Desde niño, la vida se me presentó como un laberinto oscuro, donde cada esquina traía consigo un nuevo tropiezo. Aún recuerdo las constantes miradas de desprecio de mis compañeros de escuela, cómo se reían de mis torpezas y de mi incapacidad para encajar. Los juegos en el patio eran un cruel recordatorio de aquella soledad, y cada error se convirtió en un nuevo castigo. A menudo creía que era yo quien traía problemas a los demás; una simple existencia me parecía una carga para quienes me rodeaban.
A lo largo de los años, encontré un rayo de esperanza en un amigo que conocí en la universidad. Al principio, pensé que su compañía podría cambiar mi destino, que quizás podría experimentar la aceptación y la alegría. Pero, con el tiempo, me di cuenta de que tras su sonrisa se escondía una traición. Este supuesto amigo, que compartía risas a mi lado, hablaba a mis espaldas, susurrando mis inseguridades y ridiculizándome ante otros. La confianza que le deposité se convirtió en un veneno que consumía aún más mi ya frágil autoestima.
Todos los dias me despertaba pensando que cara usar y bueno para encontrar algo de felicidad, me refugiaba en escenarios imaginarios que creaba en mi mente. En esos mundos alternativos, me veía rodeado de amigos que me aceptaban, con risas y momentos compartidos que nunca experimenté en la realidad. Allí, la tristeza se desvanecía y el dolor no tenía cabida. Pero cada vez que la verdad me llamaba de regreso, la soledad me golpeaba con más fuerza, y esos sueños se disipaban como el humo.
Y aquí estoy en una habitación oscura, colgando de una viga con una cuerda vieja. El silencio abrumador de este momento ayuda a que las memorias de mi vida pasen ante mis ojos. Recordé las risas que nunca compartí, las oportunidades perdidas y los amigos falsos que encontré.
Y en mi último pensamiento resuena la frase: «Tal vez, al fin, seré libre de las cadenas que nunca supe romper.»
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