Veo la luz cruzar entre las rocas como si fueran ventanas. ¿Este es el fin o una segunda oportunidad? No importa. Muy poco depende de mí.
No puedo mover mis brazos. Están aplastados. No siento las piernas, pero tampoco el deseo de caminar. ¿Deseo? Apenas puedo respirar, o intentar hacerlo. No estoy en condiciones de desear.
Todo por un puñado de piedras. Ni siquiera debería estar ahí en primer lugar, y ahora soy tan parte del paisaje, de la misma forma que las rocas que me sofocan.
Dicen que el que juega con fuego, se quema. Yo me incineré. Que la codicia cobra la deuda y yo aquí, forzado a darle lo único de valor que me queda.
Puedo luchar. ¿Para qué? No sé, pero puedo luchar.
Me aferro a la vida como un recién nacido a su madre, mientras la muerte me seduce y me susurra al oído. Es cautivadora, reconfortante, elocuente.
Mis pulmones ruegan por oxígeno. Tomo un bocado por instinto, y luego me retuerzo de dolor. Las numerosas costillas rotas acompañan el movimiento.
Aprieto los dientes, los pocos que me quedan. Un par más terminan de soltarse, y caen.
La luz se hace más intensa. Cega la vista del único ojo que me queda. Arde, duele, me abriga. Es como una sábana que me cubre de los pies a la cabeza. Me da calor y me quita el aire.
La verdad, no valgo más que los tesoros que vine a buscar. Ni antes, ni mucho menos ahora. Soy un criminal por mis actos, no por mis intenciones. Son estas últimas las que rigen a partir de este momento.
¿Religión? Podría salvarme en este momento, pero no. Si seguí la correcta, mis actos me alejan de ella. Si no, mi fe puede tanto como mis manos pueden cambiar el caudal de un río.
Siento cosquillas en algunas partes de mi cuerpo, como hormigas trepando por mi piel, mi carne y mis huesos. No sé qué me desagrada más: el cosquilleo, o sentir.
Mi instinto animal se revolotea por sobrevivir. La razón intenta calmarla, ahogarla. Es una pugna interna en la que cualquiera de las opciones es la peor opción. Vaya suerte la mía.
Siento algo entre mis dedos, lo que me sorprende. No es como las rocas que comprimen mi alma. Jade. Te deseé como un enamorado a su dama. Me clavaste tus garras como un tigre y ahora no me dejas ir ni a la vida, ni a la muerte. No, me tienes cautivo. Atrapado, como la araña a la mosca. ¿Qué eres entonces? ¿Mujer? ¿Bestia? ¿Araña? ¿Todas?
He hecho mal en mi vida. ¿Qué hombre no ha hecho mal? A pesar de ello, mi tortura es peor que la de muchos. No sólo no puedo decidir mi muerte, tampoco puedo decidir mi vida.
Oí historias de Prometeo. ¿Qué nos separa al uno del otro? La vida me da respiración, con sus suaves labios sobre los míos, mientras la muerte me apuñala el corazón.
No soy un experimento de la vida. Tampoco un juguete de la muerte. No importa cuál de las dos gane, pero que lo haga rápido.
Cierro mi ojo. Pasan horas, días, años. O tal vez fueron sólo segundos. Quizás un minuto. Una vez más la luz me baña, ¿o es oscuridad? Ya no las distingo. El dolor es abrumante, ¿o ya no siento nada? Tampoco lo entiendo.
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