Hay personas que todavía viven en aquella mañana. Aunque el calendario haya avanzado, aunque hayan pasado los días, aunque algunos hayan conseguido volver a dormir bajo un techo, conseguir un empleo, recibir una ayuda o regresar a una rutina parecida a la de antes, hay quienes se quedaron atrapados en las 7:34 de aquella mañana de lunes.
Un lunes.
Un día cualquiera para empezar la semana. Para levantarse con sueño, preparar un café, despedirse de alguien, tomar un bus, abrir un negocio, llegar al trabajo, hacer planes para la tarde. Y, sin embargo, para muchas personas fue el final.
Hay quienes aquel día tenían que ir a trabajar y no fueron porque, apenas unas horas antes, su jefe les pidió que no asistieran. Una decisión aparentemente insignificante que terminó separando el destino de unos del destino de otros. Hay quienes lograron salir de sus casas y, cuando regresaron, ya no encontraron una casa. Encontraron escombros.
Hay quienes todavía esperan respuestas. Quienes no saben dónde dormirán mañana. Quienes viven en casas prestadas y cuentan los días para poder marcharse. Quienes buscan empleo mientras intentan reconstruir algo que no se puede reconstruir solamente con ladrillos.
Y están también los animales. Los que quedaron atrapados sin comprender qué estaba sucediendo. Los que sintieron el miedo, el dolor, el peso de los muros sobre sus cuerpos y esperaron, sin entender por qué su mundo había desaparecido de repente.
Pienso también en aquellas familias que, en medio de la desesperación, solo encontraron una cosa que hacer:
Abrazarse. Así fueron encontradas. Abrazadas.
Quizá porque cuando todo se derrumba, el cuerpo todavía recuerda que existe una forma de protegerse: acercarse a otro cuerpo, aferrarse a alguien, decir sin palabras .
Y entonces aparecieron las manos. Manos que no conocían a quién estaban buscando debajo de los escombros.
Manos con herramientas. Manos desnudas. Manos que llevaban comida. Manos que cargaban agua. Manos que removían piedras. Manos que donaban lo que podían. Manos que simplemente preguntaban: ¿En qué puedo ayudar?.
La desesperación también puede movilizarse. Y aquella vez se movilizó.
Hubo personas que, pudiendo quedarse en casa, salieron a buscar sobrevivientes. Personas que llevaron comidas, medicamentos, agua, ropa. Personas que cocinaron para desconocidos. Personas que ofrecieron sus vehículos, sus casas, su tiempo, sus fuerzas.
Durante unos días, muchas diferencias dejaron de importar. Solo importaba que alguien necesitaba ayuda. Quizá eso también deberíamos recordarlo. No solamente que la tierra puede moverse. Sino que nosotros también podemos hacerlo cuando alguien está cayendo.
Ha pasado casi un mes y todavía pienso en los frágil que es estar vivos. Qué extraño es levantarnos cada mañana creyendo que tenemos derecho a llegar a la noche.
Hacemos planes como si el futuro fuera una propiedad nuestra. Decimos . Decimos . Decimos . Y quizás la vida nunca nos prometió ninguna de esas cosas. Aquella mañana, muchas personas se fueron a dormir confiando en que solamente iban a cerrar los ojos. No sabían que no despertarían.
Y esa es una de las cosas más difíciles de aceptar de estar vivos: Que no sabemos cuál será nuestra última mañana. No sabemos cuál será nuestro último abrazo. La última conversación. La última vez que cerremos una puerta. La última vez que digamos .
Quizá por eso, desde aquel día, siento una gratitud que antes no sabía nombrar. Gratitud por los míos. Por no haber tenido que buscar sus nombres entre los desaparecidos. Por no haber esperado una respuesta que nunca llegara. Por no haber regresado a una casa convertida en polvo. No sé si fue el universo, la suerte, Dios, el azar o alguna fuerza que todavía no comprendemos.
Solo sé que nada tocó a los míos. Y eso, después de ver cuántas personas lo perdieron todo, me parece un regalo inmenso.
Pero también pienso en quienes se fueron. En sus nombres. En sus historias. En sus últimos pensamientos. En quienes murieron confundidos, sin comprender por qué la tierra había dejado de ser firme. En quienes quizá llamaron a alguien. En quienes buscaron una mano. En quienes se abrazaron. En quienes simplemente estaban durmiendo.
Me cuesta pensar que sus vidas puedan reducirse a una cifra. Porque detrás de cada persona había alguien que la esperaba. Alguien que la quería. Alguien que conocía su voz. Alguien que sabía cómo caminaba por la casa. Alguien que todavía quizá conserva un objeto suyo y no sabe qué hacer con él.
Por eso no quiero que pase el tiempo y que aquella mañana se convierta solamente en una fecha. Porque para algunos fue un instante. Para otros fue una frontera. Huno un antes de las 7:34. Y hubo un después. Y entre ambos momentos caben casas, familias, animales, sueños, pérdidas, manos, abrazos, miedo, solidaridad y vidas enteras.
Tal vez estar vivos sea esto:
Caminar todos los días sobre una certeza que preferimos olvidar. Que todo puede cambiar. Que nada nos pertenece completamente. Que incluso un lunes cualquiera puede contener el último minuto de vida. Y aun así despertamos. Abrimos los ojos. Respiramos. miramos a quienes amamos. Y seguimos.
Quizá la gratitud consiste en olvidar a quienes se fueron. Quizá consiste precisamente en recordarlos mientras todavía tenemos la posibilidad de abrazar a quienes permanecieron.
10/AGOSTO/2026
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