Postrado en aquella cama de hospital, me encontraba contemplando como el sol se asomaba y ocultaba por la pequeña ventana del cuarto. El insistente ruido de las manecillas del reloj eran mi única forma de entretenerme, aunque algunas veces me perdía en el horizonte de mis recuerdos, aquellos que parecían tan lejanos, momentos en los que se podría decir que “era feliz”. Aún no podía recordar cómo era que termine ahí, sin embargo, no hacía esfuerzo suficiente para indagar con los doctores sobre mi situación actual, ni cómo había llegado a dicho lugar. Los dolores en la parte posterior de mi cabeza, hombros y pecho eran incesantes, a tal grado despertarme por las noches y terminar con medicamentos para poder conciliar el sueño, aunque preferiría no hacerlo, ya que ella aparecía en cada uno de ellos. Siempre el mismo escenario, la misma conversación, el mismo interés aparentemente mostrado y al final la terrible verdad. El estar solo dentro del pequeño cuarto, me hacía reflexionar sobre lo sucedido, aunque la realidad y la ficción algunas veces me jugaban una mala pasada, podía distinguir apenas una de la otra. Los días transcurrieron tranquilos, no se cuantos fueron, pero un dia muy temprano, llegó un señor ya mayor, vestido de blanco a darme una buena noticia.
– Buenos días cómo se siente. Preguntó mientras me realizaba un chequeo de rutina.
– Bien. Conteste en seco.
– Me podría decir porque sigo aquí, necesito regresar a mi trabajo. Comente.
Sin embargo, parecían que mis palabras no lograban su cometido. Él seguía contemplando mis heridas, al terminar solo dijo.
– Ya puede retirarse. Sus heridas han sanado, no tiene secuelas de la contusión sufrida. Le daré el alta y podrá irse por la tarde.
– Muy bien. Conteste sonriendo.
El señor llenó unos papeles y salió sin decir alguna palabra. Los segundos parecían eternos, el sonido del reloj cada vez se volvía más lento, el tiempo jugaba en mi contra, pensé. Permanecí en silencio durante la tarde hasta que se vio interrumpido mi letargo. Alguien tocó a la puerta y al abrir contemplé una silueta de una mujer.
Enfermera, pensé.
– Buenas tardes señor. Le traigo sus pertenencias. Mencionó.
– Muchas gracias, conteste. Mi voz sonaba algo cansada.
– ¿Se siente bien? Preguntó.
– Solo quiero salir de aquí. Conteste.
– Lo entiendo señor. A pasado bastantes días aquí. Mencionó.
– ¿Enserio? Mencioné sorprendido.
– Así es señor, de hecho solo ha tenido una visita. Dijo.
– ¿Quién ha venido? Pregunté sobresaltado.
– Una señorita, dejó una nota. Mencionó mientras buscaba entre mis pertenencias una hoja arrugada.
Me la dio, la tome con desespero, la empecé a leer y pude distinguir su inusual forma de escribir.
Es de ella, pensé.
– Muchas gracias, mencioné mientras tomaba mis cosas y trataba de recordar qué había pasado y porque termine ahí.
Mientras lo hacía, sentí una mirada sobre mí, al voltear pude observar a la joven enfermera contemplarme.
– No recuerdo cómo es que terminé aquí. Le comente cabizbajo. Ella sonrió un poco tímida, después solamente dijo,
– Podría ayudarle a recordar. Mencionó divertida.
– Muchas gracias. Asentí.
Y así pasaron un par de horas, las cuales parecieron minutos. La plática fue tan amena que había olvidado mi alta médica, la cual había pasado hacía bastantes minutos. Al fin pude recordar el motivo por el cual estaba en el hospital, un infarto había llegado a mi, después de una noche decepcionante, trágica, pensé. Sin embargo, gracias a la rápida intervención de los paramédicos , y a los cuidados del hospital logré sobrevivir.
Cuando estuve al fin solo, observé detalladamente el trozo de papel arrugado que había colocado en un pequeño rincón, el cual contenía múltiples letras acomodadas de manera específica, capaces de fracturar poco a poco tu realidad, herirte lentamente y sumirse en una profunda melancolía.
Contemplar esa carta me hizo recordar el pasado, los momentos dulces, lugares mágicos y noches maravillosas donde nos imaginaba siendo uno. Sin embargo, contemplarlo también causó una mezcla de sentimientos, desesperación, frío, temor, resentimiento. Aún tenía escasos recuerdos de aquella cita en la que nunca llegaste al lugar, imagino todos los motivos por los cuales escribiste todas esas palabras, momentos en los que quizá tu mirada desviaba la mía. Mientras yo, desesperadamente trataba de mencionarte lo importante que eras para mi, pero tu ignorabas cada una de mis palabras, evitándolas cual charco bajo la lluvia. Imaginaba tu silencio, tu desprecio, eras fría ante mi calor, mantienes tu espacio mientras yo me aferraba al vacío. Quizá el tiempo pasó lentamente cuando empezaste a hablar, pues tus letras eran palabras que penetraban mi piel cual finas agujas, derrumbando mi mundo en total oscuridad.
Respiré profundo y volví a dejar mi mente en blanco para leer por décima vez su contenido escrito con tinta roja.
“ Dia 1 de sep. Siendo las 9 de la noche, me disponía a celebrar contigo una velada que, tal vez cambiaría mi vida. Sin embargo, aquella noche antes de salir al restaurante me llegó una noticia que me hizo cambiar de opinión. Sé que tú no tienes la culpa de lo que me ha sucedido a lo largo de este tiempo, sin embargo quiero que sepas que, todos los momentos y pláticas que pasé junto a ti fueron divertidos, inusuales, sentí como cambiaste mi mundo para bien, te lo agradesco. Pero existe un gran motivo por el cual no llegue ese día a dicho lugar, durante todo este tiempo, espere a una persona que para mi, lo es todo, pero un día esa persona se alejó sin decir más. Esa noche antes de partir, me sorprendió regresando a casa, se postró frente a mi. En ese momento no sabia que decir o hacer. Él me tomó con sus manos y nos fundimos en un abrazo, se detuvo el tiempo, mi corazón volvió a latir, regresó el calor que necesitaba mi piel, y aunque sólo fueron unos segundos, pude recordar todos aquellos momentos que habíamos pasado juntos antes de que él se alejara. No me queda más remedio que despedirme de ti, eres una persona muy especial, te recordaré como lo que eres, un hermoso ángel que me tope por este camino. Te pido perdón por no despedirme en persona, lo siento mucho, no debí haberte hecho ilusiones de algo que no puede suceder. Cuidate y te deseo lo mejor.”
Cuando termine de leer la carta, me alejé de ella y me senté en una silla que daba a la intemperie, trate de no pensar en las palabras que había leído, aunque algunas de ellas seguían rondando mi cabeza. Pasaron algunos minutos hasta que el cansancio comenzó a mermar mi estado de ánimo y cuando menos lo pensé yacía dormido en el mismo lugar. Aquel, solo me ilusionaba. Los sueños me transportaban a un lugar en el cual éramos libres, un lugar donde jamás nos conocimos y por ende éramos felices.
Ahora, con un brío distinto, una mentalidad positiva, empuñando aquella nota “anónima” camino hacia la puerta de aquel hospital que me sacó de las puertas del cielo, regresando al infierno que llamamos “vida”.
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