La primera vez que la vimos, debimos matarla.
La tarde de ese jueves llegamos temprano a la nueva casa. Sonia todavía no se hacía a la idea de que estaríamos viviendo en una casa alpina de campo, con una habitación principal tipo loft que quedaba justo sobre el área de la cocina. El espacio al aire libre era suficientemente grande para tener nuestro huerto, para que el gato explorara libremente y donde finalmente podríamos tener algunas gallinas. Nada de eso queda ya, pero a veces juro que escucho al gato maullar y a las gallinas aletear o pararse en hojas secas. Sonia tenía pocos años de estar ejerciendo como terapeuta con especialidad en traumas y fobias cuando decidió dejarlo por un tiempo, mientras nos ubicábamos en nuestro nuevo hogar. Yo podía trabajar desde casa. Dedicaba una jornada de 7 horas al día. Viajaba solo una vez al mes por una noche fuera de casa. Sigo agradecido de que Sonia tomara esa decisión, permitiéndonos dedicarnos a otros proyectos. En retrospectiva, eso pudo habernos afectado más de lo que imaginé… aún más que esa maldita araña.
Los primeros meses fueron un sueño. Nos adaptábamos rápido al nuevo pueblo, a los vecinos y a su clima. Teníamos ya una pequeña variedad de hortalizas y hierbas para cocinar, el gato cazaba con regularidad y solo habíamos perdido una de las nueve gallinas que adquirimos. Era mi favorita. Sonia se veía descansada y emocionada de tener un jardín vivo que daba gusto visitar. Al jardín llegaba todo tipo de fauna, podíamos ver a las ardillas saltar de rama en rama; y en las piedras del camino a garrobos tomando el sol. También teníamos un desfile constante de mariposas, avispas y diversos insectos que, con el tiempo, terminaron atrayendo a la araña.
Habíamos colocado una thunbergia y la guiamos hasta que tomó la forma de un arco que daba entrada al huerto. Para entonces, las primeras inflorescencias en péndulo ya adornaban el portal, y fue justo debajo de ellas que la vimos por primera vez. Era una araña pequeña, de poco más de dos centímetros, con colores llamativos entre azules y grises, y un abdomen que formaba una especie de corona de cuatro puntas. Ambos nos sentimos atraídos por la criatura. Nos intrigaban la forma de su abdomen y sus colores, tan distintos a los de cualquier otra araña que hubiéramos visto antes.
Al principio solo fue curiosidad. Buscamos información en internet y encontramos especies similares, pero ninguna coincidía del todo: incluso dentro de lo que creíamos que podía ser su especie, la forma y los colores de su abdomen resultaban inusuales. Llegamos a pensar, medio en broma, que podía ser algo único, un espécimen que no se repetiría en el planeta. Así empezó todo: como un pasatiempo inofensivo. Comenzamos a arrojarle mosquitos, zancudos y moscas a la telaraña para verla reaccionar, para alimentarla. Fue entonces cuando empezamos a llamarla Octicia. Fue idea de Sonia. Teníamos otra cosita pequeña y adorable que cuidar.
Pasaron algunos días en los que, cada mañana, apenas despertábamos, salíamos con nuestras tazas de café a observar a la pequeña araña. Empecé a tomar el café de la mañana en el jardín antes de sentarme frente a la computadora a trabajar el resto del día. Sus tonos azulados y grises brillaban de tal forma que por momentos parecían plateados. Una vez juraría haber visto cómo cambiaba de color, como un efecto tornasol, justo frente a mis ojos.
Nos resultaba casi hipnótico observar cómo, cuándo Sonia dejaba caer un zancudo o una mosca en la telaraña, Octicia se precipitaba, inclemente, hacia el tributo ofrecido, envolviendo a su presa con una rapidez y precisión casi calculadas. En varias ocasiones la sorprendimos devorándolas; nos avisábamos mutuamente cada vez que se movía, como si temiéramos perdernos algo importante. Pasadas las primeras dos semanas, nuestro interés por la criatura había mutado en fascinación, hasta el punto de comenzar a documentarla. Nos afligíamos cuando se resguardaba de la lluvia bajo las hojas de la enredadera. Compartíamos fotografías en redes sociales y Sonia tomaba notas sobre su comportamiento. Notábamos que los colores de su abdomen se volvían más vivos, y yo a veces seguía percibiendo ese efecto tornasol.
Comenzamos a informarnos más sobre arañas, intentando entenderla mejor. Discutíamos teorías sobre su apariencia tan particular y su rápido crecimiento. Sonia pensaba que podía tratarse de una mutación poco documentada, tal vez una especie desconocida en la zona. Algo en lo que ambos coincidíamos era en la idea que, de algún modo, su presencia nos decía algo de nuestro entorno. Como si nos confirmara que estábamos haciendo un buen trabajo en el jardín.
Con el paso de los días, sin darnos cuenta, empezamos a organizar nuestras rutinas alrededor de ella. El café de la mañana dejó de ser solo café: se convirtió en el momento de verla. Apenas abríamos los ojos, ya existía una especie de acuerdo silencioso entre ambos, como si el día no pudiera comenzar sin comprobar su presencia en la telaraña del arco de thunbérgia. Si estaba ahí, todo parecía normal. Si no estaba, nos quedábamos un instante más de lo debido mirando el vacío, esperando a que reapareciera. Algunas mañanas me quedaba observándola unos minutos más de lo previsto antes de empezar a trabajar.
Sonia fue la primera en decirlo en voz alta: que quizá no debíamos intervenir demasiado, que lo mejor era observarla sin alterar su comportamiento natural. Lo dijo con su tono profesional, casi clínico, como si todavía estuviera en consulta. Yo asentí sin pensarlo demasiado. Aun así, sin cuestionarlo, seguimos alimentándola. Cada mañana alguno de los dos dejaba caer un insecto en la telaraña, como parte del ritual. No era una decisión consciente, sino algo que simplemente ocurría, como si la idea de no hacerlo hubiera dejado de existir.
Con el tiempo la observación y el cuidado de la araña se volvieron fijos, casi obligatorios. Ya no queríamos verla, ni simplemente nos gustaba, sentíamos que, si no la veíamos en cierta cantidad de tiempo, algo iría mal. La compulsión de vigilar a Octicia nos llevaba a sentir un alivio inusual cada que lo hacíamos. Ambos expresábamos una sensación de ansiedad cuando llevábamos un tiempo sin ver o alimentar a la araña. Después era como si estuviera pactado, sin haberlo dicho, solo hacíamos. Terminé trasladando la computadora portátil a la cocina. Me resultaba más cómodo trabajar cerca del huerto y aprovechar para observar a Octicia. Empecé a salir solo por las noches; me decía que era mejor verla sin distracciones, pero en realidad la oscuridad había dejado de ser un momento del día y se había convertido en un estado en el que todo se sentía más cercano, más íntimo. En ese silencio la araña realmente me respondía.
Una de esas noches, pude reparar en el patrón de la telaraña. Recuerdo que encendí la linterna de mi celular para observar de cerca. Había identificado formas que en ese momento juraba que no eran aleatorias, como con proporciones que me recordaban a cosas que había leído en libros de esoterismo. No supe cómo explicárselo a Sonia sin sonar absurdo, pero aun así lo intenté. Ella dijo que estaba exagerando, que solo era una telaraña. Su respuesta me irritó más de lo que quise admitir. En ese momento pensé que quizá no lo entendía porque ya no venía conmigo a verla, como si su ausencia le hubiera quitado la capacidad de ver lo mismo que yo veía.
—Hoy está de mal humor, pareciera. — le comenté una mañana a Sonia, luego de ver que Octicia se escondía bajo una hoja y que ignoraba a las presas de esa mañana. — Ayer estaba más activa, creo que no le gustó lo que le tiramos.
Fue la primera vez que Sonia no comentaba nada. Guardó silencio. Pude ver que crecía en ella una frustración que no llegaba a entender. Había momentos en que la araña reaccionaba más a mi presencia que a la de Sonia, si es que reaccionaba con ella. Sonia me decía que solo lo imaginaba, que se estaba cansando de mi obsesión con la criatura. Mas tarde me negaba haber dicho tales cosas. Aseguraba que solo me decía que ya el tema le había aburrido. Yo creía que estaba jugando conmigo. Como poniendo en práctica alguna de sus técnicas de terapias. Reconozco que era extraño cuando estábamos solos la araña y yo y comenzaba a platicarle de mis frustraciones. Inventaba razones por las cuales no podía continuar con mis proyectos y se las confiaba a la araña, pues Sonia conocía la verdad
Llegué al punto de no poder trabajar por más de 30 minutos consecutivos. Pensar en el bienestar e la araña me ocupaba más tiempo que los informes pendientes. Me descubrí cambiando cosas del jardín para el bien de la telaraña. Movía plantas de lugar, colocaba telas en lo alto para protegerla de las lluvias. Cortaba ramas de arbustos y árboles que podrían dejar caer sus hojas y dañar la telaraña. Dejé de preparar el concentrado de las gallinas en casa; los costales de granos y ceniza deslucían el espacio alrededor de la araña. También eliminé las hortalizas que no atraían insectos y pronto noté que la telaraña crecía más rápido y con mayor vigor. Sonia volvió a comprar las verduras en el mercado. Casi dejé de usar la puerta del jardín hacia la cocina. Reorganicé los senderos para que condujeran naturalmente hacia Octicia, aunque sin acercarse lo suficiente para perturbarla. Con el tiempo terminé cortando la mayor parte de las plantas; necesitaba que más luz alcanzara la telaraña. Ahora sí podía ver siempre el efecto de sus colores. Reordené las piedras y las macetas en largas líneas convergentes que conducían la mirada hacia Octicia, todo debía orientarse hacia ese punto. Era difícil explicarme la paz que me traía tener todo listo para la araña. De todas formas, esa paz duraba poco.
