Me encontré un día sobre un torrente de nostalgia, cabalgando un atardecer moribundo que me arrastraba a la depresión. Ese siniestro camino me atormentaba, me parecía conocido, lúgubre y espantoso, del que nadie regresa, las peñas eternas e invidentes me ignoraban desde el abismo, mientras mi alma carcomida por la indiferencia se pudría dentro de mi. Pero una luz impredecible y duradera me devolvió la esperanza. Empecé a escuchar las voces de los guerreros caídos desde sus sarcófagos milenarios quienes rompían las cadenas y se unían a mi batalla. No hablaban ni portaban espadas de oro pero su presencia me devolvió la existencia.

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