Cárcel de mujeres

Cárcel de mujeres

Nerea N

09/04/2026

Pocos días antes del juicioLa HabanaLa Habana amanecía envuelta en ese aire salobre que venía del mar, con las olas continuamente golpeando el muro del malecón, como si quisieran arrancar antiguos secretos de esa ciudad, mágica, encantadora y destruida a la vez.Las fachadas descascaradas dejaban ver heridas antiguas en cada pared que amenazaba con derrumbarse, mientras los vendedores pregonaban toda suerte de productos, mayormente comestibles, a precios de boutique comparados con los salarios. Los inmensos portales que antes fueron entrada a tiendas y grandes almacenes como Ultra y Flogar, llenos de gente que escapaba del calor con bolsas de compras en las manos, hoy están vacíos. Apenas sobreviven en ellos una mesa de dominó, unos hombres en camiseta bebiendo ron y un grupo que hurga en la basura para ver si encuentra algo que vender o usar.Una mulata preciosa pasa entre los coches, aprovechando la luz verde del semáforo. Los carros hacen sonar sus bocinas y los choferes vuelven la cabeza hacia ella. No la conocen, pero saben que es jinetera, que pertenece a ese grupo enorme de chicas a las que la vida llevó a ganarse el dinero ofreciendo su cuerpo a los turistas, sí, solo a turistas. A cubanos no. Y son bellas, sanas y no usan drogas. Por lo menos, la gran mayoría. Y al final entra a un flamante coche, conducido por un señor mayor calvo y barrigón, con pinta de empresario español.Entre los almendrones oxidados —aquellos viejos coches americanos que, con más de sesenta años a cuestas, seguían rodando con testaruda dignidad— un grupo de hombres lanzaba piropos, algunos graciosos, otros groseros, a una muchacha de piel morena y cabello negro. Ella avanzaba, con el vaivén natural de sus caderas y aquella cubanía imposible de imitar. Morena, delgada y con curvas. El pelo por debajo de los hombros, casi siempre recogido en una coleta. Esa muchacha era yo.Estoy esperando un juicio. Si leyeron mi historia anterior sabrán que era una chica seria y luchadora, que jamás se metió con nadie. Un mal día una enfermera descarada del servicio de urgencias de un hospital de La Habana decidió tener una relación con mi marido de toda la vida, aun sabiendo que estaba casado. Aunque aún no he cumplido 30, estaba con él desde que era una adolescente, y fue el único hombre de mi vida.Un día decidí vengarme de ella, de una forma un tanto inusual. Y lo hice. Sabía que me iban a denunciar y que tendría consecuencias serias por ello, pero no podía parar. Era una fuerza como la de un viento huracanado, que nada ni nadie podía detener. Y lo hice. La humillé hasta lo sumo.Después me divorcié de Frank, mi marido. Me pasó por la mente la idea de vengarme de él también, pero no pude. Mi corazón no me dejó, de modo que mi venganza fue el divorcio, y no volver con él jamás, aunque mucho me rogó. Y aunque mucho lloré.La fiscalía me pide 5 años de cárcel. Aquí en Cuba, de poco vale un abogado. El estado, es decir el régimen, es el único que manda y decide. Si ellos quieren condenarte, te condenan, aunque tengas de abogada a la mismísima Ally McBeal, la de la serie.Cuando apenas me faltaban dos calles para llegar a mi casa, sentí que dijeron mi nombre. Cuando me volteé, no podía creerlo. Con todo el tormento de lo ocurrido, los papeles del juicio, las reuniones inútiles pero obligatorias con el abogado que me asignaron y un trabajo que a duras penas logré conseguir cuando me despidieron de la pizzería. Con todo eso, se me había olvidado que yo le debía 50 dólares a Polito, el prestamista indeseable y repulsivo a quien tuve que acudir para llevar a cabo la venganza de Lali. Habían pasado 5 meses. Es cierto que él me había dicho un mes, pero no sé cómo se nos olvidó a los dos. ¿O solo a mí?—¿Te acuerdas de lo que me debes? —me dijo mirándome a los ojos, y parándose frente a mí.—Sí, es que he tenido muchos problemas en estos meses, pero no se me ha olvidado que le debo 50 dólares.—Error —me rectificó, mientras chupaba su eterno cabo de tabaco lleno de babas —ahora son 100, porque han pasado 5 meses y la deuda se incrementa 10 dólares cada mes.—Polito, el problema es que perdí el trabajo y tengo un juicio pendiente. Seguramente me meterán en la cárcel.—Pues, con más razón —y lanzó una escupida hacia su izquierda —después no podré cobrarte. Mira Lucía, yo te dejé el recado dos veces con tu madre, y se le olvidó o no quiso dártelo. En cualquier caso, no es problema mío. —Es que ella está medio loca con todo esto—le aclaré, intentando sonreír.—Tienes hasta el domingo para pagarme los 100 dólares. —¿Una semana? —dije, ya con el miedo en el cuerpo. Eso equivale al salario de un año.—Exacto —y su mirada me fulminó.—No sé si los tenga en una semana—se me salió.—Pues búscalos —me dijo al oído, agarrándome del brazo —, a menos que quieras pagarme de otra forma.—¿De qué forma? — cometí la ingenuidad de preguntarle, cuando todavía no me había soltado el brazo.—Entras conmigo a mi cuarto, te quitas toda la ropa, te acuestas en mi cama, y lo demás me lo dejas a mí. —¿Está loco? —le grité, soltándome—. Ni muerta me acostaría con usted.—Entonces, ¿prefieres que vaya a la policía? —me susurró, y el olor a rancio me golpeó el rostro—. No te conviene otra denuncia con un juicio pendiente.—Usted no puede denunciarme por eso. En Cuba están prohibidos los usureros.—Bueno, ya tú me dices, pero recuerda que tu madre que ya está mayor, puede tener un accidente—su lengua siseaba como una serpiente—. Y después a ver quién la cuida, cuando estés en la cárcel.Yo me quería morir. Aquello no podía estar pasando. Aquel señor que casi podía ser mi abuelo, y que se veía a las claras que jamás se duchaba, siempre con aquel mocho de tabaco en la boca, con los dientes que le quedaban, amarillos como una yema de huevo, y una peste a sudor y a boca que te tiraba para atrás. Y ahora pretendía que yo le pagara acostándome con él o le haría algo a mi madre. —Primero muerta, antes que acostarme usted—, le dije. Y no se preocupe, que yo busco ese dinero, aunque sea debajo de la tierra. Y salí como una flecha.JoanaTal vez lo único bueno que había pasado en aquellos meses fue el reencuentro con Joana, una de mis mejores amigas de la universidad. La chica se había mudado hacía muy poco a solo 3 calles de donde vivo. Y todavía estábamos poniéndonos al día, después de unos cuantos años.En lugar de irme para mi casa, me dirigí a la de ella. Después de saludarnos, nos sentamos a conversar y a tomarnos un refresco de melón, bien frío.—No te lo puedo creer—dijo Joana con el asombro en el rostro— Claro que sé quién es. El tipo bajito que vende y presta dólares y que no le cabe ya ni un centímetro más de churre. ¿O se dice un gramo más de churre? —ambas reímos—, la verdad es que no sé qué unidad de medida se utiliza para eso. Todo el mundo aquí conoce a ese tipejo.—De verdad Joana, prefiero morirme que hacer eso. El único hombre que he tenido en mi vida es Frank, y aunque quedó mal conmigo, es un tipo bonito y joven—puntualicé, volviendo a la realidad—de verdad que no.—Y yo me pregunto: ¿Se le parará todavía al tal Polito? —soltó Joana sonriendo, tratando de animarla. —Pues no lo sé ni quiero saberlo—respondí con cara de asco—, ya sabes que ahora con pastillas todo es posible.—Entonces cuando dejaste la carrera de Informática, conseguiste trabajo en una casa donde vendían pizzas. —Sí hija, sí. Y trabajaba como una mula. Doce horas diarias por 2 dólares al día, en días alternos. Soy una privilegiada—e hice una mueca de burla—. Cuba tiene el récord de los salarios más bajos del mundo. —Y de los precios más altos. Lucy—me dijo acercándose y tocándome el brazo—siento mucho todo lo que te ha ocurrido. Acuérdate que todo pasa. Yo me casé cuando me gradué y las cosas tampoco me fueron bien. Dos años después nos divorciamos. Un día te contaré los detalles. Después de eso, tuve que dejar de trabajar como informática y meterme a camarera en una Paladar (restaurante particular). Es absurdo que en este país un profesional gane más vendiendo pizzas o sirviendo café que ejerciendo la carrera que estudió.Aquel trabajo no duró mucho, y tuve que buscarme la vida de otra forma. En otro momento, con tiempo, te contaré todo. Porque la historia dura varias horas.—Claro que sí, y yo te escucharé con gusto—le dije, dándole el último sorbo a mi refresco. Ya me tengo que ir mi amiga. En un rato me voy a trabajar. Menos mal que somos jóvenes y podemos hacer cualquier cosa. Siempre pienso en los que no pueden, en los que no tienen a nadie en el extranjero que les mande un par de zapatos o un pantalón, o algo para comer, en los mayores, como mi madre, en los jubilados que les pagan 5 dólares al mes, después de 40 años de trabajo. —Es verdad. Y son la mayoría. Y son 66 años de dictadura, que se dice pronto. Cuba se muere Lucía. Y nadie mira para acá. Les vendieron la mentira del bloqueo como causa de este desastre y el mundo se la creyó.—Y los del gobierno cada día más gordos, y más millonarios—dije bajando la voz—. A ver si hay algún chivato cerca y salimos de aquí para la estación de policía.—Oye, mi amiga, ya verás que de alguna manera van a aparecer esos 100 dólares que le debes al prestamista—me dijo, mirándome a la cara con su eterna sonrisa.Y nos despedimos con un beso.Seis días despuésAquella mañana salía del gimnasio. Los pocos gimnasios que existen son muy rústicos. Han hecho las máquinas de hacer ejercicios con hierros y barras adaptados, pero funcionan, desplegando una creatividad sin límites.No tengo una personalidad conflictiva, y jamás he estado en broncas ni peleas de ningún tipo. Soy más bien tímida, en todos los sentidos. Sin embargo, ahora que con bastante seguridad me echarán algunos años de prisión, debería ponerme en forma, solo por si tuviera que defenderme. Uno de los grandes problemas de estar presa es que, aunque jamás te metas con nadie, siempre se meterán contigo. A ver como sale todo.Yo iba contenta, por una razón que más tarde les contaré. Por el camino me encontré al indeseable de Polito. Traté de esquivarlo, pero me vio y vino hacia mí. De solo acercarse ya se me revolvió el estómago.—Mañana se cumplen los 7 días. Recuerda tus opciones: O me devuelves el dinero o te acuestas conmigo. Si no, ya sabes lo que ocurrirá—se acercó a mí —¿ya has pensado quién va a cuidar a tu madre con una cadera rota?