Observa la grieta profunda de tu alma en expansión, y digame ¿cómo es posible que no sientas dolor?

Mira la herida en tu seno, y dime ¿no es esa tu sangre manchando el prestigio de tu esencia?

La copa de oro cayó de tus manos, dejando el paraje celestial, precipitandose al abismo.

Así saltaste avariciosamente, quemando tus vestidos, las estrellas te seguían para cubrir tu verguenza.

Tu caliz se ha quebrado, los chacales se han embriagado con tus uvas.

Arrancaste uno a uno tus cabellos, hundiste tus uñas en tu carne hasta hacer de tu piel un mar de sangre.

En Edom hiciste tu morada, la lechuza era tu aliada, y el cuervo tu compañero, la risa de las hienas fueron tu deleite, y el veneno de serpientes tu bebida.

Te volviste profana y embustera, tu que eras luz de millares, te convertiste en ramera, la palmera y la roca son testigos de tu dolor, mas tu orgullo te ha cegado más que el sol. 

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