EL TRAIDOR ”

Henry pensó varias veces salir o no a la calle. Realmente no había manera de evitarlo. Ya había sido exageradamente insultado por su Jefe, cuando tras exigirle su placa y pistola, le entregó una suspensión temporal y casi le escupió la cara, cuando le gritó que abandonara las oficinas del Departamento de Policía de ese Condado Norteamericano.

Armado de valor y apoyado en sus principios morales, Henry decidió al fin salir del edificio y del servicio para el que había dedicado gran parte de su vida. Afuera de sus instalaciones, desde la puerta principal, los oficiales que aún quedaban en servicio le habían formado una larga valla para despedirlo. Debería tomar ese camino forzosamente hasta donde se encontraba el auto que lo trasladaría a su casa.

Henry tuvo que pasar entre sus ex compañeros con la cabeza inclinada y casi corriendo. De ese eterno túnel humano le quedaría grabado el sentimiento de odio, que había logrado obtener a pulso y en su contra, nada menos que por “¡TRAIDOR!”.

Ese calificativo se lo dijeron todos y cada uno de los oficiales que se dieron cita ahí para despedirlo. Recibió también puntapiés y escupitajos en su camino hasta que llegó al automóvil que lo llevaría a su casa.

Le angustiaba sobremanera el saber que su esposa e hijos estuvieran pasando también por algo parecido en su casa. Y efectivamente frente a su casa, una multitud enardecida de vecinos y amigos les gritaban que se largaran por traidores.

Con dificultades los vehículos oficiales se abrieron paso para llegar hasta la cochera de la casa de Henry, recoger a su familia y llevarlos al pueblo vecino en donde llegaron a casa de una tía ya al anochecer.

Una serie de preguntas se agolpaban en su mente, pero la que más le inquietaba era ¿por qué sus compañeros, su familia, sus amigos y el pueblo en general, habían decidido apoyar a esos asesinos y ponerse contra él? ¡No se lo podía explicar!

Esa noche Henry no pudo dormir. Así que obligadamente se le repitieron, como en un sueño, todas las escenas que lo habían obligado a estar en esa situación.

“Tendremos una jornada larga y hará mucho calor, así que ya puse cervezas y dos botellas de vodka en la hielera, para soportarlo” — dijo George, el oficial con más antigüedad, de los cuatro que en esa ocasión saldrían juntos a patrullar la montaña fronteriza para impedir que pasaran por ahí trabajadores ilegales.

Camino a las montañas, otro de los oficiales sacó varios cigarrillos de marihuana y entre los cuatro les dieron fin, acompañándolos con tragos de fresca cerveza. Al fin llegaron a las alturas y ahí improvisaron un puesto de vigilancia, que más bien parecía un club de esparcimiento, ya que mientras anochecía, se dedicaron a beber, fumar y jugar a las cartas. Para ninguno de ellos resultaba extraño ese comportamiento, ya que esa comisión la intercambiaban los jefes entre los oficiales que ya estaban muy estressados.

Convertida en rutina, la detención de indocumentados, su maltrato y deportación, había endurecido los sentimientos de los integrantes de la “Border Patrol”. Los comentarios que habían vertido en ese sentido destacaban lo absurdo de los ilegales que no obstante que eran detenidos, maltratados y deportados, insistían en internarse a su país, aunque se enfrentaran a mayores peligros.

— Lo que sucede es que no son cientos los ilegales que quieren internarse en nuestro país, son miles, millones y en una frontera tan grande como la que separa a estas dos naciones, pues es imposible detener al cien por ciento de los que intentan cruzarla. Ellos saben que los Estados Unidos son una oportunidad para superarse, sobretodo económicamente. Así que hacen todo lo posible por alcanzar esa oportunidad y los que lo logran salen adelante. Porque debemos de tener claro que aunque somos muchos los norteamericanos que los detestamos, hay otros tantos que le dan gracias a Dios porque vienen a trabajar con ellos, ya que los nuestros no quieren ayudarles.

— ¡No te ablandes Henry! ¡Esos cabrones son escoria y como tal hay que tratarlos! ¡Es más hay que imponer una nueva forma de detener esta inmigración ilegal: Hay que matarlos uno por uno! ¡Al menos por aquí: ninguno de ellos pasará!

— ¡No digas eso George..! ¡Sería un pecado… ¡Una violación a los derechos humanos… ¡Un crimen…

— ¡Basta de sermones… ¡El que está conmigo tiene que jalar parejo! — les dijo George, quien en esos momentos se puso de pié para apartarse del grupo que se había colocado alrededor de una fogata. Sigilosamente tomó su rifle y apuntó con la moderna mirilla telescopio de rayos lasser hacia la espesa oscuridad del bosque vecino.

— ¡Miren nada más eso… ¡Ya me lo imaginaba… ¡Tres malditos tratando de vernos la cara de pendejos! — les informó George, al tiempo que los invitaba a que los vieran por las respectivas mirillas telescópicas de sus rifles.

De inmediato, aunque con movimientos torpes, por lo avanzado de su intoxicación, los tres oficiales tomaron sus rifles y confirmaron el ilegal ingreso de cuatro sujetos.

— ¡Ya dijimos: por aquí no pasa ninguno de ellos… ¡Como están aún muy lejos: hay que cazarlos! — les anunció George, quien aprovechando que casi estaban hipnotizados por su intoxicación, en voz baja les fue instruyendo a cada uno de ellos. Spencer tú apúntale al de chamarra azul; David para ti el de sweter amarillo; Henry, tu compartirás conmigo al de chamarra negra.

No supieron en que momento les dio la orden de disparar. Pero el silencio sepulcral de las montañas registró el eco inconfundible de cuatro disparos y tres cuerpos sin vida que como fardos cayeron hasta el fondo del abismo.

Cuando se alejaron de la mirilla de su rifle y se miraron entre sí, volvieron a la realidad. Los tres pudieron ver en la cara de George una extraña alegría, en tanto que Henry, se alejó apresuradamente del lugar para volver el estómago.

Fiel a sus principios morales, Henry, que había disparado al aire, tomó la decisión de denunciar el brutal acontecimiento a la Comisión Estatal de Derechos Humanos. Las investigaciones coparon a los tres oficiales y el escándalo inundó de lodo y podredumbre a ese cuerpo policiaco; aunque como suele ocurrir, a veces el castigo no siempre es el esperado:

En virtud de que los cuerpos de los supuestos tres indocumentados nunca fueron encontrados, los tres oficiales inculpados por su compañero fueron exonerados y reinstalados en sus puestos de la Border Patrol. El abogado defensor hizo creer al jurado que toda la historia que contó el oficial Henry, fue producto de las alucinaciones provocadas por las drogas que él mismo aceptó haber ingerido durante el patrullaje por las montañas del condado.

Fin.

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