Tarde sombría en la ciudad,
ruido, gentío, paraguas,
lluvia ligera que empapa,
tupida bruma, pegajoso calor,
olor a arena mojada,
a sal, a mar en calma,
a sidra recién escanciada.
Voy caminando despacio,
escuchando, observando:
gente que viene y que va,
y al cruzar una calle
suena el llanto de una guitarra,
se oye una voz femenina,
hay una chica en la esquina.
Me paro, miro, escucho,
en el suelo hay un sombrero,
echo unas monedas en él,
una sonrisa ilumina su cara
mientras ella sigue cantando,
los acordes también sonando
sin importarles la lluvia.
Es el viento quien se encarga
de repartir sus melodías,
despertando emociones,
con danzas de colores
que inundan los corazones:
instantes fugaces de
alegría, serenidad, melancolía.
Cafeterías, sidrerías, bares,
donde suena el griterío
entre cafés, vinos, sidras,
vasos y copas rotas
va surgiendo la poesía
con aroma de licor,
mientras se acerca la noche.
El poeta juega con sus letras,
y en la noche de cristal
las palabras cobran vida,
mezclando ruido, tristeza, alegría,
música con canción…,
embriagando el alma
con un sorbo de poesía.
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