El primer sueño con la araña no fue tan inquietante como las pesadillas que tendría con el tiempo. Soñaba que trabajaba en mi escritorio cuando la araña se paseaba por el teclado de la computadora y se perdía debajo de las teclas. Antes de que pudiera comenzar a buscarla, por miedo a que algo le pasara, despertaba. Entonces me apresuraba, como por inercia, a ver si todo estaba bien con ella.
Comencé a llevarle presas cada vez más grandes. La araña había crecido bastante. Su tamaño estaba por igualar al de la palma de mi mano. Sonia se molestó conmigo las primeras veces que le intenté dar quecos malheridos que el gato había atrapado. Otras veces le dejaba caer cucarachas y mariquitas sobre la telaraña. Sonia decía que era cruel o innecesario. La primera discusión fuerte la tuvimos cuando ella sugirió que ya no la alimentáramos. No me explico ahora como eso me molestó tanto. Le levanté la voz de forma desproporcionada. Desde ahí, ahora que recuerdo, todo empezó a ir mal. No reconocía mi obsesión. Ni siquiera el día que descubrí que tenía una semana sin avanzar ni una página en los informes contables del proyecto. Ignoraba llamadas de los beneficiarios y de mis auditores. Cada vez me interesaba menos cualquier cosa que existiera fuera del jardín, de la casa y del pequeño mundo que rodeaba a la araña. Luego de que me pidieran darme unos días de descanso, me sorprendía dedicando mi tiempo libre a la casa, pero cada vez en menor medida a todo lo que no fuera el jardín.
Algunas tardes me sorprendía parado frente al portal de la thunbergia, despersonalizado, mirando la telaraña durante largos periodos sin hacer nada. Estoy seguro que en uno de esos momentos, al volver a la realidad, pude notar que los cambios de los colores de la araña eran más intensos. Había un nuevo color purpura tan oscuro que parecía negro, pero que con la luz desde el ángulo adecuado revelaba sus matices. Sonia no pudo notar este cambio cuando la invité a verlos. Esto dio origen a otra pelea que en este momento no logro entender. En ese momento solo sentía que ella ignoraba a propósito la importancia de Octicia. Un día Sonia quiso confrontarme y respondí con aún más agresividad. Recuerdo que traje a la mesa discusiones viejas que nada tenían que ver con la araña.
Cuando llegué al punto de aislarme socialmente y de no hablar de casi ningún otro tema que no fuera la araña, Sonia intentó hacerme preguntas para entenderme. Me hacía comentarios que yo ya reconocía como protocolarios de una terapia. Eso me molestaba más. Todas las madrugadas me despertaba a revisar la telaraña. Estaba seguro que la misma araña me había despertado de alguna forma, pidiendo que la protegiera y la vigilara. Cuando Sonia me propuso, una única vez, que nos deshiciéramos de la araña, comenzó una discusión imparable que terminó en gritos e insultos. Ella asegura que nunca levantó la voz, que fui solo yo. Me decía que parecía que yo estaba teniendo una discusión con alguien más, que contestaba a cosas que ella no había dicho.
