Lo que primero despertó en mí hoy fue la razón, después los sentidos y, por último, el cuerpo, que sentí pesado y todo: cada tejido y cada vaso sanguíneo, cada tendón, músculo y hueso los sentí pesados sobre el colchón. No me parece extraño; hace días que despertar ya dejó de significar movimiento y esperanza.
Hace un tiempo ya que despertar para mí no es más que abandonar el estado de sueño donde mi conciencia descansa, volver a la realidad consciente o no, ya no lo sé.
La realidad y las alucinaciones hace mucho que se fundieron y me resulta casi imposible poder distinguir una de la otra. A veces entra una brisa por la ventana que me despierta de verdad, y digo de verdad porque la percibo claramente: la veo jugar con las cortinas azules largo rato, las hace levantarse y girar y volver a estar en reposo. Me roza la mejilla y el pelo, y siento el cosquilleo casi excitante que me produce el contacto de algo exterior, de algo que viene y rompe mi rutina callada y monótona.
Hoy tal vez me despierte del todo, tal vez haga un esfuerzo sobrehumano que hace tiempo no hago y logre que el engranaje ya oxidado de mi organismo vuelva a la normalidad. Al principio no es fácil: el cuerpo está pesado y ya acostumbrado a las posiciones. Las primeras órdenes las ignora; solo puedo abrir los ojos muy despacio y la luz blanca del día me encandila, hace que mis párpados quieran volver a cerrarse, pero no. Otra vez un esfuerzo casi demencial los obliga a quedarse en alto hasta que se acostumbran a la luz. Después, las manos: pequeños movimientos en los dedos de las manos y de los pies, el cosquilleo de la sangre que vuelve a correr por todos los rincones. Todo eso me cuesta horrores; me siento cansado, solo deseo dejarme sucumbir de nuevo en el encanto de la siesta y la pesadumbre. Pero no: hoy es un día distinto y algo en mí me obliga a seguir, paso a paso, despertando mi cuerpo. Logro por fin, después de largos minutos u horas, tal vez —ya perdí el sentido del tiempo—, sentar mi cuerpo en la cama y solo entonces me percibo entero, cada átomo de mí y de mi realidad.
Siento las sábanas suaves rozando mi piel y el suelo frío bajo mis pies. Un escalofrío me recorre y siento la vida que creía haber perdido volviendo a mí. Ahora es un poco más fácil: todos esos estímulos que recibe mi cuerpo me ayudan a pararme y caminar. El cuarto verde está como siempre, pero hoy un poco más lindo; la luz que siempre entra hoy lo ilumina distinto, completo. Veo entonces la ropa sobre la silla, los libros que tan cuidadosamente elegí alguna vez y que olvidé en algún momento de mi desolación. Camino hasta el espejo con bastante miedo, debo decir. No sé quién o qué ser me va a devolver la mirada del otro lado, no sé si dormí horas o días o años, pero me encuentro con mis ojos que me devuelven una mirada de penosa lástima. Los pómulos sobresalen demasiado de mi cara flaca y alargada y entonces me doy cuenta de todo lo demás. La ropa me queda gigante, suelta, y mi cuerpo parece estar cubierto solo de piel pegada al hueso. Mis manos huesudas y temblorosas suben hasta mi mejilla y la recorren hasta el cuello fino. Sin embargo, le regalo a ese reflejo una media sonrisa que quise que sea de esperanza, pero solo se reflejó convertida en una mueca un poco grotesca. Me apiado de mí y de mi reflejo y me alejo del espejo, antes amigo.
Llevo mi cuerpo, que ahora siento liviano, casi frágil, y sin pensarlo me meto debajo del agua helada de la ducha, que me lava los días enteros de congoja y penas y abandono; corre y se escurre llevándose lejos la mugre.
El esfuerzo ahora se convirtió en una energía desesperada que me hace mover rápida y espasmódicamente, y que me lleva afuera. El sol me pega en la cara y la brisa que antes me visitaba se choca conmigo y me la imagino sorprendida de encontrarme en ese lugar.
Camino por las calles de adoquines y las veo hermosas, y no puedo recordar cómo terminé en un fondo tan oscuro.
No me importa.
Llego al parque y me siento en un banquito blanco que parece haberme estado esperando. Miro las palomas y los árboles mecidos por la brisa y pienso cuánto le tengo que agradecer a ella por el movimiento. El sol me calienta la cara y las manos y algo adentro que había olvidado que llevaba conmigo. Me río.
De mí y de mis dolores pasados, de los días sufridos. Un perro se me acerca sin importarle mi ensimismamiento y me roza la mano; le acaricio la cabeza y las orejas y él mueve la cola. Siento su piel caliente, de ser vivo, y sus ojos que me miran un poco burlones. Y me río. Ahora de mí y del perro.
Tengo hambre, feroz, que me hace tronar las tripas, y pienso cómo no lo pude notar antes.
Entro a un cafecito pequeño y pido un bife jugoso; solo pensarlo me vuelve loco. Lo devoro en un instante, con la urgencia de cubrir esa necesidad básica. Solo después del último bocado ya tragado me dedico a sentir el sabor en mi lengua y en mi paladar. Cierro los ojos y lo disfruto, y me río, de nuevo de mí.
Salgo y dejo que mis pies me lleven bajo el sol de noviembre. Recorro esas calles tan familiares como si las viera por primera vez: pasan las vidrieras y los negocios, los puestos de diario y los bancos, autos, bicis y gente que recién ahora empiezo a notar.
Un poco voy recordando lo que me llevó al desencanto.
Recuerdo ahora que soy un exitoso empresario, aunque ya no sé si ese título me corresponde. No me importa.
Recuerdo como una vida pasada las horas enteras de trabajo agobiante, gente por doquier, algunas fiestas costosas y todo lo que soñé alguna vez. Una vida que vivía para poder comprar todo lo que se puede comprar en esta vida, que con el tiempo descubrí que son casi todas las cosas. Y entonces, como pude, todo lo compré y fui exitoso y me lo creí. Los amigos me sobraban: abrazos y risas y conversaciones triviales.
Pero un día, de esos interminables, a un ritmo loco y desquiciado, tropecé con una grieta en el cemento frío de la vereda por la que caminaba. El sacudón me despabiló y entonces vi una florcita amarilla, muy pequeña, que nacía de la grieta oscura. Tan fuera de lugar me pareció que recuerdo que reí.
Los días siguientes fueron iguales a todos los demás, pero la flor rondaba en mi cabeza y llenó mis días de agonizante espera.
Todas las palabras las escuchaba y las analizaba y me parecían frías e incoherentes. Las manos de los demás y los roces bruscos, un brazo sobre mi hombro, risas que no me pertenecían y que reían de cosas sin sentido. Entonces todo lo odié. Todo lo sentí vacío y carente de sentido y un día me dormí y ya no fui a trabajar. El teléfono sonó los primeros días, pero nada más después. Tocaron el timbre unas tres veces, tal vez. Pero mi cuerpo no respondió: estaba apagado, seco de toda vitalidad. Perecí a la espera de algo más, de pasos que entraran y me sacudieran por los hombros y me gritaran y lloraran por mi estado ausente. Esperé erróneamente la flor nacer de mi mundo de cemento, pero nada creció; nadie la trajo.
Pero hoy desperté, primero con los sentidos, después con la razón y, por último, el cuerpo, y ahora que el sol me calentó bien adentro y mi complejo sistema volvió a funcionar como un engranaje perfecto, puedo notar un brote pequeñísimo que se abre paso entre fríos y tormentos pasados
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