«Todo aquí es ironía. Palabras hermosas, realidad prosaica y miserable».
Benito Pérez Galdós, Doña Perfecta.


¡Complicidad!
Y la palabra saltó desde lo más profundo de mi conciencia, plasmándose después en el ángulo superior derecho de mi hoja.

«Complicidad», pensé de nuevo. Y, en efecto, la palabra volvió a surgir plena, sin ninguna duda.
Complicidad la del santo padre capellán y la de la joven abadesa. Confesor y confesante.
—Hija —seguro diría él—, pensemos en cómo agasajar al invitado. La estrella mayor de nuestro firmamento.
Por la cabeza de ella pasó un desfile sin igual: moles de todos los colores y sabores, dulces de yema, capirotada, licores perfumados, rompopes almendrados.
—Un plato fuerte, luminoso, mexicano. Muy mexicano —diría el capellán y, coqueto, guiñaría un ojo a la abadesa.

Supongamos que la joven abadesa, de noble cuna, rondaría por allí de los diecinueve años; el capellán, entrado en los cincuenta. La ciudad es Puebla. El convento, el de Santa Mónica, y la orden de monjas, la de las Agustinas.

La monja tenía ya la friolera de tres años de estancia, acompañada de sus criadas, como todas las aspirantes pudientes de las buenas y recatadas familias poblanas. Una maravillosa mañana del mes de agosto. La riqueza de productos en la mesa: son tiempos de granada y nueces.

—Algo se nos ocurrirá —dice ella. Y remata con un «Padre», respondiendo así al guiño coquetón del confesor.

Las criadas, también cómplices, sonríen discretas entre sí. Cuánto amor sublime el de aquella escena: la joven monja y el capellán, varón de nobleza.

La monja recorre con la mirada la larga mesada: carnes, aves, frutos, huevos, nueces… Granada. Al final de aquella hilera, tres o cuatro enormes chiles poblanos: verdes, brillantes y turgentes.

—Acérqueme el chile, Padre —dice la joven monja, sonriendo inocente y chasqueando discreta los labios.

El capellán se estremece, pero en silencio le acerca el chile. Y, en un murmullo cómplice, agrega:

—Hija, ¿quieres que te arrime también los huevos, a ver qué se te ocurre?

Sonríe él, sonríe ella en silencio y sonríen las criadas. Estas últimas, al pensar en la ocurrencia de chiles poblanos revueltos con huevos; el capellán y la monja, por lo mismo que sonreímos ahora.

La monja sostiene en su manecita el chile que le arrimara el padre. Sopesa discreta las posibilidades. Se descubre en un rapto de condena, haciendo algunas comparaciones vergonzosas.

—¡Desflemados y rellenos de carne! —exclama, volviendo de los pensamientos que, momentos antes, turbaran su mente.

El padre voltea hacia las carnes y coge un ave.

—No, solamente res y cerdo —dice la monja. Y de nuevo agrega con sutileza—: Padre.

Una de las criadas está ya en la tarea adivinada de limpiar los chiles, retirar las semillas y desflemarlos sobre las hornillas de la estufa. Otra, afanosa, comienza a picar y revolver ambas carnes: la de res y la de cerdo.
Y ante la pregunta del capellán:

—Hija, ¿y qué hacemos luego?

Se desencadena el caos en una vorágine.

—Padre, píquele el plátano, la manzana, la pera —es la respuesta de la monja.

—El durazno, Padre —remata un poco a la carrera.

La abadesa va cayendo en el éxtasis y el trance místico, observándolo todo: a la criada que prepara los chiles, a la que mezcla las carnes, a la que pica los frutos; al capellán, a punto de picar los plátanos.

—¡Ese plátano dulce no, Padre! —grita ansiosa la abadesa al ver que el inocente se disponía a trocear un guineo—. El otro plátano… —y agrega—: macho —mordisqueándose el labio superior con los dientes de abajo.

«La crema», piensa en este arrebato, y prácticamente una criada más le adivina el pensamiento: a por la crema de vaca, nueces peladas, almendras molidas, jerez, canela, sal.

«Acitrón, hermana, a la carne revuelta. Pasas, almendras enteras, piñones, canela, pimienta».

El furor de la mañana se ha extendido por horas. El platón maravilloso de talavera, fondeado por la blanca crema de nogada. Acordaron el nombre la monja y el capellán con la complicidad de las criadas. Al centro de aquella crema, la lujuria del chile poblano relleno de las carnes y los frutos, rociados a la vez de la nogada blanca y pura.

—¿La granada y el perejil, hija? —pregunta el santo capellán.

La joven monja, dominadora ya de todos los instantes, con las delicadísimas manecitas pica finamente el cilantro y espolvorea con este el platón radiante. Después desgrana una granada, y las brillantes y rojas pepitas encienden de luz la maravilla para el glorioso visitante. Prácticamente dieron cuenta, salvo de las aves y los guineos, de todos los productos de la mesada.

Cómplices, las criadas descansan de la laboriosa mañana. Sonríen al admirar el platón de talavera y se preguntan discretas: «¿A qué sabrá todo ese desmadre?».

El capellán recorre de nuevo la gran mesada, repasando en la mente la totalidad de los productos utilizados. Súbitamente los descubre y, animoso, pregunta a la joven abadesa:

—Hija, ¿y los huevos?

—Esos me los arrima más tarde, Padre —responde ella, se me acaba de ocurrir un capeado, agregó, deslizando suavemente la lengua por el labio superior.

@2014 By Oscar Mtz Molina

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