Desde que me vine pa’ Salta, el aire me pesa distinto.
Tiene ese frío que no corta, pero se mete igual, despacito, por las rendijas del pecho.
A veces, cuando baja el sol y se alargan las sombras de los cerros, me da por creer que la veo: parada en la puerta, con el pañuelo azul que usaba cuando llovía en Formosa.
La extraño más cuando huele a tierra mojada.
En Formosa, el olor a barro era promesa de verde, de pasto que revienta, de mandioca tierna.
Acá el barro es otro: se seca pronto, se vuelve polvo y se levanta con el viento, como si todo quisiera irse con él.
Dicen los changos del taller que me estoy poniendo raro, que hablo solo o que me quedo mirando el horizonte.
No entienden. Uno no habla solo cuando recuerda.
Uno conversa con los fantasmas.
Por las noches le prendo una vela en el rincón, junto a la estampita de San Cayetano.
Le cuento que los días son largos, que el río Bermejo ya casi no canta, que los quebrachales parecen dormidos.
Le digo que todavía la sueño, descalza, caminando entre las flores amarillas del patio de su mamá.
Y que cada vez que cierro los ojos, la escucho decir mi nombre con ese cantito dulce que solo tienen las mujeres del norte.
No sé si volveré a Formosa.
A veces creo que sí, solo para verla entre los jacarandás, aunque sea en silencio.
Pero después me agarra el miedo: y si vuelvo, y no está.
Entonces me quedo acá, mirando el cerro, esperando que el viento me traiga su voz, aunque sea un poquito… aunque sea por última vez.
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