La baja autoestima es como una sombra que siempre camina detrás de nosotros, una creación nuestra que, preparatoriamente, terminamos temiendo y alimentando al mismo tiempo. No nacemos con ella, la aprendemos, como si fuera un idioma que otros comenzaron a enseñarnos con miradas, palabras o silencios, y que luego decidimos perfeccionar por nuestra cuenta.
Es un espejo roto que refleja nuestras inseguridades, pero no la realidad. Sin embargo, nos acostumbramos a esos fragmentos, como si el caos de nuestra imagen distorsionada fuera la verdad absoluta. Y en esa costumbre, nos olvidamos de mirar más allá del espejo, de ver que hay un mundo donde no necesitamos aprobación constante, donde somos completos sin la validación externa. La baja autoestima en su raíz, no es otra cosa que una desconexión de nuestra esencia. Es el ruido que sofoca la voz de nuestra autenticidad. Cuando nos dejamos definir por juicios ajenos o estándares imposibles, cedemos el poder sobre nuestra narrativa. Nos volvemos extraños en nuestra propia vida, incapaces de reconocer nuestro valor inherente, ese que no depende de logros ni de comparaciones.
Pero tal vez la clave esté en aceptar la sombra, sin resistirla, es observarla como un testigo curioso. No como un enemigo, si no como una parte de nosotros que necesita compasión. Porque al final, la autoestima no es una meta, si no un proceso continuo de reconciliación con quienes realmente somos, con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestra fortaleza y debilidades. Quizá, entonces, el primer paso para sanar no sea cambiar lo que vemos en el espejo, si no recordar que somos mucho mas que un reflejo.
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