Calculé: en tres días sería el aniversario de Irene, quiero decir, mi aniversario. Los pensamientos comenzaron a desbordar cautelosamente, como asomando por el zaguán. Que estaría haciendo en Rosario. Me enteré por un primo, al que nunca le pregunté como dio con el mensaje, que Irene estaba viajando, visitando parientes. Estimé que a estas horas de la noche todavía disputaba la cena. Si fuese así, es claro que no se enteró de que día… porque si supiera, si Irene recordase la fecha comenzada hace veinte minutos, a lo mejor su razonamiento habría de ser similar al mío: tres días para mi aniversario, es decir, el de Julio. Pero estando en sobremesa no va a cuidar de los datos más pequeños. Uno es feliz fuera del tiempo.
Decidí entonces, dado mi terrible situación, y antes de arrojarme al suicidio metafísico, desactivar el pensamiento. Es por analogía que uno llega a intuir la felicidad o miseria del amado u amada según corresponda. Si este principio es correcto, necesariamente el transcurso de sus horas sería similar a las mías. Podría estar tranquilo, con garantías y todo, de que en la mañana mi nombre seguiría grabado en alguna parte de su persona. Quizás en la costumbre. Vivimos para garantizar una costumbre relativamente llevadera, con precisa dosis de gustos. Helado dos veces por mes, y cerveza (no menos de tres por quincena). Que lastima no poder habértelo explicado mejor.
Irene es mujer inteligente, siempre la admire. Muchas cosas se hicieron su lugar perentorio en mi memoria, tantas otras veces endeble. Algunos detalles, como su mirada indescifrable detrás del blindex del edificio, yo en la vereda próximo al timbre. Los abrazos sencillos, que transmitían felicidad mutua.
Me puedo acostar tranquilo, tengo las garantías. Algo similar le estaría pasando a Irene. Espero que también pueda hacer esta reflexión, para poder dormir un poco. Irene, yo te conté tantas analogías, deberías haber escuchado cuando decía que eran importantes. Pobre, que mal la está pasando.
OPINIONES Y COMENTARIOS