—Ella no tiene nada roto—le grité, sin poder controlarme. Me temblaba el cuerpo. — Lo tendrá. Y en eso te doy mi palabra.—Está bien Polito—le dije, bajando la mirada—. No he conseguido el dinero, ni creo que lo consiga ya. Mañana por la tarde iré a su casa para acostarme con usted. ¿A las 5:00 te parece bien?Una inmensa sonrisa amarillenta se dibujó en el rostro del mugriento prestamista. — Yo sabía que nos íbamos a entender. Y no me trates más de usted. No está bien entre dos personas que van a tener intimidad. Tú me entiendes. Pondré una sábana limpia. Y no olvides ponerte una tanguita provocativa… aunque te la arrancaré enseguida—. Y el ocre de sus dientes cariados, los pocos que le quedaban, relucía bajo la luz del sol, cuando volvió a sonreír. Y salí de allí casi corriendo. Me fui directo a casa de Joana. Pasamos la tarde conversando y contándonos chismes de todos estos años.Al día siguiente no me tocaba trabajar. Me duché y me eché perfume. Me puse una blusa de tirantes de tela blanca, bastante fina, sin sujetador, porque quería que se me notaran las tetas y un pantalón blanco, bien ajustado, de modo que la tanga se me marcara a la perfección.Y me fui a casa del cochambroso Polito. Era exactamente la hora a la que habíamos quedado.Cuando llegué, la puerta estaba cerrada. Toqué el timbre oxidado. Tardaba en abrir. Había dudado antes de presionarlo, pero ahora ya no había vuelta atrás. Las cartas estaban echadas.Del otro lado se oyeron unos pasos avanzando lentamente. Al abrir la puerta, un vaho repugnante invadió el aire. Se quedó mirándome con los ojos llenos de lujuria. Me ajusté la blusa, bajándola un poco con las manos, para que los pezones resaltaran.—Veo que al final te has decidido—me dijo sonriendo—. Es lo mejor, así nadie saldrá dañado. Entra y siéntate.No podía quedarme afuera, a la vista de todo el que pasaba. Su casa no tenía portal y yo estaba en la acera, por donde transitaba todo el mundo. Tenía que entrar. Y lo hice.Me paré frente a una mesa de comedor, que junto a dos sillas formaban todo el mobiliario de la sala. Una bombilla que colgaba del techo, llena de telarañas proyectaba una luz terrosa. Dejé caer el bolso con intención y me incliné para recogerlo, de espaldas a él. Quería que viera de cerca mis caderas y mis nalgas empinadas, por debajo del pantalón.Él no intentaría nada todavía, sobre todo porque la puerta que daba a la calle estaba abierta.—Mire Polito—le dije aferrándome al bolso—. Yo…Y me interrumpió.No digas nada—pasa al cuarto y quítate la ropa. Quédate solo con la tanga. Ya veo que sujetador no has traído. Dejé que el silencio lo devorara un poco más. Y entonces, con una lentitud calculada, abrí el bolso. Él contenía la respiración, expectante, pensando que era un gesto de rendición. Casi podía sentir los agitados latidos de su corazón, debajo de aquella grasienta piel ceniza.—Tú no te preocupes que el preservativo lo pongo yo­—me dijo, pensando que yo buscaba uno dentro del bolso—. Y si no quieres usarlo, mejorMe aseguré que la puerta seguía abierta. Entonces saqué el sobre del bolso.—Lo que buscaba no era un condón, sino este sobre—le dije, poniéndolo sobre la mesa—. Tiene los 100 dólares que te debía. Ya no tienes nada que reclamarme. Él lo abrió con torpeza. Sentía que los billetes lo miraban con un tono burlón. El sudor empezó a correrle por la frente. Quiso decir algo, pero la voz se le quebró en la garganta.Me giré hacia la puerta sin esperar respuesta. Y por primera vez, fue él quien se quedó en silencio, prisionero de su propia humillación.Salí de allí como alma que lleva el diablo. Tuve que contenerme para no decirle desde un principio todo lo que quería, pero al final me salí con la mía y lo dejé allí, caliente como un mandril y con la miel en los labios, pero sin poder probarla. Espero que el disgusto haya sido tan grande, que no haya podido ni hacerse una paja, después que me fui.Nunca podré agradecer lo suficiente a Joana, por haberme prestado, sin límite de tiempo, esos cien dólares. Me ha salvado el culo, como dicen los españoles. Y literalmente.El juicioPensé que el juicio llegaría enseguida, pero desde que ocurrieron los hechos hasta que me senté en el banquillo pasó algo más de un año. En Cuba, generalmente después de la sentencia, si resultas condenada, ya sales detenida, directamente rumbo a la prisión. A continuación, les adjunto el resumen de lo que fue uno de los momentos más amargos de mi vida, al escuchar la sentencia.“El día 2 de septiembre de 2024, en la sala segunda de la Audiencia Provincial de la ciudad de la Habana, se celebró el juicio contra Lucía M. N, de 29 años de edad, acusada de un delito grave contra la intimidad y la dignidad de la persona.Los hechos se remontan al 12 de julio del año anterior, durante la ceremonia de graduación de la Escuela de Enfermería del hospital HA, acto solemne presidido por la Federación de Estudiantes Universitarios y el Partido Comunista de Cuba. En el transcurso del evento, y mientras decenas de familiares, profesores y estudiantes celebraban la conclusión de los estudios, se proyectó de manera sorpresiva en la pantalla principal, un vídeo de carácter sexual en el que aparecía la joven que, según las investigaciones, mantenía una relación sentimental con el esposo de la acusada.Las pruebas presentadas por la Fiscalía resultaron concluyentes: registros digitales demostraron que el archivo fue cargado desde el dispositivo personal de Lucía, y testigos confirmaron que ella tuvo acceso previo al sistema de proyección de la ceremonia. Asimismo, mensajes recuperados de su teléfono evidenciaron una intención expresa de “desenmascarar públicamente” a la mujer que consideraba culpable, a través del envío de varios vídeos íntimos de carácter sexual a todos los contactos.Durante el juicio, la defensa alegó un estado emocional alterado y la presión psicológica derivada de la traición conyugal. No obstante, el tribunal concluyó que tales circunstancias no eximen de responsabilidad en un acto premeditado y de gran repercusión social. Tras la valoración de las pruebas y el debate procesal, el tribunal dictó sentencia firme: de 1 año de prisión para la acusada, por el delito de revelación de secretos con grave afectación a la dignidad personal”.La defensa podrá apelar esta decisión, pero la acusada tendrá que permanecer en prisión hasta recibir la respuesta. Queda concluida la sesión.El juez dio con el mazo de manera contundente sobre la mesa. A pesar del dolor, estaba aliviada. De cinco años que me pedían, me había sentenciado a uno. Ni siquiera apelamos.Todos se levantaron, mientras dos guardias vinieron hacia mí y me esposaron. Les pregunté si podía despedirme de mi madre y no me lo permitieron. Me condujeron hacia el auto con rejas.En Cuba, cuando te condenan a un año, incluso menos, tienes que cumplirlos, aun cuando no tengas antecedentes penales.Media hora después, llegaba a la prisión conocida como Occidental Penitenciario de Mujeres, en el municipio Lisa, en la ciudad de la Habana.Examen médicoLlovía mucho aquella tarde. El portón se cerró detrás de mí con un golpe metálico que aún siento en el pecho. Ya había entregado una pequeña mochila con ropa que llevé al juicio, según se me había orientado. Se daba por seguro que sería condenada.Me habían dicho que esperara sentada en la enfermería. Era una oficina con una pequeña mesa, dos sillas, una camilla con una cortina verde y una lámpara de pie, con un flexo. Un pequeño estante con insumos médicos que tenía la puerta rota y un lavamanos bastante empercudido,Al poco rato se apareció un hombre mayor. Aparentaba algo más de cincuenta. Era canoso, con una panza prominente, un bigote blanquecino, manchado de nicotina y la frente perlada en sudor. Llevaba una bata blanca y un estetoscopio en el cuello. —Soy el capitán Ramírez, médico de esta prisión. Tengo que examinarte—me dijo fríamente y cerró la puerta. Me reconoció los pulmones, me tomó el pulso y la tensión arterial.—Ahora quítate toda la ropa, la interior también y acuéstate en la camilla.Aquel hombre me daba mala espina. Me preguntaba a mí misma por qué no tenían una doctora en una cárcel de mujeres. Tiempo después supe la respuesta. Yo siempre he sido muy vergonzosa para estas cosas, pero no podía olvidar donde estaba. Hice lo que me pidió. Se acercó, y me dijo que tenía que revisarme los senos, por cuestión de protocolo. Comenzó a palparlos y a apretarlos suavemente. Me mordí los labios, una antigua costumbre que tengo cuando estoy nerviosa.Créanme que no soy nada narcisista, pero en momentos como este quisiera no ser joven ni lucir bien. Por favor, no me malentiendan. Ahora mismo, este tipo se está dando un banquete conmigo. Hace rato que me está manoseando las tetas con el pretexto de un examen médico. Apuesto que se le ha puesto dura. Si la bata no fuera tan larga y tan ancha, se le notaría. Hijo de puta.—Ahora levanta un poco las piernas y ábrelas bien, como cuando vas al ginecólogo——yo me estaba muriendo—. Eso es. Te tengo que hacerte dos tactos, uno vaginal y otro rectal. No solo por razones médicas, sino también para asegurarnos que no tienes droga adentro—Veo que no te gusta depilarte—y señaló a mis partes íntimas—. Yo no respondí.—¿A qué edad tuviste la primera regla?—A los 12 años.—¿Y tú primera relación sexual?—A los 17. —Con un hombre, supongo.—Sí, con mi novio.—¿Te dolió mucho? —me preguntó con un brillo extraño en la mirada.—¿Eso es importante? —me atreví a preguntarle.—Todo lo que yo te pregunte es importante. ¿Queda claro?—Sí—y ya me temblaba la voz.—¿Entonces? —repitió—, ¿Te dolió?—Sí, me dolió. Me dolió muchísimo.—¿Sangraste?—Sí.—Y, después ¿disfrutaste? ¿Te pudiste venir? —y se acercaba más.—¿Para qué necesita saber eso? Me parece totalmente irrelevante—cometí el error de gritarle.—Mira—y se puso muy serio—. Si vuelves a alzar la voz, o a negarte a contestar cualquier pregunta que yo te haga, llamo a la vigilante y antes de entrar a tu celda ya vas a tener tu primer reporte y tu primera sanción—¿Está claro? Ahora responde.—Perdone, lo siento. Es que estoy muy nerviosa—logré decirle temblando desde aquella camilla donde me encontraba indefensa y completamente desnuda.