hombre excelente y se que ustedes van a congeniar bastante bien.
—Uy querida, pero como te lo tenías guardado. A ver cuéntame, ¿como es el? —le miraba con una sonrisa de complacencia y picardía a la vez— ¿cuál es su nombre y dónde lo conociste?
—Ya lo conocerás. Ahora tengo mucho que hacer. Te dejo y hablamos después.
—Perfecto querida, ya me contarás. Voy a hacer unas vueltas en el pueblo; no se si necesitas algo, me avisas. Uy, pero te lo tenías bien guardado. Adiós hijita, que te diviertas.
No había pasado media hora cuando alguien se presentó en casa; un desconocido había venido caminando desde la parada del autobús. Próspero dio las señalas de alerta a Luisa quien con curiosidad salió de la cocina para ver quien era. Un hombre sencillo pero pulcramente vestido y de aspecto humilde se presentó y yacía con una maleta al pie de las escaleras. Ella se quedó contemplándolo unos segundos.
Los primeros encuentros suelen ser los más emotivos; el verano estaba en pleno apogeo; el aire cálido, la tierra caliente y el polvo que penetraba fresco por las fosas nasales; todo esto dejaba una sensación de aliento y euforia en la mente, el cuerpo y el espíritu. Un no sé qué invisible se había hecho presente y establecido en la comarca para siempre. La calidad del carbono, hidrógeno, oxígeno, fósforo y azufre —componentes estos del polvo de la tierra— era superior al que comúnmente respiramos; se podría decir que no solo no era nocivo, ni producía alergias, sino todo lo contrario: sanaba todo como una medicina milagrosa; se sentía un extraño placer; era el aire más saludable que alguien pudiese respirar. Es que en esta vida es más lo que desconocemos que lo que conocemos, lo que ignoramos que lo que sabemos. En aquel instante Marco y Luisa se sentían niños de nuevo; se movían con ligereza y libertad, aquellos estados de la mente infantil habían regresado desde tierras lejanas; la atmósfera se impregnó de un agradable y familiar olor que no hizo otra cosa que evocar los mejores momentos y los olores más exquisitos y que suelen provenir siempre de la niñez: sentimientos de ternura que hace que el amor fluya inocente y espontáneo, como si todos los errores y pecados hubiesen sido perdonados sin que tuviesen que pasar por un purgatorio depurador; olores del más allá superiores a los mas aromáticos perfumes que hipnotizan con sus fragancias y que vienen no se sabe de dónde, aunque lo intuimos. Volvemos atrás en el tiempo y quedamos impregnados de una rara sensación psíquica: todo lo que vemos y hacemos se nos hace familiar, como si todo eso ya se hubiese vivido; o como si estuviéramos recordando una película proyectada quien sabe cuándo o cuantas veces en nuestros sueños nocturnos.
Marco nunca había trabajado con animales ni en granjas de cultivo; y tenerla que enfrentar con cerdos, vacas, caballos y gallinas hubiese sido algo penoso para otro en las mismas circunstancias; pero él miraba a través de un prisma de efectos especiales hecho a su medida, adaptado a sus necesidades y deseos; una mirada nada asequible a las mentes simples y ociosas. Hay cosas que no se ven, solo se sienten; aunque no se tengan pruebas se sabe que se está andando en la dirección y camino correcto; y esto sucede porque el alma esta abierta y atenta, presiente más que cien vigías que cuidan desde lo alto de una torre. Miraba su nuevo entorno de aquí para allá con humildad y respeto sintiéndose dueño de todo aunque no fuera dueño de nada. No se daba cuenta. Ella estaba allí, le miraba con extrañeza pero complacida, es algo innato que tiene las mujeres ante las presencias agradables y que no pueden ocultar o disimular por más que lo intenten; ya están poseídas, y en esas circunstancias no hay nada que hacer. El ha penetrado sigilosamente a lo profundo de sus instancias y no hay forma de sacarle de allí. Son como dos almas gemelas que dependen la una de la otra; no importa cuanto tiempo hayan estado alejadas la una de la otra, o si se le ha tenido al frente toda la vida o nunca; simplemente ahí están: visibles o invisibles y haciendo de las suyas. Cosas del alma. El tiempo y el espacio poco importan. Ya es lo que va a ser, una deuda que se va a pagar ya está paga. Cosas del alma. No interesa que tan alejado esté un punto o un evento de la línea del tiempo que lo contiene; ese punto está allí, en algún lugar de la línea: al comienzo, en la mitad o al final. En esas circunstancias no era necesario entonces, por ejemplo, que ellos fueren declarados hombre y mujer según las ceremonias o parámetros establecidos; estamos hablando de otras latitudes: más reales y presentes que las que las que se tienen al frente.
—Hola Mamá, él es Marco. Stephanie lo observó con curiosidad pero también como quien tiene al frente algo precioso que toca cuidar a toda costa. No le dio la mano sino que se le acercó de lado, lo tomó de gancho y comenzaron a andar sin sentir el empuje de la gravedad. Luisa los veía alejarse y hubiera dado cualquier cosa por saber de qué hablaban y por qué se miraban y sonreían como si ellos dos fueran los novios o viejos conocidos. Los miraba desconcertada y no le quedó otra que quedarse mirándolos un rato hasta que regresaran a ella. Uno, dos o tres desaciertos no definen a una persona para toda la vida, ahí la tenían clara. El golpe más duro que puede recibir la tristeza viene de la alegría y de las buenas noticias: Y ellos eran esa alegría y esa buena noticia.
Tan sólo hay que creer en ese regalo de la vida sin cuestionamientos y aceptarlo sin más ni más. ¿Acaso sabemos de dónde venimos o que eramos o donde estábamos antes de nacer? No sabemos nada, no se saca nada con vivir tristes y compungidos. Una buena noticia, es bálsamo para los espíritus y los cuerpos torturados, alejan las penas que producen las amarguras del pasado porque hay momentos en la vida que los hombres dejan de ser hombres para convertirse en ángeles celestes en la La Tierra, les salen alas y vuelan sin que nadie pueda evitarlo haciendo escala donde quieren hacerlo y en especial en aquellos lugares donde su presencia está más requerida. Angeles que llegan un día quien sabe de donde y toman la apariencia de una madre, de un novio o de un hermano. Hacen presencia para sanar enfermedades incurables y heridas que no cicatrizan; hacen pensable lo impensable y posible lo imposible. Si las almas pertenecen a Dios ¿Por qué habría de extrañarnos esas presencias y esos milagros? Los milagros están en todas partes y son parte de nuestra existencia; suceden todos los días en todo tiempo momento y circunstancia, pero las angustias y los afanes insensibilizan ese estado, ciegos nos encerramos sobre nosotros mismos como lo hace una tortuga en su caparazón: como si así estuviera más protegida. La mayoría no entiende que la Vida les está diciendo en todo momento, tiempo y circunstancia: levántense y anden que no andarán solos, yo andaré con ustedes. Vuelen, deje que su imaginación vaya a paraísos inimaginables que, contrario al común pensar, no son nada irreales sino más palpables y sentidos que el aire puro que respiramos. No nos estamos muriendo, estamos viviendo cada día más. ¿No es acaso maravilloso sentir que puedo pensar, que podemos movernos hacía la dirección correcta por más veces que nos hayamos equivocado y por más que las enfermedades insistan en sus vanos intentos por abatirnos?
¿Pero cuál era la sorpresa que Luisa quería dar a su mamá? ¿Pensaba Luisa que para su madre su supuesta nueva compañía le iba a ser desagradable? Qué su madre le tocara la mano y le mirara tierna y dulcemente, y le diera un beso cariñoso en la mejilla al desconocido amado de su hija en el momento que era presentado pues es lo más natural del mundo en las latitudes donde no existen prejuicios.
—Oh, como me alegra verte, o más bien, conocerte querido . Pero si eres un magnífico ejemplar, a ver déjame observarte. Te quedaste corta con tu descripción. Pero mira que porte querida —le afirmaba complacida y orgullosa.
El juicio que hizo Stephanie del nuevo empleado se podría comparar al que hace un experto en caballos cuando le muestran un magnífico ejemplar. El caballo siente el buen ánimo e intenciones de su admirador lo que hace que toda la estancia se ilumine. Todos se sienten bien y en consecuencia los sentimientos que afloran son honestos y espontáneos. Los juicios que se hacen resultan acertados, de ahí la confianza y familiaridad que se pueda sentir ante un desconocido. Ella era hábil en la expresión corporal de las personas; las intensiones se perciben en la forma de caminar, de hablar, de reír; en fin en toda la fisonomía, y por más que se trate de disimular algo, como por ejemplo una mentira, está deja una impronta o huella en el rostro que puede ser fácilmente detectada por cualquier persona que tenga un poco de perspicacia y observación. Sea como fuere a Marco se le iba a someter a prueba porque de todas maneras los presentimientos tienen que ser confirmados con los hechos, pero en el fondo todos sabían que la persona presente no había hecho presencia así no más; había algo más.
Ese mismo día Marcó regresó alegre a la ciudad. Su mente daba vueltas y no podía entender todo lo que le había sucedido. Era en verdad algo bien extraño. El estaba convencido de que su vida merecía más que sus siempre presentes desconciertos y pruebas; sentía también esa extraña sensación cuando sin saber por qué se siente que la vida va a dar un giro inesperado. En realidad no existía el tal viraje; tan solo se iba a encontrar con si mismo, iba a ser la persona que él es y dejar de lado todo lo que la sociedad le quería imponer según sus conveniencias y costumbres. Ese día había conocido a dos fabulosas mujeres y todo eso y muchas cosas más haría que pronto sus desconciertos y pruebas fueren cosas del pasado en el sentido que él las había experimentado. A pesar de que nunca le faltó la mano amiga sentía que sus alas podían desplegar más y volar hacía esas tierras lejanas que no era más que las canciones y los dominios de sus territorios; y ese día sí no lo había notado sí al menos lo podía intuir. Es esa seguridad que se siente de que todo va a salir bien por más que parezca que la tormenta no va a pasar. Pero todas las tormentas pasan. Su entusiasmo no era un antídoto contra los problemas sino más bien una seguridad en medio de ellos. Ya no tenía miedo ni se sentía inseguro, su mente se había descomprimido aunque era consciente de que había que mantener la espada en alto, que no habría tiempo ni ocasión para envainarla porque vendrían combates que afrontar.
Al día siguiente Marco llegó temprano a su lugar de trabajo. Luisa, ansiosa y acelerada lo estaba esperando; también para ella las cosas habían sido bien extrañas; tenía que sostener su montaje y por fortuna como hemos visto no le iba a faltar apoyo en ese sentido ya que una conspiración a favor se habría fraguado en las latitudes del más allá, y ante esta novedad no había ni habría nada que hacer; sin embargo no faltarían los momentos en que las huestes del mal hiciesen todo lo posible para que en sus soledades y oscuridades no pudiese ver lo que le había sido revelado en la luz y de lo cual hemos hecho aquí alguna revelación. La vida tiene sus extraños giros y contornos; en ese silencio suceden cosas que no vemos ni entendemos pero que sí causan un efecto. No entendía si lo agradable que sentía era realmente agradable, o si lo desagradable que sentía era realmente desagradable; todo esto había ocasionado que una especie de nebulosa se hiciese presente, está no era ni sombría ni tétrica, pero si oscura.
Marco estaba tan contento que olvidó su ropa de trabajo; bueno, en realidad si había pensado en ello pero no tenía por qué ni con qué comprarla. Luisa ya tenía prevista la solución a esa eventualidad por lo que esta incidencia pasó prácticamente desapercibida. Aprender y saber cosas es un placer, y los es particularmente cuando el docente que se tiene al frente es una mujer atractiva. El alumno no pone reparos en hacer lo que haya que hacer; se vuelve más eficiente y se siente todo el tiempo feliz y apreciado. Hace con agrado lo que antes hacía con fastidio, las ideas que le vienen toman cuerpo de la manera más sencilla y natural, salen mejor de lo pensado y siente que todo lo que le concurre a un mismo fin; por eso todo lo que hace sale bien por más contratiempos que se presenten. Lo que no sirve desaparece para nunca más volver, y lo que sirve se queda ejerciendo sus dominios cada vez con mayor intensidad y resolución. Y todo eso sucede cuando se es consciente de la misión que se debe llevar a cabo. Así era como se sentía Marco.
—Marco cuando estés listo te espero abajo en el establo, tenemos mucho trabajo y entre más pronto comencemos más pronto terminamos. —Le dijo no tanto con emocionada alegría como con abrumadora impaciencia.
En el ordeñadero había por lo menos diez vacas para ordeñar; sentían la presencia de un intruso por lo que estaban en máxima alerta. De seguro ambas partes hubiesen intentado huir si la tolerancia y los buenos presentimientos no se hubiesen hecho presentes. Luisa comenzó a enseñarle cómo hacerlo. Le explicó que primero había que limpiar la ubre, después limpiarlas con una especie de atomizador para luego secarlas con un trapo limpio y absorbente. Habría primero que probar que no habría coágulos en las ubres mediante una pequeña prueba manual ya que de lo contrario podría ser una señal de infección. Después de esto y antes de la faena habría que rociar un desinfectante fabricado para tal fin.
— ¿Alguna pregunta Marco?
