Comentario para escritura (S)

Réplica a ESCRITURA(S)

Cuando se afirma que el arte es una cuestión de forma, también debe añadirse que lo es de contenido: de lo que se dice, de lo que no se dice y de lo que se sugiere para que el receptor lo imagine.

Cuando la forma cambia, el arte también cambia. Y no solo por el medio, sino por cómo lo percibe cada persona: hay quienes son más visuales, auditivos o kinestésicos

, por lo que una misma obra puede ser experimentada de maneras muy distintas según su forma de presentación.

En sus orígenes, la comunicación humana fue similar a la de otros animales: basada en el cuerpo y en los sonidos. Con el tiempo, en nuestra especie evolucionó hacia formas más complejas como la danza, el gesto o los signos con significado compartido.

Sin embargo, el ser humano buscó que la comunicación no fuese efímera. Así surgieron los símbolos sobre piedra, después el papel, la imprenta y, más recientemente, las pantallas: el cine, las redes sociales o la realidad virtual. Cada uno de estos soportes no solo transmite mensajes, sino que permite una manera diferente de construirlos y comprenderlos.

Si miramos hacia el futuro, podemos imaginar nuevas formas de comunicación: interfaces cerebro-máquina, realidades virtuales más inmersivas o incluso formas cercanas a la telepatía.

En esta línea resulta sugerente el caso de la película La llegada, donde los extraterrestres utilizan un lenguaje basado en símbolos circulares complejos

, descrito como un lenguaje logográfico no lineal. En él, cada signo expresa una idea completa y refleja una percepción del tiempo distinta: no lineal, sino simultánea. Aprender ese lenguaje implica cambiar la forma de pensar.

Esto nos lleva a una pregunta fundamental: ¿puede el lenguaje modificar realmente nuestra percepción de la realidad?

Si lo comparamos con lenguajes reales, encontramos ciertos paralelismos. Por ejemplo, la lengua de signos utiliza el espacio, el movimiento y la simultaneidad, permitiendo expresar varias dimensiones a la vez (emoción, acción, sujeto). Sin embargo, no alcanza el grado extremo de simultaneidad del lenguaje ficticio de la película.

En la realidad, el idioma influye en cómo percibimos los colores, cómo entendemos el tiempo o cómo categorizamos el mundo. Pero la cuestión sigue abierta:
¿hasta qué punto puede transformar nuestra forma de pensar?

La literatura ha explorado esta idea en múltiples ocasiones. En 1984

de George Orwell, la “Neolengua”

elimina palabras para limitar el pensamiento. En Babel-17 de Samuel R. Delany, el lenguaje actúa como un arma: quien lo aprende modifica su forma de pensar y actuar, llevando al extremo la idea de que la lengua puede reconfigurar la mente.

Por su parte, El lenguaje de la noche de Ursula K. Le Guin ofrece una perspectiva más matizada: las palabras y las historias no solo describen la realidad, sino que construyen mundos posibles. Cambiar el lenguaje implica cambiar lo que somos capaces de imaginar, abriendo y cerrando posibilidades.

En definitiva, la evolución de la escritura y de los lenguajes no es solo un cambio técnico, sino una transformación profunda de nuestra forma de pensar y de entender el mundo.

Quizá el verdadero poder del lenguaje no esté en permitirnos ver el futuro, como en la ficción, sino en algo más sutil y real: definir los límites de lo que podemos imaginar y, por tanto, de lo que podemos llegar a ser.

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