¿Aún aparezco en tus pesadillas?

¿Aún aparezco en tus pesadillas?

¿Aún aparezco en tus pesadillas?

Es un hombre de rutinas estrictas. Sé que con un primo, con curul en el Congreso, traen carros de la frontera; mediante otros contactos en el Ayuntamiento, limpian y cambian las placas. Compró un viejo terreno, anteriormente un estacionamiento para la abundancia del Centro. Lo llenó de todo tipo de automóviles, carros de segunda mano, desde viejos carros con radio arriba del cenicero hasta deportivos o camionetas de lujo. Sé que es un gran vendedor; no tendría por qué estar ahí, dando la plática a los clientes, pero lo hace. Parece que es el mejor vendedor. Su publicidad está en todos lados. También sé que todas las mañanas corre nueve kilómetros junto a su esposa. La ropa deportiva cara y los lentes negros. No platican mucho. Luego desayunan cerca del Kiosko, en un restaurante con mesas en la calle, con vista a la plaza vieja. Sé que toma café y que por lo menos irá una vez al baño, alrededor de quince minutos. Ella se queda absorta en el celular. Él casi no lo revisa, inmerso en el periódico del día. Sé que tiene una amante, perfectamente dosificada. La ve generalmente en el mismo cuarto del mismo hotel, dos o tres veces por semana. Se van hacia el restaurante de adentro, huyendo de las vitrinas que dan a la calle. Duran hasta tres horas allí. Ella también viste bien, y se le ve diligente y hasta rigurosa; la madurez es evidente, lo cual la hace deseable. Parece una maestra, recatada y seria, con una belleza sostenida en el tiempo, que se encuentra en plena crisis por estar con él. Dudo que ella no esté también casada, pero no es mi sujeto de interés. Y luego los hijos, en escuelas privadas. Casi siempre va por ellos. Tiene muy pocos momentos solo. Únicamente cuando va de pesca. Pero eso es difícil medirlo: es esporádico. He intentado encontrar alguna seña, algún tipo de humor, una exhalación de cansancio que me diga: «sí, está cerca de hacer ese viaje hacia las afueras». He practicado por años, poniendo objetos pequeños y disparando con precisión, imaginando su cabeza. 

Disparar con un rifle a la cabeza de alguien a poca distancia es, cuando menos, una estupidez. Los fragmentos de cráneo pueden incrustarse en el disparador, la llama quema la piel de la víctima, el olor de la cocción rápida es penetrante; inmediatamente después de disiparse el salpicón de pólvora, quedará ese hedor impregnado en la nariz por días. De no tener otra opción, se requiere un buen ángulo: disparar en el costado preferencialmente, apuntando ligeramente hacia un borde de la sien. Que la bala se vaya al cielo.

Lo seguí probando suerte; mi paciencia tambaleaba. Cuando tomó la pista, era evidente que iba camino hasta río abierto. Se detuvo brevemente antes de los aserraderos, que son el último bastión empresarial de la ciudad. Supongo que me dejé llevar un poco por la emoción. Aceleré el auto con impropiedad y notó mi presencia; sacó la mano por la ventana del auto, saludando al reconocerme. Ya entrados en el camino no hay otra excusa, solo pude seguir ante la probabilidad de generar sospechas.

—¿Hay buenas truchas esta temporada, eh? —me dice al llegar al borde de la terracería. Yo afirmo con un gesto.

Nos adentramos por el arenoso y rocoso descenso. Al bajar cada quien de su auto, me ofrece un cálido abrazo que me apretuja la espina. Es pequeño, robusto; se nota fuerte y severo al caminar. Maneja una camioneta de lujo, con llantas altas y gruesas, construida para este tipo de caminos. Yo llevo el viejo Chevy azul que me heredó mi padre. Me quema su presencia afable y el control que tiene sobre la situación; sobre cualquier situación, ante cualquier personalidad, su sonrisa y la modulación de la voz son virtudes que le conozco bien y que maneja desde algún centro de mando afilado en el fondo de su cabeza. Se anuncia con cierta malevolencia con los dobladillos elevados de sus cejas, aunque también propone cierta magnanimidad. Podría ser peor de lo que se comporta, pero lo que es, es el tipo de personalidad exacta de un líder de secta.