Pasaron tres días enteros en que apenas me apartaba de la telaraña, pues estoy seguro que cambiaba de colores mientras nadie nos veía. Hasta las puntas de la “corona” en su abdomen cambiaban de tamaño según lo que yo sintiera cuando estaba cerca. Me hacía sentir seguro estarla viendo. Tanto que comencé a ver patrones en la telaraña que me ayudaba a tomar decisiones sobre mi vida. Una de esas decisiones fue dejar de fingir que necesitaba a Sonia en mi vida. Especialmente porque sé bien que ella quería deshacerse de Octicia a escondidas. Por eso revisaba compulsivamente el jardín. Después ya ni dormía bien. No me importaba cuidar de nuestra casa. No me importaba cuidar mi proyecto. Por esa razón lo perdí. El día que Sonia se fue, me dijo al principio que solo se iría unos días. Me aseguraba que no se sentía cómoda conmigo. Le dejé claro que era ella quien no entendía ni respetaba algo más importante que nosotros dos. Recuerdo poco de esa noche. Solo que Sonia salió llorando de la casa. Yo me quedé a cuidar la casa que tanto nos costó conseguir. El jardín que tanto nos había dado. Nuestro espacio que era demasiado delicado y perfecto como para dejar que algo cambiara.
Aunque extrañaba a Sonia, todo parecía estar más tranquilo en casa desde que dejó la casa. Podía pasar más tiempo con la araña. Me importaba menos asear. La privacidad le permitía a Octicia cambiar a colores más intensos. Renuncié como director del proyecto. A los días comencé a deprimirme por la partida de Sonia. Algunos días sentía que la compañía del gato y las pocas gallinas que quedaban no eran suficientes para mí y la araña. Creo que muy tarde me di cuenta que el gato había dejado la casa. Tal vez varios días antes de que lo notara. Recordé que ya tenía semanas de no alimentarlo. A veces todavía creo escuchar al gato en la cocina y por un instante asumo que Sonia regresará por la noche. Luego recuerdo —o intento recordar— que ya pasó más de un mes desde que se fueron.
Desde que entendí que estábamos solo la araña y yo en esa casa, comencé a tener pesadillas horrendas. Todas involucraban a la araña. Veía seres oscuros que no tenían forma. Escuchaba alaridos demenciales que venían de la calle y que se iban acercando a medida mi corazón latía más rápido. Despertaba con sensaciones de ardor y ansiedad. Me descubría de pie en el patio, seguro de que aún estaba soñando, frente al portal de una thunbergia que apenas sostenía unas cuantas hojas y ni una de sus flores.
A veces me siento seguro de que he despertado. Me visto y lavo mi cara para ir a ver a la araña, solo para caer en cuenta que seguía dormido y paralizado en mi cama. A veces sospecho que la araña percibe cuando empiezo a dudar de todo esto. Entonces altera la telaraña. Las nuevas formas suelen ser menos armónicas, más densas; no sé por qué, pero me cuesta mirarlas demasiado tiempo. En estas ocasiones puedo escuchar ruidos que no alcanzo a comprender y estoy seguro que vienen de la telaraña. A veces me quedo viendo la telaraña y siento que me recuerda a la oscuridad. Siento la necesidad de poner mi espalda contra la pared y tapar mis oídos. Cuando estoy frente a la telaraña, a veces paso horas sin moverme mucho, es mas fácil así, para no tentar a la suerte. A veces se me dificulta alejarme siquiera para ir al baño. En otras ocasiones ni siquiera me quiere dejar ir. Cuando pensé en el diseño de la casa no había imaginado que se vería tan equilibrada con las telarañas de Octicia. Empiezo a creer que siempre había estado fuera de lugar antes de vivir en esta casa. La sensación de las pesadillas no desaparece al despertar; el aire sigue sintiéndose denso, inmóvil, como si algo invisible ocupara demasiado espacio dentro de la casa. He intentado alejarme de la casa por varios minutos, pero en cuanto más me alejo de la araña más se intensifica una sensación de hormigueo caliente debajo de mi piel, como si tiraran de hilos finísimos pegados a mí. Ya no recuerdo hace cuánto se fue Sonia. La extraño. Pero estoy seguro de que se marchó antes de que Octicia terminara de tejer el mensaje. Todavía siento que puedo ir a despertar a Sonia para que iniciemos el día juntos, pero la araña necesita atención, aunque ya no hace falta traerle nada. Ella suele encontrar lo que necesita. Ahora vuelvo a escuchar al gato en la cocina y la voz de Sonia entre los utensilios, como si la casa no hubiera cambiado nunca. A veces creo recordar que se fueron. A veces siento que aún podrían estar en la cocina, pues Octicia sigue en el centro de la telaraña, paciente. Yo espero a que termine su trabajo. Tomará más tiempo que los envuelva por completo.
Eros de Onírias
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