—Muy bien—y sonrió—. ¿Cuándo tuviste relaciones sexuales por última vez? Te lo pregunto porque veo que estás divorciada.—Hace más de un año.—¿Con cuánta frecuencia te masturbas? —Y se le ahogaba la voz de lo excitado que estaba—¿Lo haces con los deditos o usas un vibrador?—Jamás lo he hecho—mentí.—¿Con cuántos hombres te has acostado? —y la voz le temblaba por la excitación.—Con uno solamente.—Nada común hoy día—y sonrió—. ¿Siempre llegas al orgasmo?—Sí, casi siempre.—Perfecto, ahora relájate, que te haré primero el tacto vaginal. —¿Y los guantes? —le solté al ver que no los tenía.—No tenemos, ni lubricante tampoco. Ya sabes, el bloqueo, y créeme que lo sentimos, sobre todo por mí, que estoy expuesto a muchas infecciones.—¿El bloqueo? Esa era la excusa para todo, y lo peor era que muchos en el mundo lo habían creído, pero mejor no abro la boca—pensé. —Me introdujo de golpe los dos dedos. Casi grito.—Tranquila—me susurró—respira profundo—Es que eres muy estrechita. ¿No te dolía cuando lo hacías?—A veces—le dije con los ojos apretados, mientras sentía que me hincaba con las uñas.Después que se cansó de toquetearme el toto por dentro, me dijo que me arrodillara en la camilla, con el pecho pegado a los muslos. Posición genupectoral, se llama, según me comentó.—¿Has tenido sexo anal? —, volvió a la carga.—No, nunca—mentí otra vez.Y me introdujo los dos puñeteros dedos otra vez. Pero, no me quejé. No le iba a volver a dar ese gusto a este cabrón depravado.Se dirigió a un pequeño lavamanos blanco y se lavó sin jabón, porque no había.—Ahora te pones esta ropa—, y señaló al respaldar de una de las sillas. Será tu uniforme durante el tiempo que estés aquí. Los blúmers (bragas) y los tampones que trajiste te los devolverán ahora. Cuídalos, que de nada de eso tenemos aquí. Tu ropa se queda, hasta que salgas. Las zapatillas puedes dejártelas puestas, porque no hay para darte.Me vestí detrás de la cortina, me sequé las lágrimas y salí. Todavía no había entrado a la celda y ya habían abusado sexualmente de mí. Y lo peor, sin tener a quien reclamar.Y llamó a la guardia para que viniera a buscarme.Compañeras de celdaUna de las vigilantes, con revólver y porra en la cintura, me indicó con un gesto brusco que caminara, y mis pies, pesados, apenas respondían. El pasillo era largo y estrecho, con luces blancas que me hacían parpadear; cada reflejo parecía acentuar la frialdad de aquel lugar.—Sigue adelante —dijo sin mirarme.Obedecí, con la ropa nueva y áspera que me habían entregado, apretándome la piel como si quisiera recordarme mi condición. Escuchaba voces de mujeres en las celdas, algunas reían, otras discutían, y sentí que al pasar, todas se callaban por un instante. Me observaban como fieras, como leonas que analizaban a una gata que había caído en su jaula.El sonido de mis pasos se mezclaba con el tintinear de las llaves en el cinturón de la guardia. Sentí la garganta seca, el miedo creciendo, pero me repetía en silencio que debía ser fuerte. Cuando por fin me detuve frente a una puerta, la abrió y me dijo con indiferencia:—Bienvenida a tu nueva casa. Entra.Crucé el umbral sabiendo que la vida que conocía había quedado atrás.La celda era un salón grande con varias divisiones. Había 6 literas, después un tabique divisorio, después otras 6 literas y así hasta 50 en cada cubículo. La guardia volvió a dirigirse a mí.—Esta es tu cama y aquí tienes la ropa interior que trajiste, el jabón, cepillo, pasta y las compresas. Recuerda que esos artículos tienen que traértelos en las visitas, porque aquí no los hay. No hay armarios. Tendrás que poner la mochila en el suelo. Los horarios y el reglamento están pegados ahí—, y señaló a un impreso en la pared—. Cualquier infracción será castigada. Puedes preguntarles a tus compañeras.Y salió, cerrando la celda.Saludé, pero ninguna me respondió. Me acosté con la mochila al lado. Y a pesar de la tensión y de todo lo que había vivido aquel día, me quedé dormida hasta el amanecer.Al día siguiente, como era de esperar tenía muchísimas ganas de orinar. Me fijé y al final del cubículo, había un baño con tres tazas y tres lavamanos, bastante pequeños ambos y empercudidos. Del otro lado había cinco duchas. Una de las compañeras de celda se dirigió a mí.—Date prisa que ya van a abrir. Si no estás lista cuando abran las puertas, te quedas sin desayunar.—Gracias—le dije lo más cortésmente que pude.Tenía deseos de asearme, pero allí no era posible. Me cepillé los dientes y me lavé la cara. Después me fijé en los horarios. Me peiné y en cuanto abrieron las puertas, salí con las demás a desayunar. Me moría de hambre.Mi nueva casaEl comedor era amplio. En él desayunaban todas las presas de aquel módulo, que éramos casi 200, distribuidas en cubículos de 50.Era un local frío, impersonal, lleno de ruidos metálicos. Las mesas eran largas, de acero rayado por los años, con bancos atornillados al suelo para que nadie pueda moverlos. La luz de los fluorescentes caía sobre nosotras sin piedad, dejando en evidencia cada gesto, cada mirada. Caminamos en fila con las bandejas en las manos, esperando que la guardia diera la señal para avanzar. El olor era una mezcla de comida recalentada y desinfectante barato. No había cuadros ni colores, solo paredes desnudas que parecían recordarnos dónde estamos. Aquí no se comía por placer, sino porque tocaba. Y se comía muy mal.Cuba siempre es un contexto especial, tanto para lo bueno como para lo malo. El desayuno generalmente consta de un pequeñísimo trozo de pan, mal hecho y un vaso de agua con media cucharadita de azúcar. Sí, lo que les he dicho y nada más.Las comidas y la cena generalmente estaban formadas por una sopa o potaje que es más agua que fideos o granos, dos cucharadas de arroz blanco y el plato fuerte, que cuando había era una croqueta, o una salchicha o un huevo hervido. Todo cocinado sin aceite. A veces te ponían dos rodajas de pepino. Otros días solo nos daban espaguetis y nada más. Los postres no existían, excepto algún día festivo. La mayoría de las reclusas experimentaban una pérdida de peso importante. Hay muchas que estaban prácticamente caquécticas. No había piscina, ni gimnasio, ni áreas deportivas como en las cárceles España. Solo un televisor para todo el cubículo, que casi siempre estaba roto. No había colchones, solo colchonetas mugrientas, llenas de bolas.A los pocos días ya conocía a muchas de las internas, y por supuesto a todas las de mi grupo. Victoria y María eran también de La Habana. Las dos habían sido condenadas por robo continuado en un almacén destinado a surtir varias tiendas del estado que vendían productos en dólares. Siempre me acuerdo del refrán “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”. Laura era de una de las provincias del oriente de Cuba, Holguín y estaba condenada por proxenetismo. Había tenido varias prostitutas trabajando para ella en los hoteles de los alrededores. Y Yeniséi vivía en Santa Clara, en el centro del país y estaba cumpliendo condena por malversación. Dicen que logró estafar 100,000 dólares al estado, y que nunca aparecieron.Como pueden ver, en mí cubículo, el A éramos 50 reclusas, que no habíamos matado a nadie. En el B estaban las que habían cometido intentos de asesinato. En el C las asesinas y en el D las llamadas Damas de Blanco, un grupo de mujeres con gran dignidad, que han decidido enfrentarse a la dictadura asesina implantada en Cuba hace 66 años. Son presas políticas, pero el gobierno no las reconoce como tal. Están acusadas de diversos delitos comunes que no han cometido, y las tienen aparte. En este momento, entre hombres y mujeres hay en Cuba 1185 presos políticos. No sé si en otras prisiones los mantienen separados del resto, pero en esta sí. Y ahora viene lo sorprendente. En muchas cárceles cubanas se mezclan personas presas por delitos graves (como homicidio) con otras que cumplen condenas por delitos menores (como hurto o “peligrosidad predelictiva”). Y esta es una de ellas.Es verdad que estamos separadas en lo que a zonas se refiere, pero en el comedor, en el área de trabajo, en la “recreación o deporte”, (que es inexistente) estamos todas mezcladas. Excepto las damas de blanco.Aquel día, una de las guardias me llamó, cuando me iba a duchar. Estaba junto a mi cama y ya me había quitado la ropa, para cubrirme el cuerpo con la toalla e irme al baño en chanclas. Ellas casi nunca entraban a donde dormíamos, pero aquella vez lo hizo.Al verla, me cubrí enseguida.—Me llamo Dolores, pero todos me dicen Lola. Bueno, todos no, solo mis amigos, dentro de los cuales pretendo que estés tú. ¿Te gustaría estar protegida siempre? —me dijo muy bajito.—No sé si te entiendo.—Si quieres, cuando salgas de la ducha, mi compañera saca a todas las reclusas, con cualquier pretexto y nos quedamos tú y yo, solitas, aquí. Y me dejas quitarte esa toalla, y tirarte sobre la cama. Te aseguro que vas a gozar como nunca y…—Es que no soy lesbiana—, la interrumpí—. Lo siento.—Eso no importa. ¿Nunca has estado con una mujer?—De verdad que no, lo siento—le respondí tajante—. Esto me hace sentir muy incómoda.—Está bien, no pasa nada. Tú te lo pierdes—, me dijo, con una mirada difícil de describir—, pero si cambias de opinión, solo tienes que decírmelo. Y se marchó.La hienaEstábamos limpiando los baños colectivos, los que sirven para todos los módulos y que se encuentran al lado del área de recreación, cerca del comedor. Cuando terminamos, decidimos coger un breve receso, antes de regresar a la celda, porque estábamos muy cansadas. Victoria, Laura y yo hablábamos sobre sus experiencias en la prisión. Las dos andaban cerca de los cuarenta, y francamente, no me parecían malas personas.En ese momento entraron dos internas que estaban ubicadas en la zona B. Eran peligrosas y todas habían cometido agresiones importantes. Era una mujer blanca que aparentaba algo más de treinta y una mulata fornida, unos cuantos años mayor—Vámonos de aquí—me dijo Laura entre dientes, tomándome por la mano a mí y a Victoria.Nos dirigimos al compartimento donde se guardan los pocos utensilios de limpieza que había. Las dos mujeres se apresuraron, hasta alcanzarnos.—Hola Laurita—dijo en tono burlón—que no nos has presentado a la nueva.—Me llamo Lucía—les dije, interrumpiendo a la que hablaba.La mulata me miró de arriba abajo. Segundos después las dos estallaron en una carcajada.—Vámonos de aquí­—volvió a insistir muy bajito.Nos giramos para irnos, y cuando aún no habíamos caminado cuatro pasos una de ellas agarró a Laura por detrás y le tiró del pelo bruscamente, mientras la otra, se ponía por delante y le daba un fuerte puñetazo en el estómago. La chica se dobló, con las manos en el vientre, tratando de coger el aire a bocanadas, porque no podía respirar.Enseguida intenté socorrer a Laura, pero una de ellas me apartó bruscamente.—Escúchame Barbie—me dijo—, como vuelvas a meterte, te vamos a hacer algo que te va a doler mucho. Algo que no puedes siquiera imaginar. ¿Queda claro?Justo cuando iba a abrir la boca para responderles, vimos a dos guardias que venían por el pasillo. Todavía estaban lejos. La mulata se acercó a ella y le dijo:—Dice La hiena qué o le llevas lo que te pidió o te atengas a las consecuencias. Acuérdate que ella no juega. Y se separaron de nosotras. Victoria y yo ayudamos a Laura que no podía ni quejarse y nos la llevamos al dormitorio, donde se tumbó en su litera, adolorida y muerta de miedo. Nosotras nos sentamos en la mía a conversar. Hablamos largo rato.—¿Quién es La hiena? —le pregunté.—Es la presa más peligrosa de la prisión. Bueno, una de ellas, porque hay varias. Y tienen sus grupos. Le echaron 25 años y ha cumplido cinco.—Y ¿qué hizo?—Tuvo un problema con otra mujer. La secuestró, la torturó y finalmente le prendió fuego al cuarto donde la había encerrado, con ella adentro. Cuando hizo eso, ya tenía antecedentes de varias agresiones graves. Después, en una bronca, mató a su compañera de celda en la prisión donde estaba. Ese juicio todavía lo tiene pendiente.—¡Madre mía! Es criminal lo que hace el estado cubano, mezclando asesinos con presos por otras causas—le dije, mordiéndome el labio inferior— ¿Qué es lo que ella quiere de Laura?—Es un conflicto antiguo—me dijo bajito, aprovechando que la chica se había dormido. —Tú sabes que trabajaba con jineteras (putas de turistas en Cuba), en la provincia de Holguín. La hiena y ella se conocieron por medio de un holandés que compraba chicas vírgenes para desflorarlas, filmarlo y después vender los vídeos en Internet, en la dark red, sobre todo. Me imagino que todas serían menores, porque dime tú qué chica cubana de 18 no lo ha hecho todavía. Parece que Laura consiguió una de las muchachas por medio de ella, y después no quiso darle la mitad que le correspondía. Y era un dineral. Dicen que la hiena ya tenía todo listo para matarla, cuando la metieron presa. Poco después cayó presa ella, por matar a la chica del cuento que te hice. Tiempo después, cuando asesinó a su compañera de celda, la sacaron de aquella cárcel, y dicen las malas lenguas que ella movió dinero entre altos dirigentes de prisiones para que la trajeran para acá. Lo cierto es que en los dos meses que Laura lleva aquí, no la ha dejado tranquila, provocándola y sacándole dinero.Aquel día transcurrió rápido. A las 10:00 de la noche sonaba la sirena y tenías que estar dentro de la celda, porque apagaban las luces para dormir.Sobre las 12:00 me desperté sobresaltada al oír unos quejidos muy intensos. Por la ventana de la celda, que daba a un descampado, que pertenecía a la cárcel, entraban unos tímidos rayos de luz, procedentes de las luces de afuera. Apenas se veía nada, pero al menos no tropezabas si querías orinar por la madrugada.Afiné el oído y los quejidos venían de la parte de arriba de una de las literas. Pensé que alguien tenía una pesadilla. Entonces caí en la cuenta. Yeniséi, la que dormía junto a la ventana se estaba masturbando. Y la comprendí. ¿Dónde lo iba a hacer si no era allí? Por eso ninguna había protestado. Otro día serían ellas o yo. Al poco rato los gemidos cesaron. Y yo me volví a dormir.La MaryHabía pasado la primera semana. Por suerte nadie se había metido directamente conmigo. Aquel día estábamos en la cola para entrar al comedor. Ya las primeras estaban comiendo. Últimamente casi nunca había guardias allí, a no ser que se les llamara. Quizás tenían alguna de baja. O lo más probable, no tenían agentes, porque en Cuba nadie quiere trabajar por cinco o diez euros al mes.Había una presa llamada la Rusa, que tenía fama de conflictiva. Era tan cubana como yo, pero muy blanca y rubia. Se acercó furtivamente a una mujer bastante mayor, que le llamaban la Mary, que acababa de coger su bandeja y se la pidió. La mujer le dijo que no y le escupió en el potaje. La señora sacó cuidadosamente la escupida del caldo y siguió comiendo. A mí me hervía la sangre.Cuando terminé de comer, me dirigí al área deportiva. A veces jugaban con una pelota. Otras fumaban. Algunas aprovechaban para intentar ligar con las de otras zonas. No había nada más.Entonces la Mary se acercó a mí. Representaba unos sesenta años mal vividos. —Dame un cigarro—me dijo.—Lo siento, es que yo no fumo.—Yo no te pregunté si fumabas. Yo te pedí un cigarro, y cuando la Mary pide hay que buscarle las cosas. Y ser respetuosa y obediente con ella.No le contesté y me giré para irme a otro lado. Acababan de escupirle en la comida y ahora venía a hacerse la brava conmigo. Entonces me agarró por el brazo.—Suéltame—le respondí, mirándola fijamente a los ojos—, ya te dije que no tengo cigarros.Me soltó lentamente y se rio. Entonces me di cuenta que no debería andar muy bien de la cabeza.—Ya nos volveremos a ver por ahí, Barbie—. Y se marchó.Día de visitaAdemás de las dos llamadas telefónicas a la semana, podíamos escribir cartas. No las abrían ni las registraban cuando era solo papel, según me habían dicho. Le dije a mi madre que estuviera atenta porque le había escrito. En ella le pedía algo que no podía decir por teléfono y no sabía si podría conseguirlo. Y mucho menos si podría pasarlo.Le indiqué la persona y el lugar donde podía conseguirlo, incluso sin tener que pagarlo al contado. Ya vería yo como terminaría de pagarlo.Por fin había pasado un mes. El timbre anunció el comienzo de las visitas y mi corazón empezó a golpearme el pecho como si quisiera escapar, antes que yo. Caminé por el pasillo con las manos sudadas, intentando ordenar mis pensamientos, pero era inútil: llevaba semanas esperando este momento.Cuando entré al salón, la vi. Mi madre estaba sentada en una de esas sillas frías de plástico, con el bolso apretado contra el regazo. Tenía el rostro cansado, más arrugado que la última vez, y los ojos húmedos.—Mamá… —apenas me salió la voz. Ella se levantó de golpe, como si la empujara un resorte, y me abrazó fuerte, tan fuerte que por un instante me olvidé de las rejas, de los guardias, de todo. Olía a jabón y a café, a casa.—Lucía, mi niña… —susurró con un temblor que me desgarró por dentro—. ¿Cómo te tienen aquí? ¿Te dan de comer bien? ¿Te tratan con respeto? Te he traído jabón, compresas, y otras cosas. Y comida.Yo asentí, aunque no era del todo verdad. No quería que se llevara más dolor del que ya cargaba.

—Estoy bien, mamá. Lo aguanto—le dije, mientras miraba a Laura, que parecía discutir con la persona que había venido a visitarla. Y me preguntaba si le habrían traído el dinero que le había pedido La hiena.Pasamos la media hora hablando de cosas pequeñas: de una vecina que había tenido un nieto, de que el barrio seguía igual de ruidoso, de que mi cama en casa seguía intacta. Hablábamos como si hubiera pasado un año.Entonces se acercó más a mí y con mucho misterio me susurró:—Conseguí lo que me pediste y logré pasarlo. Está dentro de este bocadillo. Haz como que te lo vas a comer y sácalo y escóndelo lo mejor posible. Y así lo hice.Cuando el guardia anunció el final de la visita, la abracé otra vez y sentí cómo me temblaban las rodillas.

—Resiste, hija —me dijo al oído—. Un año pasa pronto. Y yo estaré esperándote en la puerta.La vi alejarse, cada paso más lento que el anterior, hasta perderse tras la puerta metálica. Y entonces entendí que lo más duro no era la reja ni el encierro: era ese vacío que se abría en mí al verla marchar.Me dirigí a la puerta que comunicaba el pasillo de entrada de la cárcel con el salón de visitas. En ese momento la guardia registró de forma minuciosa las cosas que me había traído mi madre. Después me ordenó que levantara los brazos, y palpó cuidadosamente cada parte de mi cuerpo. No nos hacían desnudar porque había varias vigilantes en el salón, atentas a nuestros movimientos, y los de los que nos visitaban. Además, no se nos permitía ir al baño durante la visita. Entonces me dijo que podía continuar.Entré, busqué un baño y entonces fue que me saqué la minicámara de la boca. Tenía un circuito de grabación interno, una batería de un año de duración y solo se activaba con el movimiento. Y era más pequeña que un chicle.Al día siguiente pedí que me llevaran a la enfermería, fingiendo un fuerte dolor de ovarios. El médico degenerado me puso una inyección, para la cual me hizo bajar las bragas hasta las rodillas. Después me permitió acostarme en una de las camas, hasta que me hiciera efecto. Por suerte no había nadie más. En cuanto salió a fumar, aproveché y me acerqué a la camilla de reconocimientos. Activé y pegué la cámara en lo alto, en el borde de un cuadro que tenía toneladas de polvo. Era como sembrar una semilla, confiando que algún día, antes de salir de aquel infierno, recogería los frutos.Clases de inglésAquella mañana vi a la directora de la prisión acompañada de un hombre alto, de complexión atlética, pelo negro, piel morena y ojos claros. Nuestras miradas se cruzaron. Siempre me han gustado los hombres altos. ¿Quién podría ser? ¿Qué hacía allí? No creo que fuera la pareja de ella, porque ya rondaba la sesentena y el chico no aparentaba mucho más de treinta.Entonces ella me llamó. Se adelantó unos pasos y dejó al hombre atrás. El corazón me temblaba.—Buenos días interna Lucía—se sabía mi nombre—, quería hacerle una pregunta, ¿Sabe usted hablar inglés?—Cuando estudiaba Informática estudié inglés técnico, pero lo que es hablar, no sé.—Pues ahora tendrá la oportunidad de aprenderlo, porque hemos conseguido un profesor—y lo señaló a él—, que vendrá 3 veces a la semana a darles clases. Nos gustaría que animara a sus compañeras a que se apunten.