Marzo regresa siempre como regresan ciertas mareas del espíritu: con un rumor antiguo, con una dulzura que no se sabe si viene del pasado o de alguna región invisible del alma. Es un mes que camina despacio por los corredores de mi memoria, como si el tiempo —ese viejo cartero del universo— llegara otra vez con los bolsillos llenos de cartas que el corazón aún no termina de abrir.

Y entonces vuelven ellos.

Mis padres.

No como sombras lejanas, sino con esa claridad íntima que poseen los recuerdos cuando han aprendido a vivir dentro de la eternidad.

El 9 de marzo de 2013, en el hospital Calixto García de La Habana, dejó de respirar en este mundo el avatar que le correspondía a mi padre. Su cuerpo —noble morada que sostuvo con dignidad ochenta y ocho años de historia— no pudo resistir la silenciosa furia de una hernia abdominal que se abrió como una costura antigua del destino. Los médicos lucharon, como luchan los hombres cuando intentan convencer a la muerte de que espere un poco más; pero hay viajes que ya estaban escritos en el mapa secreto del universo.

Y así partió.

Pero algunas despedidas no son derrotas:
son mudanzas del alma.

Se fue rodeado de cariño, de respeto, de esa admiración serena que los hijos guardamos para los hombres que supieron vivir con decencia. Y antes de marcharse —o quizá desde algún punto suspendido entre este mundo visible y el otro— me dejó un mensaje.

Un mensaje breve, luminoso, casi cósmico.

Lo envió en la lengua secreta de los navegantes, de los faros y de los viejos telégrafos del planeta, como si la vida fuese un océano infinito lleno de estaciones de amor:

“Hijo, te quiero.”
(…. .. .— — / – . / –.- ..- .. . .-. —)

A veces pienso que los afectos verdaderos viajan mejor así:
en pulsos breves de luz, como estrellas que parpadean en la noche para que los hijos no olviden el camino de regreso.

Guardo también una fotografía de la boda de mis padres, tomada en 1946, cuando el mundo aún parecía joven y el amor tenía la forma sencilla de dos personas mirándose con confianza. En aquella imagen hay algo más que una pareja: hay una promesa del universo.

Mi hermano y yo todavía no habíamos llegado a la Tierra.

Pero estoy casi seguro de que, desde algún balcón invisible del cosmos —desde esa antesala misteriosa donde esperan las almas antes de nacer— los miramos y dijimos en silencio:

“Ellos.”

Los elegimos.

Y ellos, sin saberlo, aceptaron la misión.

Nos recibieron con la paciencia de los árboles y nos criaron con esa ternura antigua que no necesita explicaciones ni discursos. Nos enseñaron, con gestos sencillos, que la dignidad es una forma de sabiduría y que el amor —cuando es verdadero— no hace ruido, pero sostiene el mundo.

Tal vez por eso marzo siempre vuelve.

No sólo como un mes del calendario, sino como una puerta.

Una puerta por donde regresan sus presencias.

Porque en algún pliegue secreto del tiempo mis padres siguen tomados de la mano, caminando juntos por una calle que la muerte no pudo borrar.

Y la memoria —que es la forma más delicada de la eternidad—
no permite que su amor desaparezca.

Al contrario:

Lo mantiene vivo,

respirando despacio

dentro del corazón de sus hijos.

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