Hay besos que son solo para experimentar. Se planifican, se concretan y culminan sin dejar rastros ni marcas en el alma. Apenas hacen su paso por la mente y quedan allí almacenados como un simple e insignificante recuerdo entre tantos.
Hay otros besos que son robados. Uno no los busca ni los desea con el corazón, pero hay momentos en la vida en que todavía no desarrollamos las habilidades para esquivarlos, entonces se concretan y hasta pueden repetirse durante años.
Pero también hay un tercer tipo. Hay besos que comienzan a gestarse con las vibraciones de las cuerdas vocales de quien tenemos delante en esa dulce y seductora otredad. Luego crecen con las miradas semifundidas que pueden sostenerse en el tiempo cuando hay valor suficiente, o pueden esquivarse ente el temor a sentir más de lo que la mente puede controlar. Pero las emociones tienen vida propia, y aunque los ojos tomen senderos aburridos y delimitados por la razón, el beso que está destinado a ser, va a nacer.
Contrariamente a lo que se podría esperar, no comienza a materializarse en los labios, sino en las manos. Los dedos se acercan, se rozan, se entrelazan hasta bloquear con delicadeza el paso del viento. Entonces, los cuerpos se acercan, las cabezas se inclinan, los rostros se aproximan, y la respiración independiente de dos personas se funde en una sola, intensa, agitada y con aromas diferentes que al unirse logran el más exquisito de los perfumes.
De repente, el mundo se detiene, los sonidos del entorno se silencian, y los labios se posan suavemente el uno sobre el otro en un contacto casi imperceptible, suave y sutil como los pasos temerosos de quien transita por primera vez el suelo de tierras exóticas y desconocidas. Entonces sí, de a poco, las pisadas se vuelven más firmes con el correr de las milésimas de segundos. Los labios se engarzan como diamante en un sofisticado anillo, y bailan. Bailan como si no existiera nada más sobre la Tierra al compás de un tango silencioso que solo los dos amantes pueden escuchar.
Las mandíbulas superan el temor y el bruxismo se suspende. Ante la tibieza de los paladares acoplados, las lenguas se atreven a unirse a esa danza improvisada que pareciera ensayada desde siempre en el escenario del Colón. Pero en este escenario, no hay paredes con oro, ni techos con arañas encendidas, ni telones de terciopelo. Los lujos se reducen a la simpleza del contacto al fin alcanzado. Solo hay dos amantes que al fin se encuentran y que a pesar de las temperaturas de la cruda noche de invierno, se funden con extremo calor en un beso que los traslada hacia un lugar de tránsito del que no quieren regresar, un estado similar al trance que los envuelve, los seduce y se adueña de todo su ser.
Las salivas se combinan en proporciones perfectas pero siguiendo una receta exclusiva de la que nadie es consciente, una receta irrepetible porque no existe instrumento mundano que mida las dosis de pasión, intimidad y erotismo que ambos segregan en esos instantes.
Sin embargo, es inevitable. Llega el momento en que la sabia naturaleza interviene para prevenir el colapso de los corazones agitados y las piernas temblorosas. Entonces, muy lentamente y contra su voluntad, las bocas se alejan apresadas por un oficial de la razón pero con la esperanza de huir y vivir prófugas del frígido control mental. Y es esa esperanza la que diferencia este beso de los otros dos, porque dicen que donde hay esperanza, hay vida. Este beso no queda solo en el recuerdo, sino que resurge en cada latido de los corazones de esos amantes que por un momento conocieron un lugar maravilloso que solo unos pocos valientes tienen el privilegio de transitar.
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