—Claro, lo haré— y nuestras miradas se volvieron a cruzar. Él sonrió y yo miré hacia otra parte. Enseguida se fueron y me quedé pensando en lo tonta que era. No había visto jamás a aquel hombre, no sabía cómo era su carácter, ni si era buena o mala persona y tenía mariposillas en el estómago por él. Seguramente estaba casado o tenía novia. Debe ser la soledad de la prisión.EscorpionesCuando entré a mi cubículo, me acosté en la litera. Como era día de visitas, no teníamos ninguna otra cosa que hacer.Entonces entró Laura y se acostó también. Cinco minutos después entraron la chica blanca y la mulata fornida que nos provocaron días atrás. Esta vez llegaron acompañadas de otra presa, alta, delgada y con muy pocos dientes, que traía una cajita en la mano. Se acercaron a ella, que se sentó súbitamente.—Venimos de parte de la hiena a buscar los cien dólares que le debes—le dijeron, agachándose, para que la cámara no pudiera alcanzarles. Aunque se comentaba que la mayoría de las cámaras no funcionaban.—Yo no le debo nada. Y dile de mi parte que ya se acabó el dinero.—Tú sabes que nosotras sabemos hacer cosas que duelen mucho, ¿verdad?Laura intentó levantarse, pero la empujaron hacia la cama. La blanca, que era como le llamaban, le metió algo dentro de la boca y la amordazó con un pañuelo, para que no gritara. En ese momento ya había un grupo detrás de ellas, como de 20 reclusas, mirando. Se mascaba la tragedia.Nadie se metió. Normalmente nadie intervenía en estos casos. Y las guardias ausentes, como casi siempre.La mulata se le sentó en las piernas, inmovilizándola y comenzó a bajarle los pantalones y las bragas. Entonces se acercó la más alta de todas y le abrió la cajita, encima del toto. Yo no alcanzaba a ver bien lo que había dentro. Solo me fijé en que le volvieron a poner la braga. Y, a pesar de la mordaza, los sonidos que salían de la garganta eran similares a los de una película de terror. Llegó un momento en que casi se logra soltar, pero no lo logró.Minutos después Laura se desmayó. Entonces oí a la mulata hablar:—Flaca, recoge los escorpiones, (que en Cuba se llaman alacranes), y mételos en la cajita.Y se marcharon. Casi todas las chicas que observaban, se fueron también.Corrí hacia donde estaba Laura, y le quité la mordaza. Sabía que los alacranes en Cuba no son venenosos como para producir la muerte, pero sus picaduras producen un dolor terrible, y grandes alergias.—Yo te ayudo—le dije, mientras ella todavía se retorcía de dolor— te voy a bajar el blúmer. Una de las compañeras de cubículo alumbró con una pequeña linterna. Entonces vi que tenía una hinchazón que aumentaba por minutos. Tenía las marcas de las picaduras en los labios, y en el pubis. Laura intentó decirme algo, pero tenía la lengua enredada. Entonces llamaron a una de las guardias, que pidió ayuda y se la llevaron a la enfermería.En eso escuché la voz de Victoria.—No sé qué es peor, si los alacranes o el doctor Ramírez.—¿Por qué lo dices? —Le pregunté, haciéndome la extrañada.—Porque ese pervertido nos ha toqueteado a todas. Si estás más o menos buena, o normal, te manda a quitar la ropa, te hace tactos innecesarios, y hasta ha abusado de algunas presas, como en la enfermería no hay cámaras.No podía olvidar lo que me había hecho aquel desgraciado, con el pretexto del examen médico.—Y, ¿nadie lo ha denunciado?—¿Para qué? No le va a pasar nada. Es un capitán del Ministerio del Interior.—¿Por qué no ponen a una doctora? Sería lo lógico.—Había una doctora, buenísima, por cierto. Y tuvo problemas con La sombra.—¿La sombra? Aquí le ponen apodos a todo el mundo.—Desde que llegan. Mira, tú eres La barbie—me dijo sonriendo—. Entonces La sombra le dio una paliza terrible, casi la mata, porque decía que necesitaba una medicina, y la doctora le dijo que no. Al final, la trasladaron a otra prisión, y aquí nos pusieron a este depravado. Por razones de seguridad—dijeron.Entonces sonó el aviso de la comida. Y todas nos fuimos al comedor. Todas menos Laura, que aquella noche dormiría en la enfermería. Le inyectarían antihistamínicos y sedantes. A saber, lo que le haría el doctor Ramírez.EnamorándonosPocos meses despuésLas clases de inglés iban muy bien. La atracción entre Hugo y yo había ido creciendo. En las tutorías, entre repasos y revisiones de deberes, las conversaciones discretas, comenzaban a tejer un vínculo sutil, hecho de sonrisas tímidas y palabras que parecían tener un eco distinto cuando venían de él. Habíamos conversado muchísimo sobre nosotros. No era un amor declarado aún, pero en el silencio de esos encuentros se sentía la promesa de algo nuevo, frágil y prohibido, que poco a poco encendía en ambos un anhelo imposible de ocultar.Estos encuentros se hacían en el aula, con las puertas abiertas y generalmente otras alumnas dentro. Él ya me había dicho que yo le gustaba. Siempre tenía frases de elogio para mí. Y la verdad es que yo estaba loquita por él, pero no acababa de decidirme. Días después me volvió a preguntar si quería que iniciáramos una relación. Le dije que sí. Y le pregunté si estaría dispuesto a esperarme. Todavía faltaban cinco meses para que yo saliera.La última semana del curso de inglés me estaba muriendo de tristeza, pensando que no lo iba a ver más. Recuerdo que estábamos los dos solos en el aula, y nos besamos por primera vez. Fue algo rápido, fugaz, un contacto de labios que no pasó de unos pocos segundos. Enseguida oímos un ruido, y nos separamos, volviendo la vista a los libros y cuadernos. Cuando la chica que había entrado, volvió a salir, él me dijo:—Como sabes, hoy es el último día de este curso. El otro trimestre vendrá una profesora a impartirlo. Quiero hablar con la directora, para tener un vis a vis contigo—, que en Cuba le llaman “Pabellón” —. ¿Estás de acuerdo?—¿Un vis a vis? —repetí dudosaMe moría de la vergüenza.—y, ¿cómo es eso?—Yo te vengo a visitar, no como tu profesor, que a partir de hoy ya no lo seré, sino como tu novio, y nos dan una habitación con una cama, y un baño, durante dos horas, para nosotros.Vacilé un instante. Hasta ahora aquello había sido un amor platónico, solo compuesto por miradas, conversaciones íntimas, coqueteos varios, furtivos roces de manos y finalmente un beso. Algo similar a cuando estamos comenzando la adolescencia. Pero él quería más. Y yo también. —Sí, acepto—le dije entre dientes—. Y tenía la cara colorada como un tomate.Entre los dos acordamos que lo pediría para la semana próxima, el jueves, exactamente. Faltaban 7 días. A ver si me lo daban, porque, aunque él hablaría con la directora, con la cual se llevaba muy bien, yo tendría que pedirlo, a título personal. Madre mía, qué será de mí cuando se enteren en el cubículo, porque se van a enterar.Al día siguiente hice la solicitud. Ahora a esperar.PropuestaRecuerdo que lo pedí un jueves por la tarde. Guardé silencio y no le comenté nada a nadie. Algunas reclusas se habían dado cuenta del tonteo entre el profesor y yo, pero ninguna tenía nada en concreto. Y yo nunca confirmaba nada, de modo que, para la mayoría del centro, solo se trataba de una atracción, sin posibilidades de materializarse, porque allí no existía ni la más mínima oportunidad de un encuentro físico con un hombre. Fuera del aula siempre había una guardia vigilando, y en cuanto el profesor, terminaba la clase, lo conducían a la salida, para que fuera de clases no tuviera contacto alguno con las internas. A nadie se le pasó por la cabeza que a aquel profesor alto, guapo e inteligente se le ocurriera acudir a un vis a vis con una de nosotras. Ni siquiera sabíamos si lo iban a aprobar. Aunque el requisito principal era tener buena conducta. Había que esperar.Peste a totoMe faltaban cinco meses para salir. Siempre me habían dicho que el mayor cuidado que hay que tener, cuando tienes una condena corta es no complicarse. Hacerse la de la vista gorda en muchas situaciones y tratar de no meterse en ningún problema, porque a la cárcel se sabe cuándo se entra, pero no cuando se sale.Llevábamos dos días sin agua. Y no era una excepción. Es curioso que, en Cuba, pase lo que pase, no tienes a quien reclamar nada. Entonces entró la guardia Dolores al dormitorio celda. Parecía una fiera. Se paró en el pasillo, de modo que todas pudiéramos escuchar:—¿Qué coño pasa aquí, que hay una peste a bollo que no se puede aguantar? —gritó, para que la oyera todo el mundo. Ella sabía lo del agua, pero lo hacía por joder. Era lógico que un local tan pequeño, donde había cincuenta mujeres, algunas con la regla, sin podernos asear ni duchar en dos días, no oliera a rosas, precisamente. No era nuestra culpa.Se hizo un murmullo. Varias hablaban a la vez. Entonces, Verónica, una chica nueva que ignoraba la experiencia de Lola en tratar con presas, tuvo la ocurrencia de decir, fingiendo otra voz:—“La de la peste eres tú”. Enseguida Lola supo de qué sección venía. Y se dirigió a ellas. Eran seis chicas. Sin embargo, no alcanzó a ver quién había sido. Todas sabíamos que una vez más se mascaba la tragedia. Les pidió a las seis que pasaran al pasillo y que hicieran una fila.—¿Quién coño ha sido? —y no lo voy a repetir.Nadie decía nada. Las cincuenta chicas que dormíamos allí estábamos en silencio. Se podía oír el vuelo de una mosca.—Voy a dar la oportunidad de que salga voluntariamente la que lo ha dicho, mientras cuento del uno al diez. De lo contrario, las seis van a pagar—. Y empezó, porra en mano.En Cuba, la palabra “caballero” casi nunca se usa para referirse a un hombre, aunque ese es uno de sus significados. “Caballero” es una palabra que en sentido coloquial indica “Atiendan todos”. Cuando un cubano menciona esa palabra en un grupo, está tratando de decir “Miren para acá, pongan atención todos”.Cuando Lola estaba a punto de terminar de contar, una de las reclusas habló.—¡Caballero, la que fue que lo diga, que no vamos a pagar todas!Lola, interrumpió su conteo, que ya casi llegaba al final. Voy a castigar tan duramente a la que lo dijo, que se le va a borrar la sonrisa en seis meses, por lo menos.Entonces salió Verónica, una muchacha preciosa, que apenas llevaba allí una semana. Esa sí que parecía una barbie. Estaba temblando.Lola la miró fijamente, la cogió por un brazo y se la llevó.Nunca se supo con certeza qué clase de castigo recibió. Lo único claro fue que, desde aquel día, dos veces por semana Lola ordenaba cerrar el dormitorio durante una hora con la excusa de que no había agua o cualquier otra disculpa. Nos obligaba a todas a ir a los baños colectivos a ducharnos.