—Cazaré conejos el día de hoy —dije con desasosiego. Él mira la caja de balas con cierto recelo.

—Con ese calibre los despedazarás. ¿Quieres ahorrarte el desmenuzado? —me dice sin despegar la mirada.

—Me dijeron que hay venados por la temporada. ¿Qué tal si es un día de suerte? —respondo empuñando el rifle.

Me mira fijamente, como desentrañando mis pensamientos, en un silencio que dirige como maestro de orquesta. Su cara se reinterpreta a otro gesto de genuina felicidad.

—Bien. Pues vamos, yo me quedaré en aguas bajas, por las truchas. Es temporada también y pronto iremos con los abuelos; ya sabes, hay que cumplir con ciertas cordialidades para que mi esposa me siga haciendo uno que otro favor. — ¿Una esposa? Me pregunto y me resulta difícil de creer.

 Empezamos con la caminata.

Lleva un chaleco verde militar, al igual que el pantalón, ambas prendas cubiertas por decenas de bolsillos. A cuestas, una bolsa con manchas de filtración, aparentemente vacía. Se le empiezan a notar las entradas en el cabello; lo lleva al ras de los lados, casi como un mohicano, lo noto cuando se quita el sombrero pescador para secarse la frente. Tiene varios anillos: el de nupcias; uno de cuerda y multicolor, azul y negro; otro de calavera, parece plata, justo en el dedo medio, sobresaliendo entre todos. En la muñeca izquierda, una pulsera de supervivencia que integra una brújula, cuerda, una pequeña navaja, un silbato y el broche pedernal para encender fuego. Mantiene esa postura fresca, aunque por momentos pareciera estar desapegado, inmerso en el movimiento físico. No le volaré los sesos aquí. No es seguro. Estamos cerca de la pista. Debemos llegar a la boscosidad.

Caminamos río adentro y me cuenta sobre el trabajo, sobre el jefe que ha perdido a su esposa por insuficiencia renal, de hijos de compañeros que crecen en otra subespecie de oficinistas. De insoportables mujeres que ya no quieren tener familia, que ni siquiera se dignan a cocinar. Luego, sin callarse un segundo, suelta discursos sobre la caza, la pesca, la mala calidad de los alimentos enlatados, la necesidad de proveernos para el inevitable colapso mundial. Me dice magnificado sobre bolsas de polietileno con las que ha visto que la gente vagabunda cocina bajo los puentes.

—De verdad, cuelgan las malditas bolsas de dos palos, encienden una fogata y arrojan ahí el pescado; la bolsa no se rompe nunca. Esta gente sabe cosas, te lo digo, se las ingenian para sobrevivir —cuenta con admiración.

Se detiene y en un hueco fangoso hunde sus botas para aventarse con las manos en forma de garras hacia el charco pastoso. Permanece unos segundos ahí. Sale sin el sombrero pero con un enorme pescado que zangolotea con fuerza. Saca con exactitud de uno de las decenas de bolsillos de su chaleco un pequeño cuchillo curvo, puntiagudo, y moviéndolo de arriba abajo, lo va introduciendo cerca de la cabeza, abriendo la armadura de escamas. Aprieta los labios y las venas de sus brazos azules y verdes saltan con los músculos; el pez abre unas branquias enormes y nerviosas. Hace tronar por fin la espina.

Me dice: —Hay que llegar a la médula y luego rebanar hasta la aleta dorsal—. Y lo hace así, supongo.

—Este pescado es mejor abrirlo de esta manera; crees que no tienes la fuerza, pero es pura compasión. —Rebana verticalmente desde el inicio de la cabeza hasta la espina. Después lo degolla—. Parece que siempre sí va a ser un día de suerte, como dices. —Me muestra una sonrisa blanca y grande.

—La lluvia las ha sacado. Son grandes. Tontas. Pero deliciosas bien carbonizadas y cubiertas de sal. —Arroja ambas piezas aún con leves espasmos a la bolsa de tela que lleva al hombro, la cual despide un olor fuerte a pescado podrido cuando se abre como la boca de un depredador por sí misma. Continuamos con la caminata y llegamos a un claro natural, grande y con buena vista, rodeado de árboles. Él se detiene en el río que por ahí cruza con poca profundidad. Lavando las rocas. Las truchas se mueven ágilmente, alejándose de su presencia.

