Bichos Raros

Bichos Raros

Iris Plá

18/05/2026

No hay nada tan aburrido como las tardes de invierno en una ciudad cerca de las montañas. Y no es por el paisaje, ni por la gente, ni porque no haya lugares adonde ir. No, es por el frío. En una ciudad de inviernos largos, primaveras cortas y veranos de un suspiro, la mayoría de la gente se queda en casa. Solo salen los bichos raros. Yo también salgo porque soy entomóloga y los colecciono. Parece ser que los atraigo, por eso me resulta un oficio fácil.

El otro día, un Neptudines polychromus, más conocido como escarabajo irritante, con bufanda, cazadora de borreguillo y guantes, se acercó y me dijo:
—¡Hola! ¿Estás sola?
—Ahora no —le contesté un poco malhumorada.
—Pues yo no veo a nadie —contestó él extrañado.
—Pues si tú no eres nadie, estoy sola —y me metí en el estanco corriendo. Tuve que comprar un sello aunque ya no escribo cartas, todo con tal de evitarlo.

Al rato, vino derechito a mí un abejorro zángano, con gorro y abrigo largo. De esos que dan la lata. De los que les gusta hablar todo el rato. Pesados a más no poder, y que están erre que erre con su tema. El tema siempre suele estar relacionado con lo mismo, pero lo plantean de diferente forma a ver si cuela. El abejorro me dijo directamente:
—¿Por qué no te vienes a casa conmigo, que no está mi tía y me da palo dormir solo?
—¿Qué pasa, que normalmente duermes con tu tía? —le solté.
—No —contestó sorprendido—. Aprovechando que mi tía no está…
—Estás zumbado —le corté tajantemente.Él murmuró:
—¡Qué borde!
—Pues sí, qué borde, ¿y qué? Me gusta. Adiós, ahí te quedas —y me fui.

Entonces decidí pasear cerca del río porque hacía un frío que pelaba y pensé que allí me libraría de los insectos. Pero me equivoqué. Inmediatamente distinguí a un escarabajo Atlas macho, de nariz larga, envuelto en un loden y un fular blanco, con ínfulas de macho irresistible y seductor. De los que dirían: «Hola, muñeca» si les dejaras. Así que, antes de que pudiera abordarme, le tiré la cartera y eché a correr.

Definitivamente, el frío no me sienta bien. Y, además, estoy empezando a pensar que el oficio sí hace al monje. ¿O era el traje? No sé. Lo cierto es que me estoy volviendo rara, muy rara. Creo que es hora de emigrar a la costa y cambiar de oficio. O, sencillamente, coleccionar mariposas.

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