Y en aquellos días, ni Verónica ni Lola aparecían por allí, mientras el resto cumplíamos con el ritual de las duchas.Una proposición indecenteEra sábado por la mañana y no se trabajaba. Algunas andábamos dando vueltas por el área deportiva y otras estaban acostadas en sus camas. Entonces llegó la Mary.—Hola Barbie, ¿cómo estás? —me preguntó sonriente.—¿Ya no estás enfadada porque no te pude dar un cigarro?—Ya se me pasó. Ya lo olvidé.—¡Qué bueno! —contesté un poco más tranquila.—Te traigo un mensaje importante. ¿Conoces a La sombra?—La he oído mencionar, pero no la conozco.— Pues ella a ti sí. Tú sabes que ella solo tiene una rival, La hiena. Y las secuaces de ella. Por lo demás, es la persona más respetada de esta cárcel. —Y, ¿qué quiere? —quise saber extrañada.—Me pidió que te dijera que le gustas. Y ella quiere tener un encuentro contigo, en su cubículo.—¿Un encuentro? —le pregunté extrañada.—¡Qué quiere hacer tortilla contigo coño! —me espetó—. La sombra no le teme a nada ni a nadie, pero tiene una debilidad, que son las mujeres como tú, con tipo de Barbie, más bien delgadas, femeninas y limpias.—Es que yo no soy lesbiana—le aclaré.—Ni la mayoría de las mujeres de esta cárcel tampoco, y casi todas hacen la tijera—me dijo, tocándome el hombro y acercándose a mi oído—, ¿Es que acaso nunca te han lamido el bollo cuando apagan las luces?—No, de verdad que no.—Pues a mí me lo hace tu compañera de celda, Yeniséi, pero no le digas que yo te lo dije. Es una experta.—En tus fantasías, tal vez —pensé—, aunque allí todo era posible—. Y no te preocupes que yo no digo nada.— Coge esto—me dijo con disimulo, entregándome una pequeña cajita de bombones—. Es un obsequio de ella.Eso era toda una “delicatesen” en un lugar como aquel. —Dile que se lo agradezco, pero no puedo aceptarlo, porque no me voy a acostar con ella—le aclaré mientras se lo devolvía.—No cometas ese error Barbie—me aconsejó, casi maternalmente—. La sombra se ha enamorado de tu culo. Ve con ella, y déjala que te desnude y te chupetee un poco la papaya. No te vas a morir por eso. Después le podrás pedir cualquier favor. Ella tiene de todo, y también tiene muchas influencias. Y si saben que eres la novia de La sombra, nadie en la cárcel se meterá contigo. Ni las indeseables de La hiena. —De verdad que no—me reafirmé diciendo.—Allá tú, pero te va a castigar por rechazarla. Y los castigos de ella duelen—me dijo mientras se alejaba—. Yo te lo advertí. Mira esa chica negra que entró nueva. Tiene una cuenta pendiente con La sombra, y no quisiera estar en su pellejo. —¿Quién es? —le pregunté mordiéndome el labio.—No te lo puedo decir. Ella me mataría si se entera que me he ido de lengua.—Mary—le supliqué—dime quién es. No le diré nada. Y a cambio te regalo un jabón.—¿Un jabón de olor? ¿Nuevo? —Sí, te doy mi palabra. Vamos a mi cama ahora y te lo doy—. Y entramos. Busqué el jabón y se lo di. Estaba encantada. Lo olía y lo acariciaba como un niño a un juguete nuevo. La Mary miró alrededor. No había nadie mirando. Entonces acercó su boca a mi oído y susurró:—Es una de la zona B. Una mulata oscura. Se llama Yarelis. Llegó hace poco. Y esa no es una barbie como tú. Está presa por intento de asesinato. Tuvo un problema gordo con la sombra y la van a castigar muy duro. En estos días. En los baños. Le va a hacer lo mismo que a ti si te niegas.—¿Qué le va a hacer?—Eso no lo sé, pero seguro que es algo grande. El lunes o el martes, en las duchas. Y ya me voy. Adiós.Salí de allí con el miedo en el cuerpo. Aun así, no quería preocuparme demasiado.___________________________El lunes al mediodía, cuando estábamos en la cola del comedor, una de las guardias, ya fuera por indiscreción o por hacerme daño, me dijo frente a todo el mundo que me habían aprobado el vis a vis para el jueves próximo de 10:00 a 12:00 de la mañana. Eso no se le hacía a nadie. La gran mayoría de las guardias no eran buenas personas. Siempre andaban en parejas. Extorsionaban a las reclusas, les cambiaban cigarros y pastillas para dormir por sexo. Mandaban a vaciar un cubículo, y mientras una vigilaba, la otra tenía sexo con una interna. Así se habían templado (follado) a más de la mitad de las mujeres de aquella cárcel. Al menos a casi todas las jóvenes.Lo de menos eran las bromas, que también incomodaban, por lo continuadas que eran.“Prepara el bollo, que el profe te lo va a dejar ardiendo”, porque sabían que yo siempre le decía toto. Es una costumbre que tengo desde niña. En Cuba se dice “el bollo”, pero a mí me pareció siempre una palabra muy sucia. “Lávate bien el culo, que te la van a meter por todas partes”. Y muchas vulgaridades semejantes. Sin embargo, no importaba. El gran problema era la envidia. Muchas de ellas hacía años que no podían estar con un hombre, y ahora sabían que yo iba a hacerlo en tres días. Tenía que cuidarme.Y de manera especial de La sombra, a la que yo había rechazado. Si ella podía hacer algo para impedirlo, lo haría.Al mediodía me crucé con la chica negra, que era muy linda, por cierto. —Tengo que verte Yarelis. Es importante y urgente—le dije muy bajo.—Vamos al baño, ahora—. Y la seguí.—La sombra te está cazando. Cuídate, sobre todo en los baños. Puede ser cualquier día, incluidos hoy o mañana. Y yo no te he dicho nada.—¿Qué te debo? —me dijo—¿cigarros, sexo?—No, no quiero nada. Si algún día necesito algo te lo pediré. Y salió casi corriendo. Es cierto que en una bronca no te puedes meter, porque te pueden hasta subir la condena, mandarte a aislamiento, y muchas otras cosas, pero advertirle a esta muchacha que la iban a joder, me pareció justo.En las duchasHabía llegado la hora del baño. Cuando no había agua en nuestro cubículo, algo bastante común, las cincuenta internas teníamos que ir a los baños generales, que estaban próximos a la zona deportiva, y que estaban comunicados con los dormitorios, por un pasillo, que solo lo abrían en ese caso. Y cuando la guardia Lola se antojaba de tener sexo con Verónica, también.Allí nos juntábamos todas. A veces éramos sesenta, setenta o más, duchándonos juntas, sin cortinas. Había que entrar, lavarnos las axilas y todos nuestros huecos rápido, y enjuagarnos, porque teníamos diez o quince esperando, detrás y exigiendo que te dieras prisa.Aquel día, entré de última a bañarme, porque había mucha gente. Eran casi las 5:00 de la tarde, a punto de terminar el horario de baño. Y cuando terminaba, cortaban el agua.A la entrada se encontraba apostada siempre una de las guardias, que te exigía desnudarte completamente, lo cual era quitarte la toalla en la que ibas envuelta desde la celda colectiva o dormitorio hasta el baño, y subir los brazos y separar las piernas, de modo que pudieran detectar si llevabas algún objeto para agredir a alguien. También tenías que quitarte las chanclas.Estaba terminando de enjuagarme. En la ducha de enfrente también se acababa de duchar una chica de la zona B, a la que solamente la conocía de vista. Entonces entró Yarelis, envuelta en una toalla. Iba tranquila, segura. Llevaba en la mano el jabón. Se escuchó una algarabía afuera. Alguien gritaba, mientras otras se pegaban. La guardia de la puerta corrió a separarlas, pero el tumulto y la violencia eran tales, que tuvo que pedir ayuda por la radio a otras compañeras.Justo cuando Yarelis se desnudó para ducharse, llegó La sombra con tres de sus secuaces.—¿Ves que chiquito es el mundo, muchacha? Te prometí que nos volveríamos a ver.Las cuatro la rodearon, de modo que no pudiera escapar. Yo me terminé de secar enseguida.—No quiero problemas—dijo ella.—Aguántenla bien—y sacó unas tijeras.—. Ahora vamos a presenciar cómo se amputan los pezones—dijo mirando a la chica—. ¡Agárrenla cojones, que se los voy a cortar! —, y blandió la puntiaguda y afilada tijera!Sentía un nudo en la garganta. Me temblaban las piernas. Aun así, les grité desde mi ducha:—¡Caballero, vamos a dejar eso, por favor! No se compliquen la vida.Todas miraron hacia mí. Fue solo un instante. Un mínimo desvío de la atención. Y en ese segundo, mientras decía mi frase, Yarelis se inclinó, llevándose la mano a la entrepierna, y sacándose una sevillana del toto, una de esas cuchillas que vienen dentro un estuche plástico, que cuando le aprietas un botón, se dispara el metal filoso. Se oyó un click y la hoja emergió como un relámpago, bajo las luces blancas. Ella se enderezó al instante, y barrió con el brazo hacia su derecha, cortando a dos de ellas. Cuando vieron la sangre que empezaba a salir, retrocedieron, pero la que no estaba herida intentó agarrarla por el cuello, desde atrás. Trataba de liberarse, justo en el momento en que La sombra se abalanzaba sobre ella, para clavarle la tijera en el pecho. En un movimiento rápido, consiguió darse la vuelta. La tijera alcanzó en el ojo a la única chica ilesa de su pandilla. La líder estaba como ausente. El odio se reflejaba en sus pupilas. Solo tenía un objetivo: acabar con la vida de su rival. Tenía que liquidar a su enemiga. La sombra atacó de nuevo, pero Yarelis volvió a esquivarla, cambiando la posición. El arma le pasó arrente a la cara. Se levantó como una flecha y lanzó una cuchillada, otra vez de abajo hacia arriba, extendiendo el brazo, como un abanico. El pequeño puñal había hecho blanco en el cuello de La sombra y la sangre comenzaba a brotar con fuerza.En eso llegaron las guardias, trataron de contener la hemorragia y corrieron hacia la enfermería, mientras otra llamaba a una ambulancia.Yo solo podía mirar el líquido rojo correr por las rejillas del piso, arrastrada por el agua, como si la vida se esfumara, galopando veloz hacia las alcantarillas.La chica que se estaba duchando y yo salimos detrás del pequeño grupo. Las dos estábamos temblando.Después supimos que la bronca que alejó a la guardia de la entrada de las duchas había sido preparada por ella. Y también supimos que La sombra había sido trasladada de urgencia a un hospital. Se estaba muriendo.Yarelis había sido llevada a la celda de castigo, o “al hueco” como también le llamaban. Y por tiempo indefinido.AndreaExiste el mito de que todas las presas son malas y chungas, pero no es así. Andrea era una chica muy bella, femenina, con un cuerpo tan perfecto que parecía una modelo. Había llegado hace poco y todavía no tenía tiempo de haberse buscado problemas. Yo sabía que solo era cuestión de tiempo que alguien le echara el ojo. Tenía solo 19 años.Aquella tarde la vi que entró al dormitorio llorando. No había casi nadie. Yo me había duchado entre las primeras y estaba acostada en el litera.Me acerqué, pensando que quizás lo que le ocurría era que echaba de menos a su familia.—¿Qué te pasa? —le dije, tratando de empatizar con ella.No respondió, pero el llanto iba en aumento. Me acerqué más. Estaba boca abajo, abrazada a la almohada. Me senté en su litera y le acaricié el pelo. Al cabo de casi media hora dejó de llorar.—¿Echas de menos tu gente? —, pero me respondió con la cabeza que no.—¿Entonces? —insistí—, ¿te sientes mal?—Vengo de la enfermería. Acaban de violarme.—¿Qué? —hice un esfuerzo para no gritar.—El doctor Ramírez.—¿Quieres contarme cómo ocurrió? —le dije, abrazándola, por detrás. Andrea se incorporó.—El día que entré aquí. Él no estaba y no pudo hacerme el examen médico. Hoy por la mañana una de las guardias me llevó a la enfermería, porque el doctor me mandaba a buscar. Cuando llegué me empezó a preguntar que si me masturbaba, que si me dolió la primera vez. Después me dijo que me desnudara y empezó a toquetearme en la camilla y seguía haciéndome preguntas íntimas, que qué sentía cuando llegaba al orgasmo, que si me mojaba mucho, que si gemía. Me dijo que abriera bien las piernas, se puso de frente, y cuando me di cuenta, ya tenía el pantalón bajado. Me eché para atrás y me senté en la camilla, entonces me aguantó, y cogió un algodón mojado con algo que, al ponérmelo, perdí el conocimiento.Cuando me desperté ya no estaba en la camilla. Estaba acostada en una de las camas de la enfermería. Me dijo que sufrí un desmayo por una bajada brusca de la tensión y que él me había llevado para la cama, después de inyectarme.