No eran mariposas en el estomago, eran avispas asesinas, mortales y decadentes que brindaban su último ataque con el bello arte de la muerte era su última jugada , era su último suspiro .
Sí lo eran, eran avispas asesinas que revoloteaban no su panza sino su cerebro, que bailaban y se guiaban por aquel ritmo absurdo y maldito al son del corazón, al compás imprudente, chismoso y burdo de este atrevido y descarado que se encontraba inerte hasta que escucho otra melodía que se le acoplo, inmerso en las entrañas de un ser profano.
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