— ¿Sí, por qué le ha dicho a su madre que soy su amiguito?
— ¿Ha comprendido todo lo que le he dicho? —Le contestó como tratando de eludir el tema.
—Sí, lo haré bien, no parece complicado, pero ¿por qué más bien, con todo respeto, no respondes a mi pregunta?
—Pues para librarme de mi madre. ¿Te parece mal?
—No, pero, en fin, ¿cuándo se va a ir?
—Espero que un día de estos; pero bueno, a trabajar que no te pago por hablar.
La diligencia es la madre de la buena ventura. Se aprende rápido cuando se tiene ganas de hacerlo. No faltaba la vaca rebelde, la que no se dejaba ordeñar, o arriar; la que quería quedarse sola o despeñarse al querer seguir su propio camino; al igual que sucede con las personas. Pero de nuevo él la hacía volver al redil con la ayuda de su instinto y de Próspero. Luisa, por más cansada e impaciente y malgeniada que estuviera, disfrutaba de su compañía aunque trataba de no hacérselo ver. Había que ir paso a paso; más trabajo era contraproducente. En vano se afanan los constructores y en vano vigila el vigía cuando no hay confianza. Stephanie disfrutaba de todo lo que veía; en realidad ella era quien subrepticiamente comandaba en la estancia. Sencillamente ella transmitía al lugar una buena energía que hacía que las cosas salieran bien. Hubiera querido colaborar más en los trabajos propios de la granja a no ser que sus funciones no estuvieran enfocadas a otras instancias. Zapatero a sus zapatos.
Las ventajas de ser escritor, ya sea por entretenimiento o por profesión, es que la mente se vuelve muy versátil. Aprende a volar de aquí para allá sin importar las distancias, puede ir a donde quiere y cuando quiere; crear lo increíble. Fantasear las realidades hace que todo sea menos complicado; llámenlo efecto placebo, contentillo, o como quieran. Lo cierto es que hay veces en la vida que hay que atreverse a ser atrevido; a declararse en victoria bajo determinadas circunstancias por más que el desánimo y el entusiasmo dominen por doquier; o que la tierra se niegue a dar su fruto; hay que asaltar los cielos e ir hasta donde nadie se ha atrevido. Y no es que se esté distrayendo las penas en sueños irrealizables o en devaneos; no, el tiempo —que es nuestro amigo y no nuestro enemigo—todo lo cura, y entre más pronto comencemos a perseguir todos los días nuestros sueños más pronto se volverán realidad —ley de la acción y la reacción—. Y es que también a la vida hay que darle su toque mágico. De hecho esos soñadores, pensantes y comprometidos que sueñan para vivir y no viven para soñar son los únicos que lo han logrado.
Marco se apareció en el comedor principal siendo casi las ocho de la noche. Luisa estaba complacida a pesar del disgusto que manifestaba. De seguro no podía evitar sentir algo de vergüenza por aquello de lo que la gente llama: el respeto humano más conocido en el gremio de los psicólogos como complejos o traumas; —yo lo llamo tonterías». Es muy difícil entender a las mujeres; cuando ellas dicen no, es sí; y cuando dicen sí, es no. Este aparente rechazo obedecía no tanto a los típicos prejuicios propios de algunos simples como a los sentimientos que inconscientemente la envuelven; es decir, se ha aguantado tanto que tarde o temprano: o salta el corcho o estalla la botella, a no ser que se le haya abierto un respiradero donde pueda entrar el aire puro y se lleve el contaminado. Haberle dicho a su madre que había conocido a alguien y que iba a vivir en la granja como si él fuera su amante conocido no dejaba de perturbarla; sobre todo porque ahora tenía que sostener la mentira, y a una escritora —que como todos —, tienen la perspicacia más desarrollada de lo normal; ven donde casi nadie ve, y se meten donde pocos se atreven. Sólo cosas buenas le estaban sucediendo a Luisa en los últimos días pero no lo notaba, cargaba la estela de sus soledades y amarguras por lo que le costaba trabajo asimilar y apreciar debidamente los últimos sucesos bajó la óptica adecuada; los más valiosos tesoros los tenemos frente a nuestras narices y casi nunca nos damos cuenta.