—¡Madre mía! Qué hijo de puta.—Pero yo me acordaba perfectamente de todo lo que estaba pasando antes de desmayarme, y lo que trataba de hacerme.—Y ¿no tienes restos de semen en el toto o en los muslos?—No, él claramente se puso un preservativo para venirse, o antes.—¿Vas a denunciar? Si quieres yo te acompaño.Y para no hacerles el cuento muy largo, les diré que Andrea denunció y días después le pasaron un informe donde le explicaban que no se habían encontrado pruebas que probaran una violación, ni siquiera en calidad de intento. Que todo había sido una alucinación producida por el descenso de la presión arterial.Y como si fuera poco, le pusieron una advertencia en su expediente, advirtiéndole que, si volvía a hacer una denuncia sin pruebas, se enfrentaría a serias consecuencias legales.Estaba claro que no se trataba de un caso aislado. Muchísimas chicas regresaban de la consulta de Ramírez comentando que habían recibido abusos, tocamientos y agresiones sexuales. Y nunca pasaba nada.Vis a visRecuerdo que después de lo acontecido con Andrea, se me quedó un mal cuerpo que me duró varios días. Sin embargo, había una razón que me animaba. El vis a vis con Hugo.Solo teníamos derecho a dos llamadas semanales de cinco minutos cada una. Aquella semana él y yo hablamos y coordinamos todo.Tengo que confesarles que estaba nerviosa. Hacía un año y medio que me había divorciado y en aquel tiempo no había estado con nadie. Además, solo me había acostado con un hombre en mi vida, el que era mi marido. ¿Cómo sería estar con otro? ¿Qué le gustaría en la cama? ¿Cómo sería rozar otra piel?Entonces La Mary interrumpió mis pensamientos.—No sabes cómo quisiera ser tú.—¿Por qué lo dices, Mary? —Le dije, pasándole el brazo por encima de su hombro. Me estaba encariñando con aquella mujer que tenía más o menos la edad de mi madre.—Coño, para templarme a un hombre, como vas a hacer tú mañana.—Y, ¿tú no eras lesbiana? —reí.—Yo soy de lo que se presente—me respondió con una carcajada—. Y lleva un poquito de vaselina, que después de tanto tiempo sin hacerlo, ya debes tener el bollo cerrado, y el caballero parece tener buena espada.Las dos reímos. Y cada cual cogió por su camino.Al otro día, por la mañana, Yeniséi y María me arreglaron el pelo y hasta me prestaron un carmín, para pintarme los labios. Unos minutos antes de las 10:00 una de las guardias vino a buscarme.— Te vas a salvar—me dijo con mirada pícara, mientras me conducía a la habitación habilitada para el encuentro.—¿Por qué lo dices? —, mis ingenuidades me traicionaban siempre.—Coño, dos horas templando con un hombre que está buenísimo, después de más de medio año aquí, vale mucho.Sonreí. Entonces me hicieron entrar.—Espéralo aquí. Enseguida llega. Él también está ansioso por meterte mano—me soltó sin remilgos.Ella cerró la puerta y yo inspeccioné la habitación. Una cama con dos almohadas, una sábana, que parecía estar limpia. Una mesita con un ventilador y un mínimo baño, con una taza y un lavamanos. Había agua, por suerte. El cuarto no tenía ventanas. Y del techo colgaba una lámpara apagosa. Entonces entró Hugo. Y la guardia, desde afuera, cerró la puerta, recordándonos que teníamos dos horas.Aquella mañana lo vi más alto aún. Olía a perfume bueno. Estaba buenísimo. Me abrazó. El estómago se me llenó de mariposillas—¿Estás bien? —me preguntó.—Sí—le dije sin poder mirarle a la cara. Me estaba muriendo de vergüenza.—Estás preciosa—, susurró, mirándome a los ojos. Entonces me abrazó y comenzó a besarme. Los dos de pie, junto a la cama. Yo estaba tan nerviosa como la primera vez. Me preguntaba si le gustaría mi cuerpo. Últimamente había perdido un poco de peso. Me empujó suavemente y allí terminó de desnudarme por completo. Me moría de vergüenza.No dejaba de besarme y acariciarme todo el cuerpo. Me decía cosas al oído y yo me derretía. Después, ya saben todo lo demás que pasa cuando un hombre y una mujer que se gustan están solos y desnudos en una cama.Al final la Mary tenía algo de razón, sobre todo al principio. Es que se trata de meter 20 centímetros dentro 7. Y te lo sientes, por muy elástica que sea. Después logré coger el ritmo. Todo lo demás fue un diez.En la tarde, como era lógico, tuve que soportar los chistes y las bromas de mis compañeras de celda, que querían que le contara todo lo sucedido. Y lo querían con pelos y señales. Y de lo primero había bastante, porque allí era casi imposible depilarse.Lily2 meses despuésRecuerdo que había una chica muy bonita, rubia, de pelo rizado y ojos verdes que había acabado de llegar. Enseguida otra reclusa a la que llamaban “la jabá”, una mulata, también de ojos claros, le echó el ojo. Y le mandó a decir con dos de su grupo, que quería estar con ella.No todo el mundo tiene la suerte que tuve yo con la bronca de la hiena, que todavía sigue ingresada, por cierto.Una tarde, cuando se acercaba la hora del baño, todo el mundo andaba pendiente de las colas en las duchas, otras todavía matando el tiempo en el área deportiva y yo estaba acostada en la litera, con dolor de ovarios, porque estaba a punto de caer con la regla.Fue entonces que vi que la jabá entró con sus “guardaespaldas” y se dirigió a la cama de Lily, que es como se llamaba la chica nueva.Rodearon su litera, ella se sentó, pero no la dejaron levantarse.—Te voy a dar una oportunidad, para que rectifiques, porque me han dicho que no quieres estar conmigo. —Es que yo no soy lesbiana—dijo la chica temblando.—Aquí nadie es lesbiana y todas lo somos, de alguna forma—y se bajó el pantalón y las bragas, justo frente a su cara—, ¡Acerca tu boca y empieza a darme besitos en el bollo, y después yo te digo lo que tienes que hacer!La chica la rechazó nuevamente, echándose hacia atrás. La empujaron y quedó acostada. La jabá, terminó de desnudarse de cintura hacia abajo y se sentó encima de su cara, mientras las otras la aguantaban. Comenzó a restregarle el toto por la boca.—¡Empieza a pasarme la lengua, coño, que hacértelo a la fuerza me excita mucho más! Y no pares hasta que me venga. Y la agarró por el pelo, mientras se lo restregaba.La tensión era tal, y la llevaron tanto al límite que Lily al fin reaccionó. Se oyó un grito que retumbó por todo el dormitorio.La agresora se separó bruscamente, chillando como un cerdo al que han dado una puñalada para sacrificarlo. Le chorreaba la sangre entre las piernas. Todos volvieron la vista a la chica que seguía temblando y sin moverse. Tenía entre los dientes una masa amorfa y roja de carne. Eran los labios de la vagina de la jabá. Enseguida llegaron las guardias. Alguien las había llamado. Se llevaron a la mujer a la enfermería y después al hospital. Y a Lily a la celda de castigo.Pero todas sabíamos que ya estaba sentenciada.La profesora de inglésUn mes antes de salirYa me estaba acercando a la meta. Habían pasado algunos meses que me habían parecido largos, interminables, eternos. Y solo faltaba un mes para mi libertad.No les he contado nada más de Hugo, ni de lo que sucedió después que hicimos el amor. Ya ha pasado mucho tiempo. Días después del vis a vis, aproveché una de mis dos llamadas semanales de cinco minutos para hablar con él. Noté su saludo bastante frío. Después me dijo que estaba muy complicado, que se iba a mudar a otra provincia, en fin, que me dejaba.Yo me quería morir los primeros días. Me sentía usada. El muy cabrón lo único que quería era acostarse conmigo. Entonces comenzó el siguiente trimestre del curso de inglés. Era el primer día de clases. La anunciada profesora llegó. Muy seria y circunspecta. Tendría unos cinco años más que yo, y estaba bastante pasadita de peso. Yo no le gusté, desde el principio. A su parecer, hacía todo mal.A diferencia de Hugo, que nos llamaba por nuestro nombre, ella siempre ponía el “interna” delante.—“¡Interna Lucía, su pronunciación debe mejorar!” o “¡Interna Lucía su trabajo está suspenso!” El día de su comienzo, nos dijo así:—“Soy la profesora Amelia, y espero que las clases vayan también como con su anterior profesor, Hugo, que, por cierto, es mi marido”.Al oír aquello por poco me da un infarto. El cabrón estaba casado, y cuando supo que a ella le habían asignado la continuación del curso, enseguida se libró de mí. Pero no te vas a ir de rositas—me prometí a mí misma.Aguanté como una yegua hasta el final del trimestre, el cual aprobé, por cierto.El último día de clases, cuando la estirada profesora se preparaba para irse, la llamé aparte.—¿Qué desea? Es que no ha tenido tiempo de preguntarme sus dudas en todo el curso. Está aprobada. Confórmese.—Me llamo Lucía—le dije con cara de inocencia.—Ya sé cómo se llama. ¿Qué quiere?—Es solo para que le dé un mensaje al profesor Hugo, su marido, de mi parte.—¿Qué mensaje? —preguntó desafiante.—Dígale que tal vez debería ir al médico, para que le vea esa curvatura hacia arriba que se le hace en el pene cada vez que tiene una erección. Aunque si soy sincera, la sensación es bastante agradable. Y eso que la cama de los vis a vis estaba bastante incómoda. Adiós profesora.Y me fui, dejándola muy, pero que muy jodida.Sala de LavadorasLily seguía su vida normal, pero todos sabíamos que la Jabá tomaría venganza. Una semana después del incidente le dieron el alta del hospital. Se comentaba que de la mordida que le pegó, cuando ella intentaba obligarle a hacerle sexo oral, le había arrancado los labios menores y parte del clítoris.La Jabá todavía no podía caminar bien y necesitaba ciertos cuidados de los cuales se encargaban las chicas que le servían. En toda la prisión se comentaba que estaba esperando a recuperarse para vengarse con sus propias manos.Dos semanas después, Lily estaba lavando con dos compañeras más, en la sección de las lavadoras. Entonces llegó la Jabá con tres de su pandilla.Demás está decir que las dos desaparecieron al instante. Y ella lo intentó, pero las “sicarias” se lo impidieron.—Yo no quise hacerte daño Jabá. Me obligaste y tuve una contracción en la mandíbula, pero yo no quería hacerte eso. Fue algo involuntario, por la tensión nerviosa. No le haría eso a ninguna mujer.—¿Creías que me iba a quedar cruzada de brazos? —escupió, mientras le jalaba del cabello. Las tres mujeres la agarraron con fuerza. Antes de que pudiera reaccionar, sacó unas tijeras oxidadas y, con cada corte, los rubios mechones caían al suelo como pedazos de dignidad arrancada.La pobre gritaba y trataba de zafarse, pero las otras dos la sujetaban contra la pared, hasta que la dejaron con cuatro pelos en la cabeza. Entonces, de golpe, la Jabá y las suyas la levantaron en peso y la metieron dentro de una de las lavadoras industriales. El sonido metálico al cerrarse la puerta me helaba la sangre. Una de ellas apretó los botones y la máquina comenzó a llenarse de agua, ronroneando como un monstruo satisfecho.No sé cómo, pero alguien había corrido a avisar. La guardia apareció de repente, pateando la puerta del salón. Su silbato resonó como un cuchillo en el aire. Corrió, apagó la máquina a tiempo y abrió la compuerta.El cuerpo de la muchacha salió empapado, tosiendo, con la piel helada y los ojos desorbitados. Había estado girando dentro del equipo por casi dos minutos. La guardia la sostuvo con fuerza, pidió refuerzos y se la llevaron, todavía medio asfixiada a la enfermería.La Jabá pasó veinte días en el hueco. Lily nunca volvió a ser la misma. Se había vuelto loca. LauraLa sombra se estaba recuperando en un hospital de La Habana, después de estar al borde de la muerte, con una cuchillada que le seccionó la vena yugular y le pasó a tan solo un milímetro de la arteria carótida. Yarelis salió de la celda de castigo diez días después, a pesar de haber atacado a La sombra en defensa propia. Ahora tenía juicio pendiente por eso. Me dio las gracias porque aquel día, cuando les grité que dejaran aquello, aquel segundo le había salvado la vida y le había dado tiempo a defenderse. Ahora era ella una de las más respetadas en la cárcel. Tenía un grupo de chicas que le servían, y me había dejado claro que quien me tocara, se las vería con ella. Solo tenía una enemiga de peso, La hiena.Laura que nunca fue de hablar mucho, estaba cada día más encerrada en sí misma. Después del episodio de los escorpiones no volvió a dirigirle la palabra a nadie. Y todavía le quedaban 18 años de prisión.Sin embargo, lo peor era que el conflicto con La hiena no había terminado. Había vuelto a exigirle dinero. Estaba esperando que fuera el día de visitas, donde supuestamente se lo traerían. Y el día de visitas había sido ayer. Cuando llegaron las de siempre a pedírselo, ella les dijo que sí lo había conseguido esta vez. Que, de hecho, tenía el doble de lo que le había pedido, pero que ella quería entregárselo personalmente para dejar ese asunto cerrado para siempre. Que pasara por la cocina por la tarde, media hora antes de la cena. Laura estaba trabajando como cocinera y le pagaban algo por ello. Algunas presas realizaban trabajos como ese.Luego de consultar entre ellas, acordaron que se lo dirían a La hiena.Y finalmente aceptó.Normalmente había tres empleadas y una interna en la cocina. Tenían que preparar desayuno, comida y cena para doscientas mujeres. Trabajaban un día sí y otro no.Aquel día solo estaba Laura en los fogones, mientras que las otras se ocupaban de los últimos detalles, para abrir el comedor en pocos minutos.— Te busca La hiena— le dijo otra interna—, no quiero problemas aquí.— No te preocupes, dile que entre, que estoy muy ocupada y tengo que darle una cosa que le debo. Que entre sola, para no llamar la atención.La hiena entró con paso autoritario. Sus secuaces la esperaban en la puerta.—Me han dicho mis muchachas que me vas a dar el doble de lo que te pedí.— Sí, pero con la condición de que me dejes tranquila. Necesito tu palabra— le suplicó con unas agarraderas en las manos.La hiena se acercó más.—¿Quién coño eres tú para que yo tenga que darte mi palabra? —le dijo, amenazante, mientras se acercaba.—Está bien, te doy el dinero. Lo tengo aquí. Y se volteó hacia el fogón, donde estaba cocinando.Rápida como una flecha cogió una caldera de agua hirviendo donde se estaban cociendo cuarenta huevos. El agua ebullía a borbotones. La levantó en peso, se giró y se la lanzó a la cara y al pecho. Y en aquel instante salió corriendo.Enseguida llegaron las guardias a causa de los gritos. Ella se revolvía en el suelo como un pulpo, tratando de encontrar la forma de levantarse, sin poder abrir los ojos. No podía ver.Casi al instante empezaron a brotar las ampollas.Como siempre, corrieron hacia la enfermería, y de allí en un carro de la prisión al hospital, porque no había ambulancia aquel día.Casi libreMe faltaba una semana para cumplir la condena y salir libre. A pesar de las condiciones extremas de supervivencia, estaba bien. Ese había sido el precio por vengarme de aquella enfermera, que aun sabiendo que mi marido estaba casado, decidió mantener una relación con él. No hubiera podido dormir jamás tranquila si no lo hubiera hecho. Me había costado un año de mi vida, en aquella cárcel inmunda, pasando hambre y comiendo comida quemada y a veces podrida.Aunque no lo crean, Hugo me escribió una carta poco antes de salir. Me decía que lo perdonara por no haberme dicho que estaba casado, que su matrimonio era un infierno, que se iba a separar y que quería volver a otro vis a vis. Me hervía la sangre mientras la leía. Se acostó conmigo y después me dejó tirada. Y ahora pretendía que yo le volviera a abrir las piernas. Jamás le contesté.Justo por aquellos días tuve que volver a la enfermería. Lo había evitado durante todo el tiempo que estuve allí, porque no quería encontrarme con el médico abusador. Sin embargo, tenía que ir. Lo había preparado todo. —Me duele mucho la espalda doctor. Necesito algo que me quite el dolor.—Muy bien, pero primero tengo que examinarte. Pasas a la camilla, detrás de la cortina y te quitas la blusa y el sujetador y me esperas sentada— me dijo, con su falso tono profesional. Aproveché y en segundos retiré la minicámara que había dejado tiempo atrás, en el borde del cuadro, que seguía acumulando churre. Aquella “falsa consulta” me iba a costar enseñarle las tetas a aquel rascabucheador degenerado que, escondido detrás de su profesión, se aprovechaba de cuanta interna joven había en la cárcel. Pero tenía que decirle que era algo que requiriera un examen en la camilla, para poder recuperar el dispositivo. Un dolor de garganta no habría funcionado.De más está decir que me toqueteó todo lo que pudo. Después me pidió que me vistiera y me mandó unas pastillas que seguramente estarían en falta, como la mayoría de los medicamentos que necesitábamos.Pero yo estaba feliz. Pasado mañana me iba, y con aquel pequeño tesoro conmigo.Libre al finEl portón se abrió con un chirrido que todavía me retumba en los oídos. Después de un año entero, aquel sonido significaba libertad. Me temblaban las piernas, no sé si de emoción o de miedo.Antes de salir, abracé a mis amigas del cubículo, y a otras que vinieron. No éramos familia, pero nos habíamos sostenido unas a otras en las noches más oscuras.

—No te olvides de nosotras—me dijo La Mary. Y cuando la abracé, me eché a llorar.

Les apreté las manos en silencio. ¿Cómo olvidarlas?Las autoridades me devolvieron el móvil y el bolso con la ropa que llevaba el día que entré a la prisión.El aire de la calle me golpeó en la cara como una caricia. Sentí el sol distinto, tibio, verdadero, no filtrado por rejas oxidadas. Y allí, a unos metros, estaba mi madre. Sus ojos rojos de tanto llorar se iluminaron al verme. Corrí hacia ella, y su abrazo me envolvió como si quisiera pegar cada pedazo roto de mí.—Ya estás libre, hija. Te prometí que estaría aquí el día que salieras —me dijo, con la voz temblorosa.Corrí y me abracé a ella sin poder hablar. Porque en ese instante entendí que la libertad no era solo cruzar una puerta, sino volver a sentirme viva en los brazos de mi madre.Nunca podré olvidar que al llegar a mi casa me parecía más pequeña que cuando la dejé. Mi madre me había hecho una comida especial, con mil sacrificios, porque en Cuba es casi imposible conseguir comida, y agua, y medicinas. En fin, todo.Por suerte había luz. Enseguida llegaron algunas vecinas a saludarme. Hablamos de tantas cosas. Una de ellas era que Polito, el prestamista se había muerto el mes pasado.Enseguida llegó Joana, mi amiga del alma. No solo había estado al tanto de mí durante aquel año, sino que ayudaba a mi madre con comida y dinero cada vez que me tocaba la visita. Aún le debía los cien dólares que me prestó para librarme del indeseable de Polito. Y lo de la minicámara, que fue a través de ella que la conseguimos, y ni siquiera sabía todavía cuánto costaba.Cuando todas se fueron, mi madre que estaba muy agotada se durmió enseguida.Busqué mi viejo ordenador portátil, que después de un año sin usar, me demostraba con su lentitud, la pereza que le daba volver a trabajar. Busqué en un cajón, donde guardaba todas mis herramientas de Informática, y allí estaba el adaptador que había venido con la diminuta cámara. Lo conecté. Tenía el corazón en un puño. Y ¿si no había grabado nada? O si la orientación no era la correcta, ya que no tuve otra opción que colocarla a ojo de buen cubero. Comprobé la batería y todavía funcionaba. En realidad, llevaba menos de un año. Entonces comencé a explorar el contenido.¡Aleluya! Había grabaciones. Con fechas y horas. La excitación me había quitado el poco sueño que me quedaba.Pasé tres días revisando imágenes. Las ordené y clasifiqué apropiadamente. Al hacerlo, pude comprobar que Andrea tenía toda la razón. Ramírez, después de drogarla con lo que fuera que tenía aquel algodón mojado con el que le presionó la nariz y la boca, se había puesto un preservativo y la había violado. La calidad de la imagen no era óptima, pero se veía todo sin lugar a dudas ni confusiones.Y no solo era Andrea. La cámara había grabado violaciones con penetración a siete reclusas más. En todas, él usaba el mismo modus operandi, narcotizándolas primero. Además de muchísimos tocamientos y agresiones sexuales sin penetración. Y solo habían sido unos pocos meses. También se le veía teniendo sexo consentido con otras reclusas, a cambio de pastillas. Posiblemente drogas. La sombra era una de ellas.Joana me dijo que no le debía nada por la cámara. Me moría de vergüenza por aquello, pero no me permitió pagársela de ninguna manera.Sabía que lo que iba a hacer, podía o no dar resultado, pero tenía que intentarlo.En las oficinas de la Dirección Nacional de prisiones adjunta al Ministerio del Interior, en la ciudad de La Habana había un buzón, donde se podían dejar cartas a los diferentes altos oficiales que trabajaban allí. Llegué temprano en la mañana, antes que abrieran y dejé afuera, en el buzón un sobre con un pendrive y una nota que decía: Información importante sobre el capitán Ramírez. Centro Penitenciario: La Lisa. Como había prometido, le escribí una carta a La Mary. A los dos meses recibí la respuesta. Entre otras cosas me decía que el médico sinvergüenza había sido detenido, enjuiciado y condenado a veinte años de cárcel en la prisión de Boniato, la más peligrosa de Cuba, en la provincia de Santiago de Cuba, a mil kilómetros de La Habana.Por lo menos tuvieron la decencia de comunicárselo a todas las reclusas.Debo decir que, aunque en lo personal no tuve grandes problemas durante el año que pasé en la cárcel, sí que hubo situaciones de tensión, desacuerdos, discusiones y malentendidos. Una vez hasta me fui a las manos con una reclusa, pero la sangre no llegó al río. Confieso que, si La sombra hubiera seguido en la cárcel, me hubiera traído muchos problemas, especialmente por mi negativa de acostarme con ella. Sin embargo, estas cosas no me han parecido lo suficientemente relevantes como para escribirlas. Me he centrado más bien en lo que vi con mis propios ojos, en lo que sucedía en mi entorno, en mi círculo más cercano. La gran mayoría de las cárceles cubanas son verdaderos centros de terror. Tras sus muros no se busca justicia ni rehabilitación, sino la anulación del ser humano. Los presos viven bajo un régimen de maltrato, hambre y violencia que convierte cada día en una tortura. Estas prisiones se han transformado en instrumentos de represión política y social, donde la dignidad y los derechos más elementales son sistemáticamente pisoteados.Es una pena que no haya podido relacionarme con las damas de blanco, las que están presas por protestar, por luchar pacíficamente por la libertad de Cuba. En aquella prisión estaban separadas del resto, aunque en otras las juntan con los peores criminales. Son cosas difíciles de entender.Por lo demás, he conseguido un trabajo como camarera en un pequeño restaurante, por tres dólares al día. Voy mejorando. Mi madre sigue limpiando la Terminal de ómnibus de la capital. Y la vida sigue igual, como decía el gran Julio Iglesias.Aquí, hasta las cosas más sencillas son extremadamente difíciles. Hay días en que el hambre es tanta que me hace temblar, y noches en que la oscuridad de los apagones parece interminable. A veces me siento frágil, pequeña ante una realidad que me supera. Pero entonces respiro y me digo: estoy libre. “Libre al fin… aunque solo en el sentido en que lo está quien cruza las puertas de una prisión hacia la calle. Porque la verdadera libertad —la de decidir el futuro de nuestro país, la de hablar sin miedo a ser encarcelada, la de trabajar con la certeza de poder comer, la de confiar en que nadie será castigado jamás por sus ideas— esa libertad aún nos está negada. Esa libertad, la esencial, sigue ausente en mi querida Cuba.”Fin

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