Autos despedazados, el enorme edificio ahora hecho trizas, los gritos desesperados de los mutantes huyendo para salvar sus vidas. Todo era un caos, parecía que la esperanza ya se había esfumado y sólo quedaba fuego a su paso.

Fénix, también conocido como Kysen, se elevó por lo aires. Tenía un semblante ausente de humanidad y de pura maldad, disfrutaba lo que estaba haciendo: asesinar gente inocente con el simple poder de su pensamiento, hacerlas polvo en un instante como si su vida no significara nada.

—¡Kysen! ¡Sé que sigues ahí!

Jasper gritó con todo el aire contenido en sus pulmones. Aquel joven que años atrás había llegado a la Escuela de Jóvenes Mutantes del profesor Xavier, ese lugar que lo recibió cuando no encontraba camino alguno, ahora se enfrentaba con el peor de los destinos. Para salvar al mundo tenía que luchar contra el amor de su vida, incluso si la muerte era el único fin para librar la batalla.

El mutante Kysen lo miró. Reconocía perfectamente de quién se trataba, pero en ese momento no reparaba en los sentimientos tan absurdos y humanos de los que había sido dueño. Estaba consumido por una ira y odio irracionales que le hacían hervir la sangre de una forma desacostumbrada, su poder brotaba sin control alguno y con una sonrisa malvada atacó a Jasper.

En ese instante, Jasper experimentó una clase de energía intensa que le golpeó el cuerpo, desgarrándole la piel. Luego lanzó un gruñido, tratando de regenerarse lo más rápido posible mientras se acercaba paso a paso al muchacho que siempre había amado, y que por causas injustas, se había convertido en un peligro tanto para él como para los demás.

Fénix prosiguió concentrado la energía de su poder en Jasper, deshaciendo sus ropas y tejido muscular; sin embargo, el mutante era lo suficientemente fuerte para resistir y hacerle frente. No lo dejaría, no lo volvería a perder. Pedazos de metal y vidrio volaban alrededor de Kysen, quien se mofaba al ver cómo Jasper luchaba por llegar hasta él, logrando finalmente su cometido.

—¿Morirías por ellos? —preguntó Fénix con esas perlas negras que ahora tenía por ojos.

—No… No por ellos….por ti —jadeó Jasper.

Y era la verdad. Kysen siempre sería el amor de su vida y haría lo que fuera por él… incluso si eso significaba morir, incluso si eso requería sacrificarse.

Lentamente la humanidad de Fénix se iba extinguiendo, su poder rebasaba las capacidades de su cuerpo mortal. Si tan solo no hubiera tratado de reprimir su esencia mutante, tal vez nada de esto estaría pasando. Pero la cobardía y el miedo a lo desconocido habían sido mayores, se dejó guiar por la creencia de que escondiendo su verdadero ser, llegaría a proteger a sus seres queridos. Pero el resultado había sido todo lo contrario, en su lugar había creado una bomba de tiempo que explotaría al más mínimo roce.

—Sálvame… —susurró.

Por un momento, Jasper logró ver un atisbo del verdadero Kysen, le estaba suplicando la salvación y él sabía perfectamente lo que debía de hacer. Entonces lo sujetó de la espalda, de la mano libre sacó sus garras de adamantium y se las clavó con fuerza en el abdomen: de un solo movimiento, seco. Jasper sintió que el corazón se le partía en mil pedazos al sostener el cuerpo sin vida de Kysen, la muerte cobraba una víctima más. Había tanta destrucción afuera, pero lo que sentía en su interior no tenía comparación alguna. El mutante lanzó un fuerte lamento de dolor, ya todo había terminado.

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