La faena para Marco debió ser intensa en todos los aspectos; todo allí era nuevo para él. Como si fuera poco tenía que cargar con la neurosis de Luisa quien cada día estaba más malhumorada e impaciente pesar de los esfuerzos que hacía por mostrarse dueña de sí y agradecida. Terminaba desahogándose con él que tenía la determinación pero no los conocimientos propios de los trabajos que estaba realizando; pero la providencia que provee siempre a las buenas causas suscita los encuentros y provoca las actitudes debidas para la realización de los acometimientos. A la larga la buena voluntad termina imponiéndose. Esta actitud fue lo que más llamó la atención de las dos mujeres; en especial de Stephanie. A Marco no le gustaba que la gente mintiera a no ser que fuera absolutamente necesario; prefería la gente sincera, y así se lo había hecho notar aquella mañana a Luisa cuando le reclamó que por qué le había dicho a su madre que era su prometido.
Cuando Marco se sentó a la mesa estaba cansado pero de buen humor; no era común que los empleados se sentarán en la misma mesa con los dueños; en realidad esto se dio de forma espontánea. Tenía mucha hambre, pero en ese momento sólo quería irse a dormir, apenas sí probó la comida que Luisa había preparado a pesar de que le pareció deliciosa.
Con todo, no podía evitar sentirse como mosco en leche; como un extraño indefenso y tímido que llama la atención de todos los depredadores bípedos como si quisieran devorarlo. Antes de irse a acostar Luisa le hizo caer en cuenta que debía levantarse a las 5:00 am; está actitud a la madre le pareció irrespetuosa; ¿cómo podía Luisa tratar con tan poca deferencia a Marco, su supuesto prometido; en especial después todo el empeño que le había puesto a la jornada? Ella le conminó a ser más detallista con él, de otra manera más temprano que tarde terminaría yéndose de allí. Lo encontró dormido en su cama; en el lecho donde dormía con no más compañía que un perro y un radio. El disgusto que sintió Luisa al verlo allí acostado no se parece en nada al que otra mujer hubiese sentido: ver su cama ocupada por un peón hubiera sido algo inaceptable para el simple común, sin embargo su naturaleza era de otro pelambre y no lo costó el menor trabajo tomarlo con calma y no revelar ningún disgusto porque alcanzó a notar que a Marco le habría dado lo mismo dormir en un mullido colchón que en la banca de un parque, y porque cuando se está muy cansado uno no se queda dormido se queda privado. Le costó algún trabajo despertarle y llevarle a su habitación y durante el trayecto notó que las maletas de Marco yacían todavía en la sala de la casa. No hay mayor sazón que el hambre y como al pobre no le falta siempre come con gusto.
Quien no quiere caldo le dan dos tazas. ¿Qué no quería cuidar cerdos? Y le tocó revolcarse con ellos cuando cayó al inmundo barrizal. No quería ni acercarse a ellos, menos tocarlos. Le sola presencia le causaba náuseas. Qué animal tan puerco, no sé como se los pueden comer —pensaba en voz baja mientras los miraba gemir y revocarse en la inmundicia.
—He terminado con los cerdos —se acercó de buen humor a Luisa que lidiaba con las cabras.
—Marco, quisiera pedirte un favor, se trata de mi madre, quisiera que le dijera que se vaya.
—Pero quien soy yo para decirle eso.
—Pues cómo que quien, pues mi amante.
—Yo no soy su amante, soy su empleado. Ese es un cuento que usted se inventó, y la verdad esto ya me está cansando. Dime simplemente que es lo que hay que hacer y lo haré, pero no me pidas cosas que están fuera de mis reglas de ética.
Marco la dejó y como vemos no pudo ocultarle su disgusto. Sin embargo sentía que algo tenía qué hacer: le había contratado, le había hecho un gran favor, quería ser agradecido sin parecer servil; a la larga no pudo hacer otra cosa que corresponder a sus irracionales deseos aunque esto le fuera a causar mucha zozobra. Sucio y mal oliente debido a la faena que había tenido con los cerdos se dirigió hacia la ducha que estaba dentro de la casa; se topó con la madre y se quedó mirándola con susto y reverencia mientras recordaba lo que Luisa le había dicho: “ella intentará hacerte ceder, querrá atraparte y arrastrarte hacía sus dominios”. Y vaya que si lo lo hizo. Sucumbió a las palabras de elogio, miradas, sonrisas, detalles, y ademanes de aprecio y agradecimiento que Stephanie le lanzó continuamente y sin piedad.
—Vaya, pero si está aquí nuestro hombre —Se levantó con animosidad y se dirigió hasta él—, no te doy un beso porque no hueles bien, te lo doy cuando salgas de la ducha; de eso no te quede la menor duda. —No fue tanto una sonrisa pícara la que le lanzó; fueron más bien palabras de aliento y de apoyo a fin animarlo a cumplir la misión que con respecto a Luisa debía llevar a cabo.
