“Amar es querer ser dos.”
— Friedrich Nietzsche
No empezó mal.
Ninguna historia empieza mal.
Empieza con promesa.
Con intensidad.
Con esa sensación de haber encontrado algo distinto.
Algo que rompe la rutina
y reorganiza el mundo.
Pero el tiempo revela lo que el inicio oculta.
Siempre.
Éramos dos realidades distintas
intentando habitar el mismo espacio.
Yo buscaba profundidad.
Él, escape.
Yo quería presencia.
Él, movimiento.
No había maldad.
Había diferencia.
Y esa diferencia,
al principio, seduce.
Después, desgasta.
Lo que antes era misterio
se vuelve distancia.
Lo que antes era intensidad
se vuelve inestabilidad.
Intentamos.
Claro que intentamos.
Volver a empezar.
Recomponer.
Negociar.
Pero hay una trampa en esa idea:
no se vuelve al inicio.
Se continúa
con todo lo que ya pasó.
Con cada herida.
Con cada palabra dicha.
Con cada silencio acumulado.
Y eso pesa.
Más de lo que queremos admitir.
Empezaron a aparecer las grietas.
Pequeñas al principio.
Evidentes después.
La evasión.
La falta de entusiasmo.
La sensación —cada vez más clara—
de que yo estaba más presente que él.
Y no por elección.
Por estructura.
Había momentos lindos.
Sí.
Pero no alcanzaban.
Porque el amor no se sostiene
solo con momentos.
Se sostiene con continuidad.
Y eso
ya no estaba.
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