Era una tarde de septiembre.
El aire entraba tibio por la ventana de la habitación y movía apenas las cortinas. Entre abrir y cerrar los ojos alcanzaba a ver, a lo lejos, las ramas de uno de los dos grandes árboles de la cuadra, recortadas contra un cielo de nubes rosas y naranjas, tan pálidas que parecían estar a punto de desaparecer.
Abrí los ojos.
Los volví a cerrar.
No sabía si el sol me daba directamente en la cara o si simplemente no quería despertarme.
No peleé demasiado con la sensación.
Los cerré otra vez.
Como si utilizara el Pensadero* y así hundirme de la misma manera en que uno hunde la cabeza bajo el agua. Como si la realidad estuviera del otro lado de una superficie y todavía pudiera decidir cuándo volver a respirar.
Me quedé ahí. Entre un lugar y otro. Como en un limbo. Y, por alguna razón, prefería ese lugar…
Entonces miré hacia abajo.
Mis manos aparecieron como si las estuviera viendo en un videojuego. Estaban hurgando en el cajón del baño de una tía que no veo desde hace mil años.
Había un cajón entero lleno de cepillos para el pelo.
Todos usados.
Algunos muy, muy viejos. Otros de plástico, medio “falopa”, de esos que alguna vez deben haber parecido una buena idea. Los tocaba uno por uno sin saber exactamente qué buscaba.
Mi pelo estaba desordenado.
Y, sin embargo, quería arreglarlo.
No sé por qué.
O quizás sí…
La casa de mi tía siempre había sido una casa de puertas pesadas de madera y adornos de campo. Muy varonil. Una casa que por las tardes parecía quedarse suspendida en el tiempo.
Un rayo de sol entraba por una vieja claraboya, como en la hora de la siesta y todo se volvía silencioso. Ese silencio particular que tienen las casas cuando todos dejan de hablar y solo se puede escuchar a lo lejos el motor de una heladera vieja. Pero esta vez no se escuchaba.
No se escuchaba nada.
Yo estaba encerrada en el baño, esperando algo.
No sabía qué.
El espejo me quedaba demasiado alto y apenas podía verme. Solo veía mi frente, pero no importaba. Seguía intentando cambiar mi peinado, acomodar el pelo, ¡hacer algo con él!
Era extraño arreglarse sin poder comprobar cómo una estaba quedando. Pero seguía como si valiera la pena, o como si “algo” me dijera: Confiá.
Entonces salí.
A lo lejos, del otro lado del pasillo que dividía el living con el baño y la cocina, te vi. Estabas con otras personas que conocíamos. Había una especie de reunión en la casa. Gente riendo, disfrutando de escuchar un vinilo mientras tomaban vino en los sillones o hacían sobremesa con un café.
Pero todo eso se volvió borroso en cuanto te encontré.
No recuerdo qué hacías.
No recuerdo qué dijiste.
Recuerdo que estabas.
Y después recuerdo que te fuiste.
Vos y dos personas más.
Los vi caminar hacia la puerta.
Antes de salir, levantaron la mano para saludar desde lejos.
Yo también saludé.
Después la puerta se cerró.
No supe si se habían ido a fumar afuera o se habían ido hasta quién sabe cuando.
Pero ya no importaba.
La gente seguía ahí. Las voces seguían ahí. La tardecita seguía entrando por la claraboya.
Y, sin embargo, sentí que la fiesta había terminado.
Ese momento extraño en el que nadie dice que se terminó, pero uno lo sabe. Y lo siente. Porque el fin de fiesta se siente en el cuerpo, sobretodo cuando alguien que te gusta se va. Cuando empiezan a quedar vasos sobre las mesas, conversaciones a medio terminar y personas que se despiden sin hacer demasiado ruido.
Fui al baño.
Cerré la puerta.
Abrí el cajón.
Los cepillos seguían ahí.
Y entonces entendí qué había estado haciendo todo ese tiempo.
Quería ponerme linda.
Linda por si volvías…
Porque no sabía si realmente esperaba que volvieras. Quizás solo necesitaba creer que podía pasar.
Entonces sentí algo en el pecho.
Una presión suave.
Una presencia que parecía real.
Algo que empezó a tirar de mí hacia el otro lado, de a poco, sin violencia.
Hacia ese lugar donde ya no alcanza con cerrar los ojos, donde las cosas no aparecen simplemente porque una las desea.
Y sentí una mano sobre mi pecho.
La sostuve.
Durante unos segundos no quise moverme.
Deseé que fuera la tuya.
Y fue tuya.
Al menos ahí.
Al menos en ese momento, porque deseaba que fuera así. Pero durante unos segundos más me quedé ahí, con los ojos entreabiertos, sosteniendo aquella mano como si al soltarla fuera a desaparecer. Como si todavía pudiera quedarme un poco más.
Del otro lado de la ventana, septiembre seguía pasando.
Y yo entendí, finalmente, que no estaba soñando con que volvieras.
Estaba soñando con cómo se sentiría que alguna vez estuviera sosteniendo tu mano sin limites de tiempo al despertar.
*Pensadero: Cuenco mágico lleno de recuerdos. Al sumergir la cabeza, se puede ver las memorias de otras personas y las suyas propias. – Harry Potter y la Orden del Fénix.
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