Se pone siempre tres pulsaciones en el jersey, dos tras las orejas, una en el cuello, otra en la nuca, y una en cada muñeca; lo hace frente al espejo, mirándose, como inmersa en un ritual ancestral de ungimiento.

Yo acostumbraba mirarla fascinado, excitado y rebosante de amor; ella no solía percatarse de que la espiaba, tan concentrada estaba en su propósito de oler siempre a exotismo, a locura, a vainilla, a ron y a camelias.

Y lo logra. Y ella sabe que lo consigue.

Después de todo el día, por la noche, solía acurrucarse a mi lado en ese sofá de ahí; yo hecho su almohada y su manta, su refugio.

Hundía mi cara en ese pelo suyo de princesa de cuento, y me perdía en el olor de su piel, de su cuello… Cada uno de sus movimientos es fragante y envolvente. Tomaba mis sentidos y los ponía del revés.

Ahora no sé cómo sacarme su olor de la cabeza.

Yo no sé cómo sacarla de mi pituitaria. Qué sé yo cuántas veces habré lavado las malditas sábanas, esas por las que antes restregaba mi nariz cuando por la mañana, mucho después de que se hubiese ido a trabajar, pareciera que ella siguiese a mi lado, tal era la estela de esa fragancia suya que quedaba sutilmente impregnada en mi barba y en mis sentidos, acompañándome en las horas en que no la veía.

Cuántas veces la contemplé embebida en su ritual de perfume. Olía a sensualidad, a belleza, a promesa, a ella.

Ahora no puedo sacar su olor de las habitaciones. Parece enganchado a la pintura de las paredes.

***

Tampoco podía deshacerse de sus horquillas; las encontraba por todos los rincones de la casa.

Empezó guardándolas en el neceser donde guardaba sus enseres de afeitado, pero pronto decidió tirar aquellas que seguían apareciendo en la cesta de la ropa por planchar, en los armarios del cuarto de baño, en una maceta, debajo de la Play Station, entre los vinilos de Billie Holiday y hasta en el cajón de los calzoncillos.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS