Música, música y más música por los rincones del eco, por el aire que circunda la noche, entre los árboles y quizá a través de mi sangre. El aroma de la sangre mezclado con los murmullos del agua, la obscuridad de la noche, las gotas de lluvia deslizándose por la piel y especialmente por la música que rebota juguetona entre las vibraciones de la vida. Todo esto le da a la atmósfera la sazón necesaria para que sea casi perfecta.
Palpita y palpita la herida en las manos de quién la causa y duele en la piel de la víctima. Entre este laberinto soy víctima o victimario, yo diría que soy las dos cosas, que soy las dos cosas y quizá hasta una tercera; el arma.
Me miró con cierto éxtasis, se quitó la ropa, caminó a mi alrededor, se relamió los labios y deslizó sus manos en pos de tocar mi espalda herida, sin embargo triste encuentro; la piel estaba fría. Después de todo el tiempo transcurrido, la emoción no era la misma, y así el calor de la vida se había alejado del alma, dejando solo el caparazón. Siendo él como es, no crean que iba a jugar con un caparazón, porque él es exigente, no le agrada la degradación total del cuerpo y la lasciva del placer por ser placer. Él es exigente y de buen gusto, de esa refinación que ni siquiera Dios se ha atrevido.
Así son las cosas aquí, aquí en Carcosa el diablo no se sirve primero, se sirve al final de todo lo que puede quedar en el alma, porque allí reside la parte más pura del espíritu, el último vestigio de humanidad, antes de la monstruosidad. Y el diablo es de gustos exquisitos. El sufrimiento, los calvarios y los castigos en purgas, eso es de Dios, aquí en Carcosa el sufrimiento es un deleite que cansa, que agobia y que martiriza al tiempo que brinda placer. Después de despertar, esto es lo que hay y una vez más me devolverán a mi sitio original, para arrástrame hasta aquí tratando de satisfacer al rey y señor, pero para él todavía no es suficiente, no soy suficiente.
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