—Me imagino que ya sabrás que este domingo es el cumpleaños de Luisa.
—Ah, si claro, desde luego que lo sabía.
—Pues menos mal porque pensé que te me ibas a declarar y pedirme matrimonio, ja ja —ambos quedaron impregnados de la agradable sensación que siempre el buen humor deja en las personas.
—Pues mira Marco, Luisa necesita una compañía de verdad y ella me ha hablado de vuestra relación; estoy feliz de tenerte aquí.
Después de ducharse salió y se encontró con Luisa; le preguntó que cómo le había ido con su madre. No pudo ocultar su disgusto cuando le dijo que estaba seguro de que no iba a molestar y menos entrometerse en esa supuesta relación; relación esta que iba de menos a más aunque no libre de altibajos: cada día se subía tres peldaños y se bajaba uno o dos; pero en resumidas cuentas se subía. No eran pocas las veces en que Luisa le manifestaba su irritabilidad, le criticaba detalles que eran más dignos de elogio que de censura. Un día que lo encontró en la cocina cocinando le dijo de mala manera que no lo había contratado para cocinar; la miró con extrañeza y ante ese gesto ella se dio cuenta de que la había embarrado. Le contó que hasta hace poco tiempo había trabajado en un hotel y que allí había aprendido muchos secretos de la cocina. Durante la cena le manifestó de diversas maneras la excelencia de la comida.
Con todo lo que había sucedido todavía a Luisa le costaba ver el lado bueno de las cosas que estaban sucediendo; aún estaba tapada por un velo que no le permitía apreciar los cambios que se estaban presentando, se disgustaba por pequeñeces. Supo por él mismo que había emigrado para seguir los pasos de su prometida y con respecto a ésto no hubo de momento más detalles. Cuando Luisa le dijo una mañana que tenía que conducir la camioneta hasta el pueblo le contestó que no tenía todavía los papeles de inmigrante y que por tanto tampoco el pase para conducir; esto también llenó la copa de Luisa porque había estado convencida de que los tenía. No pudo ocultar su desaliento —por qué no había sido honesta con ella desde un comienzo, se preguntaba—; y pensó hasta en despedirlo a no ser por la farsa que había de sostener a toda costa.
Si bien Marco no se había acostumbrado a lidiar con los cerdos sí lo había hecho con las vacas; estas lucían tranquilas y saludables al igual que Luisa quien se daba cuenta de que de que no sacaba nada con vivir enfadada e impaciente, y que lo mejor era dar tiempo al tiempo y a los nuevos protagonistas presentes en su vida. Le miraba todo el tiempo de soslayo y notaba que a las personas les era agradable y en especial a las jovencitas que se acercaban a él con el pretexto de un recado o de un paquete a entregar en la propiedad. Un rico cuya mayor riqueza no era el dinero sino el admirable tesoro encerrado en su voluntad.
“Quien sabe querer también sabe ver. Saber querer intensifica la vista del cuerpo y del alma. Quien sabe querer lo comprende todo, descubre todo lo bueno, útil y verdadero. ¿Por qué un irracional ve un hermoso cuadro y no lo comprende? Le falta la conciencia para tener voluntad y así no puede tener verdadera felicidad. En los irracionales todo es mortal. No pueden saber querer y por tanto nada pueden comprender, ni son capaces de atraer la belleza, la bondad y la felicidad”.
Ana era una rubia y bella jovencita que transmitía pasión y ganas por todo. El éxito que vende la sociedad no tenía que ver nada con la visión que ella sentía y tenía de la vida. Le parecía ridículo que muchas personas no supieran de que eran capaces de hacer, que se dejaran envolver de las rutinas y que siempre dijeran que no tenían tiempo para hacer cosas diferentes a las que siempre habían hecho. Un día se le acerca luciendo una minifalda magnífica que resaltaba toda su feminidad, una bella y alegre sonrisa realzaba su caminar coqueto y el cuadro que se veía de ella era sencillamente fabuloso. Marco aquel día estaba lavando la camioneta con una manguera, las mujeres que pasaban no podían evitar verle y dar rienda suelda a su fantasía. Despertaba la envidia de los ociosos y de los fracasados que no les quedaba otra que buscar formas de subestimarlo para bajarlo del pedestal donde creían se encontraba, decían por ejemplo qué de seguro no tenía papeles de inmigración y que por este motivo y otros tal personaje iba solo a traer problemas a Luisa y a la comunidad. Es que cuando alguien no tiene nada que hacer el diablo definitivamente le pone oficio.
Pero no conseguían mermarlo, todo lo contrario: miraban con rabia y chorreando la baba a Ana hablarle de la forma como cualquier hombre espera de una bella mujer; veían como se le acercaba, le flirteaba, le charlaba y le decía que si quería acompañarla esa noche al bingo.
Aquella noche no quería que Luisa se enterara de que tenía un compromiso con una bella y joven mujer que le coqueteaba; a las nueve de la noche trató de salir infructuosamente a hurtadillas. Cuando Luisa lo vio le dijo que no debía salir por la puerta principal ya que qué pensaría su madre si le viera; debía hacerlo del mismo modo que Luisa lo hacía cuando siendo niña escapaba por la ventana del segundo piso descendiendo a través de una tubería. Por más maromas que hizo para salir por la ventana y agarrarse del tubo esa noche Marco no pudo evitar caerse. La cosa no pasó a mayores, se levantó, se sacudió el heno y el polvo de su ropa y continuó su camino prometiendo que cuando regresara el ingreso a la casa se haría por los medios convencionales. En el evento al cual asistió con sumo agrado las cosas siguieron siendo extrañas ya que los cerdos de alguna manera continuaban acechándolo tanto que tuvo el infortunio de ganarse el premio mayor: un suculento y generoso jamón de cerdo.
Luisa se sentía sola y no podía dormir y hacía años que no cantaba ni tocaba el piano ni la guitarra. Estaba mirando por la ventana y vio como Anita se le acercaba a Marco sin vacilación a fin de darle las debidas buenas noches. Sentía que estaba recibiendo más de lo que merecía, hubiera querido no desconectarse nunca de esos labios en el momento que eran suyos, sin embargo su pudor y su timidez se hicieron presentes, sintió el impulso de refrenar esa pasión lo que logró con el más sobrehumano de los esfuerzos. Sí que tenía suerte Luisa —pensaba Ana en aquel instante—, y así lo manifestó la bella estrella fugaz en el momento que se alejaba de él.
A Marco le hubiera gustado darle flores a Luisa; pero no tenía más que un pernil de cerdo ahumado, además la comarca estaba inundada de flores. Stephanie se despertó cuando ya estaba dentro y listo para acostarse, le salió a su encuentro y le preguntó que qué estaba haciendo y que qué hacía con esa cosa en sus manos.
—Es un regalo para Luisa, me parece un regalo muy original.
—Y muy romántico, ya veo.
Stephanie tan sólo quería asegurarse de que todo marchaba bien. En realidad no estaba tan sorprendida ya que todo había salido como lo había planeado excepto por dos cosas: el jamón y el informe que Anita le dio más tarde esa misma mañana.
Stephanie estaría sorprendida pero después, y no tanto en ese momento. Había pensado que las cosas habían sucedido como generalmente suceden: un hombre que se deja seducir fácilmente por una chica y que cede sin resistencia a sus deseos y seducciones. Pero cuando se enteró por la misma Ana de que toda la noche se había comportado como un caballero, incluso en el momento en que ningún hombre se había podido resistir, quedó anonadada, sin saber que decir o como reaccionar.
—Si Luisa no sabe lo que tiene es que está realmente ciega, sorda y muda —le dijo Ana después de acercarse a ella corriendo y saltando al modo de una chiquilla alegre—, me puse el vestido que tanto encanta y nada.
—¿De veras? Pues…, bueno…, ah… muchas gracias Anita, has sido muy útil y gentil. Aquí tienes lo prometido.
—Pero si no fue nada, además la pasé de mil maravillas. Me sentí muy bien y ganamos el premio mayor. Me dijo que iba a ser una sorpresa para Luisa. Sí, creo que ha pasado la prueba y de que Luisa tiene una joya de bastantes quilates.
—Lo prometido es deuda, aquí tienes, recíbelo hazme el favor.
—Está bien, muchas gracias señora Stephanie, adiós.
La presencia de Marco en la comarca había despertado los celos de su anterior compañero. Luisa enfadada y sorprendida se apeó del tractor en el momento que se le acercaba con unas flores que había recogido en el camino.
—Hola, quería pedirte disculpas por la forma como me he comportado contigo, que te parece si nos reconciliamos y nos damos una segunda oportunidad Luisa. —y peores cosas veréis mis estimados lectores—.
—¿Y ya le dijiste eso a Julieta, o a tu nueva amiga, la empleada de uno de nuestros vecinos?
—Pero no seas así, en verdad estoy arrepentido y créeme que he cambiado.
—Pues yo también he cambiado; de modo que puedes dar la vuelta con tus flores que no faltará quien te las reciba.
—El alcalde se encuentra por estos lados y se va a enterar de lo que está pasando por aquí.
—¿Y qué está pasando por aquí?
—Pues que tú estás contratando empleados indocumentados.
—¿Contratar yo empleados indocumentados? ¿Y quién te dijo eso, no será alguno de tus amigotes que no tienen nada más que hacer que inventar cuentos?
—Ay Luisa, pero todo el mundo lo dice; mis amigos se han dado cuenta no trates de tapar el sol con un dedo.
—¿Y que dice la gente? ¿Qué no puedo tener un novio o un compañero? Él no trabaja para mí para que los sepas de una vez por todas, es mi prometido y nos vamos a casar. ¿O es que acaso está prohibido el alcalde ha prohibido el matrimonio?
—No será acaso el mismo tipejo que anoche estuvo con Anita en el bingo?
—De seguro que sí, y de seguro debe ser la misma con la que tú estuviste aquellas noches en el bingo.
—Pero que te pasa. He venido con la mejor de las intenciones y mira con las que sales. Sigues siendo la misma chiquilla malcriada de siempre.
Estaban todos ansiosos de que Leonardo —que caminaba acercándose a ellos como perro apaleado y con las manos en el bolsillo hacia el café donde se encontraban esperándolo sus amigos— les contara cómo le había ido con Luisa. No había forma de quitarles de la cabeza que no era cierto todo lo malo que con respecto a Marco pensaban —o al menos en la dimensión que ellos le habían dado—, tanto que todos pensaron que la apuesta que habían hecho con Valentina sería pan comido. Luisa ganó la apuesta, se aprovechó de la situación —es que Dios no castiga ni con palo ni con piedras sino que cada cual es víctima de las consecuencias de sus desaciertos— ya que nadie sospechaba que ella había sido la principal protagonista de aquel encuentro. Aparte de Leonardo, Valentina estaba acompañada de otros dos amigos: Verónica quien administraba un supermercado y de Juan Santos que compraba, reparaba y vendía autos.
Con respecto a los cerdos Marco había creado su propia técnica, cuidaba de ellos sin tener que hacer contacto directo con ellos; es decir sin tener que tocarlos. El veterinario y sus asistentes se encargaban de las vacunas y del aseo. Tan sólo tenía que sacarlos para limpiar la porqueriza y volverlos a entrar para alimentarlos. Luisa se había dado cuenta de que él definitivamente nunca se iba a encariñar con los cerdos y que lo mejor sería quitarle esa responsabilidad. Precisamente estaba alimentándolos cuando recibió una llamada de su ex esposa. Le decía que por cuestiones de trabajo debía de ausentarse por unos días y que si le era posible encargarse durante esos días de Lorenza.
Luisa llegó bajó rápidamente del tractor que conducía. Él encuentro con su ex marido la tenía todavía afectada por lo que, como era costumbre, estaba de mal genio.
Luisa no pudo ocultar el disgusto que le causó el encuentro con su ex-marido —y de seguro tampoco el que Marco tuvo con Anita la noche anterior—. Sentía que las mentiras se estaban haciendo insostenibles y así se lo hacía sentir como si él fuera el culpable de tales inventos. Sólo se escuchaba así misma y los consejos que le daba la fastidiaban todavía más. Le sacaba en cara cosas absurdas que sólo existían en su cabeza, tergiversaba en su contra las acertadas opiniones o pareceres que sus mas allegados le hacían. De seguro extrañaba a su padre —pensaba Marco—, pero no estaba actuando de la forma como a él le hubiese gustado. Así se lo hizo saber y ella le contestó en forma irrespetuosa y humillante que no tenía derecho hablar de cosas que no le incumben y menos de su progenitor. Marco no soportó más y despotricó todo lo que había tenido guardado. Le sacó airadamente en cara su absurdo comportamiento hacia todo mundo a excepción del perro, las vacas, las cabras y los cerdos.
Stephanie trató de disuadirle de que no se fuera. De que se marchara con solo una pequeña maleta era un buen augurio: habría un retorno. Supo que ese era el momento ideal de hacerle ver lo importante que era para la vida de Luisa y así se lo hizo saber realzando las bondades que su hija no había podido todavía expresar. Por experiencia sabía que dos corazones bondadosos se acercaban todavía más en los momentos que se distanciaban; sólo había que dejar reposar las aguas turbias para que adquirieran transparencia.
OPINIONES Y COMENTARIOS