—Adéntrate allá, yo pescaré aquí. Los conejos deben estar no muy lejos, y si hay algún ciervo por aquí, iré por ti. Tendrás que andar muy callado. —Pisa la tierra con sus botas de casquillo—. Comeremos trucha en este palmo —asegura.

—Espera —antes de irme saca de otra bolsa del chaleco una cajita de metal que abre con diligencia, y dentro hay un par de puros. Me ofrece. Lo tomo. Olemos la capa y frotamos el pie, que según me dice, es meter la nariz en lo que llama boquilla. La nariz pica pero no debe uno estornudar—. Estará fuerte —aprueba. Yo todo lo hago después de él, como un chimpancé entrenado. De otro compartimento extrae un encendedor metálico que chasca eléctricamente una llama azul e inagotable. Inclina y gira mi puro antes de cortar la cabeza con una navaja integrada al mismo. Repite el procedimiento con el propio. Luego, inhalando, lo terminamos de encender. Hay un breve reconocimiento del otro, unas gracias no dichas pero sinceras.

—¡Este es el ritual correcto, carajo! —grita hacia el cielo, desvaneciendo la sensación previa.

—¿Qué se decía para el conjuro contra ciervos veloces y escurridizos? —me pregunta y me mira como si yo supiera.

—No lo sé —respondo, pensando en qué tantas cosas puede hacer hoy en día un encendedor.

—«Tierra, fuego, sol, trampas y tabaco», conjuros y rituales agrícolas y cinegéticos —agrega.

Da una bocanada profunda que expulsa en círculos que crecen al elevarse. Me hace señal de irme hacia los árboles con un dedo reiterativo. Caminando hacia el bosque me vuelvo para mirarlo sobre el terreno abierto. Lo veo construir un arpón desdoblando una navaja y después, con plena concentración, hurgar las aguas.

Me acomodo entre arbustos húmedos; con el sigilo del cazador, puedo dispararle desde aquí y rematarlo acercándome. Para mi sorpresa, apenas entrando, frente a mí, dos conejos de pelaje manchado mastican un lecho de acelgas brillantes, recién rociadas por la brisa. Detrás de ellos, al fondo, un árbol viejo y vistoso entre el resto, grande y con ramas que se expanden sobre el cielo como las venas de un corazón. Profundizo con la mirada: hay un agujero que pareciera que se come el pasto; da la impresión de que lo ha jalado hacia adentro como una alfombra. Y ahí en la negrura, una figura escondida. Le veo una silueta humana, curvada, ojos apenas distinguibles gracias a las escleróticas. Parece respirar con dificultad o nerviosismo y mirarme fijamente. Me tocan el hombro. Suelto un grito que de inmediato es tapado por su mano. El puro cae al suelo. La fuerza con la que me toma es impropia de nuestras complexión, al grado que me vuelvo hacia el temor de mi fragilidad.

—Shhhhh —despide en mi oído, y al soltarme, pone el dedo en los labios. Estoy a punto de golpearlo y huir, pero señala a la distancia un ciervo adulto, macho, hermoso, de largos cuernos enramados. Estático. Pisa mi puro y lo hace trizas.

—La naturaleza está dispuesta hoy —murmura.

No sé en qué momento le cedo el rifle; hace todo con tal naturalidad y fluidez que podría arrebatarte los zapatos mientras te habla sobre el clima.

Los dos nos agachamos y con los codos avanza frente a mí, hasta posicionarse detrás de unas coníferas peludas, que hubieran sido perfectas para dispararle a él. En un costado entierra su puro, dejándolo como vara de incienso. Toma una inhalación que le truena la espalda y al momento de exhalar sale la bala; el estruendo hace eco por todo el bosque. El ciervo que bebe agua del río se mueve alertado por el sonido, pero el impacto es veloz y explota de lleno en su costado; apenas logra avanzar unas pisadas confusas más y cae. Nos acercamos corriendo, él va mucho más adelante que yo, y sé que tiene el rifle.

Sonríe como loco al llegar; el ciervo mueve las patas como si intentara correr pisando la nada y suelta gemidos de dolor que parecieran a punto de expulsar su garganta por el hocico. Sus ojos lastimosos y oscuros se llenan de fluido y parece que nos observa con una devastación absoluta, como si tuviera la misma conciencia que tiene un humano sobre todo lo que pierde al morir. Y quizás sea así. Estoy a punto de tocarle la nariz mojada para acompañarlo en su agonía, pero él le clava la navaja en el centro de la frente; la sangre salpica su pelaje hermoso y café. Los oscuros ojos se apagan sin cerrarse.

Grita, aúlla como lobo, me invita a celebrar, pero no puedo. La escena me perturba.

—Ayúdame —me dice—. Hay que atarlo al techo del automóvil, mejor ahora que después. —Se cuelga el arma al hombro y saca unas cuerdas delgadas, oscuras y de apariencia frágil, pero duras de metal, que ata a las patas. Se apresura por su puro en las coníferas y lo pone en su boca. El mío está destrozado entre las plantas secas.

—Ayúdame de este lado —me dice casi como orden. Yo pienso en quitarle el arma, pero arrastramos el cuerpo de regreso a los autos y lo subimos con escollo al techo. El metal rebana pedazos de las patas y se asoma el músculo. En un momento me doy cuenta de que estoy solo en el techo de su camioneta, haciendo nudos como un eunuco. Lo busco con la mirada; sale de detrás de un árbol subiéndose la bragueta y con el rifle en el hombro derecho.

—Tuvimos mucha suerte. Ni siquiera perdimos tiempo. Ahora vamos por las truchas, que queda bastante día; no te imaginas cómo las preparo al lado del río. —Le quiero decir que no, que me devuelva mis pertenencias, pero sin inmutarse de lo que pueda declarar, comienza a andar sobre el mismo camino de vuelta al río. Entonces convengo que esperaré a la fogata.

Deja el rifle a un costado, se sumerge para cazar truchas; ya no utiliza el arpón armado, las toma con agilidad y las golpea varias veces contra las rocas afiladas, luego las arroja en la bolsa, que se mueve hasta que no. Está extasiado y mi comportamiento es opuesto y notorio. Pero no le importa; parece que danzara, como si fuera parte de todo lo que se ve. Encendemos la fogata con algo de gasolina y palos, y organizamos las rocas como si fuera un antiguo ritual. Clava una vara ancha a cada lado, que previamente afiló con su navaja. Frota sal en las escamas, bastante de ella. Y luego atraviesa las truchas con poco esfuerzo. La madera se empieza a carbonizar, y encima de ella coloca a los peces inertes; el olor que despiden me hace rugir las tripas.

El sol comienza a caer y siento una extrañeza en todo esto. Le cuento sobre lo que vi en el hoyo del árbol y me responde que aquí los gatos salvajes imitan las posturas humanas para alejarnos.

—Es preocupante cuánto conocen los gatos sobre el miedo que el hombre le tiene a otro hombre —me dice.

—Sobre todo aquí —agrego con seriedad.

Saca unas botellas de alcohol, impregnadas con sangre y pedazos de pescado. Bebe de una como si se echara agua después de días en el desierto. Abre la mía y me la extiende. Al cabo de un rato, después de picar las escamas, me da una de las truchas empaladas. Hunde sus dedos toscos en otra y arranca la carne ya suave; la piel del pescado se estira y se arruga al soltarla. Come todo el puño y hace un gesto de insoportable exquisitez. Su cara suda; sus manos parecieran crecer con el fuego. Yo recupero el arma, sentándome al lado de ella. Mientras esté cerca de mí, no tendré problemas cuando llegue el momento, tampoco miedo.

—Aunque quizás no sea un gato. Cuentan aún esa leyenda aquí: que escondidos entre los árboles más viejos están los demonios, castigados por Dios. Desde ahí maquinan a su merced a las plantas, a los árboles, a los animales, como nosotros. Nos hacen disfrutar, sufrir o morir incluso. —Arranca un trozo de piel con los dientes y prosigue hablando y masticando con desfachatez—.

—Son ruines, pero también justos. Castigan sobre todo a los niños malos que desobedecen a sus padres; con eso nos mantenían a raya. Decían que te convertían en enanos, con dientes maltrechos, amarillentos, desnudos y de los colores de la descomposición asquerosa. No son duendes, eso es muy importante que lo sepas; muchos dicen que lo son, pero no, son demonios, recuerda eso. La gente de aquí no le tendría miedo a ningún maldito duende. Colgaríamos sus cráneos como adorno encima de las puertas. Pero los demonios cuelgan los nuestros encima de las suyas. —Se limpia con un pasar de la mano, haciendo lodo con los jugos y la tierra.

Arranco la carne con los dientes y de inmediato incita el hambre. Y sé muy bien que estoy alerta, pero me pega el leve latir de mi cuerpo: no está tenso, quizás hipnotizado por el calor de la fogata, el sonido arrullador del río, la lluvia endorfínica que liberó el exhausto. Y tengo el rifle a mi lado, tocando mi pierna, recargado en mí. Seguro. Listo.

Oscurece por las nubes; amenaza una tormenta porque a lo lejos caen rayos trípodes. Suenan aullidos. ¿Habrá gente cerca? No lo creo; los poblados están lejos y hay otras secciones más cercanas y mejores para surtirse de las bondades de la naturaleza. Estamos solos, atrapados por varios kilómetros.

Él me mira y su boca se mueve como un ventrílocuo; casi no le pongo atención a su marrullería, pero distingo pedazos de anécdotas colegiales, descripciones, actualizaciones de gente que conocimos, pedazos de cómo nos llevaban de excursión cerca de aquí. Pero evita el tema que ya comienza a escabullirse entre historias.

—Aquí crecí yo, en esta zona maldita y bendita, tú lo sabes desde hace tiempo; no había mucho que hacer y sin embargo todo era intrigante. Y ahora mírame, soy más citadino que tú — Luego cuenta con una ambigüedad entre la ironía y el resentimiento—: Soy las dos partes, un lobo y un perro: puedo comer carne directamente de la costilla recién arrancada de un ciervo, o sobrevivir con dos manojos de arroz. Tomar agua de pozo. Pero también he andado la ciudad, la penetré, aunque de principio me rechazara su gente. —Me sostiene la mirada como si esperara a que le diga algo.

Suelta una terrible carcajada que, como un olor a mierda, se queda merodeando por minutos después de creada. Me limito a escuchar, a asentir con la menor pizca de condescendencia posible. Siento una ira que crece en mi pecho; me doy cuenta de que mis puños y mi quijada están apretados, reaccionan a su presencia, como si mi cuerpo le odiara por partes individuales, cada una con su propio peso específico de ira.

—Mira esas botas que traes, mira las mías. Soy un consumista obstinado, tengo tantas sorpresas en las bolsas de este chaleco que podríamos sobrevivir una semana o más. Mucho más si fuéramos caníbales. Ya sabemos quién se comería a quién, ¿no? —Y carcajea otra vez, con esa ascendente molestia. Es un silbido maligno, viene desde el fondo de su garganta y es como si gritara un cáncer, anunciando sus futuros terrores. Sus dientes incisivos están cubiertos por una masa amarillenta, blanquecina, espesa. Me empiezo a incomodar, a sentir débil. Por un momento pienso que me ha drogado, pero mientras tenga el rifle no hará diferencia, no a esta distancia. Él permanece tranquilo; me parece que sabe. ¡Sí lo sabe! Por fin lo menciona. Arroja con fuerza la botella vacía hacia la penumbra. La escucho caer lejos.

No puedo distinguir su rostro, pero su inclinación en mi dirección es inquietante. Aprieto el rifle. Él lo nota. Siento cómo se riega el sudor por el guardamanos de madera. A lo lejos, detrás de él, veo la figura. Se mueve en dos patas, brillan sus ojos, se puede notar una curvatura pronunciada en su espalda, pero es imposible vislumbrar el cuerpo completo. Él lo señala y se burla. Hace frío en las piernas, tanto que duelen.

—Deja te cuento una breve historia. —Inclino la cabeza; no es un sí o un no, es solo un movimiento inexacto.

—Siempre tuve mucha curiosidad, digamos, sexualmente. Pero aquí no hay mucho que hacer al respecto. Fue mi prima mayor la que… ¿cómo lo diríamos? —Se pone el dedo en la boca y mira hacia arriba.

—Me ayudó por primera vez. Sentí que me abría el cielo con su mano, no te miento —me dice, y se le arruga la cara.

Se acerca en la oscuridad, la sombra. Me tenso al rifle; aquí está conmigo, a mi lado, estoy a salvo. Pero veo cómo su figura crece. ¿O es que estoy alucinando?

—Muchas veces me dejaban solo aquí, a veces por semanas para cuidar la casa mientras ellos vendían pescado en la ciudad. Siempre me creyeron el débil. Una ocasión tomé al gato de la familia, un macho regordete…

Entonces me vienen los recuerdos. ¡Se burla de mí! Levanto instintivamente el arma y le apunto a su cabeza, que se mueve con el pasmo del fuego. Los dientes notorios, los muestra, se abre la boca demasiado como para estar solamente hablando; es casi una declamación.

—¡Me intenté fornicar a ese animal! Se defendió como salvaje, me arañó los testículos, el estómago, las piernas. Hasta la fecha se pueden observar las heridas. ¡Ah, no tienes ni idea de la humillación! —grita.

—Me avergonzaba bañarme en el río con mis hermanos, me adelantaba siempre para que no las vieran. Pero las notaron. Probablemente hablen sobre eso a mis espaldas todavía—

La boca del arma se calienta con las brasas de la fogata que nos divide. Me llegan todos los recuerdos. Esa escuela empobrecida de colores menta, las puertas del baño con seguros destrozados. Y él, con lo que le quedaba de niñez en su cara. Era ese gato en su figura humana incrustando sus garras en mis muslos, el mismo que nos mira ahora. El pantalón abajo. La sensación seca y palpitante. La náusea implacable que se apodera de mí cada que estoy con una mujer, con cualquier mujer. 

Le pego completamente el cañón hirviendo a la frente; le quema, porque oigo la marca chamuscando y veo el humo. Pero no se mueve. Solo frunce el ceño: 

— ¿Cómo iba a saber yo que el gato de ciudad fuera tan dócil? —y ríe como si se burlara del muerto en un accidente de tránsito.

Siento esa presión en el pecho, ese ataque humillante. Intenta con su mano alcanzar mi muslo. 

Doy un paso atrás —¡Cállate! —grito tembloroso, y es lo único que puedo. Anhelo odiarlo como digo. Pongo el dedo en el gatillo. No sé si las lágrimas son de coraje o es el hábito.

Entonces tira algo al suelo, cerca de mí: las balas ruedan por el pasto. Lo sabía ya. 

Aprieto y lo único que sale es el esperado sonido de la derrota. Seco y vacío. Detrás de él, los ojos: la figura, el gato, el demonio o lo que él quiere que sea, como audiencia del verdugo. Me comprime el bosque, como si empujara su aire contra mi cuerpo desde todos los polos para reducirme a conserva en un frasco.

—¿Aún aparezco en tus pesadillas?—

—Quisiera que esta fuera una.

Subo mi mirada atónita, impotente.

《¿Crece porque el diablo es grande o porque me arrodillo ante él?》

Llega al tamaño de un ciervo en dos patas. Me muestra vanidoso su longitud. Y se tira sobre mí. 

No quiero creer que viviré soñando otras posibles vidas sin darme cuenta de que una falsa pesadilla controla todo. 

Dentro de mi cabeza estoy en mi auto, veo los aserraderos. Luego a él, en su auto. Se va hacia el río y, conforme se aleja, se va haciendo pequeño y no queda en mí ni un resquicio de miedo ni odio.

Siento el viento fresco de la mañana directo sobre la piel. Abro los ojos. Me levanto. Mi mirada lentamente se acostumbra a la luz. El sol se anuncia anaranjado y vaporoso. Regadas alrededor de la fogata de cenizas grises están mis prendas. Las suyas, acomodadas cuidadosamente en forma de torre sobre el chaleco militar. Arriba está la ropa interior. Las botas, una con la otra. Me cubro el pecho con mi propio abrazo. Sopla un viento entrometido. El arma está recostada en una roca, apuntando hacia allá, a una distancia adecuada, distingo su figura a contraluz, desnudo y calmado, bañándose en el río.

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