Acabo de sentir, a flor de piel, uno de nuestros recuerdos, quizás el más preciado para mí.
Tu casa. Nosotros. Desparramados sobre ese sillón incómodo, que en ese instante, casi ignoré. Sentía todo lo contrario, que flotaba entre las nubes, envuelta en la comodidad que solo tu presencia podía otorgarme.
Recosté mis piernas y, vos, con esa delicadeza que me desarmaba, te acostaste sobre mi pecho. Te acomodaste con suavidad, me abrazaste levemente y, tras preguntarme si estaba cómoda, te dejaste llevar. Entregándote a ese instante, sin reserva alguna.
Nunca antes había experimentado una paz tan profunda como en ese momento. Estabas tan sereno sobre mí que casi te entregaste al sueño. Me atreví a imaginar, por un instante, que el tiempo se había detenido.
Atesoro ese momento como si, en el eco de ese recuerdo, aún sintieras lo mismo. Cuando regreso a instantes como ese, juro que no comprendo cómo todo pudo desmoronarse.
No quería irme de ahí. Pero vos, con la misma suavidad con la que me abrazabas, me soltaste. Me dejaste en un suspiro.
Y así, en un parpadeo, la cálida sensación de hogar que construías con tu cuerpo, se convirtió en un espacio vasto, mudo, en donde solo persiste tu ausencia.
Tu pesada ausencia, posándose en cada parte de mí. Recordándome, sin piedad, que este abandono no es nuevo, que siempre estuvo al acecho, esperando su momento para abrazarme, otra vez.
Quizás este abandono no sea más que una sombra antigua, una bruma que nunca se disipó. Esa que, desde siempre, me susurra que merezco esta soledad, este vacío, que me habita desde antes de conocerte.
OPINIONES Y COMENTARIOS