Isabel Barreto, la primera mujer almirante

Isabel Barreto, la primera mujer almirante

Hacía
tiempo que los españoles venían oyendo las leyendas incas que
hablaban de unas islas ricas en oro y otros tesoros allende el mar,
que creyeron identificar con la Tierra
de Ofir,
en donde se encontraban las
fabulosas minas del rey Salomón. De ahí que Lope García de Castro,
gobernador general del Virreinato del Perú, organizó la primera
expedición para descubrir dichas islas, que puso al mando de su
sobrino de veintidós años Álvaro de Mendaña y Neira (1542-1595),
junto con el marino, cosmógrafo, matemático y destacado explorador
Pedro Sarmiento de Gamboa (1532-1592). La expedición compuesta por
dos naves con unos 160 hombres a bordo, zarpó de El Callao el 20 de
noviembre de 1567, con Sarmiento de Gamboa cómo capitán de la
segunda nave y cosmógrafo de la empresa. Y en efecto, el 7 de
febrero de 1568 los navegantes recalaron en la isla central de un
extenso archipiélago que bautizaron con el nombre de Santa Isabel.
Pese a explorar durante todo un año decenas de islas en busca del
oro y tomar contacto con los indígenas sin haber encontrado el
ansiado metal, esas islas fueron bautizadas con el nombre de Salomón.
Pero frustrado en el logro de su ambición, Mendaña ordenó el
regresó al Perú, recalando en El Callao el 22 de julio de 1569, sin
haber cumplido el mandato de su tío para establecer una colonia en
las nuevas tierras que fueran descubiertas.

Pasados
los años, el ya maduro navegante leonés quiso embarcarse en una
segunda expedición al archipiélago de las Salomón, y su joven
esposa, la pontevedresa Isabel Barreto de Castro (1567-1612), no dudó
en abandonar la comodidad de su hogar en Lima y compartir con su
marido la fiebre de aquella nueva aventura. La mujer había emigrado
al Perú siendo niña, y contribuyó con el dinero de su familia a
financiar parte de la empresa, enrolándose como un miembro más de
la tripulación en la nao capitana: el galeón San
Jerónimo.

Corría
el año de 1595 y Mendaña persuadió al nuevo virrey del Perú, el
marqués García Hurtado de Mendoza, para que autorizase y
patrocinase la expedición, además de aportar los necesarios
efectivos militares nombrándole Adelantado,
con el encargo de tratar de descubrir la presentida Terra
Australis Incógnita
(Australia) de
la que hablaban algunos marinos portugueses. El
ambicioso marino se había propuesto fundar una nueva colonia en la
isla de Santa Isabel ─situada en mitad del archipiélago de
las Salomón y
la quinta en extensión (unos 3.000 km.2)─,
y de paso, buscar oro en aquellas
lejanas tierras insulares del Mar del Sur, convertido
desde los viajes de Legazpi y Urdaneta en el famoso «Lago español»
del que hablaban con
envidia en
todas las cortes europeas.
Para lograr sus
objetivos, el
matrimonio consiguió reunir
a más de cuatrocientos
colonos,
de los que 278 eran hombres de armas que
iban acompañados
por casi un centenar de mujeres (98)
─casi
el mismo número que las embarcadas en el tercer viaje de Colón─, además de algunos criados y esclavos, con
la idea de
establecerse en aquel
fabuloso archipiélago
en
donde se suponía que encontrarían ríos
auríferos.
Todos
ellos embarcarían
a
bordo de los tres recios
galeones, San Jerónimo, San Felipe y Santa Ysabel, más un par de veloces
galeotas
que componían la flota bajo
su mando, con
la que
partirían
del puerto de Paita
el
16
de junio
de 1595.

Durante
más
de ocho semanas
navegaron
por el inmenso océano tratando
de alcanzar la latitud de
las islas
Salomón
que
Mendaña había anotado en su primer viaje,
y
a punto de quedarse sin agua dulce en
las
naves, a
los expedicionarios se les cruzaron las islas Marquesas de por medio.
Este
archipiélago de la actual
Polinesia
francesa,
distante unos 7.000 km. de las costas del Perú, fue
avistado por los españoles
el
21 de julio de 1595,
y
tras desembarcar en aquellas nuevas tierras,
el
Adelantado
tomó posesión de
las
mismas
en
nombre de su
soberano:
Felipe III de Austria,
rey de España
y
las Indias,
llamándolas
Marquesas de Mendoza en honor del virrey que los
había enviado. Los
navegantes
pudieron
así aprovisionarse de agua, caza y frutas, tomando contacto con
algunos nativos que Mendaña observó como muy diferentes en su
aspecto y lenguaje a los que había conocido en las Salomón, pero
sin rastro de ornamentos de oro que les permitieran comerciar con
ellos. De ahí que al
poco
tiempo
todos
reemprendieran
su viaje hacia Poniente, dándose de bruces dos
meses después con
un
grupo de islas
volcánicas,
distantes
unos
400 km. del
archipiélago
central de las
Salomón, que
bautizaron como De la Santa Cruz. En
la actualidad, estas
islas
son
las de
Nendö y Vanikolo, pertenecientes
a la provincia
melanesia
de
Temotu.

Prácticamente
agotados por las duras condiciones
de navegación y a punto de sufrir el
Adelantado
un
motín contra
su autoridad,
debido
a las penurias
de la
vida
a
bordo y
la decepción general
por
no encontrar ni rastro de oro, este
decidió fundar,
para
calmar los ánimos,
una efímera
colonia
llamada Santa María de Rosas (en
Nendö),
poco antes
de
presenciar los
expedicionarios la
copiosa
erupción
del cercano
volcán
Tinakula (7 y
8
de septiembre), cuyo magma alcanzó la
isla de Nendö y
prendió las
chozas del
asentamiento
y el aparejo
del galeón Santa
Ysabel,

envolviendo la nave en una bola de fuego. Para colmo de males,
Mendaña
enfermó de malaria y los colonos tuvieron además que enfrentarse
con la hostilidad de los fieros guerreros indígenas que, en unas
pocas
semanas,
les infringieron numerosas bajas, hasta que el Adelantado,
presintiendo su final, le pasó la jefatura de la mermada expedición
a su esposa, nombrándola
gobernadora
en tierra y heredera
de todos sus bienes y títulos, al
tiempo que a su cuñado Lorenzo le hacía almirante de la expedición,
obligando
a sus capitanes a jurar que respetarían aquella decisión como su
última voluntad, poco antes de fallecer en la tarde del 18 de
octubre. Testigos
de su voluntad fueron el escribano Andrés Serrano, Toribio de
Bedeterra y Manuel López, firmando la probanza de Isabel Barreto
como viuda heredera de Mendaña.

Pero
a
sus 28 años, Isabel Barreto ya era una
mujer
de armas
tomar. Dotada
de una firme voluntad y un
gran
temperamento, al
final
supo
imponerse al que fuera su piloto y mayor rival para hacerse con el
mando
de los hombres: el portugués Pedro Fernández de Quirós
(1565-1615),
dos
años mayor que ella y quien
más adelante se
puso en su contra, acusándola
de
haber ejercido
su
poder
con
mucho
despotismo
y crueldad.
Apenas
un
mes después de la muerte de su marido y de
otras 47 personas, incluido
su hermano Lorenzo,
por causa de las malditas
fiebres,
Isabel
tuvo
que
hacerse
dueña
de la situación, reprobando
a Quirós el
asesinato
del
caudillo
Malope, en
represalia por los ataques indígenas, pero cuya muerte hizo
insostenible su
permanencia en la isla. Y
para
poner a salvo a
los supervivientes,
la
joven viuda ordenó abandonar
la colonia y embarcar
a todos los expedicionarios poniendo rumbo hacia las Filipinas. Con
ello, los colonos dejaban
atrás
aquellas funestas islas que,
sin saberlo, son el extremo sur de las Salomón a las que nunca
consiguieron llegar.
Al mando de la capitana y acompañada del
galeón San
Felipe

y
las galeotas Santa
Úrsula
y Santa
Catalina,

Barreto iba a protagonizar así
la
primera navegación de la historia bajo la responsabilidad exclusiva
de
una mujer.

En
total, cubrió alrededor de unas 3.600 leguas marinas (equivalentes a
unos 20.000 km.), sin
duda la
mayor distancia recorrida por las
naves
españolas del siglo XVI, después de la
hazaña
de circunnavegación llevada
a cabo por
Juan Sebastián Elcano (14.460
leguas marinas/ 80.000 km.),
aunque
por
desgracia, el viaje hasta las Filipinas resultó
todo un suplicio. Durante
el transcurso de esta larga travesía, las dos pequeñas galeotas
acabaron
naufragando por
los embates de los temporales y una mar muy gruesa en
los días 10 y 19 de diciembre, reuniéndose los náufragos
a bordo de los
buques
San
Jerónimo
y
San Felipe
,
las
dos
únicas
naves
que les quedaban
de las cinco
con las que habían partido, aunque
el San
Felipe

lo perdieron de vista tras una fuerte tempestad.
Y
para
hacerse obedecer en aquella nueva
y durísima
experiencia, con escasez de agua dulce y provisiones que agravaban
sus ya mermadas fuerzas, Barreto no dudó en mandar ahorcar a los
amotinados que se rebelaron contra su autoridad, y arrojar por la
borda a los que no respetaron el exigente racionamiento de los pocos
víveres y pintas de agua con
los que
contaban.

Privados
por tanto los embarcados de casi todo lo necesario para su sustento,
muchos
fueron presa del
escorbuto
(avitaminosis)
y
las fiebres que
ya arrastraban consigo, o incluso del
envenenamiento debido al consumo de peces como las barracudas,
portadoras de las toxinas de la ciguatera. De ahí que solo
la férrea voluntad de aquella mujer para resistir, pudo lograr que
por
fin un
centenar
de
ellos alcanzaran
con vida la isla de Luzón, desembarcando en el puerto de Manila el
11 de febrero de 1596, casi
ocho
meses después de haber zarpado de Paita.
Unos
días más
tarde,
el
San Felipe

también
arribaría
a la isla de Mindanao, con apenas cuarenta tripulantes a bordo.

Asombrado
por su hazaña, el gobernador de Filipinas Luis Pérez de Mariñas,
recibió a doña Isabel Barreto
con
todos los honores y, en pago a su intrepidez, la confirmó en todos
sus cargos, convirtiéndose así en la primera mujer que alcanzó el
empleo de almirante en la historia de la Armada española y,
seguramente, de
cualquier flota
naval
desde
los tiempos de la
reina Artemisia de Halicarnaso, una de las comandantes de la escuadra
persa en la famosa
batalla
de Salamina (480
a. C.).

Ese
mismo año, Isabel Barreto volvió a casarse con el general Fernando
de Castro, caballero de la Orden de Santiago, y
en 1597 ambos organizaron el viaje de regreso a las Indias, llevando
consigo especias, sedas y porcelanas de la China, con las que
consiguieron hacerse ricos tras arribar al puerto de Acapulco en el
virreinato de la Nueva España. Posteriormente, el matrimonio regresó
al Perú, en donde los historiadores consideran que Isabel
falleció
en 1622, siendo enterrada en la localidad de Castrovirreyna. A pesar
de que el relato de Quirós es el que perduró en contra de Barreto
durante demasiado tiempo, en la actualidad los historiadores la
consideran como una heroína, dotada
de unas excepcionales condiciones para ejercer el mando
sobre
unos hombres rudos y aventureros sometidos a situaciones límites, en
las que muchos otros
comandantes habrían fracasado.

Por
su parte, y unos
años después, el
piloto Fernández de Quirós volvería a explorar por su cuenta las
aguas del Pacífico, navegando a comienzos del siglo XVII por el
archipiélago de las Nuevas Hébridas (1606-1607). De esta iniciativa
se derivó el importante periplo del también piloto Luis Váez de
Torres, un marino español que al perder contacto con la nave de
Quirós, se dirigió hacia las Filipinas navegando a través del Mar
del Coral. Cruzó así el estrecho existente entre Nueva Guinea y
Australia que hoy lleva su nombre (1607), lo que le convirtió en el
primer europeo que divisó la costa australiana y dio cumplida
noticia de su existencia.

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