Los años sesenta, fueron años de miedo: a no llevar los deberes hechos, a que el profesor te diese con la regla, la letra con sangre entra , también en la tierra de Trasmiera, era el paradigma de entonces, si ibas a tu casa diciendo que el profesor te había golpeado, tus padres defendían al maestro, diciendo: “algo habrás hecho”; pasaron los años de pantalones cortos, bocadillo de mortadela con pan, y de alguna profesora amable que eran rarezas en la jungla de la represión pasada. Los juegos y la calle eran nuestro territorio, no había asfaltadas

carreteras en muchos casos y los descampados estaban por doquier, el fútbol era nuestra pasión. Yo, entonces tenía un buen amigo que era tartamudo, cuando intentaba responder al profesor, todos se reían de él, menos yo, (acabó de músico en el pueblo, tocaba la chirimía), los niños pueden ser muy crueles, me gustaba comer y era gordo, ahora lo llaman con sobrepeso, cualquier tara o defecto para los demás era motivo de acoso,

entonces era algo que sobrellevamos de modo natural, los padres no nos hacían demasiado caso. Cruzar la plaza con nieve era lo que más me gustaba, el colegio estaba alejado de casa y tenía un pequeño

patio

cerrado que daba a la iglesia ; recuerdo el color blanco de la nieve, desde entonces representa el silencio porque los copos no hacen ruido al caer, otros colores tienen otra significación: el azul me recuerda el toque de la campana para llamar a misa, el verde lo asocio con la ribera del río y el negro, con las mujeres ancianas que vestían siempre de negro, como mi abuela Nines, mujer de Jaén, con una cultura popular basada en sus pocas lecturas y su amor por el olivo, al que había dedicado su afición toda su vida. De hecho, visitaba el museo del olivo del pueblo cada cierto tiempo.

La nieve era la belleza, lo asombroso, los días sin colegio porque las calles estaban repletas de nieve, entonces el frío era tremendo en invierno, luego esa nieve se convertía en hielo y era peligroso ir a la escuela, muchas veces suspendían las clases y yo lo relacionaba con la libertad , con una niña que llevaba bufanda y gorro, tenía el pelo lacio y sus ojos verdes eran tan bellos que hacían daño al mirar, esa niña a la que quería deslumbrar, saltando el potro sin al chico que se agachaba y que me llevó a caer de bruces y hacerme una buena raspadura, ella reía, luego me decía que era el tercero de la lista, que le gustaba un chico mayor y yo, sin embargo seguía jugando con ella al pañuelo o la pájara pinta, donde dos besos me dejaban contento para dormir más feliz.

Una tarde, jugando al escondite, ella se ocultó conmigo en un

portal, sentí su aliento a mi lado y estuve muy nervioso. Una semana más tarde, encontré a su amiga a la salida del colegio,

me dijo que se había marchado con sus padres a Fermoselle, por un trabajo del padre y que no la volveríamos a ver. El dolor fue un manotazo más duro que el del maestro.

Intenté encontrarla tiempo después en las redes sociales, pero con su nombre sólo me es imposible.

Entré en el Instituto en los años setenta, eran tiempos de libertad y de compromiso político, dejar el castigo físico fue la norma, aún cuando el respeto a la figura del profesor era intocable. Me planteé preguntas sobre el sentido de la vida y aquellas que no tienen una fácil respuesta, los alumnos y alumnas se han ido empoderando progresivamente de la situación de mayoría en las clases, hay más faltas de respeto al profesor y la figura de la autoridad se ha perdido, antaño, la tribu enseñaba valores, ahora es una tarea difícil en la época de los móviles, ordenadores y redes sociales, donde la fama y el éxito fácil se vende y donde el esfuerzo de conseguir lo importante en tu vida, no es moneda corriente.

En la Universidad, estudié periodismo, la carrera que me apasionaba, alquilé una habitación privada en una casa, una tarde, cuando bajaba las escaleras del metro, me encontré con la mujer de los ojos verdes del

pasado, la paré

con la mano y ella no me reconoció, le conté algo del pasado y cayó en mí saber mi nombre. La propuse tomar un café en el Café Central escuchando música de Jazz, tenía prisa, su bebé que estaba en la guardería la estaba esperando, no la he vuelto a ver. Cuando volví al pueblo, me dijeron que mi amigo, el músico había fallecido, me acerqué a su antigua casa por si estuviera ella, tonto de mí, lo que sí estaba era la nieve en un sábado de invierno. A pesar de que los padres se preocupan mucho de sus hijos, ahora que soy profesor , me doy cuenta de lo difícil de esta profesión tan bella. Recuerdo a Eladio, que en la panadería del pueblo nos regañaba cuando no le dábamos los buenos días y nos hacía salir y volver a entrar enmendando el error. Parece que esos tiempos no hubieran existido, el pasado, la nostalgia lo hace mejor, la memoria tergiversa el contenido de las vivencias ocurridas, he constatado que dos personas que vivieron el mismo hecho, pasados muchos años, tienen dos visiones diferentes de lo ocurrido. Me dijeron que Eladio se aupó de ira contra su mujer por servirle la sopa fría. Estoy en el pueblo, he vuelto a terminar el jarrón de mi vida, convivo con gente que habita en el mismo, la mayoría jóvenes, he reformado una casa abandonada donde he plantado un huerto, era mi ilusión, ver crecer tus propios frutos, la vida es sosegada y vivimos para la colectividad, nos ayudamos en lo que podemos, en mi mucho tiempo libre hago trabajos de alfarería, lo que más

me gusta hacer son jarrones. Aún recuerdo los días lentos que no pasaban deprisa, daba tiempo para jugar y para estudiar, todo estaba abierto a la experiencia novedosa, ahora voy camino de vuelta y la ilusión desaparece, no voy a los toros, vengo de

los toros y mi ánimo no es el mismo. El tiempo es una locomotora que nos arrolla a los mayores y el progreso creo que no ha traído la igualdad entre hombre y mujeres, o es que la misma, es una falacia porque el ser humano tiene afán de poder. Recuerdo un poema que nos leyeron en la escuela del esplendor en la hierba, eso que tal vez ha pasado para no volver. Siento que mis padres no estén, tal vez me dieran consejos de cómo sobrellevar estos tiempos difíciles que como todos los vividos por el ser humano, nos toca vivir.

Murieron en la residencia, mi padre me decía que lo que más echaba en falta

era que mamá me dijera:” Te quiero Marcelo”, había olvidado con su demencia senil las veces que la había maltratado estando yo presente. Me contaron desde la residencia que estaban los dos en el salón social, mi madre se encontraba mal, intentó darle un abrazo y murió sobre su hombro, en silencio. Cuando bajamos la cumbre las cosas no son igual, de niños el paso del tiempo es eterno, nos contabiliza para descubrir muchas experiencias nuevas, el cerebro está nuevo y con afán de descubrimientos, luego venimos de los toros, la originalidad de las vivencias ya no se viven con tanta intensidad, incluso el hecho de hacer amigos en la edad madura es más complicado, nos cuesta más.

No somos animales solo, somos humanos finitos, no dioses, esa es la apuesta que tiene la condición humana. Todavía recuerdo una vecina que discutió con otra por algún extraño motivo, una mañana lanzó agua sobre el marido de la enemiga y ella subió con un hacha; llegó la policía y el suceso no tuvo mayores consecuencias que una puerta golpeada con ese instrumento nada corriente entre personas cercanas. Poco después la que portaba el arma falleció, la encontraron muerta en casa, tal vez un infarto, estaba en el suelo, durante mucho tiempo el marido no recogió la ropa del tendedero.

En el barrio, había unos señores mayores que aparecían golpeándose en el trasero como si fuera a caballo, decían que no querían ir al cole y que no querían trabajar; Román y Tomás no estaban bien, nos hablaban del hombre del saco y que tuviéramos cuidado con él. Cuando en Navidades, los mayores nos asustaban en el recodo de las puertas del edificio donde vivíamos, ellos se disfrazaban también. En una ocasión, fuimos a un edificio abandonado que tenía unas botellas vacías en el suelo, pensamos como niños que tal vez fuera el hombre del saco, éramos ingenuos, tal vez habitaba el lugar un vagabundo solitario.

Esa misma Navidad, para el día de Reyes, bajé a comprar un roscón, miré a un contenedor y una niña con un palo oteaba dentro de la basura, sacó una muñeca sucia, era su tesoro, en ese momento sentí un escalofrío y pensé quitando el Belén en ella.

El arcano nos rodea, está en la luz, en el aire, en un rayo de sol, en el latido de nuestros corazones, también la muerte y su envés la vida.

He pensado ya mayor que quiero seguir viendo la belleza de las cosas, porque el mundo con sus maravillas nos asombra de continuo, a pesar de que niños mueran por daños colaterales en infames guerras todavía.

Seudónimo : “Luis Mariano”

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS